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CHAPTER 3 – Integer Program

3.3 Average, Slugging Percentage, and Runs IP

«El discurso del desarrollo sostenible va engullendo al am- biente como concepto que orienta la construcción de una nueva racionalidad social. La estrategia discursiva de la globalización genera un metástasis del pensamiento crítico, disolviendo la contradicción, la oposición y la alteridad, la diferencia y la alternativa, para ofrecernos en sus excre- mentos retóricos una re-visión del mundo como expresión del capital. La realidad ya no sólo es refuncionalizada para reintegrar las externalidades de una racionalidad económica que la rechaza. Más allá de la posible valorización y reinte- gración del ambiente, éste es recodificado como elemento del capital globalizado y de la ecología generalizada». Leff, 1998: 23

Los signos cada vez más evidentes de la crisis ambiental, tanto a escala global como local, se encargaron de dar el impulso inicial a la irrupción de «lo ambiental» dentro del campo del desa- rrollo. Recordemos que a partir de los setenta, debido a los cho- ques petroleros y por la amenaza de que el mundo industrializado se quedase sin energía (por más contaminante que esta nos pa- rezca hoy), académicos, políticos y organizaciones de la socie- dad civil, se comenzaron a plantear desde diversos enfoques, el aparentemente cercano fin del petróleo que movía al mundo en- tero. El foco de atención sobre el tema ambiental era sin duda el agotamiento de los recursos naturales en el mundo, frente a la demanda creciente de la población, tal como consignan los Infor- mes del Club de Roma.

La conciencia ambiental emerge en el Norte durante los años sesenta con la Primavera Silenciosa de Rachel Carson (1962), y se expande hasta ahora por nuestros países, a partir de la conferencia de la ONU sobre el Medio Ambiente Humano, realizada en Estocolmo en 1972. El primer informe del Club de Roma (Meadows, 1972) y los siguientes, pusieron en tela de jui- cio la viabilidad del crecimiento como objetivo económico pla-

netario. De seguir todo como estaba, el agotamiento de los re- cursos naturales y los niveles de contaminación hacían inviable la sustentación de la población en el planeta. Para la mayoría de pensadores y gestores del desarrollo, los elementos ambien- tales parecían poco cercanos y ciertamente menos prioritarios que la pobreza y la modernización. De ahí que en la década de los setenta e incluso entrados los ochenta, fuese corriente es- cuchar por parte de los tecnócratas, comentarios que mostra- ban bastante desdén e ignorancia respecto del medio ambiente. Lo cierto es que desde hacía mucho tiempo, diversos y germinales movimientos sociales, campesinos e indígenas en nuestra región, ya habían iniciado un cierto activismo ambientalista, ligado profundamente a la superviviencia de los grupos humanos que dependían (y dependen) de los bosques, las tierras y los mares para comer y vivir. A este respecto se tiene el emblemático caso de la lucha de Chico Mendes en Brasil, defendiendo los bosques contra las talas intensivas que los de- jaban sin sustento.

En términos de pensamiento, en América Latina, ya en los setenta habían surgido las radicales ideas y estrategias del ecodesarrollo, publicándose en México el artículo pionero «Am- biente y Estilos de Desarrollo», de Ignacy Sachs (1973)38, así

como «Hacia un Proyecto de Ecodesarrollo» (Leff, 1975)39.

En 1976 se organizó en México el primer Simposio sobre Ecodesarrollo (coordinado por Enrique Leff con la Asociación Mexicana de Epistemología), el que más tarde llevó a la publi- cación de un libro colectivo «Los Problemas del Conocimiento y la Perspectiva Ambiental del Desarrollo,40. Más adelante,

Sachs publicó sus trabajos en la década de los setenta en espa-

38 Comercio Exterior, México, 1973. 39 Comercio Exterior, México, 1975.

40 Enrique Leff, et al (1986): Los problemas del conocimiento y la perspectiva

ambiental del desarrollo. Siglo XXI, México (donde se incluye trabajos escritos a principios de los ochenta)

ñol, en su libro «Ecodesarrollo: Desarrollo sin Destrucción» (Sachs, 1982), en el que se postulaba la necesidad de fundar nuevos modos de producción y estilos de vida, promoviendo desarrollos fundados en las condiciones y potencialidades de los ecosistemas y en el manejo prudente de los recursos, así como en la diversidad étnica y la autoconfianza de las poblacio- nes para la gestión participativa de los recursos (Leff,1998).

Cabe destacar que más al sur de América, desde la CEPAL, el tema de los estilos de desarrollo también había sido reflexionado, en publicaciones que discutían el tema como ca- tegoría que comprende las formas de vida, trabajo y evolución económica y social de nuestros países, destacándose Raúl Prebisch, José Medina Echavarría, Marshall Wolfe y Oscar Varsavsky, a partir de la década de los sesenta (ver Quiroga, 1993 y Pinto, 1986), con enfoques multidisciplinares que inte- graban aportes de la economía, la sociología y la politología. Pero con cierta posterioridad, algunas de los fundamentos del pensamiento original sobre estilos de desarrollo en América Latina fueron retomados por varios autores para abarcar explí- citamente la dimensión ambiental41, asociada sobre todo a re-

cursos naturales. Estas contribuciones se publicaron en un vo- luminoso libro compilado por Sunkel y Gligo (1980) titulado «Es- tilos de Desarrollo y Medio Ambiente»42, evidenciándose lo que

hoy sabemos de sobra en nuestra región, el creciente deterioro y la importancia estratégica de los recursos naturales como suelos, bosques y aguas, en la prospección del anhelado desa- rrollo.

Lamentablemente, las propuestas más radicales, como el ecodesarrollo y el etnodesarrollo, se fueron diluyendo con la

41 Ver Prebisch, Raúl (1979): Biósfera y desarrollo. Seminario Regional sobre

Estilos de Desarrollo y Medio ambiente en América Latina.

42 Realizada a partir del Seminario Regional sobre Estilos de Desarrollo y Medio

crisis de la deuda externa, que cambió las prioridades dentro del pensamiento sobre el desarrollo latinoamericano. Como es- tablece Naredo (1996), debido a su fuerte significado, el concep- to de ecodesarrollo provocó el veto de la corriente principal, a partir de lo cual se impuso el ambiguo y exitoso término «desa- rrollo sostenible», que había sido popularizado por el Informe Brundtland. No obstante, lo que quedó de estas ideas contra hegemónicas del ecodesarrollo, siguió circulando en espacios más bien alternativos, porque en el estabishment se debilitó hasta casi desaparecer con la arremetida neoliberal.

Así, el tema ambiental no tomó relevancia internacional institucionalizada dentro del campo del desarrollo, hasta que a mediados de los ochenta, Naciones Unidas nombrara la Comi- sión Brundtland, al más alto nivel, para investigar las causas del entonces seguro deterioro ambiental global, que podía observar- se en la depredación de recursos, el adelgazamiento de la capa de ozono, el efecto invernadero, la escasez de combustibles fósi- les, y los innegablemente altos niveles de contaminación urbana e industrial en cuerpos de agua, en la tierra y en el aire que com- partimos todos.

A solicitud del secretario general de la ONU, en 1984 se constituyó la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desa- rrollo, que trabajó por tres años buscando un consenso de diag- nóstico y propuestas que conciliara las dispares y contradictorias visiones, que se publicaron en el libro Nuestro Futuro Común (Informe Brundtland en español: 1988; original en inglés, publica- do en 1987).

La comisión Brundtland lanzó al estrellato el «desarrollo sostenible», un concepto hasta hoy tan amplio, que casi carece de significado. Tanto la institucionalidad oficial internacional, como los gobiernos del orbe y los empresarios en el mundo, se mostra- ban muy receptivos al nuevo término. Se suscitó un consenso

tan amplio como curioso, probablemente porque en el fondo, con este constructo de desarrollo, ambientalmente adjetivado, nada realmente profundo estaba cuestionado en el modelo de desarro- llo a escala mundial.

Aún así, como este concepto es claramente difícil de llevar a la práctica, la Cumbre de Río en 1992 generó el programa Agen- da 21 y gran cantidad de países se comprometieron a avanzar en el desarrollo sostenible. Muchos nos sentimos verdaderamente es- peranzados con Río, pues por primera vez se reunían los mandata- rios del mundo a discutir sobre medio ambiente y desarrollo. Los gobiernos por doquier, parecían comenzar a entender las relacio- nes directas entre el medio ambiente y el bienestar de las perso- nas, y quizá hasta incorporarían el cuidado de los ecosistemas den- tro de las políticas y programas. Pero al cabo de una década, cuando los gobernantes y las agencias internacionales se volvieron a reunir en Johannesburgo para evaluar los avances de diez años, se hizo evidente que se había hecho muy poco, la cooperación para implementar no llegó a los países en desarrollo y la máxima poten- cia contaminadora y depredadora de recursos, los Estados Unidos de Norteamérica, retrocedió bajo el mandato de George Bush has- ta negarse a firmar el Protocolo de Kioto, un acuerdo ambiental mundial realmente vinculante y cooperativo para disminuir el ca- lentamiento global.

Pero aunque lograr que todas las decisiones hagan suyo el concepto abarcativo de la sustentabilidad su desarrollo sea una tarea titánica, al menos se debe reconocer que hemos avanzado algo. Mientras todos estos movimientos pendulares se sucedían en el mundo de los intereses corporativos y de gobernantes, en algu- nos espacios académicos y de organizaciones de la sociedad civil, se fueron construyendo otras visiones de la sustentabilidad, algu- nas claramente contra-hegemónicas.

Hoy en día, se puede hablar de dos grandes aproximacio- nes al «problema ambiental». La primera visión, instrumental al

proyecto economicista, pretende «incorporar» las dimensiones ambientales, como si éstas no hubieran estado formando parte (de la producción económica, de la cultura y de las relaciones sociales), procesando dicha dimensión en forma lineal y productivista, para terminar generando un cuadro parcial y cier- tamente irresponsable, en tanto propugna ciertas acciones de «racionalización» en el uso de recursos, la optimización de cuo- tas de captura, así como una serie de aparejos y dispositivos que de alguna manera sirven para mitigar las «externalidades am- bientales negativas», propias de un proceso económico que, en lo medular, resiste incuestionado y autista.

La segunda visión, supone un cierto salto epistemológico, que a la postre pocos han estado dispuestos a dar. Requiere del enfoque de sistemas y recurre a la transdisciplina, develando los límites biofísicos al pretendidamente infinito crecimiento econó- mico. Esta concepción implica opciones de políticas públicas y comportamientos ciudadanos de cuidado permanente, para obte- ner el máximo bienestar humano, con la mínima cuota de cose- cha de recursos y contaminación del medio ambiente. Novedosamente, lo anterior es imposible si no ocurre una re- distribución tanto mundial, como también al interior de los países, del acceso al patrimonio ecológico; para hacer equitativos los derechos y obligaciones de toda persona que habita nuestro pla- neta, como desarrollaremos en el capítulo siguiente.

5.3 Integrismo medioambiental: Concepción del

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