La tragedia es una creación de la cultura griega. Ningún otro pueblo de la antigüedad produjo obras de este género.
Esquilo
Fue el primer gran dramaturgo. En su juventud participó en el colosal drama bélico cuyos escenarios se llaman Maratón, Salamina y Platea. Murió en 456, a los setenta años.
Esquilo
La tragedia más antigua que se conserva de Esquilo es, con seguridad, Las Hikétides (Las suplicantes). Apenas puede llamarse tragedia a esta obra en el sentido actual de la palabra, pues le falta tanto acción como caracteres dramáticos. En esta época, el drama era sólo una gran cantata y la acción gravitaba alrededor del coro. De hecho, la forma más antigua de tragedia fue prolongación de la lírica coral doria. Los escasos diálogos que aparecían se desarrollaban entre un actor y el primer cantor del coro; su única finalidad era dirigir los corales y destacar los más importantes. La acción nació de la presencia del actor junto al primer solista coral. Poco a poco se fueron añadiendo histriones y los diálogos aumentaron a expensas del coro, hasta que éste se convirtió en sencillo intermedio musical entre algunas escenas.
La primera tragedia de Esquilo —en el supuesto que Las Hikétides sea la más antigua— es un bello himno a la gloria de la pureza virginal. Las suplicantes son las cincuenta hijas de Danao, que huyeron de Egipto y de pretendientes demasiado brutales, hasta encontrar refugio en Argos. Poco tiempo después, Danao, rey de Argos, se ve obligado por los pretendientes a condescender con sus exigencias, pero en la noche de bodas sus hijas matan a los maridos que
les han dado. Según la leyenda, las Danaides fueron castigadas en el otro mundo a llenar constantemente de agua una vasija sin fondo.
Para el público de hoy, esta tragedia no es verdadero teatro. No entendemos por teatro una larga serie de lamentaciones, plegarias y amenazas, sin acción ni intriga. Más que una pieza dramática, esta obra es una insistente prédica. Esquilo pone de continuo a los espectadores en contacto con los grandes problemas del pecado y la responsabilidad, el orgullo y el castigo divino, lo que le convierte en educador del pueblo, más que Homero y Hesíodo.
En la tragedia Los persas, tampoco se puede hablar de una auténtica acción dramática, pero Esquilo sabe aquí despertar por otros medios un interés acrecentado durante todo el drama.
La acción se desarrolla ante el palacio real de Susa, cerca del sepulcro de Darío I. Un coro de piadosos consejeros expresa sombríos presentimientos por el resultado de la expedición de Jerjes contra la Hélade, impresión de catástrofe que llega a ser más intensa aun cuando la madre de Jerjes, Atossa, entra en escena y narra un sueño de mal agüero. Se llega al paroxismo cuando entra de súbito un mensajero y describe en términos conmovedores la derrota de los persas en Salamina y la espantosa retirada del ejército de tierra.
«Mensajero. — ¡Oh, ciudades todas del Asia! ¡Oh, tierra de Persia, amplio puerto de riqueza! ¡Cómo una gran prosperidad vino al suelo de un solo golpe! ¡Cayó y pereció la flor de los persas! ¡Ay de mí, infeliz, ser el primero en anunciar tantos males! Pero es forzoso que os descubra todo el cuadro de nuestra desgracia. ¡Persas, el ejército entero de los bárbaros ha perecido!
Coro. — ¡Crueles males, crueles! ¡Nuevas terribles! ¡Ay, ay! Llorad, persas que oís estas
lástimas.
...
¡Oh, dolor! En vano juntaron sus armas innumerables pueblos del Asia contra la funesta Hélade.
Mensajero. — ¡Llenas están de cadáveres las costas de Salamina y todos sus contornos;
cadáveres de quienes tan miserablemente perecieron! ...
De nada sirvieron las flechas. La armada entera pereció al choque valeroso de las naves enemigas.
...
Atossa. — Mas dime, ¿cómo empezó la batalla? ¿Quiénes fueron los primeros en acometer?
¿Acaso los helenos, o fue mi hijo, ensoberbecido con la multitud de sus naves?
Mensajero. — ¡Oh, reina, algún dios vengador, algún mal genio, venido no sé de dónde, fue,
a no dudar, quien inició nuestra desgracia! Un heleno de la flota de Atenas vino diciendo a tu hijo Jerjes cómo, así que cerrasen las negras sombras de la noche, los helenos no permanecerían en sus puestos, sino que saltando presurosos a los bancos de las naves, cada cual por su lado, intentaría salvar la vida con callada y secreta fuga. .Apenas lo oyó, no recelando engaño en el heleno ni malquerencia de los dioses, luego al punto ordenó a todos los capitanes de nave que, tan pronto dejase el sol de enviar sus rayos sobre la tierra y la oscuridad se enseñorease del dilatado templo del éter, dispusieran sus numerosas naves en tres órdenes, para guardar los pasos y estrechos de aquellos mares, y otras formando círculo en torno a la isla de Ayax. «Porque si los helenos, por cualquier camino que se os oculte, .escapan de la ruina que les amenaza, todos vosotros pagaréis con vuestra cabeza.» Tal dijo con arrebatado y engreído ánimo; ignoraba lo que le reservaban los dioses. La armada, sin desorden y con obediente disciplina, se prepara; sácase el matalotaje y dispónese la cena; los marineros amarran los remos a los escálamos, prontos a la maniobra. Luego que se puso el sol y vino la noche, remeros y soldados, todos en sus naves, ocupan sus puestos. Hácense las señales de mando; se alinea la flota; toma cada cual la derrota que se le designa y toda la noche tienen los capitanes a la gente de mar navegando de un sitio a otro. La noche transcurría y los helenos no se daban mucha prisa a salir en secreto por
parte alguna. Mas, apenas el luciente día, conducido por sus blancos caballos, se enseñoreó de toda la tierra, cuando de la parte de los helenos levantóse grande y regocijado clamor a modo de músico canto, a que respondían con estruendosos ecos las acantiladas costas de la isla. Entró el pavor en los bárbaros, engañados en su esperanza; que no cantaban entonces los helenos aquel sagrado pean para huir, sino para arrojarse a la pelea con animoso aliento. El clarín, con su voz, enardecía aquellas marciales maniobras. De pronto, a una señal del cómitre, azotan los remos unísonos las mugidoras aguas, y de pronto tenemos a la vista toda la armada helena. El cuerno derecho venía guiando el primero en buen orden; detrás, venía el grueso de las naves, y bien se podían oír ya de cerca estas voces que de ellas salían: «¡Oh, hijos de la Hélade, adelante! ¡Libertad a la patria, a vuestros hijos, a vuestras esposas, y los templos de los dioses de vuestros padres, y las tumbas de vuestros mayores! Por todo ello empeñad la suprema lucha». Por nuestra parte respondióles la algazara de nuestros gritos persas; no había ya vacilación. Pronto un navío clava su broncíneo espolón en otra nave nuestra; un barco heleno comenzó el abordaje, y despedazó el aparejo de un bajel fenicio. Lánzase una escuadra contra otra. Al principio, la masa de la flota persa resistió la arremetida, mas así que aquella multitud de barcos se vio apretujada en una angostura donde no podían valerse los unos a los otros, ellos mismos se herían con sus espolones de cobre y quebraban andanadas enteras de remos. Las naves helenas, bien dirigidas, acometieron entonces en redondo y comenzaron a herir por todas partes; nuestros bajeles, volvieron las quillas, y ya no se veía el mar, cubierto de navales despojos y cuerpos ensangrentados. Costas y escollos se cubren de cadáveres. Los barcos que pertenecieron a la poderosa armada bárbara, viran y emprenden desordenada fuga, entre víctimas y pedazos de remos y restos de tablas que hieren y destrozan. El ancho mar resuena por doquier con lamentos y gemidos, hasta que por fin asoma la noche su negra faz y nos arranca de manos de los helenos. En cuanto a la multitud de males que nos sobrevinieron, aunque hablase diez días seguidos no podría referírtelo todo. Pero ten por cierto que jamás en un solo día murió tanta muchedumbre.»
Finalmente, aparece Jerjes, abatido, aniquilado. Lleva sólo un carcaj vacío, sombrío símbolo de la derrota. Su orgullo incendió en otro tiempo los templos de los dioses, y ahora éstos se vengan castigándole con un desastre. El drama termina con las lamentaciones de Jerjes y del coro.
La tragedia Los persas no es sólo una obra de arte impresionante, sino también un monumento imperecedero a la ponderación y al humanismo de los griegos, un himno de victoria sin rasgos de orgullo o de odio nacional. El autor combatió contra los persas, como muchos de sus oyentes; de ellos, bastantes lloraban al pariente o al amigo muertos por las armas enemigas. Sin embargo, la tragedia está llena de compasión hacia los vencidos.
Por muy elevadas que sean Las Hikétides o Los persas como obras de arte, Esquilo no consiguió pintar caracteres; en cambio, sí lo consigue en la tragedia Prometeo, quizás el drama más solemne y profundo de la antigüedad. Prometeo, el titán que robó el fuego a Zeus para ofrecérselo a los hombres, se sacrifica por amor a la humanidad. El dios lo castiga a estar encadenado en una montaña de Escitia, donde un águila acude cada día a devorar sus entrañas. Por fin, Hércules lo liberta.
El Prometeo de Esquilo trata de problemas fascinantes y eternamente insolubles: los pros y contras de la civilización, la ciencia del bien y del mal. Este drama arraigó tanto en el alma de los hombres, que inspiró luego a muchos poetas ilustres.
Esquilo escribió más de setenta tragedias, pero sólo se han conservado siete.
Lo más admirable de su obra es la sencillez con que consigue lo sublime y el desprecio por el recurso fácil. La acción va directa a su objetivo, recta y majestuosa.