Summary and General Discussion
Chapter 7 believe lies in the inability of the automatic edge detection algorithm to correctly
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DE MAYO DE MAYO DE MAYO DE MAYO,,,,
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Debió salir en Qué Pasa, de Santiago de Chile, el sábado 20 de mayo de 2006. Publicación objetada.
Una vez, en Angola, el general Menéndez Tomassevich al hacer un alto en sus correrías tras el líder rebelde Jonás Savimbi y echar una ojeada a su paquete de correspondencia —en su caso servido en valija diplomática— que incluía algunos ejemplares del periódico Granma, supo a través de la transcripción de un discurso de su Comandante en Jefe que el ingreso de divisas de Cuba se hallaba en su nivel más bajo. El viejo Tomás —como llamábamos al general—, un revolucionario emotivo y fácil para producir golpes de efecto, dispuso de inmediato que se extrajeran 2 millones de dólares de la reserva especial de cinco millones de las tropas cubanas y se le enviaran a Fidel en La Habana. La respuesta a la supuesta buena acción no tardó 72 horas en llegar a
Luanda. Llegó en forma de un cifrado. Y venía firmado por el ministro de las Fuerzas Armadas. “Tomás —decía Raúl Castro—: ¿Y a ti quién te autorizó a regalar mi dinero?”
Mi dinero. Su dinero. Bueno, la anécdota debe poner en perspectiva la muy
particular relación que se establece con el dinero en la Revolución Cubana. Una relación que comienza y termina ahí mismo: en los dos hermanos. Y que está determinada por la visión de plantación con que manejan el país. Todo lo demás son unas pequeñas a la vez que herméticas estructuras que efectúan las transacciones y llevan los estados de
cuentas. Aclaro que en todo momento cuando hablo de dinero me estoy refiriendo a dólares, a divisas, a moneda libremente convertible, a la platita que ha destapado el último escándalo sobre las supuestas intimidades de Fidel Castro (¿qué otras
intimidades pueden quedarle a los 80 años que no sean crímenes y fortuna?) expuesta en un reportaje de bastante dudosa factura de Forbes, y no a lo que el común de los
cubanos llama “chavitos” y que es la moneda de su uso corriente y solo aceptable para adquirir artículos de primera necesidad. A decir verdad, lo llamativo en este caso no es el reportaje (es la segunda o tercera vez que le achacan al cubano una montaña de dinero semejante) sino la virulencia del contraataque de Fidel, inexplicable en alguien con una piel tan dura. La reacción desde La Habana debe tener desconcertados a los editores de
Forbes, tan acostumbrados como estaban a esa invectiva anual, y especialmente porque
no deben tener la menor posibilidad de probar su aserto.
Fidel nunca deja huellas porque todo se produce y manifiesta por el Estado. El principio —quizá, de tanto repetirse, haya perdido toda noción de objetividad— es que Fidel lo maneja todo como su finca. Desde un botón de camisa que se importe de China hasta el último millón de dólares que ingresen por una venta de habanos, no solo es de su conocimiento sino que necesita de su aprobación. Igual que ahora maneja los ingresos que le reporta el petróleo de Chávez, así manejaba los excedentes de petróleo soviético que lograba situar a su favor en el mercado internacional. A la hora de distribuir, él, desde su oficina en el Palacio de la Revolución, se encarga de preguntar cuánto hay disponible. Luego procede a repartir “los buchitos” —es el lenguaje. Tanto para tal ministerio, tanto para el otro. Esto es, fíjense bien, en cuanto al dinero que ingresa al Estado de manera regular y santificado por el comercio más ortodoxo — “limpio de polvo y paja”, como también es el lenguaje. Hay otros dineros, desde luego, que tienen un origen “colateral”, por llamarle de alguna manera al que es producto de cualquier negocio reprobable o de origen no apto para la publicación. O que surge de las muchas donaciones, por ejemplo, que sus socios políticos del Medio Oriente deciden hacerle. Cooperaciones, como se les designa, con la mejor buena fe. Ese es un dinero que siempre aterriza en efectivo en Cuba y que de la misma forma se envía para bancos de Europa —digamos en Alemania o en Suiza—, pero cuyas casas matrices están a su vez fuera de esos territorios —digamos, en España. Esas son las cuentas, que aunque no se encuentran a nombre de Fidel Castro, son de Fidel Castro. Los negocios vienen de muy lejos, desde las primeras semanas del triunfo revolucionario, cuando la conocida “madrina de la Revolución” Celia Sánchez mandó a depositar dinero para Fidel en Suiza. Quizá no haya existido una persona más incondicional de Fidel, desde la época de la Sierra Maestra. Y ese imperio de poderes subterráneos comenzó bajo su atenta mirada. Por lo demás, son estos los bancos que mantienen al día a Fidel de una inmensa y preciosa información sobre los movimientos bancarios internacionales. Es obligación puntual mantener informado a un cliente de esa importancia.
En el orden interno, Fidel contó desde principios de los 80 con Emilio Aragonés —un capitán de milicias, obeso y sibarita, que hizo méritos en la lucha clandestina contra Batista—, a quien puso al frente de uno de sus más productivos frentes: el Banco Financiero Internacional (BFI). En un principio, éste había funcionado como una filial de la llamada corporación CIMEX, un invento a medio camino entre las operaciones de inteligencia y la necesidad de generar algunos dólares fuera de las rígidas estructuras estatales y a su vez funcionar como una empresa capitalista. El coronel José Luis Padrón, miembro del Alto Mando del Ministerio del Interior y un héroe de la guerra de Angola, fue puesto al frente de CIMEX, tarea que dividía con la jefatura de las
empresas turísticas y las delicadezas de las relaciones con los Estados Unidos. El chileno Max Marambio, “Guatón”, jefe del GAP (Grupo de Amigos del Presidente), la escolta de Salvador Allende, y reciclado en Cuba como oficial de la Dirección General de Operaciones Especiales, fue nombrado su delegado en CIMEX, mientras que el silencioso, enigmático comandante Ramiro Valdés, ministro del Interior, supervisaba. Se le achaca a Marambio haber obtenido un modesto capital inicial de 70.000 dólares, a través de unas amistades suecas, para comenzar la operación, y también sus éxitos iniciales. Me he detenido en estos cuatro personajes porque puede decirse que, en lo esencial, la estructura del movimiento con las divisas de Fidel en su forma actual comenzó con ellos. El caso es que pronto necesitaron de un banco y que la única institución cubana de esa clase existente —el Banco Nacional de Cuba, una especie de Oficina del Tesoro Nacional, en cuya silla de ejecutivo principal se sentara una vez el Che Guevara— resultaba incapaz y sin empuje alguno para afrontar una transacción fuera de la mecánica “socialista”. Fue cuando surgió el BFI, primero como una
dependencia del propio CIMEX y luego como institución independiente. El caso es que a Fidel no le gustó nada la idea de que estos “muchachos” de CIMEX empezaran en el juego de trasegar ellos con bancos extranjeros. Desde entonces, el BFI trabajó como un banco privado, a través del cual las instituciones estatales cubanas obtienen cartas de crédito, aunque establece como norma inflexible para respaldarla el pago de un 5 % de interés. El mismo Banco Nacional de Cuba debió recurrir al capitán Aragonés para que le garantizara sus créditos y lo ayudara a salir del atolladero de algunas deudas.
Advierto que no todo fue sonrisas con este grupo de fundadores. El más golpeado ha sido José Luis Padrón. Un día del verano de 1986 Fidel lo llamó para que le llevara 20 millones de dólares en efectivo que necesitaba para “un compañero gobernante de las islas del Caribe”. Fidel le había dicho a José Luis que mantuviera siempre sin tocar 20
millones de CIMEX en las arcas del BFI. José Luis, por su parte, había creído
conveniente jugar a la bolsa y puso a correr ocho millones en esa aventura, por lo que solo disponía de doce millones. Del primer rebote, José Luis fue a dar al Amazonas, como participante de una expedición en canoas rústicas que debía develar los conocimientos de navegación de las sociedades precolombinas en una tirada de dos años, dando remo y comiendo caracoles —cuando los hubiese— desde los andes peruanos hasta la isla de La Española.
A principios de los 80, surgieron otras fuentes de divisas, colocadas
indefectiblemente bajo la sombrilla de la Seguridad del Estado y que por tal razón se les asociaba de forma automática con Fidel. La más celebre de todas, MC, un departamento de la Dirección Z (o “Ilegales”) de la Inteligencia cubana, surgió como un
desprendimiento de CIMEX, para crear cualquier clase de negocios en países cercanos a Cuba que le brindaran cobertura económica así como “fachada” de comerciantes, a los agentes cubanos en sus destinos de matarifes o informantes en los países del área, al frente del cual se designó al coronel Antonio de la Guardia, uno de los oficiales
emblemáticos del aparato de Seguridad, que pese a todo terminaría fusilado como chivo expiatorio de Fidel cuando éste requirió sacudirse de la acusación de narcotráfico. Pero es una hipótesis en muchos casos aventurada que el florecimiento de los negocios en dólares partiera de la iniciativa personal de Fidel. En realidad, se trataba también de negocios que se creaban dentro de las propias oficinas de la Seguridad, como resultado de los intereses de grupos que desarrollaban, y en otros eran de civiles que se ponían al amparo de la Seguridad para poder actuar. El más celebre de esta galería es Héctor Carbonell Méndez, alias “El Güiro Carbonell”, que descubrió el formidable método de hacer algunas compras con amigos panameños para surtir los artículos de las tiendas de turismo habaneras y le enviaba paquetes de dinero con una parte de las ganancias al general José Abrantes, el ministro del Interior nombrado en 1985. Por lo cual se ganó el inmediato aprecio del respetable general y una posición de intocable… aunque no intocable de forma permanente, porque tanto a Abrantes como al Güiro se les defenestró sin miramientos y condenó a penas de cárcel en el año 1989, cuando Fidel necesito a su vez sacudirse de aquel Ministerio del Interior de nuevos ricos y proclamó que sus integrantes, a partir de entonces, tenían que ser como “mirlos blancos”, así de puros los concebía. En pocas palabras, no solo mirlos y no solo blancos, sino también sin un dólar en sus bolsillos.
Es indudable que la tenencia de divisas en las fuerzas revolucionarias ha devenido en una especie de marca de cenizas que te puede llevar, más temprano que tarde, al patíbulo. Vean el caso de Carlos Aldana, el todopoderoso secretario ideológico del Partido Comunista, cuya carrera política resultó destruida para siempre por la acusación de tener a su nombre una tarjeta de crédito de matriz panameña. Pocos se han salvado del escarnio, como es el caso de Abraham Maciques, durante largos años jefe de una tienda de cadenas en dólares y del exclusivo Palacio de las Convenciones de La Habana. Otro afortunado es Rodolfo Fernández, a quien se le conoce como Rodolfo Conaca, por la primera oficina bajo su mando al triunfo de la Revolución (Comisión Nacional de Acueductos y Alcantarillados) y que se dedica a las compras de artículos de consumo personal de Fidel (incluida las gabardinas españolas de sus uniformes) desde mediados de los 60, y que parece estar a salvo de cualquier proceso inquisitorial en virtud de la confianza depositada por Celia en él, y a la forma casi mística en que Fidel conserva las cosas relativas a Celia desde su muerte en 1980. Al menos, en lo que se refiere al círculo cerrado de Fidel, lo más saludable es mantenerse alejado de las divisas. Que él siga repartiendo y organizando los buchitos. Carlos Lage, con el cargo de vicepresidente del Consejo de Estado, es por lo pronto el hombre a cargo de llevar el dinero líquido en esa oficina, y únicamente a Fidel está en la obligación de reportarle. Queda alguien, sin embargo, fuera del control financiero del Jefe y que hace muchos años está
amontonando una fortuna fuera de Cuba. Se supone que la atesore en países tan inocuos como Ecuador o Italia, donde también debe haber dislocado personal suyo en espera de un eventual exilio de la segunda familia real cubana. El coronel Luis Alberto Rodríguez, el joven casado con Deborah Castro Espín, la hija mayor de Raúl, y cuyo alto rango militar no responde —como se pueden imaginar— a su participación en ninguna batalla, lleva los negocios de la familia desde una llamada “área de inversiones de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en moneda libremente convertible” y que tiene bajo su control una extensa cadena de hoteles y tiendas de artículos para turistas. De seguir así la actividad, quién quita que el próximo año Forbes incluya a Raúl en su lista.