Una vez se halle la atención suficientemente ejercitada, se vencerán con rapidez las aprensiones derivando el pensamiento hacia un acto respiratorio cuyo efecto regularizador se encontrará considerablemente aumentado por el hecho de esa concentración mental correlativa.
Según se trate de una aprensión momentánea o constante, se utilizará uno u otro de los dos procedimientos siguientes:
Procedimiento rápido. - Dar el mayor juego posible a los ajustes de las ropas en el tórax y abdomen. Respirar sin apresuramiento, pero sin esforzarse en hacer lenta la respiración, pensando con fuerza: «Tengo energía; ya no tengo temor», o cualquier otra fórmula breve que corresponda perfectamente a las necesidades del momento. Marcar un ligerísimo tiempo de paso (uno o dos segundos) cuando se acabe la inspiración profunda. En seguida espirar, siempre sin prisas ni
contención, repitiéndose: «Mi energía ha aumentado; todo temor ha desaparecido». La duración media de una inspiración profunda es de siete segundos. Si a ello añadimos un segundo de paro y cuatro para la espiración, el procedimiento
completo necesita once segundos. Si se dispone de cinco minutos solamente, puede repetirse, pues, unas veinticinco veces.
Procedimiento lento. - Muchas veces por día, y además antes de dormirse y por la mañana al despertarse, en posición horizontal, con los músculos bien relajados, háganse algunas respiraciones completas, pero agregando a la fórmula literal del procedimiento rápido una imagen mental. Representarse aquello por lo que siente aprensión y afirmar enérgicamente: «Me da lo mismo», «Me siento plenamente tranquilizado», o algo por el estilo. Cuando la costumbre de las respiraciones profundas y ritmadas haya creado el automatismo, pueden imaginarse también las circunstancias a propósito de las cuales se ha concebido aprensión y figurarse vividas con resolución y energía.
Diversos ejercicios de ese género figuran en la mayoría de los manUales de cultura física, pero no pueden dar resultados satisfactorios sino con ayuda de una atención muy concentrada, tal como lo hemos indicado.
6. EL UTiL PAPEL DE LA IMAGINACION
Cuando os representéis largamente y con precisión vuestra propia personalidad tal como quisierais que fuera; cuando, por anticipado, os veis manifestando tales o cuales calificaciones que tratáis de desarrollar en vosotros,
prácticamente sacáis partido del poder reaccional de la imaginación. Las imágenes que así creáis tienden a determinar en vosotros modificaciones de conformidad a ellas. Esas imágenes no se desvanecen en el momento en que cesáis de contemplarlas; al contrario, subsisten como todos vuestros recuerdos en vuestra subconciencia (1), y, hasta cuando ya no pensáis en ellas, en el curso de vuestro sueño, en una palabra, casi constantemente, influyen en vosotros. Si imaginándoos poseer un grado de resolución del que aun estáis muy lejos experimentáis una violenta avidez, es exactamente como si forjarais con todas sus piezas las calificaciones de donde resulta semejante grado de resolución. No temáis, pues, entretener la ambición, alcanzar el máximo de atrevimiento,
incluso aun cuando seáis todavía muy influídos.
Por lo demás, la experiencia me ha demostrado que aquel cuyo objetivo es llegar a ser un hombre lleno de resolución, efectúa más rápidos progresos que aquellos que desean sencillamente llegar a ser menos tímidos».
(1) Véase Método Práctico de Autosugestión y de Sugestión, del mismo autor.
7. LA COMBATIVIDAD
¿De qué proviene que ciertas personas son inertes y otras combativas? Porque unas se figuran incapaces de esfuerzos bastante eficaces, mientras que las otras ven por anticipado coronadas por el éxito sus tentativas: cuestión de
imaginación. Pero, en realidad, ningún acto intencionado sería enteramente vano. Esos seres combativos tienen, pues, experimentalmente, razón. Desde que han adquirido cierto ascendiente sobre su propia imaginación, les es ya posible, multiplicando las imágenes estimulantes, entretenerse en disposiciones
constantemente combativas. La aptitud para un esfuerzo mínimo, de eficacia necesariamente débil, llega a ser así, por habituación, una aptitud para un esfuerzo considerable, de efecto lógicamente potente. Además, el carácter penoso de los actos reaccionales da lugar, poco a poco, a la facilidad.
No conozco tímido alguno que haya reaccionado sin descanso tres meses seguidos sin haberse modificado de una manera increíble. Reaccionar no consiste en leer y utilizar las lecturas como temas de ensueño, sino en conformarse -por trabajoso que esto sea- a las indicaciones de un método práctico. Precisamente en eso reside, aparte de la perspectiva de tener que sufrir, el hecho de que la combatividad asegura el éxito. Cuando nos dejamos disuadir de un esfuerzo, digamos de un acto de resolución, porque ello implica algunos instantes de malestar, de ansiedad, es porque nuestra imaginación -alimentada por ideas temerosas- exagera el grado real de ese malestar, de esa ansiedad, que habría que afrontar, y disminuye a nuestros ojos nuestra aptitud para soportar eso. La combatividad actua inversamente: destruye los temores pusilánimes y nos hace incluso tomar interés al hecho de sufrir, mostrándonoslo bajo un aspecto deportivo.
Si, por ejemplo, os decidís a acercaros a un cierto individuo a pesar de la certidumbre de una acogida de perro dogo; si después de esa acogida persistís en expresarle vuestro punto de vista por mucha que sea la irritación que
manifieste, experimentaréis una especie de turbación desagradable y hasta dolorosa. ¿Retrocederéis por ello? Todo depende de las ideas con que precedentemente hayáis nutrido vuestra imaginación. Si esos pensamientos concurren a un estado de alma combativo, no admitiréis, ni siquiera por un minuto, que un sufrimiento momentáneo y subjetivo pueda paralizar vuestra
voluntad. Os diréis: «Soy capaz de aguantar sin doblegarme algo peor que eso». Y seguiréis avanzando. La recompensa será inmediata: si reiteráis el esfuerzo al día siguiente, os será incomparablemente menos penoso, Y, después de cuatro o cinco tentativas de ese género, os habréis librado definitivamente de un
obstáculo que bordea literalmente el mezquino destino de los millares de seres superiormente inteligentes pero poseídos de la fobia del disgusto emocional.
La timidez postpuberal; cómo vencerla
1. Causas físicas generales de la timidez postpuberal. - 2. Causas emotivas e intelectuales en general. - 3. Causas especiales. - 4. Bases esenciales de la reeducación. - 5. Regularización física. - 6. Reeducación intelectual. - 7. El arte de influir.