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Bayesian Quickest Detection with Unknown Post-Change Param-

4.2 Bayesian Quickest Detection Problem with Unknown Post-Change Pa-

4.2.2 Bayesian Quickest Detection with Unknown Post-Change Param-

y Psicopatología, revista de la Cátedra II de Psicopatología de la Facultad

de Psicología de la UBA, n° 1, Buenos Aires, 2007.

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Liquidaciones

Parto de un neologismo, que arrima Jacques Lacan en la ver­ sión escrita de su conferencia "Joyce, el síntom a". Es el término

eaubscéne3. Se trataría, ciertamente, de lo obsceno, pero de un obs­ ceno acuático (eau), de lo obscednico quizás, un bello (beau) obscéa-

no: obscenidad líquida. Y podría seguir, ya para leerlo apuntan­ do a lo que quiero proponer aquí: obscenidad pasada por agua, obscenidad lavada. Claro, es una de las vertientes de la liquida­ ción actual de las perversiones: perversiones no sólo liquidadas, veremos, perversiones líquidas, lavadas, incluso, perversiones

wash and wear.

No podría olvidarme aquí del Sr. Bauman, de nombre Zygmunt, y sus interm inables líquidos: "M odernidad líquida", "A m or líquido", y otros tantos fluidos. Según su punto de vista, como se sabe, el tiem po de la solidez, donde las cosas pueden ser ubicadas en compartim entos estancos, m antener sus formas, permanecer estables, ya no existe. Hoy todo sería más o menos flexible, inestable, más o m enos líquido.

En fin, para ir al punto que quiero desarrollar: liquidación de las perversiones, efectivamente, a modular de modo triple. Uno, liquidación de la práctica perversa; dos, liquidación de la perversión del fantasma; tres, liquidación de la perversión como categoría nosológica. Sostenidas esas tres, seguramente, por la liquidación actual del pére-vers, liquidación del "hacia el padre", o de la p'ere-version, de la versión del padre.

La fau n a extinta del doctor K rafft-Ebing

Comienzo por la liquidación de la práctica perversa. Parafra seando al Lacan de Palabras sobre la histeria, que se interroga por el paradero de las desaparecidas -h asta cierto punto, hay que de­ cirlo- histéricas de la época de Freud, podría preguntarse ¿a dón­ de se han ido los perversos de antaño?, esa rara fauna clasificada minuciosamente antes de Freud por Richard Von Krafft-Ebing -m édico del Asilo de Illenau y luego profesor en las universida­

3 Cf. LACAN 1979.

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des de Estrasburgo, Graz y V ien a- en la Psycopathia sexualis -d e 1886-, la que sin duda constituyó la base m isma del desarrollo freudiano sobre el asunto.

Tengo de ella la primera edición castellana -d e 1955- que tuve la suerte de conseguir hace ya muchos años en Plaza Italia; pesa un poco, sí, son unas novecientas páginas. ¡Qué diferen­ cia con las primeras ediciones! La primera traducción francesa, por ejemplo, no llegaba a las seiscientas. Ocurre que hacia 1923 el profesor Albert Molí, de Berlín, muy cercano a Krafft-Ebing, comienza el trabajo de reeditarla y engrosarla: aumenta el nú­ mero de capítulos de cinco a veintiuno, agrega numerosas ob­ servaciones. En fin, en esta traducción castellana aunque la voz de Molí es notoria, se encuentra bien conservado el bello zoo­ lógico del doctor K rafft-Ebing... perfectamente inexistente en la actualidad. Se trata, en efecto, de la com pilación de cientos de observaciones muy cuidadas de una fauna extinta... ¡imposible de clonar en nuestros días! No hay Spielberg que pueda montar hoy en día un "Perversus Park” comparable a este. Por lo demás, no se encontrarían visitantes dispuestos a pagar dos pesos por esos dinosaurios. Eso está liquidado. Vale la pena corroborarlo y asomarse, cuando más no sea un poco, a esas páginas de la

Psycopathia sexualis, deteniéndose brevemente en algunas de esas observaciones... una especie de viaje a un tiempo que se fue.

Los cortadores de trenzas

Tómese el fetichismo, que es paradigmático en este sentido, por ejemplo, el de los cortadores de trenzas, ciertamente muy frecuente sobre fines del siglo xix.

La observación 149 señala: "U n cortador de trenzas de 40 años, cerrajero, soltero, hijo de un padre que estuvo loco durante un tiempo, y madre muy nerviosa. Bien desarrollado, inteligen­ te; m uy pronto sufrió de tics y obsesiones. N unca se masturbó; se enamoraba platónicamente, haciendo frecuentes planes m atri­ moniales. Practicaba el coito sólo raramente, con prostitutas, sin experimentar satisfacción sintiendo más bien aversión. [...] Fue una tarde arrestado en el Trocadero, en París, cuando acababa de cortar, en una aglomeración, la trenza de una joven. Tenía la

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trenza en la mano y las tijeras en el b o lsillo ..." Lo pescaron, en efecto, ¡con las manos en la trenza! "Com o justificativo, alegó un mom ento de ausencia, y una pasión desgraciada e irresistible, confesando que ya en cinco oportunidades había cortado tren­ zas, que luego conservaba en su casa para deleitarse con ellas". Bueno, ocurre que luego allanan la casa del tipo y allí "se en­ contraron sesenta v cinco trenzas de distinto tipo, guardadas en paquetes". El verdadero cortador de trenzas es siempre, como se ve, un coleccionista. "E n cuanto tocaba la trenza con la tije­ ra se producía la erección, la eyaculación no bien daba el corte" (KRAFFT-EBING 1886, 324-5).

Otra observación, la 151: "X., de 35 años, aproximadamente, perteneciente a la alta sociedad, sin taras hereditarias conocidas [...] A los 18 años comenzó a experimentar sentimientos volup­ tuosos ante la vista de cabelleras de mujeres que le agradaban [...] Con los años, el fetiche fue adquiriendo más fuerza. Hasta las trenzas postizas llegaban a emocionarlo. No obstante, prefe­ ría siempre las auténticas. Cuando podía tocarlas y besarlas era perfectamente feliz. Componía disertaciones y poesías sobre la belleza de la cabellera femenina, y dibujaba trenzas mientras se m asturbaba [...] sólo lo excitaban las trenzas en especial las bien gruesas, negras, trenzadas apretadamente. Sentía vivamente la necesidad de besarlas y ch u p arlas..." (Kl^AFFT-EBING 1886, 326).

Una observación más, la 152, que muestra la extensión del fe­ nómeno: "Los diarios de Berlín publicaron la siguiente noticia. Un alumno de la escuela secundaria, de 15 años, se había ena­ morado de las trenzas de niñas de diversa edad. Inspectores de la policía judicial, que perseguían a un 'pickpockets', en la calle, observaron un joven esbelto, con un abrigo gris, que se echaba en forma sorprendente sobre las jovencitas. Vieron que el joven tomaba las trenzas de las niñas, sacaba las tijeras del bolsillo y las cortaba con precisión, junto con su cinta." Era crucial este as­ pecto: no sólo había que quedarse con la trenza, también con la cinta o el moñito. "U na visita al domicilio de los padres del sujeto, descubrió gran cantidad de trenzas. El joven no había respetado siquiera las trenzas de la figuras de cera del Museo Panopticum ". ¡Era evidentemente un sujeto culto... frecuentaba algunos mu­ seos! Krafft-Ebing termina la observación dando cuenta de la di­ mensión de epidemia que este fetichismo poseía en la época: "E s­

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tos casos de fetichismo de las trenzas, que conducen a atentados sobre esos atributos de mujeres, se producen de vez en cuando en todos los países. En noviembre de 1890, ciudades enteras de Esta­ dos Unidos estaban, según los diarios norteamericanos, conmo­ vidas por algún cortador de trenzas" (KRAFFT-EBING 1886, 327-9).

Podría hacerse una rápida encuesta hoy en día, en algún ba­ rrio de nuestra ciudad, ¿cuántas mujeres se trenzan el cabello en la actualidad? Pocas, no es algo muy común. Pero, de todos modos, ¿es que eso nos dice algo sobre la remisión -sin o la de­ saparición- de los cortadores de trenzas en nuestro tiempo? No es seguro.

Bom bachas y pañuelos

Avanzo ahora con un segundo tipo de fetichismo, el de la ropa interior.

En la observación 167 se indica: " X ..., 45 años, zapatero, sin antecedentes hereditarios conocidos, de carácter singular, poco desarrollado mentalmente; de aspecto viril, sin signos de dege­ neración, irreprochable en su conducta, fue sorprendido cuan­ do sacaba una noche de su escondrijo ropa interior femenina robada. Se encontraron en su casa aproximadamente trescientas prendas de mujer, entre las cuales, al lado de las camisas y calzo­ nes, figuraban gorros de dormir, ligas y hasta una muñeca. [...] Hacía 13 años que cediera a la necesidad de robar ropa interior femenina. Habiendo sido condenado la primera vez, se había vuelto prudente y seguido robando, con astucia y buen éxito" (KRAFFT-EBING 1886, 348).

Fetichista de las bombachas, claro, o de otras prendas feme­ ninas. Aquí tenemos otro, en la observación 168: " X ..., 36 años, sabio erudito, hasta ahora sólo se ha interesado por la vestim en­ ta de la mujer y no por la mujer misma. Nunca tuvo relaciones sexuales con ellas. Adem ás de la elegancia en el arreglo de la m u­ jer, las bombachas, camisas de batista, y medias de seda constitu­ yen su fetiche. Experimentaba voluptuosidad al ver y sobre todo al palpar esas ropas en las tiendas" (KRAFFT-EBING 1886, 348).

O, puede pasarse ya a los fetichistas del pañuelo. Observa­ ción 173: "U n obrero panadero, 32 años, soltero, hasta entonces

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irreprochable, fue sorprendido mientras robaba el pañuelo de una mujer. Confesó sinceramente arrepentido, que había ya ro­ bado ya, ochenta o noventa pañuelos. Nunca había buscado otra cosa, y tenían que ser exclusivamente de mujeres jóvenes que le gustaran [...] Confiesa que seis meses antes, en una aglome­ ración, se había sentido violentamente excitado ante la vista de una herm osa joven. Había tenido la oportunidad de acercársele y experim entó la necesidad de procurarse, quitándole el pañue­ lo, una satisfacción más completa que su emoción sexual. Más tarde, apenas veía una mujer que le gustaba, sentía, bajo el im ­ perio de una violenta excitación sexual, palpitaciones, erección, e

ímpetus coeundi, la necesidad de acercársele y robarle el pañuelo. Aunque no perdió nunca la conciencia de la culpabilidad de sus actos, no pudo resistir sus deseos" (KRAFFT-EBING 1886, 353-4).

Y una última observación todavía, 174: " X ... 43 años, artesano [...] recuerda que a los 1 1 años fue castigado a menudo por sus padres y hermanos mayores , porque con frecuencia robaba un gran pañuelo blanco, marcado con grandes letras rojas. Se ser­ vía entonces de ese pañuelo, al que 'quería' especialmente. [...] Tiene excitación sexual constante al usar pañuelos, a partir de los 30 años. Desde entonces el deseo imperioso de apoderarse de un pañuelo blanco se manifiesta periódicam ente [...] sigue a cualquier señora que haya visto con un pañuelo blanco, que trata de apoderarse de todas maneras. Se manifiesta una fuerte excitación, acompañada de sentimientos de angustia con trans­ piración. A sí robó en tres ocasiones pañuelos ajenos. La primera vez fue condenado a cuatro semanas de cárcel, a la segunda fue absuelto por el informe médico legal. La tercera vez terminó por ser internado tem porariam ente en un asilo" (KRAFFT-EBING 1886, 354-5).

Se ve aquí con claridad, el tránsito, en esa época, de la per­ versión entendida como un crimen -perseguida por la policía y pasada por la ju sticia- a su abordaje ya en términos de patología, de enfermedad psiquiátrica: de la cárcel al asilo. Más adelante volveré sobre este asunto.

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El derecho al goce, el deber de gozar

Quiero dirigirme ahora de lleno sobre el interrogante que co­ mienza a esbozarse. Efectivamente, en la actualidad no hay ya más fetichistas de trenzas, bombachas o pañuelos. Verdadera­ mente si queda alguno es excepcional -quizás los cortadores de trenzas estén reducidos... a cierta banda de rock que tal vez al­ gunos conocen-, y el fetichismo que resta y se extiende en nues­ tra época nada tiene que ver con las descripciones clásicas. ¿Qué podemos decir de ello? ¿Es sólo que, como señalaba, las chicas de hoy ya no se trenzan tanto el cabello? ¿O que las prendas íntimas femeninas son actualmente tan pequeñas que ya no emocionan al coleccionista tradicional? ¿O incluso que el auge de los pañue­ los de papel descartables ha causado la baja de los clásicos de tela? ¿O, finalmente, que ya no hay más damas que dejen caer delicada e ingenuamente sus pañuelos para despertar las ansias de no sé qué caballeros?

Indudablemente hay que dar algunos pasos más para expli­ car la m utación acontecida sobre la práctica perversa y avanzar sobre su afectación por el "discurso del capitalism o" (cf. LACAN 1972) -efecto de la incidencia de la ciencia sobre el del amo an­ tig u o- y por la extensión universal de los derechos del hombre -¡y de la mujer!, no hay que olvidarse... aun cuando, con Lacan, tracemos una delicada barra sobre ese La.

Es que es preciso preguntarse qué lugar queda para las per­ versiones -a l menos entendidas éstas clásicamente como desvia­ ciones de la conducta sexual "norm al" (¡qué sería eso!), reproba­ bles y punibles o bien curables, sea el religioso, moralista, legista, médico o psiquiatra quien las aborde- en una época en que el significante amo está pulverizado (cf. MILLER 1996-97). En efecto, las perversiones prosperan por doquier como transgresión allí donde el religioso indica con precisión por dónde anda el pe­ cado, el moralista lo que es censurable, o el médico lo que debe ser curado. ¿Pero qué de las perversiones en tiempos de declive, quebranto, desbaratamiento de la función rectora del padre?

La carretera principal, para retomar al Lacan del Seminario 3, parece no hallarse demasiado transitada, su asfalto lleno de fi­ su ras... hay un empuje evidente a que cada quien explore sus "senderos personales". ¿Qué ley, qué autoridad puede señalar

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hoy en día "por esos caminitos no te vayas a perder... ¡por allí no, eh!"? No, hoy vale todo. Y como somos muy respetuosos por la diferencia y no discriminamos, ningún goce es mejor - o peor- que otro, ¡adelante pues! ¡Realiza ya tus fantasías muchachito - enseguida aludiré al Lacan del "niño generalizado"- que la vida es corta!

No puede ocultarse aquí que el derecho al goce, promovido por el discurso del capitalismo cuando se solidariza con la de­ mocracia liberal y la promoción de los derechos del hombre, re­ cusando la regulación paterna junto con la imposibilidad y liqui­ dando las prácticas perversas clásicas, da lugar al mismo tiempo a un empuje-a-gozar inusitado. No se trata sólo del derecho al goce, sino del deber de gozar... bajo los parámetros del mercado: ¡consum e!4

T.A.C.

Recuerdo aquí a Teresa, que me consulta luego de su breve temporada en lo del sexólogo. En efecto, el marido la había im­ pulsado decididamente a la consulta sexológica, ¿por qué? Por lo que se llama una anorgasmia. No la "pretendida frigidez", a la que se refiere Lacan en el Seminario 20. Esta señora, digámoslo así, no tenía muchas dificultades para entrar en calo r... el proble­ ma, aparentemente, era la ausencia del orgasmo. Una dificultad que -ella lo indica muy claramente, luego, en sus primeras entre­ vistas de análisis- era mucho más molesta para él -s u m arido- que para ella.

Es su esposo, efectivamente, quien insiste en "llevarla" al sexólogo, pide turno y acompaña a su mujer en la consulta. Lue­ go de un breve interrogatorio, el profesional sin más le indica a la paciente ejercicios masturbatorios -y a que, según él, ella "no se conocía suficientemente a sí m ism a"- y luego, le propone el "T.A .C ." que estaba muy de moda por ese tiempo.

¿Qué es el T.A.C.? Ciertamente no es el "T.O .C ." (el trastor­ no obsesivo compulsivo, también muy de moda, pero entre los

4 Desarrollo más extensamente el planteo de Lacan sobre el discurso ca­

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