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El tercer gran dramaturgo murió el mismo año que Sófocles, en 406, y era muy diferente a su contemporáneo. A los veintiocho años, Sófocles saboreaba su primer triunfo como dramaturgo; Eurípides luchó hasta los cuarenta para conseguir igual resultado. Pero, poco a poco, la indiferencia del público se trocó en rendida admiración, tanto que en los siglos subsiguientes a su muerte, acaso fue Eurípides el más apreciado de los tres dramaturgos. Su producción literaria se conservó mejor que la de sus predecesores, pues se conservan dieciocho de los noventa dramas que escribió.

Eurípides, más realista que sus colegas, penetra en la verdad de la vida cotidiana y en sus grandezas y pequeñeces. En Alcestes, la tragedia más antigua que se conserva de él, traza una bella imagen: la de una joven esposa que se sacrifica para salvar a su marido, el rey Admeto, por haberse enterado que el monarca podría vivir más tiempo si alguien muriera en su lugar.

Eurípides contrapone a la noble figura de Alcestes un personaje menos valiente, el anciano padre del rey. Admeto pide a este que ofrezca su vida, ya inútil, para salvarle a él, su

único hijo, pero el anciano se niega, aunque luego, ante el túmulo de Alcestes, manifieste profundo dolor y trate de consolar al hijo.

Eurípides.

"¿Qué mal he hecho?", alega el anciano. Según él, es Admeto quien ha dado muestras de cobardía al aceptar semejante sacrificio.

Llega entonces Hércules, huésped de Admeto: un Hércules radiante y jovial que en nada se parece al terrible héroe de la leyenda. Cuando conoce la pérdida sufrida por el rey, promete arrancar su presa a Tánatos, el príncipe de manto negro y señor de la muerte. Si fuera necesario, Hércules le rompería las costillas. Cumple su promesa y Admeto recobra a su esposa, aun no siendo muy digno de semejante mujer.

Igual realismo se manifiesta en Medea, la tragedia de los celos, la más famosa de Eurípides. Para vengarse de su marido, Jasón, Medea decide matar a Creusa, la nueva novia de su infiel esposo, y a sus propios hijos. El comienzo del drama es ya impresionante; la anciana nodriza de Medea suplica:

"¡Ojalá que la nave de Argos no volase a la Cólquida y a las Symplégadas, y nunca cayese al suelo el pino cortado en las selvas del Pelión, ni la hubiesen armado de remos los héroes tan ilustres que fueron a conquistar el vellocino de oro de Pellas!"

La anciana piensa en los niños y tiembla al considerar los planes de Medea:

"Odia a sus hijos y no se alegra al verlos. Y temo que maquine algo funesto, por su carácter vehemente, que no tolera injurias. La conozco y me estremezco al pensar que quizás atraviese sus entrañas con afilado acero, o que mate a la hija del rey y a quien se casó con ella, y le sobrevengan después mayores desdichas. Su carácter es violento y nadie triunfará de ella con facilidad."

Eurípides hizo de Medea una heroína trágica, atormentada por sentimientos primarios y contradictorios: por un lado, un profundo amor maternal; por otro, unos celos exacerbados y un deseo irrefrenable de venganza. El coro de mujeres corintias escucha su desesperada queja:

“...esta desdicha imprevista ha desgarrado mi corazón, acabando conmigo; la vida no tiene ya atractivo para mí y quiero morir, ¡oh, amigas! Mi esposo, el peor de los hombres, me ha abandonado cuando cifraba en él mi mayor dicha. Nosotras, las mujeres, somos las más desventuradas entre todos los seres que sienten y piensan."

Eurípides retrata a Jasón como un aventurero antipático, un hombre tan ambicioso y vil, que no se comprende cómo pudo despertar semejante pasión. Jasón arma que sólo las dificultades económicas le impulsaron a casarse con una rica princesa.

"No sólo hoy, sino muchas veces, observé que la rabiosa cólera es mal irreparable. Podrías quedarte en tu casa y en este país, obedeciendo resignada las órdenes de quienes mandan. Pero, profiriendo insensatas palabras, obligas a que te expulsen de aquí."

Cuando le recuerda los beneficios que le proporcionó sacándola del país de los bárbaros para llevarla a Grecia, Medea le replica:

"Ni me hospedarán tus amigos ni aceptaré nada ni nada me daréis, que los dones de hombres malvados nada aprovechan... Vete, que ya sólo deseas a tu nueva novia, y no quieres estar tanto tiempo lejos de su palacio. Cásate con ella. Si los dioses lo permiten, celebrarás un himeneo del que te arrepentirás."

Eurípides penetra en lo más profundo del alma humana; conoce muy bien de lo que es capaz el odio de una mujer. Su deseo de venganza ahoga incluso los sentimientos maternales. El odio convierte a la mujer en demonio y a la madre en monstruo; sin embargo, el espectador siente compasión por ella, y éste es el gran mérito del dramaturgo.

El desenlace del drama no tiene efecto en escena, sino que un mensajero describe a Medea el fin terrible de Creusa.

"Ella, al ver tu regalo, no persistió en su propósito y prometió a Jasón cumplir su deseo, y antes que tus hijos y su padre saliesen del palacio, tomó en sus manos aquel vestido de colores y se lo puso, ciñó sus rizos con la corona de oro y sonrió al contemplar en el espejo su bella imagen. Luego bajó del solio y se paseó por el palacio, andando lenta y majestuosa, satisfecha de los regalos, y remirándose de pies a cabeza. Pero a poco presenciamos un espectáculo horrible: alterósele el color, retrocedió vacilante, tembló todo su cuerpo, apenas pudo llegar al solio, y cayó al suelo. Una anciana servidora, creyendo que le acometía el furor de Pan o de algún otro dios, gritó estridente al observar que arrojaba blanca espuma por la boca, que se extraviaban sus ojos y que la sangre huía del cuerpo...

"La corona de oro de su cabeza despedía llamas sobrenaturales que todo lo devoraban, y los sutiles vestidos, regalo de tus hijos, roían las blancas carnes de la desventurada. Huyó del solio, por fin, ardiendo, sacudiendo sus cabellos a ambos lados, pugnando por arrojar la corona; pero el oro fundido, adherido a ella, no cedía, y el fuego, al agitar sus cabellos, la abrasaba con más fuerza. Cayó, por último, al suelo, rendida de dolor y horriblemente desfigurada: sólo su padre podía reconocerla..."

Éste llega a toda prisa y comparte su desgracia.

Cuando Medea comprueba el éxito de esta parte de su venganza, comunica al coro que ha decidido matar a sus hijos. El monólogo de Medea termina así:

"...Ea, pues, ármate de valor. ¿Por qué titubeo en perpetrar este daño cruel pero necesario? Anda, mísera mano mía, empuña el acero y huella el triste límite de la vida. No seas cobarde ni te acuerdes de tus hijos ni que los amas ni que los diste a luz; olvídalos por un breve día y llora después..."

Medea entra en palacio.

Jasón aparece cuando los sucesos han culminado. Descubre los cadáveres ya fríos de su esposa y de su suegro y, al huir del terrible espectáculo, encuentra a sus hijos asesinados.

La tragedia Ifigenia en Aulide es el brillante remate de la obra poética del dramaturgo. Ifigenia, prototipo de muchacha inocente e ingenua, posee el carácter más atrayente creado por la dramática griega. Ifigenia ofrece su vida por la patria. La flota griega, anclada en el puerto de Aulide a las órdenes de Agamenón, lleva un mes sin poder singlar hacia Troya, porque los vientos son contrarios. La colosal empresa sólo prosperará si Agamenón sacrifica su hija a Artemisa, la diosa de los mares. El jefe griego la requiere e Ifigenia responde al llamamiento sin sospechar la suerte que le espera. Su padre le interpreta el oráculo. Temblando de angustia, la muchacha suplica:

"Fui la primera en llamarte padre, y tú a mí, hija; la primera que, sentada en tus rodillas, te infundí dulce deleite y lo sentí a mi vez. Así hablaste tú: ‘¿Te veré feliz algún día, ¡oh, hija!, junto a tu esposo, llena de vida y salud, como mereces?’ Y yo también junto a tus mejillas, como ahora, te decía: ‘¿Y qué haré yo? ¿Te recibiré anciano en mi palacio, ¡oh, padre!, dándote grata hospitalidad y devolviéndote los cuidados que tuviste al criarme?’ Conservo el recuerdo de estas palabras, pero tú las olvidas para matarme. ¿Por qué he de ser víctima de las nupcias de Alejandro y de Helena?"

Pero sucede algo inesperado: la muchacha presiente que toda Grecia la contempla y se declara dispuesta al sacrificio, revistiéndose así de sublime grandeza:

"No debo amar demasiado la vida que me diste, para bien de todos, no sólo para el tuyo. Soldados armados de escudos, remeros vengadores de la ofensa inferida a su patria, acometerán gloriosas hazañas contra sus enemigos y morirán por Grecia. ¿Y yo sola voy a oponerme?"

Conducida al altar del sacrificio, Artemisa la libra de la muerte en el último momento y se la lleva a Táuride como sacerdotisa. "En lugar de Ifigenia, yacía en el suelo una gran cierva, palpitante y de maravillosa hermosura, inundando de sangre el ara de la diosa."

Los tres grandes dramaturgos ensayaron también el género burlesco y escribieron dramas satíricos. La tragedia surgió del drama satírico, y en los concursos teatrales, tres de aquéllas eran seguidas de uno de estos dramas para disipar en los espectadores las sombrías peripecias de la tragedia. Los dramas satíricos deben su nombre a los "sátiros", mitad hombres, mitad machos cabríos, que componían el coro. Símbolos de la naturaleza, figuran criaturas maliciosas y brutales que acompañan por doquier a Dionisos y entretienen al dios con sus danzas y bufonadas. El único drama satírico que ha llegado hasta nosotros (El cíclope, de Eurípides) trata de la visita de Ulises a la gruta de Polifemo.

Alcestes ofrece muchas analogías con el drama satírico y se sabe que fue representada después de tres tragedias, desempeñando así el papel de un drama satírico. Esto explica en gran parte el carácter burlesco que aparece en Alcestes, más bien tragicomedia que tragedia propiamente dicha.

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