4.6 Retinal oximetry algorithm
4.6.3 Oximetry algorithm
VI. EL COMPLEJO DE MANIQUÍ
TAL VEZ la más interesante de todas las resistencias orales sea la
actitud "de maniquí". Aunque nuestro conocimiento acerca de ella es aún escaso, disponemos de suficientes observaciones como para garantizar su publicación. El descubrimiento del complejo de maniquí ha arrojado luz sobre cierto número de análisis obscuros y espero -una vez que lo hayan verificado otros analistas— que aportará mayores contribuciones, ante todo, al problema de las fijaciones.
Para comprender la actitud de maniquí tengo que volver una vez más al niño de pecho y a sus dificultades para alcanzar el estadio de morder. La actividad principal del niño de pecho se limita al mordisco de dependencia, que no es un "auténtico mordisco", ni un morder una parte del pecho, sino que establece confluencia entre la madre y el hijo. De esta forma, tan sólo el inicio del proceso de alimentación presenta alguna dificultad consciente; una vez que el niño ha hecho de su boca una bomba de vacío y comienza a fluir la leche, no se requiere por su parte ningún otro esfuerzo. Los movimientos de succión son subcorticales, automáticos y al irse realizando la alimentación, el niño se va durmiendo gradualmente. Tan sólo unas pocas semanas después del nacimiento puede observarse otras actividades conscientes —como expulsar conscientemente el pezón de la boca, o hacer conscientemente movimientos de succión— en relación con el proceso de alimentación.
Puede surgir un conflicto cuando comienzan a crecer los dientes del niño. Si el flujo de leche es insuficiente, el niño se verá provocado a movilizar todos los medios a su disposición para lograr su satisfacción, lo cual implica el empleo de las encías endurecidas y el intento de morder. En este estadio, cualquier frustración, cualquier retiro del pecho sin substitu- ción inmediata de alimento más sólido conducirá a inhibición
dental. El niño tendrá la impresión de que no se restablecerá el equilibrio por medio de sus intentos de morder, sino que se verá aún más alterado y que, por ello, el objeto que pro- porciona leche no debe ser abordado de una forma distinta que antes. No se realiza la diferenciación entre él pecho, que debe ser dejado intacto y el alimento, que debe ser mordido, masticado y destruido.
Esta temprana inhibición lleva al desarrollo de dos distintos rasgos de carácter: una actitud de dependencia (fijación) por un lado y, por otro, la actitud "de maniquí":
Las personas con estas características se apoyan en una per- sona o cosa y esperan que esta actitud sea suficiente, por sí misma, para "hacer que la leche fluya". Podrían hacer grandes esfuerzos para apoderarse de algo o de alguien, pero suspen- derán sus esfuerzos en cuanto lo hayan logrado. Tratan de es- tabilizar cualquier relación en la primerísima fase de contacto; pueden así tener cientos de relaciones, pero ninguna llega a ser una amistad real. En sus relaciones sexuales tan sólo importa la conquista del compañero, pero la relación consiguiente muy pronto llega a carecer de interés y se hacen indiferentes.
Se da una discrepancia notable en la actitud de estas per- sonas antes y después del matrimonio. Un proverbio dice "Las mujeres pueden hacer redes, pero no jaulas".
La actitud de estos casos hacia el estudio y el trabajo padece dificultades similares. Saben algo acerca de todo, pero no pue- den apoderarse de algo que pueda lograrse sólo con un es- fuerzo específico. Su trabajo es más bien sin creatividad, mecá- nico (automático), limitado ante todo a una rutina. En breve, su meta es todavía —como la de un niño— el exitoso mordisco de dependencia que restablece el equilibrio y exime de la ne- cesidad de un esfuerzo ulterior (morder).
Pero en la vida de las personas adultas la actitud de depen- dencia tan sólo en pocas ocasiones puede tener un éxito com- pleto. En la mayoría de las situaciones se debe hacer un con- tacto apropiado —hay que salir al paso del problema, "clavarle los dientes"; por ejemplo, hay que mantener el interés y acti-
106
vidad propios durante un periodo— para sacar cualquier be- neficio de la propia personalidad.
¿Cómo actúa la gente frente al fracaso de la actitud de dependencia? ¿Cómo pueden esquivar la necesidad de morder? ¿Cómo pueden utilizar el exceso de agresividad que debe surgir de la insatisfacción con la relación de dependencia (resen-
176 METABOLISMO MENTAL EL COMPLEJO DE MANIQUÍ 177 timiento), sin caer en el peligro (como lo sienten) de provocar
cambio y destrucción?
Cuando se da una fijación en la actitud infantil de depen- dencia, podemos esperar que los medios con los que se man- tiene esta actitud son del mismo modo infantiles. El niño frus- trado e insatisfecho busca —y a veces le es dado— un maniquí, algo indestructible al que se puede aplicar el morder sin re- percusiones. El maniquí permite la descarga de cierta cantidad de agresividad, pero, fuera de esto, no produce ningún cambio en el niño, es decir, no lo alimenta. El maniquí representa un impedimento serio para el desarrollo de la personalidad, porque en realidad no satisface la agresividad, sino que la desvía de su fin biológico, a saber, la satisfacción del hambre y el logro del restablecimiento de la totalidad del individuo.
Todo aquello de lo que apodera el niño puede ser empleado como un maniquí: una almohada, un osito, la cola del gato (como en Mrs. Minniver), o el propio pulgar del niño. Más adelante en la vida, cualquier objeto puede llegar a ser "mani- quificado" si es que se le aplica tan sólo el mordisco de de- pendencia. En esos casos el individuo vive con un miedo mor- tal de que el maniquí llegue a convertirse en 'la cosa real" (originalmente el pecho) y de que el mordisco de dependencia pueda convertirse en un "primer mordisco". Tiene miedo de que el objeto de fijación se destruya. Este objeto puede ser una persona, un principio, una teoría científica o un fetiche. Cuando yo estaba escribiendo, el pueblo inglés había sufrido una gran inquietud al abandonar la idea de que el barco de guerra era inestimable. El barco de guerra se había convertido para ellos en un fetiche, pero en la práctica es una inutilidad muy cara, tan sólo "bueno para que se hunda", como un prominente político lo caracterizó.
Las discusiones parlamentarias con frecuencia llegan a tratar de maniquíes (y hasta de momias). En vez de hacer que se llegue a la acción se habla de los asuntos hasta morir, o se les lleva a un punto muerto mandándolos de una comisión a una subcomisión y de ahí a otra sub-sub-comisión. El resultado, en
vez de progreso e integración, es un callejón sin salida, un estado de cosas justificado en la mayoría de las veces por una tendencia conservadora, por el deseo de conservarlo todo intacto y sin cambio. El sistema actual no debe ser destruido de ninguna manera; se debe salvar el maniquí o fetiche.
El maniquí, como objeto que permanece completo y sin des- trucción, proporciona una pantalla perfecta para la proyección de la tendencia holística del individuo. Cuanto más se pro- yectan las funciones holísticas, más se pierden para la edifica- ción de la personalidad, mayor será la desintegración y más claro el peligro de desarrollar una esquizofrenia. Sin embargo, mientras la realidad proporciona el maniquí, sirve para un propósito muy útil; impide que el individuo caiga en una verdadera paranoia (una proyección extensa de la agresión) manteniéndolo ocupado con una ocupación real aunque improductiva.
Pero todos los intentos de este tipo —como el carácter obse- sivo— por mantener las cosas en su estado original están con- denados al fracaso. La falta de cambio, es decir, la no aplica- ción de agresividad al servicio del holismo individual, desin- tegra la personalidad, destruyendo así sus propios fines. Tan sólo por medio del restablecimiento de la tendencia destruc- tora hacia el alimento, lo mismo que hacia cualquier cosa que represente un obstáculo a la totalidad del individuo, por medio de la reinstalación de una agresión exitosa, se realiza la reintegración de una personalidad obsesiva y hasta de una pa- ranoide.
Difícilmente hay cosa alguna que no pueda servir como ma- niquí, con tal de que ayude a evitar cambios en la realidad. Tómense por ejemplo los pensamientos obsesivos, que pueden prolongarse por horas y horas, manteniendo ocupado al pa- ciente sin llegar a una decisión o conclusión (duda crónica). Tómese el fetichismo sexual, la fijación de un hombre, por ejemplo, en pantaletas o zapatos de mujeres como salvaguar- dia frente al contacto sexual real. Tómese al que sueña des- pierto que prefiere sus fantasías a la "cosa real". Más aún, tó-
mense a esos pacientes que durante años y años continúan viendo al psicoanalista e imaginan que el simple asistir a las sesiones es prueba suficiente de su intención de cambiar su actitud hacia la vida. En realidad sólo han cambiado un ma- niquí por otro y en cuanto el analista toca algún complejo esencial, el paciente por lo general se las arregla para evitar sentirse impresionado a través de una maniquificación de sí mismo.
Un caso extremo de este tipo lo proporcionó un paciente que, cada vez que tenía que enfrentarse a una dificultad en la vida, se convertía por completo en madera. Sentía como si fuera una muñeca y todas sus quejas, todos sus intereses se centraban en su maniquí, en su propia personalidad momificada. Otro paciente, en cualquier situación difícil, generaba la idea obsesiva de imaginar cuchillos que lo atravesaban sin causarle dolor o sacar sangre. En esta fantasía se convertía en el maniquí perfecto al cual ninguna agresividad podía destruir. Otros casos simplemente sentían sueño o modorra en cuanto percibían el "peligro" de provocación en cualquier situación.
La situación psicoanalítica clásica, en la que el paciente apenas es consciente de la presencia del analista, se presta particularmente a esta maniquificación. En realidad, se alienta aquí al paciente a considerar la situación analítica no como una situación "real" y al analista no como a una persona "real"; de esta forma toda la relación entre paciente y analista se hace "i- rreal", esto es, algo que en sí no tiene importancia ni consecuencias. Toda emoción o reacción se interpreta como un fenómeno de "transferencia", es decir, algo que no tiene aplicación dñecta a la situación actual. De esta forma la situa- ción analítica se presenta como el maniquí perfecto, cosa que buscan todos los caracteres obsesivos y paranoides. Esto ex- plica la fijación de estos pacientes en el análisis que podría durar años sin fin, a pesar —o más bien debido a— la falta de éxito.
VILELEGOCOMOUNAFUNCIÓNDEL
ORGANISMO
a) Identificación/Alienación
CUANDO intentamos poner en práctica las conclusiones de las
partes anteriores nos enfrentamos a una contradicción aparen- te: la afirmación de que el Ego sano es insubstancial parece estar en desacuerdo con mi exigencia de que el analista debería tratar al Ego más que al Inconsciente. Desaparece esa contradicción cuando formulamos la exigencia: el analista de- bería hacer uso de las funciones del Ego más que apelar al Inconsciente.
La función de los pulmones es ante todo un intercambio de gases y vapor entre el organismo y el medio ambiente. Los pul- mones, los gases y el vapor son concretos, pero la función es abstracta —aunque real. El Ego, sostengo yo, es en forma si- milar una función del organismo. No es una parte concreta de él, sino que más bien es una función que cesa, por ejemplo, durante el sueño y el coma, y cuyo equivalente físico no puede encontrarse ni en el cerebro ni en ninguna otra parte del organismo.
En la teoría psicoanalítica la concepción del Ego como una substancia es aceptada en general. Para citar un ejemplo: Ster- ba interpreta la cura psicoanalítica como una construcción de islas aisladas de Ego que, en el curso del tiempo, se consoli- darán en una unidad sólida, segura.
Otro analista, Federn, supone también la substancialidad del Ego. Para él el Ego consiste en ese material misterioso llamado libido. La libido, además de ser capaz de ocupar las imágenes y zonas erógenas, de energetizar muchas actividades y ser el representante de los instintos de objeto, recibe ahora la capacidad de expanderse y contraerse. Al mismo tiempo se olvida oportunamente el concepto dualista de los instintos li- bidinales de objeto como opuestos a los instintos del Ego. A pesar de la confusión teórica hay en la observación de Federn un núcleo valioso: el hecho de que su Ego libidinal tiene