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CUANDO hacemos un corte a través de las tres dimensiones en un

cubo de una pulgada (figuras Iy II),nos quedan ocho cubos en vez de uno; el volumen sigue siendo el mismo, pero se ha doblado la superficie (figura III).La figura Imuestra

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FIG. I FIG. II

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una superficie de seis pulgadas cuadradas; la figura III muestra ocho cubos, cada uno con seis caras que miden media pulgada: 8

140 METABOLISMO MENTAL EL INSTINTO DE HAMBRE 141 duplicado de esta forma la superficie del cubo original y pode-

mos proseguir la subdivisión, acrecentando con ello la superficie. La ventaja de una superficie amplia es su reacción rápida y completa a los influjos físicos y químicos. Una pastilla de aspi- rina se disuelve más rápidamente cuando está hecha pedazos. Cuando se pone un trozo de carne en un ácido suave, se requiere largo tiempo para que se disuelva, ya que el ácido tan sólo ataca la superficie sin tocar la parte interior. Pero cuando se despedaza y extiende, toda la substancia se disolverá en el mismo tiempo que fue necesario para penetrar la superficie en el primer ejemplo.

Este t representa el papel más importante en el proceso del consumo de alimento. Pero no se ha de ignorar el fí, ya que está presente en el acercamiento al alimento (apetito), en el sabor y en algunas reacciones químicas sintéticas dentro de nuestro organismo. Estas funciones son relativamente insignificantes en el feto, pero en el individuo postnatal desempeñan un papel siempre creciente.

En el primer estadio encontramos el embrión, que es semejante a cualquier otro tejido de la madre; obtiene todo el alimento que requiere vía la placenta y el cordón umbilical —la comida licuefacta y químicamente preparada, lo mismo que la cantidad necesaria de oxígeno. En los primeros estadios estos alimentos son proporcionados a los tejidos sin esfuerzo alguno por parte del feto, aunque más tarde el corazón del embrión toma parte en la distribución. Con el nacimiento el cordón umbilical deja de funcionar, se corta la línea vital entre madre e hijo y para mantenerse vivo, el recién nacido se enfrenta a tareas que — sencillas para nosotros— pueden resultar difíciles para el pequeño organismo. Tiene que proporcionarse su propio oxígeno, es decir, comenzar a respirar, y tiene que asimilar el alimento. Como se demuestra al principio de este capítulo, no se requiere todavía desmenuzar estructuras sólidas, pero se deben reducir y diluir químicamente las moléculas de proteínas de la leche en substancias más simples. Sin embargo, el niño recién nacido debe desempeñar un papel activo consciente: el mordisco de dependencia.

En la siguiente fase brotan los dientes anteriores del niño y con ello aparecen los primeros medios para atacar alimento sólido. Estos dientes anteriores actúan como tijeras, implicando también el uso de los músculos de la mandíbula, aunque en nuestra civilización su empleo se ve remplazado con frecuencia por el del cuchillo, con el resultado del deterioro de los dientes y su función. La tarea de los dientes es destruir la estructura bruta del alimento, como se ve en las figuras I a III. Los pezones de la madre se convierten en "algo" que morder. Se inicia el "canibalismo" como equivocadamente se llama a este estadio en psicoanálisis. Morder el pezón puede resultar doloroso para la madre. Al no percibir la naturaleza biológica del impulso de morder del niño, o tal vez por tener un pezón dolorido, la madre puede llegar a alterarse y hasta golpear al niño "malo". Los golpes repetidos condicionarán al niño a una inhibición del morder. El morder se identifica con hacer daño y recibir daño. Sin embargo, el trauma de retribución no se encuentra con tanta frecuencia como la frustración traumática debida al retiro del pecho (destete prematuro o repentino). Cuanto más se inhibe la actividad de morder, menos desarrollará el niño la capacidad para manejar un objeto en caso de que y cuando la situación lo exija.

En este caso se inicia un círculo vicioso. El niño pequeño no puede reprimir 1 sus impulsos ni puede resistir con facilidad un

impulso tan poderoso como el de morder. En el niño muy pequeño no están desarrolladas todavía las funciones del Ego (y con ellas las fronteras del Ego). En mi opinión, tiene a su disposición tan sólo medios de proyección. El niño, en este estadio, no puede distinguir el mundo interior del exterior. La expresión "proyección", por tanto, no es muy correcta por sig- nificar que algo que debería sentirse en el mundo interior se experimenta como perteneciente al campo exterior; no obstante, para fines prácticos, podemos usar la palabra "proyección", en vez de "estado prediferencial de proyección" (véase el capítulo X de esta parte).

Cuanto más se inhiba y proyecta la capacidad para herir, más desarrollará el niño el miedo a ser herido; y este miedo

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1 La represión tiene originalmente su base en el control de los músculos orbiculares

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MENTAL

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de represalias, a su vez, producirá una renuencia mayor a infligir dolor. En todos estos casos se puede encontrar un empleo insuficiente de los dientes anteriores, junto con una incapacidad general para hacer presa en la vida, para clavar los dientes en una tarea.

Otra salida de la agresión inhibida es la "retroflexión" a la que he reservado un capítulo especial.

Si el desarrollo dental se detuviera después de la aparición y empleo de los dientes anteriores, seríamos capaces de morder un trozo bastante grande en pedazos pequeños, pero la digestión de esos pedazos pondría a prueba nuestro aparato químico y requeriría un tiempo considerable. Al reducirse una substancia a partes más pequeñas, mayor es la superficie que ofrece a la acción química. La tarea de los molares es destruir los pedazos de alimento; la masticación es el último estadio de la preparación mecánica para el siguiente ataque por medio de los jugos químicos del cuerpo. La mejor preparación para una digestión conecta es reducir el alimento a una pulpa casi fluida mezclándolo completamente con saliva.

Pocas personas se dan cuenta de que el estómago es simple- mente cierto tipo de piel incapaz de habérselas con pedazos. El organismo, a veces, para compensar la falta de masticación, produce una cantidad excesiva de ácido estomacal y pepsina. No obstante, este ajuste entraña el peligro de desarrollar una úlcera gástrica o duodenal.

Los diferentes "estadios/del desarrollo del instinto de hambre pueden clasificarse "como estadios prenatal (antes del naci- miento) predental (mamar), incisivo (morder) y molar (morder y masticar). Antes de entrar en detalles del aspecto psicológico de estos diferentes estadios me gustaría detenerme en un tema ya tocado antes: el tema de la impaciencia. Muchos adultos tragan el alimento sólido "como si" fuera líquido, algo que se debe pasar a tragos. A esta gente la caracteriza siempre la impaciencia. Exigen la satisfacción inmediata de su hambre —no han desarrollado interés por destruir el alimento sólido. Su impaciencia se combina con voracidad e incapacidad para lograr satisfacción, un hecho que aclararemos más tarde.

Para percibir la íntima relación entre voracidad e impaciencia, tan sólo hay que observar la excitación, voracidad e impaciencia de un niño de pecho cuando bebe. La función de contacto del niño de pecho se restringe al mordisco de dependencia y el resto de la alimentación es confluencia (fluere = = fluir). Cuando los adultos tienen mucha sed se comportan en forma parecida sin ver nada malo en ello. Pero la gente que engulle alimentos sólidos confunde lo sólido con lo líquido, con el resultado de que ni desarrollan la capacidad para masticar, para hacer un trabajo completo, ni la capacidad para permanecer en suspenso. Hagan una comparación entre el que come impacientemente (que desde luego siempre encontrará una excusa para su prisa, como "no tener tiempo") con la persona que espera el tranvía. Para la mente del que come vorazmente, llenar la boca es en cierto sentido una "figura", como lo es el tranvía para el que impacientemente lo espera. En ambos casos se espera la confluencia, aquí el flujo conjunto de imagen y realidad, y sigue siendo el impulso primario. El llenar la boca no se retrotrae hacia el fondo, como debiera ser, y el placer de saborear y la destrucción del alimento no llega a ser el centro de interés —"la figura".

Sobre todo, permanece sin gratificación la tendencia destructora, que debería tener su salida biológica natural en el empleo de los dientes. Encontramos aquí las mismas funciones de más y menos qué en las evitaciones. La función destructora, aunque en sí no es un instinto, sino un instrumento muy poderoso del instinto de hambre, es "sublimada" —apartada del objeto "alimento sólido". Se manifiesta en forma nociva: matar, hacer guerra, crueldad, etc., o por medio de retroflexión, como autotortura y hasta autodestrucción.

Se trata con frecuencia a experiencias puramente mentales (deseos, fantasías, soñar despierto) "como si" fueran realidades objetivas. En las neurosis obsesivas y en otras se puede, por ejemplo, advertir que un deseo de hacer algo prohibido es tratado y castigado por la conciencia de una forma similar a como las autoridades legales castigan la mala acción real. De

hecho, muchos neuróticos no pueden establecer diferencia entre una mala acción imaginaria y una real.

En las psicosis la confluencia de imaginación y realidad con frecuencia conduce al paciente no sólo a esperar, sino a infligir castigo real por acciones imaginarias. El hambre de alimento mental y emocional se comporta como el hambre física. K. Horney observa atinadamente que el neu- rótico vive permanentemente ávido de afecto, pero que su avidez nunca se ve satisfecha. Un factor decisivo en este com- portamiento del neurótico es que no asimila el afecto que se le ofrece. O se niega a aceptarlo o lo implora, de tal forma que le resulta molesto o sin valor en cuanto lo ha obtenido.

Además esta actitud impaciente, voraz, más que ninguna otra cosa, es la responsable de la estupidez excesiva que encontramos en el mundo. Del mismo modo que. estas personas no tienen paciencia para masticar el alimento real, así tampoco se dan el tiempo suficiente para "masticar" el alimento mental.

Como la época moderna promueve el comer apresuradamente en gran medida, no es sorprendente oír al astrónomo que dijo: "hay dos cosas infinitas, hasta donde sabemos, el universo y la estupidez humana". Hoy sabemos que esta afirmación no es muy correcta. Einstein ha demostrado que el universo tiene límites.