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La palabra metafísica tiene un origen casual. Los relatos complementarios de Estrabón y Plutarco ilustran acerca de las vicisitudes sufridas por los manuscritos de Aristóteles, desde la muerte de Teofrasto hasta la edición de Andrónico de Rodas. En el siglo I a. de C., los escritos que llevaban por título xpMTi] (ptÁooocpíct se ordenaron después de los traba­ jos sobre física con la designación común de té neta tá. (pvoLxá (i). La expresión latina aparece mucho más tarde, ya en plena Edad Media, y se difunde a partir de Averroes.

La expresión nerá, que inicialmente sólo aludía a la dispo­ sición exterior de los escritos, recibió con el tiempo un signi- < ficado más profundo en consonancia con los temas desarro­

llados en la obra. Lo que en un principio no quería decir más que "después" de la física, vino a significar más tarde aquel género de realidad que por no ser inmediatamente percibido se oculta o se disimula detrás de lo físico. Con el tiempo se acentuó este significado del vocablo, que implica también una manera, al lado de otras posibles, de concebir el objeto

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de esta ciencia como sustraído en principio a toda aprehen­ sión sensible. La metafísica estudia, en efecto, aquella reali­ dad que no se deja conocer por la percepción sensible y a la cual se llega mediante la vía especulativa, ya sea por infe­ rencia o por intuición intelectual. Y el interés que estimula su búsqueda emana de la necesidad de explicar y justificar lo físico, encontrando en lo metafísico su oculto fundamento, su ignorada razón. Por referencia a su razón de ser lo con­ tingente participa de la necesidad, y el conocimiento alcanza plena inteligibilidad.

AMBIGÜEDAD DEL OBJETO: LAS DOS TAREAS DE LA METAFÍSICA DE ARISTÓTELES

Desde muy temprano en la historia de la filosofía se ha in­ tentado precisar el objeto de la metafísica. Por desgracia, desde la obra misma de Aristóteles se ha tropezado con una ambi­ güedad en lo que concierne al objeto, que no siempre ha lo­ grado eliminarse del todo. El propio Aristóteles, y con pareja fortuna sus comentaristas, se esfuerza por superarla. Veamos en qué consiste.

Al comenzar el capítulo 1 del libro T, Aristóteles define a la metafísica en estos términos: "ciencia que estudia el ente en cuanto ente (w ov ov) y aquello que como tal le concierne" Ti, 1003 a 21). El contexto aclara esta definición contraponiendo la metafísica, como ciencia gene­ ral, a las restantes sistematizaciones particulares del conoci­ miento. En efecto: las ciencias limitan su interés al estudio de ciertas causas y ciertos principios de la realidad, circuns­ cribiendo metódicamente un sector determinado de hechos,, pero no estudian el ser de los objetos —el ente como tal—, sino que lo suponen, como, por ejemplo, la ciencia na­ tural para los objetos sensibles, y la matemática para los objetos no sensibles. La metafísica, en cambio, al indagar el ente como ente estudia los supuestos de todas las ciencias. De esta manera es sistematizada la totalidad del conocimiento, quedando por un lado el dominio de los objetos particulares, que interesa a la ciencia, y por otro el dominio del ente como tal. Éste no se confunde con los objetos particulares: se con­ cibe más bien como un objeto en cierto modo distinto y se­

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parado de ios demás, como inevitable punto de referencia de todas las condiciones, propiedades y relaciones de la reali­ dad. En este sentido puede afirmarse que muchas cosas son, en la medida en que constituyen estados, modos o relaciones de un ente, e implican, por eso, una realidad que es abso­ lutamente.

Después de precisar los diversos sentidos y alcances de la expresión sustancia y de clasificar sus géneros, en el capí­ tulo 6 del libro A, Aristóteles asigna a la metafísica el estu­ dio de la sustancia eterna, inmóvil y dotada de existencia ne­ cesaria A 6, 1071 b 3). Libre de todo contacto con la materia que con la individuación pone también la multi­ plicidad, esa sustancia incorruptible es unidad, acto puro, for­ ma pura, pensamiento del pensamiento, áutoconciencia, y su nombre es primer motor, Dios. La metafísica es, pues, teología.

La diferencia salta a la vista: el libro T asigna a la meta­ física una tarea universal: como ontología estudia las condi­ ciones más generales de todos los objetos. El libro A cir­ cunscribe el estudio de la metafísica a un objeto único: Dios, y su nombre es ahora teología.

El propio Aristóteles ha señalado expresamente esta dife­ rencia en el capítulo I del libro E, y se ha esforzado por resolver el problema que ella implica: "podría preguntarse si la filosofía primera es universal o si, en cambio, versa sobre un género determinado y una única naturaleza de entes". Y más abajo agrega: "Si más allá de las cosas naturales no existiera ninguna otra sustancia, la física sería la ciencia pri­ mera. Pero si existe una sustancia inmóvil será superior a las demás, y su ciencia será la filosofía primera, que será uni­ versal justamente porque es primera. Y esta ciencia tendrá por tarea considerar el ente como tal, estudiar su esencia y las determinaciones que le pertenecen en cuanto ente"

E L 1026 a 10).

Este intento de solución no es, sin embargo, satisfactorio porque Aristóteles asigna a la palabra universal dos significa­ dos y se desliza subrepticiamente de uno a otro. En un caso, es universal la ciencia del objeto primero, que por ser prime­ ro es principio de los restantes. En el otro caso, universal es lo que no siendo privativo de ningún ente determinado ni de ninguna región del ser, conviene sin embargo a todas.

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direcciones latentes en el pensamiento de Aristóteles, seña­ lando, como lo ha hecho W. D. Ross, que el ente, objeto de la metafísica, no revela su auténtica naturaleza a través de los individuos concretos, sometidos al cambio y asiento de la potencia, signo de imperfección, sino sólo en lo que es a la vez sustancial e invariable (*).

EL PUNTO DE VÍSTA GENÉTICO: SOLUCIÓN PROPUESTA