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The Bell Inequality

2.3 Impossibility Proofs for Hidden Variables

2.3.4 The Bell Inequality

El desmembramiento de Grecia

En la Ilíada y la Odisea, si se toma en cuenta no las reminiscencias micénicas, claro está, sino su contenido fundamental, Grecia aparece más desmembrada y aislada que en épocas posteriores. Toda pequeña comunidad, formada por grupos consanguíneos, vive su propia vida, aislada; cada una tiene sus órganos de gobierno y administración, su gobernante (basileus), un consejo de ancianos, una asamblea popular; cada una posee su territorio compuesto de campos de labranza, praderas y viñedos, su polis, no con la acepción de ciudad-Estado, que tuvo más adelante este término, sino sólo como villorrio, al parecer ni siquiera siempre amurallada. Sólo

de tanto en tanto las comunidades autónomas aúnan sus fuerzas para acometer empresas bélicas conjuntas: tal es el caso que sirvió de base al relato de la Ilíada.

Mas también bajo los muros de Troya, los jefes de los destacamentos que integran la milicia unificada continúan guardando celosamente su independencia y autonomía. El poder de Agamenón, quien había recibido el mando sobre todo el ejército aqueo, no se distingue ni por su plenipotencia ni por una especial autoridad. Todas las cuestiones de importancia vinculadas con la conducción de la guerra son resueltas no por él personalmente, sino en reunión de «los rizados hijos aqueos», y esto solamente después de haber consultado con los «nobles ancianos, poseedores de cetros», basileus como el mismo Agamenón. Es característico que, en una de esas reuniones, Aquiles considere posible dirigirse a Agamenón, en presencia de los guerreros, de la siguiente manera: «¡Oh, saco de vino, con mirada de perro, pero con alma de cervatillo!» «Oh, rey sin honor, devorador de tu pueblo!» El aislamiento de cada destacamento guerrero repercute en la organización general de la unificada milicia aquea. El botín de guerra se reparte de inmediato entre los jefes de destacamentos, o cae directamente en manos del que los ha arrebatado al enemigo. Entre los guerreros comunes se conservan las subdivisiones tribales. Néstor, que para Homero representa el ejemplo de la sabiduría, le dice a Agamenón: «... separa a los hombres por tribus y por fratrías, para que las fratrías ayuden a las fratrías y las tribus a las tribus ...». De esta manera, incluso en un conflicto bélico común, perdura la autonomía propia de las comunidades en tiempo de paz, y las distintas partes de la milicia aquea no se fusionan para formar una verdadera unidad. Inclusive cuando en la vida social y económica de las comunidades del período homérico comienzan a apuntarse los primeros pasos que llevarían a la formación de uniones territorial y políticamente más amplias, en dichas uniones «gens, fratrías y tribus siguen conservando por completo su independencia». Así, las fratrías (hermandades), como unión de varias fratrías —ordenamiento del que restan supervivencias en muchas polis griegas de tiempos posteriores—, constituyen todavía durante la era de Hornero la subdivisión social fundamental.

El papel de la organización en forma de «gens»

El carácter gentilicio de la sociedad homérica se manifiesta en todos los ámbitos de la vida. Así, por ejemplo, un hombre que, por una u otra causa, había perdido los vínculos con su gens y se veía en la necesidad de buscar refugio en una región extraña, era tratado como un métanastes, una refugiado errante y sin familia, despreciado por todos. Ofendido por Agamenón, Aquiles le dice: «Se enciende en cólera mi corazón cuando me acuerdo de la manera infame con que me ha tratado ante el pueblo aqueo el rey Agamenón, como si yo fuera un miserable refugiado, un vil advenedizo!»

Por otra parte, la aparición misma de tales refugiados emigrantes, excluidos de la gens, testimonian el comienzo de las diferencias sociales, la aparición al lado de las relaciones gentilicias, de relaciones sociales nuevas.

Era la fratría la que asumía la defensa de sus integrantes frente al «mundo exterior». La Grecia homérica no conoce órgano alguno capaz de llenar dicha función dentro de un ámbito cuya amplitud sobrepasa los límites de la organización de gens. Y por ello, el métanastes que acabamos de citar (así se llamaba en los poemas a los hombres que habían roto con su gens y con su fratría), resultaba privado de defensa social y cualquiera podía atentar impunemente contra su vida, su honor y sus bienes. Mas también la vida del hombre que había conservado sus vínculos con su gens era defendida en primer lugar no por los órganos sociales, sino por sus parientes más cercanos, que tomaban venganza del asesino de acuerdo con el principio de «sangre por sangre». En el último canto de la Odisea, los parientes de los pretendientes de Penélope muertos por Ulises, «tan pronto como tuvieron sus pechos revestidos por fuertes corazas de brillante cobre», se reunieron fuera de la ciudad, con el propósito de dar cuenta del asesino mediante la unificación de sus fuerzas. Uno de ellos, Eupites, se había dirigido a los habitantes de Itaca, conmovidos por el acontecimiento, y les había dicho llamándolos a tomar venganza en Ulises: «Hermanos, os suplico, salid conmigo en su busca, antes que fugue de Itaca a Pilos, o se salve en la divina Elida, la tierra donde reinan los epeos: salid conmigo contra el

asesino y castiguémosle, pues, si no, nos cubrirá el oprobio y la vergüenza que caerá sobre nuestra memoria no podrá borrarse jamás».

De este modo, la iniciativa de la venganza pertenecía a los parientes consanguíneos directos, y sólo después, a requerimiento de estos últimos, intervenían los otros congéneres del asesinado. Era natural que el asesino, temiendo la venganza por parte de los miembros de la gens o de la fratría, optara por abandonar su patria: «... el que mata a un hombre cualquiera, aunque su víctima no deje a muchos para vengarle, huye de su patria abandonando a sus deudos...»

Además de la venganza por sangre, Homero menciona el rescate pagado por el asesino como medio de compensar a los parientes de la víctima: «Hasta por la muerte de un hermano, incluso por la de un hijo, se acepta del asesino una compensación; de esta manera, uno permanece en su aldea, una vez satisfecho el pago, y el otro apacigua su alma y su soberbio corazón con la indemnización recibida.»

Una disputa en torno del rescate es descrita en una de las escenas grabadas en el escudo de Aquiles. Las menciones, tanto del rescate como de la venganza familiar, permiten suponer la coexistencia de ambas instituciones, lo cual pone al descubierto uno de los rasgos típicos del período homérico: su carácter de período de transición. Desde luego, en muchos casos las descripciones de relaciones sociales muy primitivas, junto a otras más complejas y desarrolladas, deben considerarse como consecuencia de la estratificación de ambos poemas, debida, como ya señalamos, a su prolongada formación; mas en otros casos estamos indudablemente frente a los reflejos de la realidad histórica de las épocas que se describen.

Diferenciación económico-social. Aparición de la aristocracia

Aunque en la época homérica los lazos de parentesco de la gens constituían los cimientos de la estructura social, y en la vida de la sociedad continuaban en vigor y uso muchas antiguas instituciones, el período homérico en su integridad constituía ya, sin lugar a dudas, una época de intensa descomposición de las primitivas relaciones comunales. Al comparar la gens iroquesa con la griega, Engels anota que entre ambas «... se extiende cerca de dos períodos de desarrollo que los griegos de la época heroica llevan de delantera respecto a los iroqueses».

La igualdad social y la libertad de los miembros de la primitiva sociedad gentilicia se habían transformado considerablemente. Se había destacado y separado la aristocracia gentilicia, poseedora «de honroso lugar y cebadas ovejas y ánforas llenas de vino dulce y selecto...». Engels define ese proceso de la siguiente manera: «La cifra de la población aumentó con la extensión de la ganadería, de la agricultura y hasta de los oficios manuales; al mismo tiempo crecieron las diferencias sociales, y con éstas el elemento aristocrático en el seno de la antigua democracia primitiva.»

El poema trata de subrayar a cada paso la diferencia entre la nobleza gentilicia y el resto de la población. En las batallas que describe, los guerreros nobles, en carros tirados «por corceles de espesas crines», o bien a pie, combaten contra los enemigos al frente de sus hombres. Tienen el cuerpo protegido por coraza de cobre «adornada con oro», la cabeza con un yelmo con crin de caballo y blancos colmillos de jabalí. Las vainas de sus espadas son de plata pura. Y también en tiempo de paz un hombre noble difiere notablemente de los demás por su modo de vivir: lleva túnica de un tejido tan fino como la seca envoltura de la cebolla y sobre la misma una capa de alto costo hecha de lana púrpura, con una hebilla de oro exquisitamente trabajado.

El poeta no escatima colores al describir las mansiones de los nobles: «Paredes de bronce la rodeaban, coronadas por una brillante cornisa de acero azulado. Cerraban la entrada al soberbio palacio puertas de oro cuyas jambas, que arrancaban del broncíneo umbral, eran de plata, como de plata también era el dintel que en ellas se apoyaba, y de oro macizo una aldaba. A ambos lados, perros, áureo uno, argénteo el otro, fabricados sabiamente por Hefaistos... Detrás de la casa se hallaba el jardín «rodeado de tupido seto», y en él «crecían magníficos árboles frutales: perales, granados, manzanos de espléndidas formas, dulces higueras y verdes olivos...». Le seguían el viñedo y la huerta, en la cual «hortalizas y verduras de todas clases se cosechaban en abundancia todo el año» (ibíd., 128). Desde luego, la época homérica no conocía mansiones tan

lujosas. En el caso dado, al igual que en la descripción de las armas, con el deseo de subrayar el lujo, fabuloso desde el punto de vista de sus contemporáneos, que caracterizaba la vida de sus héroes, el poeta había aprovechado, al parecer, los ejemplos de la época pretérita conservados en la memoria popular.

Es lógico que el rapsoda subraye las diferentes situaciones sociales de los personajes y las peculiares relaciones entre ellos. Acerca de Ulises, por ejemplo, se narra en la Ilíada: «Cuando encontraba a un hombre del pueblo gritando, golpeábale con el cetro y le increpaba con palabras severas: —¡Detente, desdichado, y no alborotes, escucha a los que te aventajan en valor; tú, débil y cobarde, jamás tuviste importancia en el combate, ni en el Consejo!» (Ilíada, II, 198 y sig.). Pero, al encontrarse con nobles guerreros, Ulises se acerca a cada uno de ellos y les dice: «—Ilustre varón: ¿eres acaso presa del temor cual un cobarde? Detente, tranquilízate y tranquiliza a los otros».

Podríamos traer a colación muchas otras citas análogas, dispersas en el texto de ambos poemas, y que dan testimonio de la tendencia, propia del epos homérico, a idealizar la aristocracia de abolengo y promoverla al primer plano a todo lo largo del relato. Tal tendencia tiene su explicación en la vida económica de ese período.

La ganadería y la agricultura

La economía de la sociedad homérica se basaba fundamentalmente en la agricultura y en la ganadería.

En los poemas se encuentran frecuentes menciones de «gruesas» ovejas y cabras, de bueyes «de altos cuernos», de cerdas «brillosas de grasa», de potros y «gruesas yegüitas jóvenes orgullosas de sus potrillos juguetones». Son mencionados también los asnos y mulas que se usaban para tirar de los arados. Del importante papel de la ganadería en la economía de esta época da testimonio también el hecho de que el ganado era utilizado como medida de valor, sustituyendo el aún inexistente dinero. Así, una enorme caldera de cobre, junto con su trébode, valía doce bueyes; una «doncella prisionera» era apreciada en cuatro bueyes, una armadura de oro se valuaba en cien terneros y una de bronce en nueve.

No menor era la importancia de la agricultura. Como cultivos gramíneos básicos aparecen el trigo, la cebada y el mijo. Los trabajos de labranza en el campo se llevaban a cabo mediante la ayuda de bueyes y mulos. El arado, como siguió siéndolo en tiempos muy posteriores, era de madera, sumamente primitivo; levantaba apenas una delgada capa del suelo, en virtud de lo cual debía efectuarse una labranza triple. Se practicaba el abono con estiércol.

La cosecha, en la escena estampada en el escudo de Aquiles, es descrita en la Ilíada de la siguiente manera:

«Un campo de altas espigas iban cortando los segadores, relucientes en sus manos las afiladas hoces; a lo largo del surco quedaban los manojos, y con ellos iban formando gavillas tres hombres, que los recibían de manos de niños que se los alcanzaban sin cesar...»

La trilla se hacía en una era, usando bueyes para esta tarea. Luego se aventaba el grano y se molía en molinillos manuales.

Además del cultivo de cereales, estaban desarrolladas la vitivinicultura, la horticultura y la fruticultura. De la existencia de varias clases de uva hablan las denominaciones «blanco» y «tinto», aplicadas a la caracterización de diferentes vinos. Estos se conservaban en enormes toneles de barro y transportaba en botas o ánforas. En los jardines se cultivaba manzanos, perales, granados, higueras y olivos. La población estaba también familiarizada con la caza y la pesca. El conocimiento y la utilización, en cierta medida, por parte de la sociedad homérica, del hierro facultaba el posterior desarrollo de las fuerzas productivas. Como ya señalamos, el poeta era fiel a la modalidad de «arcaizar» la realidad que estaba describiendo y, al parecer, evitaba muy conscientemente mencionar ese metal, prefiriendo nombrar en su lugar el bronce. Así y todo, en el texto de la Ilíada se encuentran hasta veintitrés y en el de la Odisea veinticinco menciones del hierro, y, como hemos mencionado antes, en forma de imágenes («alma férrea», «paciencia de hierro», «cielo férreo».) La presencia permanente de tales imágenes testimonia,

indudablemente, una difusión ya bastante amplia de ese metal. Esto se ha visto confirmado en la actualidad por las investigaciones arqueológicas que permitieron hallar armas y varios instrumentos de trabajo de hierro en las sepulturas del período que estamos considerando. El más antiguo de los hallazgos era, según todos los indicios arqueológicos, un sable de hierro del siglo XI a. C., pero en la actualidad ya se han producido muchos otros hallazgos de objetos de hierro del siglo X, y más aún del IX, todos, sin lugar a dudas, obra de la artesanía local.

Así, pues, la economía del período homérico distaba mucho de mantenerse en el nivel característico del régimen del comunismo primitivo. El desarrollo de las fuerzas productivas había alcanzado un nivel que posibilitaba ya la acumulación de considerables riquezas en manos de unos pocos. Las denominaciones «noble» y «rico» aparecen en los poemas por lo general una junto a la otra. La dimensión de las riquezas es medida principalmente por las cantidades de cabezas de ganado, por las amplias despensas colmadas de toda clase de vituallas y de otros bienes, por el arreglo y mobiliario de las viviendas, por el número de sirvientes, por la calidad de las armas y de los vestidos, etc.; es interesante observar que en los poemas sólo rara vez se menciona la concentración de tierras en manos de una persona acaudalada. Así, por ejemplo, el porquero Eumeo, que habla a Ulises, tras su regreso, acerca de los ricos de Itaca, no hace referencia ninguna a los bienes raíces, limitándose a enumerar los rebaños que les pertenecen.

Aunque en los poemas homéricos se menciona repetidas veces la tendencia de tierras y se presentan escenas de la vida agrícola, su carácter no resulta completamente aclarado. Por una parte, las tierras que pertenecían a los basileus homéricos eran conocidas como temenos, es decir, el mismo término con que nos encontramos en las inscripciones de Pilos, en las que, como se recordará, se da esa denominación a las tierras recibidas de manos del pueblo por el rey (wanax) y por el jefe del ejército (lawgetas). Cabe pensar que también los basileus homéricos gozaban, respecto a la propiedad de la tierra, de derechos mucho mayores que los hombres del común. Las tierras labradas por estos últimos se designaban con la palabra cleros, cuya traducción literal es «suerte»; el cleros era una parcela que, como lo señala el propio término, se otorgaba por sorteo. En el texto de la Odisea, por ejemplo, se presenta un caso de tal división de la tierra: el jefe de los feacios, Nausítoo, «repartió los campos subdividiéndolos en parcelas». En la Ilíada se mencionan casos en que diferentes personas obtienen campos de labranza y viñedos, es decir, tierras que habían sido puestas con anterioridad en cultivo. Todos estos datos nos permiten suponer la existencia de comunidades rurales en las que se llevaba a cabo sistemáticamente nuevos repartos de la tierra. Mas, por otro lado, tal tipo de comunidad comienza ya a poner de manifiesto síntomas de descomposición.

Al parecer, las parcelas van tornándose desiguales, lo cual provoca altercados y riñas. En la

Ilíada, por ejemplo, se lee: «... Como dos hombres altercan, con la medida en la mano, sobre las

lindes de campos contiguos, y por un pequeño espacio luchan, cada uno por su derecho...». Aparecen, por una parte, hombres que se han apropiado de varias parcelas y, por otra, hombres que no tienen ninguna (acleros). Al mismo tiempo, al tornarse hereditario el poder de los reyes, los basileus reciben los terrenos que les corresponden como propiedad privada y disponen, en consecuencia, libremente de los mismos.

Esto permite llegar a la conclusión de que, si bien en la sociedad homérica aún no se había afianzado en forma definitiva la institución de la propiedad privada sobre la tierra, sí se hallaban ya presentes las distintas posiciones a su respecto y la desigualdad de su distribución, y al llegar a finales de este período es posible hablar ya de la propiedad privada sobre la tierra. En este sentido interesa la descripción de la escena representada en el escudo de Aquiles, en la que la tierra labrantía comunal contrasta con el temenos. En el primer caso «... los labradores yendo y viniendo guían las yuntas de bueyes, y siempre al llegar a un extremo del campo, les sale al encuentro un hombre que les ofrece a cada uno una copa de dulce vino...». En el segundo caso, se describe la cosecha: los trabajadores siegan el cereal bajo la mirada del propio «amo» (basileus), quien está «en silencio parado entre los surcos, con el cetro en la mano y alegre el corazón».

Los hombres libres que por diversas circunstancias se veían privados de sus parcelas y, en consecuencia, obligados a abandonar las mismas, son conocidos en los poemas como eritos y

tetes. Este último término abarca en su significado, no sólo al trabajador libre, sino, en general,