Isôt ma mie, Isôt ma drue, En vous ma mort, en vous ma vie[8].
Es cierto que Stanislava D’Asp durante dos años enteros trató miserablemente al conde Vincenz D’Ault-Onival. Él se sentaba todas las noches en el patio de butacas cuando ella cantaba sus canciones más sentimentales y la seguía, cada mes, de una ciudad a otra. Ella empleaba sus rosas para alimentar a su conejo blanco, con el que aparecía en escena; sus brillantes los empeñaba para invitar a los colegas y a los parásitos de la bohemia. Una vez la levantó de una alcantarilla cuando regresaba tambaleándose a casa, completamente borracha, acompañada de un periodistilla. Se rió entonces en su cara: «¡Venga con nosotros! ¡Nos podrá sostener la luz!»
No le ahorró ninguna ofensa por cruel que fuera. Palabras recogidas de camas apestosas de sucios burdeles portuarios; gestos tan desvergonzados que habrían sonrojado a cualquier chulo; escenas que hacían barruntar un instinto prostibulario de libros que habría negado un Aretino: esto es lo que le esperaba con toda certeza si sólo osaba aproximarse a ella.
La gentecilla de las Varietés le quería, sentía una compasión infinita por el pobre chiflado. Tomaban, desde luego, el dinero que la furcia dilapidaba pero por ello la odiaban con tanta más intensidad y la despreciaban, despreciaban a esa puta que dejaba en evidencia a su honrada profesión de artistas, cuyo arte era una mamarrachada y que no tenía nada salvo su belleza deslumbrante. Y el mayor de los «Five Hobson Brothers», Fritz Jakobskötter, de Pirna, le rompió una vez una botella de vino tinto en la cabeza, de modo que sus rubios cabellos chorrearon de sangre pegajosa.
Pero una noche, cuando volvía a estar tan ronca que apenas podía pronunciar un sonido con sus labios secos, cuando el médico del teatro, tras un reconocimiento presuroso, le explicó con rudeza que estaba tuberculosa en estado terminal —lo que ya sabía hacía tiempo— y que en un par de meses estaría haciéndole compañía al demonio si seguía con ese ritmo de vida, mandó llamar al conde a su vestuario. Escupió en cuanto entró y le dijo que ahora estaba dispuesta a convertirse en su meretriz. Cuando él se inclinó para besarle la mano, ella le dio un empujón y se rió. Pero las cortas ondulaciones de su risa envenenada le desgarraron los pulmones y se dobló convulsionada por una tos asfixiante. Poco después, una vez que pudo tranquilizarse, doblada hacia delante sobre maquillajes y borlas para polvos, sollozó
sobre su pañuelo de seda. El conde le puso suavemente la mano en sus rizos; ella se levantó de golpe:
—¡Tómeme entonces! —dijo, y le puso el pañuelo en la nariz, lleno de sangre y de flemas amarillas—, aquí tiene, señor mío, ¡esto es lo que sigo valiendo!
Así era Stanislava D’Asp. Pero no se puede negar que la furcia se convirtió en una dama de la noche a la mañana. El conde la llevó por toda Europa, de un sanatorio a otro. Ella hacía todo lo que él decía y lo que decían los médicos, nunca se quejaba y jamás replicaba. No se murió; vivió meses y años y se recuperó, muy lentamente, pero de forma constante. Y paulatinamente, de vez en cuando, dejó que su mirada recayera en el conde. Con ese sosiego, con esa vida tranquila y eternamente igual, en ella surgió una suerte de agradecimiento.
Cuando partieron de Argelia, el médico dijo que era posible que en algún momento sanara del todo. El conde se dio la vuelta, pero ella vio una pequeña lágrima. Y, de repente, para hacer más grande su alegría, le tocó la mano. Sintió cómo temblaba y sonrió:
—Vincenz, quiero curarme para ti.
Ésa fue la primera vez que pronunciaba su nombre, la primera que le nombraba, y la primera vez que le tocaba. Él la miró y, sin poder dominarse, tuvo que salir precipitadamente. Cuando ella le miraba mientras se iba, notó cómo le subía la bilis: «¡Ah, si tan sólo no llorara!»
Y, no obstante, su agradecimiento siguió aumentando y su compasión por él. A esto se añadía una conciencia de culpa, un sentimiento del deber, por tener que corresponder a ese amor inconmensurable. Y además una suerte de respeto, una gran admiración por ese amor extraño que valoraba un instante por una vida humana.
Cuando se sentaba en la playa y contemplaba las olas, reflexionaba sobre ello. Entonces llegó a la certeza de que para ese amor no había nada imposible; que ella había encontrado algo tan espléndido, tan maravilloso, como sólo se podía encontrar una vez en siglos. Y cuando comenzó a amar, y cuando amó, no le amó a él, sino sólo a su gran amor. Ella no se lo dijo, sabía que no la entendería. Pero ella ahora hizo todo para que fuera feliz. Y sólo le dijo una única vez un ¡no! Fue cuando él le pidió que se convirtiera en su esposa.
Pero el conde no cedió y la lucha se prolongó durante meses. Ella dijo que le escribiría a su familia si no dejaba de pedírselo; pero fue él quien escribió y comunicó su compromiso de matrimonio. Primero, vino un primo, luego un tío: dijeron que ella era encantadora y muy comprensiva, de él que era un estúpido cabezota. El conde se rió y dijo que haría lo que le viniera en gana. A continuación, vino su anciana madre; fue entonces cuando Stanislava D’Asp jugó su mejor triunfo. Él ya sabía lo que ella había sido y se lo podía decir él mismo a su madre. Pero ella mostró sus documentos, dijo que se llamaba Lea Lewi y que era una hija ilegítima. Y, ademas, que era judía y lo seguiría siendo durante toda su vida. Y que si el conde Vincenz D’Ault-Onival, el
marqués de Ronval, el hijo devoto de la casa más cristiana de Normandía, quería casarse con ella ahora, que lo hiciera. Y salió de la habitación y le dejó solo con la viuda del conde.
Lo que hizo lo había planeado cuidadosamente. Conocía bien al conde y sabía cómo vivía en la fe de su infancia, sabía que no se levantaba por las mañanas, que no se iba a la cama o tomaba una comida sin antes decir su oración. Eso sí, muy en voz baja, sin llamar la atención, sin que ningún extraño se diera cuenta. Sabía que iba a misa y a confesarse, también sabía que todo lo hacía siguiendo sus más hondos sentimientos. Y sabía, además, cómo estaba pendiente de su madre, cómo la quería y veneraba. Ella hablaría ahora con él, una mujer ya mayor y muy inteligente, y le diría de nuevo cuán imposible era ese matrimonio, cómo se pondría en ridículo ante sus familiares y cómo pecaría contra su madre y su fe.
Ella estaba en su balcón y esperaba. Conocía cada palabra que la madre iba a pronunciar, ella misma las decía. Podría haber estado presente y haberle apuntado, de modo que le explicara con toda claridad y de la manera más convincente todos los motivos que había contra ese matrimonio. Sí, entre ella y su amor se abría un océano de imposibilidades y luego, él debería…
Y se le ocurrió algo. Corrió por la habitación y llegó a la del conde. Abrió las puertas de par en par y penetró en la oscuridad, arrebatada, sin aliento, luchando por pronunciar las palabras. Se detuvo ante la anciana dama; las sílabas brotaron duras y cortantes:
—¡Y mis hijos, si alguna vez los tengo, serán judíos, judíos, como yo lo soy! No esperó una respuesta, salió corriendo a su habitación y cayó pesadamente en la cama. ¡Ya estaba el asunto decidido! ¡Oh, eso tendría que echarle abajo, a ese estúpido niño grande, a ese aristócrata sensible de otro mundo, a ese enfermero cristiano con su fe y su amor! Y sintió una gran satisfacción por haber encontrado al fin una puerta demasiado fuerte para ese amor monstruoso que ella sentía siempre y que nunca terminaba de comprender.
Sabía que ahora le dejaría, se iría, volvería a las Varietés, al burdel, o se arrojaría por los macizos sorrentinos, en realidad daba igual. Pero se sentía fuerte volviendo a su instinto anterior, el que le permitía escupirle y abofetearle con las palabras más feas. Ya no quería ver más al conde, y había vuelto a ser una fulana, una miserable y lastimosa fulana, y ningún poder del cielo podría ya levantarla de la suciedad. Pero entonces se abrió la puerta. Ella se levantó de la cama, segura en su antigua risa. Frases repugnantes, olvidadas ya hacía tiempo, luchaban por salir de sus labios, ¡oh, sabía cómo quería recibir al conde! Era la anciana dama. Entró y se acercó en silencio a la joven, se sentó en la cama, la atrajo hacia sí. Stanislava escuchaba sus palabras pero apenas las entendía. Le parecía como si un órgano sonara en la lejanía. Y esos sonidos la hablaban y sólo podía sentir lo que querían.
hiciera feliz. Ella misma, la madre, venía para suplicar por él, pues su amor era tan grande…
Stanislava se levantó y dijo: —Pues su amor es tan grande.
Dejó que la llevara hasta la habitación del conde. Se dejó besar por él y por su madre. Ella sintió: esa era la salvación y la curación. En cuerpo y alma. Pues su vida era ahora un recipiente para un contenido precioso: la fe en su gran amor.
Stanislava se casó con el conde. Fue una vida extraña la que llevó en esos meses. No le amaba, eso lo comprendía muy bien. Pero era como si se acurrucara en silencio, sobre suaves pieles, ante la chimenea, y ese calor acariciara con ternura su carne fresca. Siempre estaba cansada, con un cansancio agradable; se sumía en ensueños, en la duermevela de ese amor confortante. Él besaba sus manos cuando ella sonreía satisfecha, él creía que ahora era feliz. Pero no era la felicidad lo que le hacía sonreír, sino el pensar en ese amor incomprensible, infinito como el universo, y en el que ella flotaba, llevada ligeramente por un hálito cálido, como una hoja por el viento matinal. En ese periodo murieron en ella todos los anhelos, se hundieron todos los lejanos pasados. Y su fe creció, y ella supo dónde se encontraba y que nunca habría nada que su amor no pudiera hacer por ella.
A veces, ¡oh, sólo muy ocasionalmente!, desafiaba a ese amor extraño, a esa fuerza enigmática que podía conseguirlo todo. En Auteuil quería apostar un par de monedas de oro a un caballo malo. —No apuestes, no merece la pena —dijo el conde. Ella le miró directamente, con una mirada larga: —Pero Vincenz, seguro que va a ganar, ¿verdad? Me gustaría que ganara. Y mientras los caballos corrían, ella no miraba a los caballos; sólo miraba hacia él, abajo, en el paddock. Vio cómo entrelazaba sus manos, cómo sus labios se movían silenciosos. Supo entonces que estaba rezando. Cuando los favoritos cayeron reventados a derecha e izquierda y ganó el lamentable outsider, ella comprendió que había sido obra suya y del poder de su gran amor.
Vino luego el momento en el que Jan Olieslagers entró en su vida. Era un amigo del conde desde sus años escolares. Viajaba por el mundo y nunca se sabía dónde estaba. Pero de repente llegó una postal suya de algún sitio, de la Cochinchina, de Paraguay o de Rhodesia. Y ahora se encontraba en Europa, y el conde le había invitado a su castillo en Ronval.
Todo ocurrió muy rápido. Al flamenco le gustó esa mujer, y estaba acostumbrado a conseguir todo lo que le gustaba. Una vez, mucho más tarde, alguien le hizo reproches de que le quitara la mujer a su buen amigo sin ni siquiera estar enamorado de ella. Y él replicó: «Él era mi amigo, ¿pero por eso dejaba de ser un burro? Y,
además, ¿ha habido alguna mujer que haya poseído en exclusiva mis labios? ¿Por qué tendría que ser él el único dueño de los suyos?» Tomó a Stanislava del mismo modo en que tomaba el caballo del conde para cabalgar, del mismo en que conducía su coche, del mismo en que comía su pan y bebía su vino. Lo que hacía era evidente, casi inintencionado. Y en el fondo era asimismo natural que la mujer se entregara a él, sin resistirse, sin oponerse, de un día al otro.
Y no es que en ella, ni siquiera por un segundo, se hubiese despertado la antigua fulana. Jan Olieslagers conquistó a la condesa D’Ault-Onival y no a Lea Lewi. Y es probable que esta última apenas le hubiese prestado atención y seguramente no se hubiese enamorado de él, mientras que él inflamó el corazón de la condesa. No porque fuera un buen jinete, el conde montaba mucho mejor que él, sino porque a caballo era un hombre diferente, ¡oh, muy diferente!, que al que acababa de ver. El conde siempre era el mismo, ya estuviera cazando o jugando al bridge. Y este hombre siempre era distinto, hiciera lo que hiciese. Para él todo era un juego, pero todo lo jugaba igual de bien. No tomaba nada en serio en el mundo; aunque participaba en todo, su participación nunca parecía realmente merecer la pena. Sólo le importaba estar allí y vivir el momento. Esto era para él lo principal, y este único instinto estaba tan arraigado en él y era tan fuerte que, inconscientemente, lo transmitía a su entorno. Tal vez fuera éste el motivo de sus victorias. Se le olvidaba rápidamente una vez que ya no estaba, pero cuando estaba, él era el que se imponía. Stanislava D’Asp encontró en él un mundo nuevo y más amplio. Un mundo lleno de enigmas y secretos, lleno de puertas cerradas que él no hacía el menor gesto para abrir. Con el conde todo era sencillo y claro; ella se sentía con él como en el parque del castillo. Conocía cada matorral y cada rosal, y detrás el poderoso roble que ninguna tormenta podía arrancar, orgulloso y enhiesto: su gran amor. Con el otro, en cambio, caminaba como por un laberinto embrujado. Iba por un sendero que le parecía bonito, más bonito que cualquier otro en el parque del castillo. Parecía prolongarse infinitamente y, no obstante, terminaba, dados unos pocos pasos, cortado por setos espinosos impenetrables. Torcía en otro sendero, y algún animal extravagante le impedía proseguir. Y no encontraba la salida y casi se tambaleaba rodeada de densos aromas que despertaban extrañamente sus sentidos dormidos. El flamenco, por el contrario, no buscaba nada en esa mujer. Y una noche, durante la cena, dijo que había pasado días maravillosos en el silencioso castillo y que se lo agradecía de todo corazón a su amigo y a la encantadora condesa. Pero se tenía que ir otra vez, por esos mundos, y que partía al día siguiente hacia Bombay. Dijo todo esto a la ligera, pero lo dijo como lo sentía. El conde le insistió en que se quedara, pero la condesa no dijo ni una palabra. Sólo cuando se levantaron, y el conde dio órdenes a los criados para la partida, ella pidió al huésped que la siguiera al jardín. Y allí le dijo que se iba con él. Jan Olieslagers esperaba una escena pero no eso, y así ocurrió que, perdiendo algo su seguridad y buscando palabras y motivos que al menos dieran la impresión de ser razonables, dijera algo que, de otro modo, habría
evitado decir. No quería insinuarle que no deseaba su compañía, que no sentía nada por ella y que, a lo sumo, ella habitaría una pequeña y perdida alcoba en el gran castillo de sus recuerdos. Que ella era una flor cualquiera, recogida al paso para el ojal de la chaqueta, buena para el mediodía hasta que cambiara el traje para la cena. Encontró un pretexto que podía serle útil, ya que la condesa tenía que saber que algo tenía de cierto. Así que con sentimiento y decencia adelantó unas frases: que había luchado durante mucho tiempo y que casi le había roto el corazón. Pero que él estaba acostumbrado a la gran vida y sabía con certeza que la echaría de menos. Su patrimonio apenas alcanzaba para él solo y desde luego no alcanzaría, ni mucho menos, para las pretensiones de la condesa. Los dos dependían del lujo y la comodidad, y cualquier carencia…, que llegaba el momento de separarse, y por eso mismo se iba, para no hacer aún más dolorosa la despedida. Como siempre, en ese primer instante se creía lo que decía; estaba tan convencido que la condesa tomó en serio cada una de sus sílabas. Ella calló, él la rodeó con su brazo. Su labio superior se contrajo algo, unas palabras más, no llorar, destino, volver a verse, suspiros y lágrimas, y todo estaría bien. Pero la condesa se sustrajo a su abrazo. Se enderezó, le miró de lleno a la cara y luego dijo con toda tranquilidad: —Vincenz nos dará lo que necesitamos. Él se quedó mudo de asombro, la miró fijamente, balbuceó palabra a medias: —¿Có-mo… es-es-tás lo-lo…?
Pero ella ya no le escuchaba, caminaba lentamente hacia el castillo. Y tenía tal certeza sobre el desenlace, tal seguridad en su fe inquebrantable en el amor todopoderoso del conde, que no dudaba de que el conde haría por ella este sacrificio, el mayor posible; poseía una confianza tan firme e imperturbable que, llegada a la escalera, se volvió y le gritó sonriente:
—¡Espérame!
Fue tan soberano este último gesto suyo que Jan Olieslagers casi volvió a encontrar excitante a esa mujer. Caminó de un lado a otro a la luz de la luna, miró al castillo por si veía alguna ventana iluminada. Pero no vio ninguna. Se aproximó, quizá así podría oír voces, un grito, un sollozo histérico. Pero no oyó nada. En ningún momento pensó en entrar, tenía una aversión instintiva hacia todo lo que fuera desagradable. Sólo reflexionó en qué podría inventarse para desembarazarse de esa mujer, si el conde estuviera lo suficientemente loco como para dársela y encima dotarla de un capital para ello. Cómo podía librarse de ella, sin ser grosero o brutal. Un par de veces se rio, cuando se concienció de lo cómico de la situación. Pero no era lo bastante fuerte como para gozarla. Luego comenzó a aburrirse; una vez que lo hubo sopesado desde todas las perspectivas sin encontrar una solución, perdió paulatinamente el interés. Y por fin, tras haber caminado de un lado a otro durante horas por el silencioso parque, era como si todo eso ya no le incumbiera a él en absoluto. Como si hubiese ocurrido hacía tiempos inmemoriales, o a cualquier otro,
pero no a él. Bostezó y entró en el castillo, atravesó largos corredores y subió escaleras hasta llegar a su habitación. Se desvistió, silbó una tonadilla y se metió en la cama.
El mayordomo le despertó pronto, dijo que el coche estaba dispuesto y le ayudó a hacer la maleta. Jan Olieslagers no le preguntó por los señores, pero se sentó para escribir al conde. Tres cartas seguidas, y las rompió una tras otra. Y cuando el coche