¿Cuál era la causa de todos los males de Bolivia? ¿Cuál la fuente de todos sus desaciertos? ¿Cómo regenerar a este pueblo? Tales eran las preguntas que se agitaban en la mente de los hombres que aspiraban a regenerar a la nación boliviana. Las mismas preguntas que hemos visto se hacen otros hispanoamericanos en sus diversos pueblos. Gabriel René-Moreno nos habla, en sus Notas biográficas y bibliográficas, de Nicomedes Antelo, boliviano, originario de Santa Cruz de la Sierra, que reside en Buenos Aires desde 1860 hasta 1882 (René-Moreno 1901). En la Argentina aprende la lección con la cual va a encuadrar y a juzgar los males de su patria. “La filosofía de la evolución —dice René-Moreno—, como la han formulado recientemente los positivistas ingleses y alemanes de la nueva escuela darwiniana, era profesada por Nicomedes Antelo con fervor de sectario y con autoridad de apóstol. El maestro de escuela de Buenos Aires sabía leer de corrido en Lamarck, en Darwin, en Herbert Spencer, en Haeckel”. Como hombre “tenía el orgullo propio de un naturalista darwiniano: ser descendiente, por línea de las hembras y por línea de los machos, de las barraganas y soldados españoles que fundaron Santa Cruz de la Sierra. Estaba contento con ser latino, si bien por las tendencias de su espíritu hubiera sido con más propiedad anglosajón”.
El mal boliviano era enjuiciado desde este punto de vista naturalista. “¿Se extinguirá el pobre indio al empuje de nuestra raza?”, se preguntaba Antelo. “Si la extinción de los inferiores es una de las condiciones del progreso universal, como dicen nuestros sabios modernos, y como lo creo —agregaba—, la consecuencia, señores, es irrevocable, por más dolorosa que sea. Es como una amputación que duele, pero que cura la gangrena y salva de la muerte” (René- Moreno 1901). Al igual que Sarmiento en la Argentina, Antelo creía que con la desaparición de la raza india y la mestiza Bolivia se regeneraría. Antelo creía también que el cerebro indígena y el cerebro mestizo eran celularmente incapaces para concebir y entender la libertad republicana, con los derechos y obligaciones que implicaba. Por término medio, decía, “esos cerebros pesan entre cinco, siete y diez onzas menos que el cerebro de un blanco de pura raza. En la evolución de la especie humana tal masa encefálica corresponde, fisiológicamente, a un período psíquico de dicha especie hoy decrépito, a un organismo mental raquítico de suyo para resistir el frotamiento y choque de las fuerzas intelectuales, económicas y políticas con que la civilización moderna actúa dentro de la democracia”.
“El indio no sirve para nada. Pero, eso sí —agregaba—, representa en Bolivia una fuerza viviente, una masa de resistencia pasiva, una induración concreta en las vísceras del organismo social” (René-Moreno 1901). Por el otro lado tenemos a “los mestizos, casta híbrida y estéril para la presente labor tecnológica como el mulo para el transformismo de las especies asnal o caballar. Los mestizos, con un tórax levantado por los apetitos y su espíritu uncido por el instinto del proselitismo del caudillaje, representan en la especie humana una variedad
subalterna, que corresponde a una generación confusa de la impetuosidad española y el apocamiento indígena”. La mezcla ha dado origen a esa clase que es al mismo tiempo revoltosa y servil, anárquica y pasiva. “La propensión de la casta tiende, como es notorio, al ocio, a la reyerta, al servilismo y a la intriga, gérmenes del bochinche y del caudillaje; bien así como, de otro lado, la estupidez y el amilanamiento del indio incásico se amoldan a punto para perpetuar a la sociedad en el despotismo”. Necesariamente, afirma Antelo, la concurrencia de esta casta con la raza europea, la criolla o la que ha logrado salir del mestizaje por felices selecciones, tendrá que sucumbir. La raza indígena y la casta mestiza “tendrán que sucumbir en la lucha por la existencia, como están sucumbiendo hoy y se extinguen a nuestra vista en Australia hombres, plantas y animales, precisamente porque las especies importadas o las especias nuevas ya aclimatadas tienen mejores condiciones para la lucha”. Nicomedes Antelo concluía diciendo: “Que por la virtualidad que es propia del transformismo desaparezcan cuanto antes el indio y el mestizo de Bolivia, esos dos agentes arcaicos, incásico uno y colonial el otro; que se extingan bajo la planta de la inmigración europea” (René-Moreno 1901).
La justificación de esta tesis la encontraba Antelo en la vida social argentina. Toda América sabía de la dilatada guerra que en este país se había desatado entre las castas mestizas del interior, acaudilladas por Rosas, y la raza criolla de la capital. En esta lucha la civilización de la segunda había vencido a la barbarie de las primeras. El profesor boliviano residente entonces en Buenos Aires era testigo del gran avance material de la Argentina, era testigo de su cada día mayor progreso. El gran espectáculo le deslumbraba. “Contemplaba con pasmo —dice René- Moreno— la precisión casi mecánica del fenómeno sociológico, según el cual a medida que el indio y el mestizo iban pereciendo vencidos en la lucha por la existencia contra la superioridad irresistible de las razas indoeuropeas, se afianzaba en los vecindarios el orden público [...] subía el progreso intelectual y moral por rápidas pendientes, la riqueza y el bienestar se iban esparciendo a todos las ámbitos de la república” (René-Moreno 1901).
Comparando este progreso con los males de su patria, se daba cuenta de la necesidad de recurrir a tan drásticos remedios. Todo era confusión, la sociedad boliviana no acertaba a tejer otra tela para cobijarse y defenderse que el estéril y sangriento militarismo. “Áspera tela, caudillaje por el derecho y revolución por el revés”. Todo el mal tenía su origen, decía Antelo, en la “heterogeneidad de razas, de costumbres, de idiomas, de índole, hasta de ideas”. Todo esto no tenía más amalgama que “un régimen impuesto por la espada de los libertadores”. Estas ideas no cambiaron en Antelo; “veintidós años de estudios ulteriores en Buenos Aires — dice René-Moreno—, siguiendo día por día el desenvolvimiento de las ciencias positivas, no sirvieron sino para vigorizar [...] estas primeras convicciones”. Siguiendo a los positivistas, Antelo sostuvo “que la libertad y el orden en Bolivia no deberían buscarse sino en el campo del
bienestar material, poniendo de preferencia en actividad efectiva todos los agentes económicos
que sugiere el arte industrial y los que brinden allá los recursos naturales del país. En 1882, como en 1860, su principio político era el trabajo” (René-Moreno 1901). Inmigración e industrialización podrían ser, en resumen, los remedios propuestos para la regeneración de Bolivia. Inmigración e industrialización, los remedios que todos los emancipadores mentales de Hispanoamérica habían soñado para ésta.