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Randomized clinical study

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Chapter 3 Randomized clinical study

El primero de marzo del año de Gracia de 1577, don Benito Arias Montano llegaba al Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, en pleno proceso de construcción y remate del monasterio. Venía todavía un tanto temeroso, a pesar de las promesas que le había dado el rey respecto a su propia seguridad. Roma acababa de mostrársele más que reticente ante la versión rigurosa de la Biblia políglota que había estado componiendo en Amberes por encargo expreso de Felipe II. Al regresar a España, aunque fuera cumpliendo Órdenes del rey en persona, temía que el Santo Oficio quisiera interrogarle sobre ese punto tan polémico y delicado, por el que ya había incoado proceso contra su buen amigo fray Luis de León. Y es que la Iglesia no podía tolerar que se le enmendara la plana a su manipulada Vulgata y a que se devolviera su sentido originarlo a los textos sagrados.

El papel que venía a desempeñar el doctor Arias Montano en El Escorial era, además, altamente comprometido, porque el monarca le había encargado que asumiera el cargo de revisor de los volúmenes destinados a constituir los fondos de la Biblioteca del Monasterio, lo que equivalía a nombrarle, de hecho, censor privado de aquella ya cuantiosa y espléndida colección de libros, de cuya dirección se había responsabilizado a fray Juan de San Jerónimo.149 De hecho, la labor de Arias Montano debía consistir en determinar qué libros podían entrar a formar parte de aquella colección y qué otros debería aconsejarse que fueran apartados y puestos a buen recaudo, sin que nadie, ni siquiera el mismo rey, pudiera tener oficialmente acceso a ellos. Otra cosa sería que tanto el monarca como los frailes jerónimos y los alumnos de su incipiente colegio se resignasen a cumplir al pie de la letra con los preceptos emanados de las más altas autoridades eclesiásticas.

El problema principal, sin embargo, radicaba en que Arias Montano, desde años atrás y siguiendo sus propias preferencias en la mayor parte de los casos, ya había enviado a España muchos volúmenes comprados por él en Amberes, que Felipe II acogió siempre con buena disposición, aunque era consciente de que buena parte de ellos no eran precisamente dechados de ortodoxia cristiana. Había entre aquellos libros

149 Ben Rekers, Benito Arias Montano. The Warburg Institute, Londres, 1972. Ed. esp. por Taurus,

algunos tratados fundamentales de Alquimia e incluso varios textos de la Kabala, adquiridos a precio de oro a comerciantes marranos radicados en los Países Bajos; incluso había bastantes libros que despedían un mal disimulado tufo erasmista150 y no pocos cuyos autores formaban parte de la Familia Charitatis, la secta espiritualista secreta de la que el mismo Arias Montano formaba parte aunque, gracias a su extrema discreción, había logrado mantenerse libre de persecuciones durante el represivo gobierno del duque de Alba. Montano se había integrado activamente en dicha secta casi desde el momento mismo en que llegó a los Países Bajos en 1566 y se puso en contacto con el editor Cristóbal Plantin con motivo de la Políglota que iban a componer juntos y que el monarca consideraba la obra más importante que habría de publicarse en Europa durante su reinado. Luego, cuando el atrabiliario duque fue sustituido por don Luis de Requesens, fue Felipe II en persona quien recomendaría al nuevo gobernador que se dejara guiar por los sabios consejos políticos del doctor Montano, para paliar en lo posible el odio exacerbado que había despertado Alba entre los flamencos y buscar un cierto grado de entendimiento con ellos, al menos con los que aún se mantenían bajo la disciplina católica, aunque mostrasen recónditas tendencias independentistas.

Afortunadamente, nada le sucedió a Arias Montano al llegar a España. El Santo Oficio, mediatizado por la voluntad del soberano, sabía probablemente que nada que estuviera bajo su alta protección debía ser alcanzado por el largo brazo de la Iglesia represora de heterodoxias. Tal vez se encontraba también entonces la Suprema demasiado ocupada con la solución definitiva del proceso al arzobispo Bartolomé de Carranza, al que Roma reclamaba para pronunciarse definitivamente sobre los terribles pecados de luteranismo contenidos en su Catecismo.

El gran polígrafo, probablemente el más importante biblista de su tiempo, se hizo cargo inmediatamente de su más que comprometido nombramiento. Tenía mucho trabajo por delante; había que revisar y catalogar gran número de escritos, entre los que se encontraban los de la biblioteca privada del rey y los que el propio censor había enviado desde Flandes. Y todo ello sin contar con otra importante colección de libros, la de don Diego de Mendoza, que había pasado a formar parte de la del monasterio al fallecimiento de su propietario. El Inquisidor General, cardenal Quiroga, había otorgado licencia especial a la incipiente biblioteca monástica para que sus lectores, en gran parte los mismos jerónimos adscritos a El Escorial y los alumnos de su scriptorium de Parraces, pudieran prescindir de las normas vigentes en el Índice General de la

150 Para la Inquisición, erasmismo y protestantismo venían a significar lo mismo; de hecho, los libros

Iglesia Y así, a la espera de un proyecto de normativa especial que el mismo Arias Montano redactaría ocho años después, resultó que, en poco tiempo, aquella librería se convirtió en la más rica de España y una de las más importantes de Europa en lo que concernía a textos altamente comprometidos que, en cualquier otra parte, habrían sido condenados a las llamas purificadoras.

Pero aquel año de 1577 iba a ser, además, una fecha muy especial en la incipiente vida del monasterio en el que Felipe II había depositado todos sus proyectos trascendentes. Los cronistas contemporáneos nos dan cuenta de que el rey pasó hasta el mes de mayo vigilando de cerca la obra, que había sufrido cambios sustanciales desde que el maestro Juan de Herrera se hiciera cargo de ella apenas dos años antes. El nuevo responsable de la construcción había decidido implantar una medida que podía considerarse crucial en el proyecto e insólita desde la perspectiva de los métodos de trabajo vigentes. Como ya dijimos, consistía, en esencia, en labrar las piedras en las canteras de donde se extraían, en lugar de traerlas en bruto a pie de obra, de modo que, al llegar a su destino, estuvieran ya desbastadas y en condiciones de ser colocadas en el lugar que les correspondía. La enorme ventaja que veía Herrera en la utilización de aquel método era que, gracias a él, todo el trabajo en las cercanías del monasterio se llevaba a cabo en relativo silencio, sin el constante repicar de los malletes llenando su espacio sonoro. La razón, más que práctica, parecía tener implicaciones mágicas. Así, explicaba, el conjunto no sufriría y, sobre ahorrar a las recuas de bueyes el peso de las grandes moles de granito que antes se transportaban en bruto desde las canteras, las piedras se asentarían mejor y con mayor suavidad, lo que reportaría grandes ventajas para la buena marcha del edificio.

Era ésta una idea que se prestaba y se sigue prestando a planteamientos ajenos a la misma construcción, porque denotaba una especie de recóndita convicción de que la piedra es algo vivo más allá de su aparente estatismo. Con ello, además, se hacía eco de ideas procedentes de los grandes arquitectos de la época clásica, sobre todo de Vitrubio,151 teñidas por el hermetismo que definió el concepto del arte sagrado tradicional entre los constructores medievales y renacentistas.

El otro problema que se trataba de resolver en El Escorial en aquellos momentos era de corte económico, cuando menos en apariencia. Felipe II andaba preocupado por los costes y la lentitud con que se llevaban a cabo las obras de la parte fundamental del monasterio: el complejo sagrado formado por la iglesia, la cripta funeraria y el coro.

Temía no contar con dinero suficiente para rematar debidamente aquella parte del complejo; y, sobre todo, dado su precario estado de salud, se angustiaba ante la posibilidad de que la muerte le alcanzase sin ver su proyecto terminado. Fue entonces cuando, a lo largo de una serie de reuniones convocadas el año anterior, tanto Herrera como el lego fray Antonio de Villacastín, que, recordémoslo, era el Obrero Mayor de la obra escurialense, propusieron un cambio radical en el proceso de construcción. El cambio consistía, como ya hemos mencionado, en contratar cuadrillas de obreros a destajo, de tal manera que, dividido el recinto del futuro templo en diez partes aproximadamente iguales, cada cuadrilla designada se hiciera responsable de la terminación de una de ellas y que el cobro se realizase por trabajo cumplido y no por soldadas correspondientes a cada jornada trabajada.

Los resultados de aquellas innovaciones comenzaban a calibrarse en aquellos inicios de 1577, precisamente cuando Arias Montano llegó al monasterio. Se dijo entonces que se había adelantado en seis meses lo que antes se había calculado en al menos tres años. Habían llegado, además, varias cuadrillas de albañiles procedentes de la Trasmiera cántabra, atraídos por la oportunidad de poner en práctica sus métodos de trabajo, lo que les habían convertido en los canteros mejor considerados del reino.

Otra cosa muy distinta y que llegó a resultar bastante problemática fue su exacerbado espíritu de solidaridad, que les hizo comportarse con un sentido gremialista que, precisamente aquel año, estalló en graves problemas suscitados poco antes de la Pascua. Un grupo de oficiales vizcaínos cometió un delito que ni siquiera se especifica; el alcalde mayor de la villa —nombrado por el prior del convento— prendió a los alborotadores y los encerró a la espera de juicio. Pero al día siguiente mismo, la campana que convocaba al tajo era tañida no para llamar al trabajo, sino para reclamar la presencia de todos los obreros que intervenían en la obra, que se concentraron como un solo hombre y dispuestos a castigar a aquel alcalde que había tenido la osadía de prender a unos cuantos de los miembros de aquellas logias canteriles. Se plantearon de inmediato graves problemas que ni siquiera la notable mano izquierda del fraile Villacastín logró dominar. Y puesto el rey sobre aviso, se apresuró a presentarse en las obras acompañado de fuerte escolta armada, que habría llevado a cabo un escarmiento espectacular entre los canteros de no haber intercedido de nuevo el Obrero Mayor pidiendo clemencia al soberano. Así, la cosa se apaciguó con apenas dos o tres oficiales condenados a galeras y volviendo el resto al trabajo.

Aquella aventura, digna de recordarse porque reflejaba la enorme importancia que aun en aquellos tiempos conservaba el espíritu gremial —y hasta francmasónico, podríamos decir— de los canteros, fue el primero de una serie de sucesos más o menos insólitos y de corte en apariencia sobrenatural que mantuvieron en vilo los ánimos de

todos. La fiesta pascual, celebrada casi de inmediato, discurrió con normalidad. En ella el papa, a través de su nuncio apostólico, nombró cardenal al príncipe Alberto de Austria, que se encontraba en la corte española, y la reina doña Aria, su hermana y cuarta esposa de Felipe II, recibió la Rosa de la Dominica, una distinción pontificia del más alto valor simbólico. Pero, apenas pasada la festividad, se apreció en las obras la presencia inusitada de numerosas gentes de armas que, al parecer, habían venido para proteger al monarca de los efectos de una extraña profecía que se había extendido por todo el país y que llegó a oídos del mismo Felipe II, que sin duda alguna debió de creer en ella a pies juntillas.

Fray José de Sigüenza resume con su buen sentido del humor los motivos del agüero152

«Decían que ese año de 77, tan setenado con once sietes, estaba de años atrás muy temido, y que particularísimamente amenazaba a esta casa, porque cayó en julio, que es el séptimo mes, y a veintiuno del mismo, que son tres sietes, y en el séptimo de la Luna y, habiendo entrado el Sol en el séptimo grado del signo del León, y aun me maravillo que no advirtieron adónde estaban las Siete Cabrillas y otras setenta impertinencias de estos judiciarios, que se precian harto más de caldeos que de cristianos, como si el año antes y otro después, sin ningún siete de esos, no cayeran en Madrid y en otros pueblos campanarios y torres de estas y otras comarcas rayos más derechos y aún más perjudiciales».

Fray José ni siquiera quería creer que Felipe II hiciera caso de aquel pronóstico, pero lo cierto fue que exactamente en la fecha prevista, víspera de la Magdalena, y en la noche del domingo, entre las once y las doce, «sobrevino una tempestad de aires, agua, truenos, relámpagos, con gran oscuridad de nubes tenebrosas, soplada de un viento medio lóbrego que la encaminaba de entre Mediodía y Poniente a encontrar con esta sierra; aquí se espesaron las nubes unas con otras y, al pasar se desgarró una y despidió con la fuerza de la exhalación seca, encendida dentro de aquel seno, un relámpago, rayo y trueno, y tan horrendo y furioso que despertó a los que dormían; y a los que estaban velando, que eran algunos colegiales, poco menos que derribó en el suelo».

El desastre causado por aquel rayo fue tremendo y tuvo sus terribles consecuencias en diversas partes del edificio. En la sacristía se fundió el oro de los marcos y de las cenefas de varias casullas y en la torre de Poniente causó tal destrozo que se fundieron las campanas y quemó como yesca toda la madera de la construcción.

152 151. Fr. José de Sigüenza: Historia de la Orden de San Jerónimo, tomo III, dedicado íntegramente a

El duque de Alba, que estaba al mando de la gente de armas que había acudido en previsión del cumplimiento del presagio, colaboró activa y personalmente en el trabajo de salvamento, así como todos los frailes y cuantos se encontraban allí. Sólo corrió peligro, al parecer, el fraile relojero que tenía su celda cerca de las campanas. El mal no se le manifestó de inmediato, cuenta el padre Sigüenza, pero, poco a poco, «le cargó una

fuerte melancolía, mudósele el rostro extrañamente y mudó el color de blanco en un pardo triste; saliéronle unos lunares negros, vivió otros tres años, poco más o menos y al fin murió casi sin que se echase de ver; entendióse le entró algún humo en el cuerpo aquella noche que le hizo este efecto».

Los malos agüeros previstos para aquel año no terminaron aquí de cumplirse. Sin duda, muchos estaban ya dispuestos a creer en la presencia soterraña del Maligno, que habría aparecido decidido a poner en peligro aquella gran obra que todos consideraban ya como un homenaje glorioso del soberano al Creador. Lo cierto fue que todos parecían dispuestos a asumir la presencia diabólica bajo cualquier signo. Y así sucedió también que, desde el mes de mayo, comenzaron a escucharse por las noches los lastimeros aullidos de un perro y un arrastrar de cadenas que llegaron a asustar a buena parte de los que vivían en el monasterio y sus alrededores. Algunos dijeron incluso haber visto aquel ente fantasmal que, según aseguraban, era negro y enorme, de acuerdo con las señas de identidad de aquel diablo al que decían que representaba. Parece ser que por toda España corrió la nueva del Perro Negro de El Escorial y que surgieron toda suerte de cábalas a propósito de su presencia. Unos decían haberle visto casi volar entre los andamios y hasta hubo quienes, con más conciencia social, dejaron correr la nueva de que su presencia se debía a un castigo de los cielos por los impuestos extraordinarios con los que el rey había gravado a su pueblo para contar con fondos para la buena marcha de la obra del monasterio, de tal modo que «los aullidos eran el

gemido de los pobres, y las cadenas la opresión de estas imposiciones y otros cien disparates como éstos, si, como digo, no eran malicias».153

Aquel verano, durante varios días, los aullidos del diabólico perro se incrementaron, hasta el punto de inquietar seriamente incluso a los miembros de la comunidad, que parecían los más reacios a admitir su carácter pretendidamente sobrenatural. Una noche, mientras los frailes se encontraban en maitines, los aullidos se hicieron insoportables, parecían proceder de dentro mismo de la iglesia o que sonaban debajo mismo de los aposentos del rey. Fue entonces cuando nuestro Obrero Mayor, el lego Villacastín, se decidió a aclarar el misterio; saliendo junto con otro fraile, acudió a

la bóveda de donde procedían los aullidos y, encontrando allí a un pobre perro que se había metido entre los andamios sin poder salir del laberinto de cuerdas y tablas, lo sacó asiéndole del collar y, ni corto ni perezoso, lo subió hasta el claustro grande y lo ahorcó de un antepecho, donde todos pudieron verle colgado a la mañana siguiente al acudir a misa. Con ello se apagó el recóndito terror y desaparecieron los malos agüeros que ya se habían convertido en la comidilla del reino, pero quedó patente también el ambiente de inquietud que comenzaba a extenderse en torno a la obra escurialense, considerada por unos como reflejo fiel de la grandeza del reinado, pero también, por parte de otros muchos, como la manifestación inmediata de un real y costoso capricho que amenazaba seriamente la ya precaria prosperidad del reino. En cualquier caso, El Escorial no era para nadie un monumento más, sino una obra emblemática, recónditamente mágica, que, con su existencia, implicaba la vida de todo el reino e involucraba a todos los españoles en el proyecto de su monarca.

Los malos vientos del año 1577 —el año de los once sietes— se completaron todavía con dos sucesos más que sembraron de inquietud el entorno del monasterio. Uno de ellos, el de menor envergadura, fue el prendimiento de un pederasta, hijo al parecer del panadero de la reina doña Aria, que fue sorprendido en plena comisión del pecado nefando, juzgado, condenado a la hoguera y ejecutado allí mismo, junto a la obra del monasterio, el 7 de noviembre de aquel mismo año.154 Otra vez el maldito número 7 hacía acto de presencia, apenas dos días antes de que todo el mundo pudiera ver desde allí mismo un enorme cometa cuya aparición fue masivamente interpretada como una grave amenaza para el vecino reino de Portugal, al que esperaban toda suerte de desgracias inmediatas.155 Cosa que, por cierto, no tardaría en convertirse en realidad, con la muerte del rey don Sebastián durante su expedición a Marruecos. Pero aquel doloroso agüero celeste supuso también el casi inmediato acceso de Felipe II al trono luso, después del esperado fallecimiento del inmediato sucesor del monarca muerto, el viejo y gastado cardenal infante don Enrique. Con aquella expansión de sus