Donald Mac Lean le esperaba en la cafetería. Cuando Lothar entró, le llamó: —Por fin, ya creía que no iba a venir. Lothar se sentó, removió la limonada que le trajo la camarera. —¿Qué hay? —preguntó él. Mac Lean se inclinó un poco hacia delante.
—Podría interesarle —dijo—, usted estudia las transformaciones de Afrodita, ¿verdad? Bueno, pues es posible que pueda ver con un nuevo atavío a la nacida de la espuma.
Lothar bostezó.
—¡Ah, sí!, ¿de verdad?
—De verdad —dijo Mac Lean.
—Permítame un momento —continuó Lothar—, Venus es la hija auténtica de Proteo pero creo conocer todas sus máscaras. Estuve más de un año en Bombay con Klaus Petersen.
—¿Y? —preguntó el escocés.
—¿Cómo que «y»?, usted conoce a Klaus Petersen, ¿verdad? El señor Klaus Petersen, de Hamburgo, es todo un talento; tal vez, incluso, sea un genio. El mariscal Gilles de Rais era un charlatán a su lado.
Donald Mac Lean se encogió de hombros: —Ése no es el único arte.
—¡Por supuesto que no! Pero espere. Oscar Wilde era un buen amigo mío, como usted sabe. Y he tratado durante largos años a Inés Seckel. Esos nombres deberían despertar en usted una gran cantidad de reminiscencias.
—No todos —objetó el pintor.
—¿No todos? —tamborileó Lothar con los dedos en la mesa—. ¡Pero sí los mejores! Así que, resumiendo, conozco a la Venus que se transforma en Eros; conozco a la que se pone la piel y esgrime el látigo. Conozco a la Venus como esfinge, que clava sus garras, ávida de sangre, en la carne tierna de los niños. Conozco a la Venus que se refocila voluptuosa en la carroña putrefacta, y conozco a la diosa negra del amor que, en las misas satánicas, salpica la asquerosa ofrenda del sacerdote sobre el cuerpo blanco de la virgen. Laurette Dumont me llevó consigo a su zoológico, yo sé lo que pocos saben, cuán raros encantos oculta Sodoma. Aún más, he encontrado en Ginebra el secreto de Lady Kathlin Mac Mardoch, desconocido para cualquier otro mortal. Conozco a la Venus más depravada, ¿o he de decir la más «pura»?, a aquella que casa a las flores con el hombre. ¿Cree realmente que la diosa
del amor puede haber elegido una máscara que sea nueva para mí? Mac Lean sorbió lentamente de su licor de strega.
—No le prometo nada —dijo—, sólo sé que el duque Ettore Aldobrandini está desde hace tres días en Nápoles. Ayer me encontré con él en el Toledo.
—Me alegraría poder conocerle —respondió Lothar—, he oído hablar mucho de él, al parecer es una de las pocas personas que sabe hacer de la vida un arte, y que tiene los medios para ello. —Creo que no le han contado lo bastante —continuó el pintor escocés—, pronto podrá convencerse: el duque invita pasado mañana a una reunión, yo le presentaré. —Gracias —dijo Lothar. El escocés se rió. —¡Aldobrandini estaba de muy buen humor cuando me encontré con él! A eso se añade la hora inhabitual a la que me ha invitado, las cinco de la tarde, lo que apunta a algo especial. Creo, por esa razón, que el duque tiene preparada una sorpresa para sus amigos; si ese fuera el caso, puede estar convencido de que seremos testigos de algo inaudito. El duque nunca va por caminos ya hollados. —Esperemos que tenga razón —suspiró Lothar—, ¿así que pasado mañana tendré el placer de recogerle en su casa? —Se lo agradezco —respondió el pintor. —¡Largo San Domenico! —gritó Mac Lean al cochero—. ¡Palazzo Corigliano! Los dos subieron la amplia escalera barroca, un criado inglés les guió hasta el salón. Allí encontraron a siete u ocho caballeros, todos en frac; un sacerdote con sotana violeta estaba entre ellos.
Mac Lean presentó su amigo al duque, que dio la mano a Lothar.
—Le agradezco que haya venido a mi casa —dijo con su sonrisa encantadora—, espero que no quede muy decepcionado.
Se inclinó y se dirigió en voz alta a todos los presentes:
—¡Caballeros! —dijo—, les pido perdón por haberles molestado a una hora tan inconveniente, pero me encuentro en un dilema: la pequeña corza que hoy tendré el honor de presentarles es, por desgracia, de muy buena familia y también muy decente. Ha podido venir aquí con grandes dificultades y a las seis y media de la tarde tendrá que estar, en cualquier caso, de nuevo en casa, para que mamá, papá y la institutriz inglesa no se den cuenta de nada. Esos son aspectos, señores, que un caballero ha de tener en cuenta. Y ahora les pido que me disculpen unos minutos, aún tengo que terminar ciertos preparativos. Entretanto, tengan la bondad de disfrutar del pequeño refrigerio.
El duque hizo una señal a sus criados, se inclinó un par de veces y salió del salón. Un señor con un enorme bigote Vittorio-Emanuel se aproximó a Lothar; era Di
Nardis, el redactor político del Pungolo, que escribía bajo el seudónimo «Fuoco». —Apuesto a que veremos una suerte de broma árabe —se rió—, el duque acaba de regresar de Bagdad.
El sacerdote negó con la cabeza:
—No, Don Goffredo —dijo—, disfrutaremos de una pieza del Renacimiento romano. El duque estudia desde hace un año la historia secreta de los Borgia, de Valdomini, que el director del archivo real en Severino e Sosio le ha prestado tras largos ruegos.
—Bueno, ahora lo veremos —dijo Mac Lean—, entretanto, ¿me puede dar esas sugerencias que me prometió para las carreras de caballos de mañana?
El redactor sacó su cuaderno de notas y se enfrascó en una conversación con el sacerdote y el pintor escocés sobre los favoritos en el turf Lothar comía lentamente helado de naranja de un platillo de cristal. Contempló la preciosa cucharita de oro que mostraba las armas de los Aldobrandini: la barra dentada entre seis estrellas.
Trascurrida una media hora, el criado abrió las puertas.
—¡El señor duque les invita a entrar! —exclamó. Condujo a los señores por dos pequeñas estancias, acto seguido abrió una puerta doble, invitó a todos a pasar y cerró deprisa tras ellos. Se encontraban en una sala grande y larga apenas iluminada. El suelo estaba cubierto con una alfombra de color rojo vinoso, las ventanas y las puertas estaban tapadas con cortinas del mismo color, con el que también estaba pintado el techo. Tapices del mismo color cubrían las paredes, y así estaban asimismo tapizados los pocos sillones, divanes y longchairs. El extremo último de la habitación estaba completamente oscurecido, con esfuerzo se podía discernir allí un gran instrumento, oculto bajo un pesado cobertor rojo.
—Por favor, tomen asiento, caballeros —dijo el duque. Él mismo se sentó y los demás siguieron su ejemplo. El criado fue pasando rápidamente de un dorado candelabro de pared a otro apagando las pocas velas encendidas.
Cuando la sala quedó completamente a oscuras, se oyó un débil acorde procedente del piano. Una ligera melodía conmovedora invadió la estancia.
—Palestrina —murmuró el sacerdote—, ya ve que no tenía razón con sus conjeturas árabes, Don Goffredo.
—Bueno —respondió el redactor asimismo en voz baja—, ¿ha acertado usted mejor pensando en Cesare Borgia?
Por lo demás, pronto se supo que el instrumento era una antigua espineta. Los sonidos más simples despertaban una extraña sensación en Lothar, reflexionó pero no pudo averiguar qué era realmente. En cualquier caso, era algo que no había sentido desde hacía mucho, mucho tiempo.
Di Nardis se inclinó hacia él de modo que su largo bigote le hizo cosquillas en la mejilla.
—¡Ya lo tengo! —le susurró al oído—, ¡no sabía que podía ser tan ingenuo! Lothar sintió que tenía razón.
Transcurrido un rato, el silencioso criado encendió dos velas. Un pálido resplandor, casi siniestro, se extendió por la sala.
La música seguía sonando.
—Y, no obstante —musitó Lothar a su vecino—, no obstante se percibe una extraña crueldad en las notas. Diría que una crueldad inocente.
El silencioso criado volvió a encender unas velas. Lothar miró fijamente el color rojo que llenaba la habitación entera como una niebla sangrienta.
Ese color rojo sangre casi le asfixiaba. Su alma se aferró a los acordes que despertaban en su interior la sensación de un blanco débilmente luminoso. Pero el rojo se abría paso, terminaba triunfando; el silencioso criado encendía más y más velas.
—Esto es insoportable —oyó Lothar que murmuraba el redactor entre dientes a su lado.
Ahora la sala estaba iluminada a medias. El rojo parecía oprimirlo y cubrirlo todo, y el blanco de la música inocente se tornó más y más débil.
Desde detrás pasó una figura junto a la espineta, una jovencita cubierta por un gran paño blanco. Caminó lentamente hasta llegar al centro de la sala, una nube blanca y luminosa en pleno ardor rojo.
La joven se detuvo. Abrió los brazos de modo que el paño de fular cayó a su alrededor. Como cisnes mudos besó el paño sus pies, pero el blanco del cuerpo desnudo resplandeció con tanta más fuerza.
Lothar se inclinó hacia atrás e involuntariamente se llevó la mano a los ojos. —Casi deslumbra —dijo en voz muy baja.
Era una jovencita apenas desarrollada, con una inmadurez encantadora, como un capullo. Una inocencia soberana, no necesitada de ninguna protección, y una promesa segura que despertaba un deseo desmesurado de consumación. Su cabello negro azulado, con una raya en el centro, se ondulaba sobre las sienes y las orejas para cerrarse por detrás en grandes trenzas. Los ojos, negros y grandes, miraban de frente a los señores, pero apáticos, como si no vieran a nadie. Parecían sonreír, al igual que los labios: una sonrisa extraña e inconsciente de la más inocente crueldad.
Y la carne blanca resplandeciente brillaba con tal fuerza que parecía hacer retroceder a todo el rojo a su alrededor. La música parecía entonar un júbilo.
Ahora vio Lothar que la joven llevaba en la mano una paloma blanca como la nieve. Ella dobló la cabeza un poco hacia abajo y levantó la mano, entonces la paloma blanca estiró la cabecita. Y la paloma besó a la joven blanca. Ella la acarició, rascó suavemente su cabecita y apretó ligeramente al animalito contra su pecho. La paloma blanca levantó un poco las alas y se arrimó todo lo que pudo a la carne resplandeciente. —¡Bendita paloma! —susurró el sacerdote. Pero de repente la jovencita levantó la paloma con las dos manos en el aire, sobre su cabeza. Dobló la cabeza hacia atrás y con un fuerte tirón desgarró a la paloma
blanca por el medio. La sangre roja fluyó hacia abajo, sin que ni una gota tocara el rostro, sobre los hombros y el pecho, sobre el cuerpo reluciente de la niña blanca.
A su alrededor se acumuló el rojo, parecía como si la niña blanca se hundiera en un enorme baño de sangre. Temblorosa, desvalida, se acurrucó. Entonces, desde todas partes se aproximó a ella, arrastrándose, el voluptuoso ardor rojo, el suelo se abrió como una garganta infernal: el rojo espantoso engulló a la niña blanca. Un instante después se había vuelto a cerrar el foso. El silencioso criado abrió las puertas y condujo rápidamente a los señores a la habitación contigua. Nadie parecía tener ganas de decir una palabra. En silencio dejaron que les dieran sus abrigos y bajaron las escaleras. El duque había desaparecido. —¡Señores! —dijo en la calle el redactor del Pungolo a Lothar y al pintor escocés —, ¿cenamos en la terraza del Bertolini? Los tres se pusieron en camino. Bebieron en silencio el champán y en silencio se quedaron mirando fijamente el bello y cruel Nápoles, al que el sol crepuscular sumía en llamaradas resplandecientes. El redactor sacó su cuaderno de notas y escribió unos números.
—18 = Sangre, 4 = paloma, 21 = virgen —dijo—. Bonito terno, lo pondré esta semana en la lotería.