A. COMPARISONS
8. Authorization Support
En este libro escribo muchas preguntas sobre el noviazgo, porque me han hecho muchas a lo largo de mis conferencias y cursos. Es tan complejo el noviazgo, involucra tantas cosas de los dos en la relación, que es normal la aparición de muchas inquietudes, de muchas dudas, de muchos cuestionamientos.
Elegir pareja es compartir todas las riquezas con alguien diferente. Es amar especialmente. La elección conlleva dejar muchas cosas, por un amor excepcional. ¿Qué es entonces el amor de pareja?
Hay amor de pareja, amor de amistad, amor paternal o maternal, amor hacia los parientes o hacia el desconocido. También el amor tiene grados: superficial, mediano, desinteresado… Y, frente a estos tipos de amor, está el culto al ego, el odio, el rencor, que son enemigos del amor.
—Bueno, pues aclare qué es el amor —remató un estudiante de bachillerato durante la clase.
—Y qué tipo de amor hay cuando hablamos del amor en pareja. Sólo así sabremos si hay verdadero amor en el noviazgo. Y si lo recibimos —subrayó una alumna.
—Me van a perdonar que, antes de definir el amor, haga una primera observación que, aunque parece muy rara, explica muchas cosas —vi caras mitad insatisfechas, mitad comprensivas—. Tenemos un instinto social que nos inclina al cuidado del clan, de los otros. Está en nuestros genes, pues los humanos somos animales de manada, como los lobos o los chimpancés. Tendemos naturalmente a la protección del que necesita apoyo y a recibirla por el grupo. Por tanto, nos impulsa un amor solidario, social, que lleva a hacer el bien a las personas cercanas o a las desconocidas que están en dificultad. Este instinto es ciego y surge espontáneo. Pero esconde un alto grado de interés, ya que se dirige a la defensa del clan, que redundará en beneficio propio; es caprichoso, variable, que a veces apoya o cierra los ojos ante quien pide ayuda; y puede provocarse con engaño, como el mendigo abusivo que pide limosna y gana más dinero que el trabajador común. Estos impulsos instintivos de interés por el otro tienen algo de amor, pero son amor incompleto. ¿Por qué? Porque el amor verdadero va más allá del impulso instintivo y supera en mucho el interés propio.
—Es que el amor es un sentimiento —propuso una joven.
—El amor no es un simple sentimiento. No es la atracción ante una persona bella y simpática. No es la emoción que explota en el enamoramiento y en el cosquilleo sexual. Tampoco es el gesto heroico de saltar a las vías del metro y arrastrar fuera a la persona accidentada. Estas reacciones son instintos solidarios, pero no tienen la esencia del amor. Porque la joven que recibe muy pocas llamadas telefónicas del novio, que está muy absorto en su trabajo, el hombre al que la novia cambia repetidamente el nombre cuando le habla, el alumno que estudia duro y a quien la pareja no le acompaña en los pocos ratos disponibles por dedicarlos a su grupo de amigas o la muchacha a quien el novio
amenaza abandonar si no deja la carrera para vivir con él, dibujan casos en que alguien no recibe amor, sino unas migajas de compañía cargadas de intereses egoístas, aunque vayan sazonadas de juramentos y lágrimas, ya que el amor no está en las palabras ni en los gestos.
—Ya ha repetido mucho lo que no es el amor.
—En efecto. Lo he repetido porque mucha gente tiene estas ideas erróneas del amor. Y, para acercarme a lo que es, díganme con qué amamos —un silencio general, plagado de ojos expresando que las mentes buscaban una respuesta a mi planteamiento.
—Con el corazón —dijo una alumna.
—¿Con el músculo que se mueve en el pecho? —reaccioné con un poco de ironía. —¡No! Con…
No concretó su propuesta y me indujo a continuar.
—No amamos con la piel, ni con los sentimientos, ni con la garganta. Tampoco con las neuronas, con el ritmo de la respiración ni con la lengua —puse la pausa necesaria para reforzar la reflexión—. Amamos con la decisión, con la voluntad, que activa la entrega y la dedicación a alguien. Amamos cuando hacemos algo para la felicidad del otro. Amamos no simplemente porque nos nace, sino porque estamos dispuestos a dar la vida para hacer feliz a una persona. Porque el amor es buscar la felicidad de otro. Y, cuando buscamos hacer feliz a la persona especial y exclusiva, con quien queremos lograr metas e ilusiones, hablamos del amor de pareja.
Me miraban muchos pares de ojos, fijos en algún punto frente a ellos, concentrados, como si yo hubiera dicho algo extraño y ajeno a su mundo.
—Revise cada uno su idea de amor. Y observe que nos sentimos amados cuando nuestra pareja busca nuestra felicidad. Y que yo amo cuando me esfuerzo por hacerla feliz. Si los dos procuran la felicidad de la otra parte, se forma una pareja magnífica, llena de amor. Por esto es vital saber qué idea tiene la otra persona del amor.
—¿Hay algún modo para saber si el amor es verdadero?
—Sí. Con dos cosas: los detalles y la disponibilidad. Los detalles porque el amor trabaja con sorpresas y gustos que asombren a la persona amada, simples quizás, como una fruta, una caja de pañuelos coloreados, una llamada inesperada, ceder al elegir la película que van a ver. Igualmente el amor lleva a la disponibilidad sin excusas, sea para un cambio de planes, una visita incómoda o un tiempo extra dedicado a la pareja tras un día pesado. No es la disponibilidad completa, porque el noviazgo no es el compromiso definitivo, pero sí la actitud de apoyo muy grande y dedicado. Los detalles y la disponibilidad son dos referencias sólidas para comprobar el amor, tanto el que se recibe como el que se da.
—Se oye decir que el amor real no existe y que el noviazgo es sólo una costumbre — debí poner cara de camaleón bizco y el joven añadió enseguida—. Bueno, algunos lo dicen.
—La verdad es que me quedo espantado al oír algo así.
—Pero, ¿por qué? Se habla mucho del amor y es sólo una reacción común. —No sé qué entiendas por reacción común.
—Pues a que dos personas, cuando se encuentran, sienten mariposas en el estómago, se caen bien y… Su buen entendimiento y su empatía son el amor. La vida en pareja resulta así muy sencilla: encuentra a la persona con quien te enlazas bien y se inicia el trato. Con el tiempo, se verá si hay verdadero amor o no. Lo demás es teoría.
Me quedé pensando. Según este enfoque, el amor se queda en el enamoramiento y el romanticismo, excluyendo que haya algo más. Continuó su exposición y yo procuraba captar el núcleo de su pensamiento.
—Es que hay que ser pragmáticos.
La palabra “pragmáticos” me explicó todo. El joven sólo veía lo práctico en la vida de pareja. Desde ese enfoque, tenía razón: el amor resulta una costumbre, como trabajar, producir arte o soñar con un mundo justo. Pero yo no me conformo con el aburrimiento de vivir sólo en la piel, la vista y los otros tres sentidos. Me alejo del pragmatismo porque creo en las ilusiones, en los sentimientos y en los valores. Me dieron ganas de decir al joven que, cuando uno es pragmático, se queda en la superficie de nuestro nivel biológico, que ve el amor de pareja como el encuentro de dos simios desarrollados. Pero no se lo dije. Quizás por respeto a su punto de vista. Para mí, el noviazgo es la construcción de un viaje juntos, con una meta y con el ánimo de superar todas las barreras con el apoyo mutuo.
—¿Es sólo una costumbre? —le pregunté. —Para mí, sí.
Siempre he pensado que una pareja encuentra la felicidad en la lucha ante los problemas, en el cumplimiento de sueños atrayentes para los dos, en el triunfo cuando levantan las manos unidas. ¿Es esto una costumbre?
—Yo veo el amor de pareja como un quehacer imprevisto, pues los novios desconocen los baches y curvas que aparecerán en el tramo siguiente del camino.
—Es que el amor es sólo egoísmo —añadió—; se forma pareja por las satisfacciones que da.
—Me parece que una cosa no quita la otra, porque el amor que busca la felicidad del otro no es contrario al amor sano hacia uno mismo. Amarse a sí no es un delito, sino necesario para subsistir, por eso no le veo impedimento a que coexista con la dedicación a otras personas.
—Los psicólogos insisten en que odiarse a uno mismo es enfermizo.
—Sí, es verdad. Pero también dicen que la indiferencia ante los demás es igualmente una enfermedad, quizás más peligrosa, porque encierra el ego en sí mismo. Necesitamos equilibrar el amor hacia sí y el amor a la pareja. Y ciertamente es más difícil buscar la felicidad de otro que la propia. También más meritorio.
Una muchacha, con posición distante a la del joven que vio el amor como una costumbre, tomó otro rumbo:
—He oído que el respeto es una condición imprescindible del amor en pareja. ¿Lo es? —Sí —respondí—. Sin respeto, no puede existir el amor.
—Y, ¿qué es el respeto? —preguntó la misma joven.
religiosas diferentes, costumbres suyas, de su ambiente, o gustos muy personales. Y que los viva, que los realice cuando lo desee.
—Yo admito así a mi novio —replicó.
—¡Qué bueno! Si admites sus diferencias, que no es sólo conocerlas, aunque no las comprendas o compartas, sin pensar por dentro que está equivocado, permitirás a tu pareja vivir sin presiones. Porque todos encontramos diferencias en la pareja, a veces más comprensibles y a veces más irritantes.
—Pero no es fácil armonizar estas disparidades —sugirió otra joven. —¿Hay medios para lograrlo? —preguntó un muchacho, ya mayor.
Me gustó la pregunta porque es bueno aterrizar en medios prácticos para conseguir lo que se desea.
—Lo primero que facilita admitir las diferencias que se tienen con la pareja es distinguir que pueden ser diferencias admisibles o inadmisibles. Suena muy teórico, pero no lo es: yo aceptaría que mi pareja sea socio de un equipo deportivo, pero no de una secta satánica; y comprendería que crea en la herbolaria, pero no en el poder de unos amuletos. Se puede convivir con ideas o prácticas diferentes, pero hay que saber que algunas son bombas de tiempo —vi muchas caras desconcertadas, con recelos y sospechas que se movían en las mentes, por lo que añadí—. Las diferencias mayores se dan en lo religioso y en las normas éticas. Hay creencias muy distantes, como entre musulmanes y cristianos, y reglas de conducta opuestas, como la tolerancia que acepta la promiscuidad sexual, como es el intercambio de parejas, frente a honestidad en las relaciones sexuales. Estos mundos, muy opuestos, complican un buen entendimiento. No obstante, la calidad humana, el respeto y la buena comunicación entre los novios son quienes sobrellevan las diferencias comunes. Pero si no se dan estos tres valores…
Un joven levantó la mano y, cuando le di la palabra, comentó:
—Conozco un caso de las ventajas que tiene el respeto, porque un primo mío, que aquí nadie conoce —dijo, arrancando risas de todos—, tiene una novia muy detallista. Le deja notas escritas con mucho cariño, le hace regalos imprevistos, como una pluma de color o pin de su equipo de futbol… No sé, como sorpresas agradables. Pero mi primo sé que nunca ha puesto atención a los detalles. Incluso reaccionó con indiferencia a los primeros que recibió. Pero, ¿qué pasó? Al inicio, sintió el gusto de recibirlos. Después sintió algo de pena, pues se vio así como inferior. Luego comenzó a buscar detalles para agradarle a ella y me parece que le fue muy bien. ¿Sucede siempre así?
—¡Que buen caso y qué buena pregunta has hecho! —propuse—. Te digo que es buena pregunta porque tocas un punto central del noviazgo: la calidad de cada persona que lo compone. Observa que, si la persona tiene poca calidad, es irrespetuosa por ejemplo, con mala comunicación, sentirá herido su orgullo, se verá humillada o incómoda, manifestará amargura con algún desplante, callará lo que siente… Por el contrario, si es una persona con calidad humana, tendrá respeto, reconocerá su error, comunicará lo que tiene dentro, como hizo tu primo. ¿Sabes por qué lo hizo?
Con espontaneidad dijo: —Porque es buena gente.
Todos rieron otra vez.
—Efectivamente —confirmé yo—. Porque el amor en pareja es compartir todas las riquezas propias. Es continuar con más detalles para avivar el amor que se tiene. Y el amor entre ambos mejorará.
—Pero cada uno tiene un estilo propio —objetó otro joven.
—Sí. Así es. Pero si los dos platican de su estilo o de la idea sobre el amor que cada uno tiene, pues se adaptarán uno al otro, en sus ideas y en sus costumbres. Cuidarán los detalles, lucharán juntos y triunfarán juntos, pues han elegido formar pareja no por pasarla bien, sino por amor.
El amor no es un simple sentimiento. No es la atracción ante una
persona bella y simpática.
No es la emoción que explota en el enamoramiento y en el cosquilleo sexual. No amamos con la piel, ni con los sentimientos… Amamos con la decisión,
con la voluntad que activa la entrega y la dedicación a alguien.
Amamos cuando hacemos algo para la felicidad del otro. Amamos no simplemente porque nos nace,
sino porque estamos dispuestos a dar la vida para hacer feliz a una persona. El amor es buscar la felicidad de otro.