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4. STATUS OF IMPLEMENTATION OF REGULATION IN THE MEMBER

4.9. Authorisations

Fonemas: unidades básicas de los sonidos de una lengua. El español, por ejemplo, consta de 22 fonemas que incluyen los sonidos indicados por las

letras del alfabeto y las variantes de las vocales y de los diptongos. Algunos fonemas se expresan por una combinación de dos letras como “ll” y “ch”.

Morfemas: son las unidades básicas del significado de una lengua. Una palabra puede ser un solo morfema o incluir varios como –ía del potencial

(amaría) o sufijo de lugar (panadería).

Semántica: es la forma de asignar significado a los morfemas o a la combinación de morfemas. La semántica abarca la connotación y el contexto, o

sea, la forma en que los significados de las palabras cambian según la situación.

Sintaxis: es la forma de combinar palabras en enunciados significativos como las oraciones. Gramática: término general que incluye todos los conceptos anteriores.

niño empieza a formar una gran cantidad de fonemas con chasquidos, gorgo- teos, gruñidos y otros sonidos. Muchos de éstos no aparecen en el lenguaje de quienes los cuidan. Esta producción “aleatoria” de fonemas sigue aumentando hasta los seis meses más o menos; después comienza a reducirse la variedad de fonemas que emplea, hasta que finalmente sólo incluye los de su lengua materna.

Algunas veces, después de seis meses, los progenitores escuchan algo pare- cido a “ma-ma” o “pa-pa” y lo interpretan como la primera palabra de su precoz hijo. Sin embargo, casi siempre se trata de repeticiones fortuitas de sonidos sin un significado real. El balbuceo adopta inflexiones y patrones como los de la lengua de los padres y puede parecerse mucho al habla coherente que los padres se esfuerzan por escuchar, pensando que lo es. Esta jerga expresiva, forma muy elaborada del balbuceo, es igual para los infantes en todos los grupos lingüísti- cos y en todas las culturas (Roug y otros, 1989).

¿Qué tan importante es el balbuceo? ¿Cómo prepara al niño para hablar? El balbuceo es una forma irresistible de comunicación verbal, y en todo el mundo a quienes se encargan de los niños les encanta imitarlo y alentarlo. Durante el balbuceo los niños dan la impresión de estar aprendiendo a producir los soni- dos que más tarde emplearán al hablar. Así, en los sonidos o fonemas que pro- duce el niño influye lo que oye antes de utilizar palabras. Aunque el balbuceo es el medio con que se comunica e interactúa con la gente, es al mismo tiempo una actividad orientada a la resolución de problemas. El niño balbucea para encontrar la manera de emitir los sonidos necesarios para pronunciar palabras. Esta práctica puede ser la causa de que no deje de hacerlo una vez que empieza a producir palabras. De hecho, las palabras nuevas parecen influir en el balbu- ceo y éste a su vez influye en los sonidos preferidos que emplea al seleccionar palabras nuevas (Elbers y Ton, 1985).

Los infantes son universalistas del lenguaje, capaces de distinguir entre todos los sonidos posibles del habla humana, mientras que los adultos son especia- listas del lenguaje que sólo perciben y reproducen los sonidos de su lengua materna. En un estudio, se enseñó a un grupo de niños de seis meses a mirar sobre el hombro cuando captaban una diferencia en pares de sonidos y a igno- rar los que se asemejaban. Los niños lograban distinguir variantes de idiomas desconocidos, pero ignoraban las semejanzas conocidas de su lengua, lo que indica que la experiencia moldea evidentemente la percepción del lenguaje y a una edad anterior a la que se pensaba antes. El estudio reveló además que las

jerga expresiva Balbuceo producido

cuando un infante emplea inflexiones y patrones que imitan el habla del adulto.

A los ocho meses los niños empiezan a entender palabras como “mami” y “papi”.

“conversaciones” entre progenitores e infantes contribuyen a producir el len- guaje hablado (Kuhl y otros, 1992).

Las comparaciones del balbuceo entre bebés normales y sordos demuestran la importancia de lo que el niño oye, incluso en esta etapa. Aunque el balbuceo de los niños normales y sordos se parece al inicio, con el tiempo sólo el de los primeros se aproxima a los sonidos empleados en su lengua (Oller y Eilers, 1988). Por otra parte, el balbuceo de los sordos parece disminuir de manera considerable después de los seis meses.

En conclusión, el balbuceo es importante para que los niños normales apren- dan a utilizar los sonidos necesarios para hablar la lengua de quienes los cuidan. Por ejemplo, mediante la comparación del balbuceo de niños de 10 meses oriun- dos de París, Londres, Hong Kong y Argel se comprobó que las diferencias en la forma de pronunciar los sonidos vocálicos correspondían a la pronunciación de las vocales en su lengua materna (de Boysson-Bardies y otros, 1989).

Vocabulario receptivo

Como ya dijimos, los niños de muy corta edad entien- den las palabras antes de poder decirlas. Cuando tienen un año, pueden seguir las instrucciones de los adultos y mostrar en su conducta que conocen el signifi- cado de palabras como “adiós”. No obstante, es muy difícil estudiar la compren- sión del niño. Lo mismo sucede cuando se trata de identificar y de describir los conceptos que asocian a determinadas palabras. Aun cuando las pruebas parez- can claras —por ejemplo, cuando un niño de un año cumple la instrucción “Pon la cuchara en la taza”—, su comprensión logra no ser tan completa como pudié- ramos creer. Después de todo, difícilmente intentará poner la taza en la cuchara, aunque fuera la interpretación que le dio. Además, recibe pistas como los gestos, que le ayudan a efectuar las tareas en forma correcta, cuando no comprende del todo las instrucciones orales.

Comunicación social

Durante el primer año de vida, el infante aprende los as- pectos no verbales de la comunicación como parte de su “diálogo” con el cuidador (vea el capítulo 5). Aprende a hacer señales, a tomar turnos, a gesticular y a fijarse en las expresiones faciales. Aprende mucho sobre la comunicación mientras par- ticipa en juegos simples como esconderse (Ross y Lollis, 1987). Algunos progeni- tores tienen gran habilidad para estructurar juegos sociales que les enseñan a sus hijos, en forma agradable, algunos aspectos de la conversación. Les proporcionan una estructura del juego que les ayuda a aprender las reglas de dar y tomar la pa- labra (Bruner, 1983). Al mismo tiempo les ofrecen un sistema de apoyo para la adquisición temprana del lenguaje. A medida que la madre y el hijo se concentran en los objetos de juego (“Mira, un gatito”), él aprende los nombres de los objetos y de las actividades (de Villiers y de Villiers, 1992). Pero la comunicación social con el niño trasciende este tipo de juegos. Al año de edad casi todos están alertas ante quienes los rodean, entre ellos los extraños, y responden en forma adecuada a las expresiones emotivas del adulto (Klinnert y otros, 1986).

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