Chapter 3 Study 1: weight management interventions in adults
3.3 Results
3.3.3 Behaviour change plus physical activity interventions
4. CARACTERÍSTICAS DE LA OBRA BAROJIANA
4.1. Baroja novelista.
Antes de entrar de lleno en la enumeración de las características esenciales de la obra barojiana, hay que recordar otra vez que los miembros de la Generación del 98 respondie- ron, en su mayoría, a una amplia diversidad de vocaciones, aunque su objetivo principal estriba en su empeño por la innovación, por el casticismo y por la modernidad, como veíamos en el capítulo primero. En Pío Baroja se da el novelista de una pieza; es el gran novelista de su generación y el primer novelista español de la primera mitad del siglo XX, puesto que sus incursiones en otros géneros no superan el carácter de mero divertimento. Además, continúa cultivando el estilo realista de los autores de la generación anterior, aun- que con un léxico modificado, más personal, lógicamente.
En los veintitrés volúmenes dedicados a Eugenio de Aviraneta, Baroja ha reflejado la fisonomía moral de la España del XIX, como en su momento hiciese don Benito Pérez Galdós con las cuarenta y seis novelas que conforman sus Episodios Nacionales, por com- parar, por su temática, la obra barojiana. Memorias de un hombre de acción, seguiría simi- lares parámetros con la magna obra del escritor canario.
Novelista comprometido con su tiempo de una forma muy especial, fue un infatiga- ble trabajador y, al margen de sus “hurtos literarios”, un ejemplo de honradez profesional, pues no hay que olvidar que don Pío escribió desde su temprana juventud hasta bien entra- da la vejez, renunciando a toda posición social, incluida su carrera de médico, en favor de la literatura. Vivió dedicándose por entero a ella y, aunque nunca dejara de quejarse, lo cierto es que consiguió salir adelante con esta disciplina sin demasiados apuros económi- cos.
Baroja no es ensayista; el mayor interés de gran parte de sus libros estriba en que son documentos personales que revelan, con algunas ideas de indudable originalidad, las esca- sas filias y las abundantes fobias del propio autor. En este sentido podría decirse que esas filias y fobias barojianas son una constante a lo largo de toda su narrativa, porque es un escritor subjetivo y apasionado. Sus novelas dan la sensación de que carecen de plan y de que son un simple desfile de personajes, de descripciones de personajes, ambientes y he-
chos, pero si se leen con detenimiento vemos que es todo lo contrario. En las obras a estu- diar hay un arduo trabajo de recopilación y ordenación de datos históricos, así como de conformación de personajes y ambientes donde encuadrar los hechos que se narran en los escritos de don Eugenio de Aviraneta, y todo ello tras haber comprobado los datos consul- tando documentos y periódicos de la época y de haber visitado algunos lugares donde acaecieron los hechos narrados por el personaje y que don Pío va a insertar en sus novelas.
Su ideología es basculante, y ello lo observamos en la disparidad de opiniones espon- táneas y contradictorias -reflejo sin duda de la crisis y de la disolución del pensamiento que tiene lugar en las primeras décadas del siglo XX- que pone en boca de sus personajes, aprovechando que los protagonistas presentan puntos de vista políticos enfrentados. De ese modo, les da la palabra para que se expresen libremente y contrasten opiniones y pensa- miento: choque, en definitiva, de ideas, aunque bien es sabido que el escritor vasco se de- cantó en su juventud por la ideología liberal y fue evolucionando hasta un pensamiento más conservador.
En él tampoco falta, ni la emoción por el pasado ni el sentimiento por el paisaje de Castilla, basándose su arte, más que en ningún otro escritor de su generación, en el presen- te y en la vida. Baroja, burgués de nacimiento, es, como escritor, revolucionario y cantor de la voluntad. Negó en gran número de ocasiones, siempre inducido por su individualis- mo, la existencia de la Generación del 98 pero, en gran medida, tanto en él como en su obra, encontramos elementos de unión con la mísma, por ejemplo, el haber sido durante toda su juventud un inconformista, de ahí que conectase con la manera de ser y de pensar de su antepasado, Eugenio de Aviraneta, y se decidiese a escribir su biografía. A ello hay que añadir el aire errante e inquieto que lo acompañó siempre, siendo éste un síntoma de manifestación de protesta sorda contra todas las formas de organización social establecidas hasta ese momento en el mundo occidental.
Pero también se vislumbra un profundo sentimiento lírico que trasciende de sus obras, aún en las más aparentemente realistas, como en el caso de las Memorias de un hombre de acción, narraciones de corte esencialmente histórico, pero donde se describen paisajes con todo lujo de detalles, utilizando para ello una gran cantidad de adjetivos que, si unas veces hermosean el texto, otras plasman con toda crudeza, por ejemplo, un paisaje inhóspito:
La noche de marzo era oscura y fría; soplaba un viento huracanado y tempes- tuoso; las ráfagas de aire silbaban en las esquinas; los faroles de aceite se balanceaban con furia colgados de sus cuerdas. La calle del Lobo estaba en aquel momento desier- ta. Sonaban las doce en el reloj de la catedral.345
Según José Pla:
Ahora, criticar a Baroja por lo que no quiso hacer, me parece absurdo. Son ga- nas de perder el tiempo y de perderlo en malas artes. Baroja fue siempre un escritor sencillo, sin adorno alguno, que trató siempre de ser divertido y ameno. Hombre de una retina muy aguda, finísima, describió creo yo, los paisajes más precisos, más poé- ticos, los retratos más saturados de la vida, los ambientes más entonados y sugeridores que se escribieron en su tiempo y en esta lengua, por no decir, cualquier caso, en todos los tiempos de esta lengua. Cuando el doctor Marañón ha dicho que la generación del 98 ha representado una edad de oro, la valoración es, naturalmente, global. Pero salvo esta valoración se destacan, a mi entender, las poesías de Antonio Machado, y los pai- sajes, retratos y ambientes dispersos en la obra de Baroja, de una calidad insupera- ble.346
4.2. La filosofía barojiana.
De sus lecturas filosóficas queda entreverado en su obra un rastro que se plasma en su concepción pesimista de la vida, a la manera de Shopenhauer, un misticismo anarquista que le lleva hasta el nihilismo, a la crítica social y de valores, la negación del sentido de la vida, e incluso hay momentos en los que en Baroja se observa una profunda angustia que queda disimulada por un humor cínico, siendo fundamental tener presente la originalidad y la rareza de ese humor, velado, como digo, en gran número de ocasiones, pero del que siempre escapan chispas. Ésta es una de las características esenciales de la obra barojiana, sobre todo cuando ataca al Clero, grupo social por el que sentía verdadera animadversión, y esto lo demuestra a través de su personaje, Aviraneta, también contrario a las ideas reli- giosas:
Comí un poco de pan y queso y me acerqué a la iglesia arciprestal. Hacía ya mucho tiempo que no iba a misa. La verdad, creía en estas cosas como en la carabina de Ambrosio. 347
Desprecio e irreverencia se plasman en el siguiente ejemplo:
345.- BAROJA, Pío (1972, 12): Crónica escandalosa, Madrid, Edición del centenario, Ed. Ca- ro-Raggio.
346.- PLA, José: “Pío Baroja”, Ed. Destino, 1956, en AAVV. (2006): Memoria de Pío Baroja, Pág. XXIII. Ayuntamiento de Madrid y Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Madrid, Ed. Caro-Raggio.
El único amigo de Sorihuela era un cura llamado don Juan Caspe. Este hombre tenía un tipo repulsivo, y lo era: Su cara roja y pustulosa, el manteo lleno de lamparo- nes hacían que fuera poco agradable encontrarlo en el campo visual del observador.
La fama de este curángano era casi tan mala como su aspecto; se sabía que era aficionado al vino, y se decían, además, de él cosas abominables. Eso sí, todo el que reconocía que don Juan, a quien no había por donde cogerlo en cuestión de moralidad, era un gran latinista, y se sabía como pocos la historia de la Iglesia.348
Ese humor anticlerical se reitera:
Aviraneta cruzó el comedor y abrió una puerta que daba a un cuarto contiguo. Este cuarto estaba lleno de cajas y de trastos viejos.
- ¿Qué tiene usted ahí? –le preguntó Leguía.
- Ahí tengo unos cuadros que unos chapelgorris amigos míos sacaron de unas iglesias de la Rioja.
- ¿Sacaron? Quiere usted decir que los robaron.
- No vamos a reñir por cuestión de verbos; pon el que te dé la gana; pero te ad- vierto que tu tío Fermín Leguía iba con ellos.349
Ese fino humorismo lo pone en práctica, aunque en ocasiones –contadas excepcio- nes- cuando reflexiona y cambia su actitud:
No era Aviraneta de los anticlericales que tienen antipatía personal por los cu- ras; al revés, se entendía bien con ellos.
Gondraondo era hombre amable y servicial, un tanto satisfecho de sí mismo, como vizcaíno. Aviraneta y Gondraondo se hicieron amigos, pasearon juntos, hablaron de su vida anterior, y don Eugenio, para asombrar al cura, le contó su vida de guerri- llero con Merino, su expedición con Riego por Europa y sus aventuras en Méjico.350
Sus estudios médicos, basados esencialmente en el empirismo materialista, tan en boga en aquellos tiempos, no le impidieron dedicar su atención a las corrientes filosóficas imperantes en Europa en ese momento, por lo que, de acuerdo con sus propias confesiones, influyeron en su formación algunos biólogos como Claude Bernard, Louis Pasteur y Char- les Darwin, así como filósofos de la talla de Shopenhauer y Nietszche, cuyas teorías estu- vieron de moda en la época en que la obra novelística barojiana estaba en su punto álgido.
348.- BAROJA, Pío (1946-52, III-418): Con la pluma y con el sable, en Obras completas, Ma- drid, Ed. Biblioteca Nueva.
349.- BAROJA, Pío (1972-167): El aprendiz… cit.
Vemos cómo Baroja, aprovechando la existencia de Fermín Leguía –como puede observarse en este artículo sobre la toma del castillo de Fuenterrabía-, crea el personaje de Pedro Leguía. (La no-
velización… cit., Anexo XXII, (II-116-117)). También es citado en la decimotercera obra de la se-
rie, El amor, el dandismo y a intriga: “Otra de mis aventuras sonadas la pensé imitando a mi tío Fermín, por quien sentía gran admiración. Como él había escalado el castillo de Fuenterrabía, yo pensé que debía escalar algo (…)” (El amor…, cit., 29-30).
Entre las influencias literarias de este noventayochista (aunque él negase continua- mente esta designación) no se pueden descartar, aparte de las por él ya confesadas, de By- ron, Leopardi y Bécquer, las de los grandes novelistas y autores de folletines del siglo XIX, incluidos Tolstoi y Dostoievsky.
Debido esencialmente a ese espíritu autodidacta, tan característico de este español universal, bien poca es la influencia que se observa en su obra de nuestros clásicos, pues Baroja es un novelista nato, de los que únicamente aprecian a autores de la talla de Miguel de Cervantes. Así mismo, el título de una de sus primeras novelas, Camino de Perfección, pudiera hacer pensar que en algún momento de su vida hubiese habido en él influencias teresianas, a pesar de haberse declarado agnóstico durante toda su vida.
Es patente también el desprecio que sentía don Pío por la mayoría de los escritores españoles de las postrimerías del siglo XIX, tales como José Mª de Pereda, Juan de Valera, Pedro Antonio de Alarcón o Vicente Blasco Ibáñez, por ejemplo. De estos autores decimo- nónicos únicamente salva a Pérez Galdós y a su obra, desechando la del resto. De esta épo- ca estudia en profundidad todos los aspectos, sobre todo el histórico, para poder componer la serie aviranetiana.
Se ha señalado también la existencia de una cierta coincidencia entre la obra barojia- na y la del ruso Máximo Gorki, pero esto puede muy bien deberse a fuentes ideológicas comunes a ambos autores, bien patentes en sus novelas.
Igualmente, de su culto a la filosofía nietzscheana, de la idea de que la cultura occi- dental está viciada desde su origen y que se encuentra en decadencia, nace en él la volun- tad de la acción, pero no debe olvidarse nunca el profundo sentimiento lírico que trascien- de de sus obras, aún en las más aparentemente realistas, como bien pudiera ser el caso de las Memorias de un hombre de acción, narraciones, como vengo señalando, de corte esen- cialmente histórico.
En muchas de sus obras se observa un constante tono negativo, pero ello es fruto única y exclusivamente del momento histórico-social en que vive, puesto que las secuelas de la Guerra de Cuba aún están latentes en la sociedad española, debido a las lacras que llevaron aparejadas, tales como la miseria, la enfermedad, la ruina, el hambre y, en gran número de españoles, la muerte, lacras que se incardinaron en infinidad de familias de la época y en todas las regiones de España, pues de todas ellas salió a luchar en las colonias
un inmenso contingente de soldados -la mayoría de ellos juventud floreciente del país- a defender lo indefendible, debido a la falta de recursos ofrecidos por el Gobierno para hacer frente a todas las vicisitudes que se les plantearon.
En el pensamiento del escritor vasco, como en la angustia de Unamuno o en la sensi- bilidad de Azorín, asoma la Nada existencial: una vida que se desenvuelve sin objeto, sin dirección y sin sentido.
En conjunto, la idea del mundo que se desprende de las novelas de Pío Baroja es amarga. Sus personajes son, desde algunos puntos de vista, desequilibrados: aventureros, vagabundos, cínicos y tímidos. Se mueven por el mundo sin saber por qué y se nos mues- tran a los ojos de manera incoherente. Todo aparece ante nuestros ojos de manera incohe- rente, como manifestación de la vida, la cual, para este autor, es algo ilógico y carente de sentido.
En esto, como en otras muchas cosas, es Baroja, en su momento y aún en la actuali- dad, un escritor original y fuerte, que nadie ha sabido imitar, ni tan solo emular. Es, así mismo, el autor más empeñado en disociarse de su generación y en negar su existencia. Hay también en él contradicciones en este sentido, resueltas en la unidad de su tempera- mento, no menos marcadas, evidentes, violentas y sorprendentes que en Unamuno, por ejemplo, a pesar de su interés en diluirlas.
Pero frente a un Unamuno que clama y siente trágicamente, o un Azorín que aspira a fijar un sentimiento de eternidad, Baroja, a través de sus personajes, se indigna, protesta, desprecia la vida o expresa indiferencia ante la maldad, la estupidez y la crueldad de la pobre y mísera existencia humana:
En este instante la luna iluminó el campo, y el conde vio en la orilla un grupo de hombres; reconoció entre ellos a su ayudante Mariano Orteu, a quien llamó desespera- damente, creyéndole amigo, gritando repetidas veces:
[…]
Baltá entonces se alejó cuatro o seis pasos, tiró al cuello del conde un lazo co- rredizo con la cuerda que tenía en la mano.
Morera dio un puñetazo y después un puntapié en la espalda al prisionero; el conde cayó al suelo, y Baltá, poniéndole el pie sobre la cabeza, tiró de la cuerda y lo estranguló.
Le desnudaron al conde y le registraron. No tenía en los bolsillos más que unos cigarros, un poco de pan y unas uvas. […] ataron los brazos y los pies del cadáver, y luego, con la misma cuerda del cuello con que le estrangularon, en el otro extremo su- jetaron un gran pedrusco. […] levantaron el cadáver por encima del pretil del puente y lo echaron al otro lado.
El cuerpo arrastró a la piedra y cayeron ambas cosas al río, haciendo saltar el agua con la zambullida.351
Kant ejerce una influencia básica en su obra, pero debemos tener presente que sintió igualmente una gran admiración por las ideas de Nietzsche, muchas de las cuales compar- tió a lo largo de su vida y se manifiestan en el desarrollo de su obra, como el elogio del individualismo y el desprecio por el Cristianismo; por la masa y por la democracia - como ya ha quedado de manifiesto-, desprecio este último también presente en Hobbes, quien pensaba que sólo un absolutismo estatal podía garantizar el Estado de Derecho e imponer la paz social, como indica en su obra Leviatán, o La materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil, de 1651.
Pero es en Schopenhauer donde encuentra un pensamiento con el que su pesimismo y su escepticismo vital se identifican totalmente. De él aprende que la naturaleza de la vida es el sufrimiento, un sufrimiento que es proporcional a la conciencia intelectual y que, además, se intensifica con la acción. Por todo ello, también Baroja acepta la solución del filósofo alemán: la ataraxia o imperturbabilidad, basada esencialmente en la abstención y en la indiferencia.
Para él tampoco el amor es una solución para conseguir una vida más feliz y plena. Este sentimiento aparece poco en su obra, porque parece ser que tampoco estuvo muy pre- sente en su vida real y, cuando lo hace, se manifiesta alrededor de una serie de fracasos y decepciones, como es el caso de Andrés Hurtado, el protagonista de El árbol de la ciencia, quien consigue ser más feliz cuando se casa, porque está enamorado y tiene un hijo. Por ello, cuando pierde a su esposa y a su hijo queda sumido en una profunda depresión que le abocará al suicidio, acción que parece ser para el personaje la única salida para lograr la solución a sus problemas, ya que su ciencia médica ha sido insuficiente para salvar a sus seres queridos y ayudarle así a lograr la felicidad.
En contraposición, en Baroja, como médico y, por lo tanto, como hombre versado en Ciencias, es importante destacar la fe en esta disciplina, puesto que sabía que, cualquiera de los avances de la humanidad, suponía grandes pasos para lograr el bien común. En este sentido, era realista, por ello planteaba una actitud revolucionaria, aunque sin esperanza ni
en la revolución ni en el hombre, pues el individuo, por sí mismo, sin ayuda de la Ciencia y, por lo tanto, del resto de la Humanidad, no era capaz de lograr ningún fruto.
Este escepticismo fue debido esencialmente a que sus estudios de base científica le proporcionaron un modelo biológico de existencia, pero también le revelaron las limitacio- nes que tiene todo conocimiento científico y toda comprensión racional. Su conciencia de las limitaciones de la ciencia queda reflejada en el siguiente pasaje, en donde la pseudo- ciencia toma protagonismo, pasando a ser el tema en torno al cual giran algunos capítulos de la novela La senda dolorosa:
El doctor Alegret era, en tiempo de la guerra, hombre ya próximo a la cincuen- tena; de teorías audaces, entusiasta de la frenología, de la craneoscopia y de los siste- mas de Spurzheim y Gall.
[…]
Si no homeópata del todo ni del todo mágico, […] se mostraba entusiasta de