5.2 Reconstruction of the ideas of the authors
5.2.1 Benchmark
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Trabajé desde octubre del 73, inmediatamente después del golpe, en el Comité para la Paz, después Vicaría de la Solidaridad. En la Vicaría trabajábamos con mujeres porque ellas encaraban la crisis, se organizaban desde la experiencia del dolor o la necesidad, para sobrevivir o buscar a su familiar detenido-desaparecido y sobrellevar los malos tiempos. Conocí de cerca a muchas mujeres que se rein- ventaron saliendo a trabajar por primera vez, haciendo gestiones, organizándose, generando ingresos. Sabía cómo las mujeres, aún en las peores circunstancias, creaban espacios, oficios, obtenían recursos, desplegaban sus capacidades y se hacían de nuevo.
Recuerdo que Julieta Kirkwood hizo un taller de feminismo en la FLACSO, al que fui. Ahí comprendí lo que era el feminismo y desde entonces me declaré feminista. Terminado el curso de feminismo en FLACSO le pedí a Julieta hacer un taller con mujeres de sectores populares de la Zona Oriente, que transmitiera la historia del movimiento de mujeres. Hicimos un equipo con Julieta y Eliana Betancourt, psicóloga que trabajaba en el Equipo de Solidaridad, invitamos a Carmencita Vivanco, de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, hoy debe tener unos noventa y tantos años, nació en las salitreras. Fue una expe- riencia profunda y bonita, Carmencita contaba su vida cotidiana: caminatas al sol, labores domésticas, participación en huelgas, en fin, la memoria de mujeres en los movimientos obreros del salitre. Tuvimos dudas si su militancia comunista podría cambiar el sentido del taller puesto que las mujeres que participaban –pobladoras, integrantes de talleres de arpilleras, ollas comunes y agrupaciones solidarias–, en su mayoría no tenían ninguna relación con la política. Ella, desde su experiencia de mujer, sencilla, concreta, abrió un diálogo con una generación de mujeres jó- venes que no he vuelto a presenciar en estas últimas décadas. Julieta, por su parte, trabajaba sobre la historia del movimiento de mujeres, y nosotras, las del Equipo de Solidaridad, creábamos material para incorporar los aprendizajes de la histo- ria pasada de las mujeres en las prácticas de ese momento en las organizaciones solidarias y mostrando el legado de las mujeres a las mujeres.
En la misma época conocí a mujeres profesionales que se reunían en el Círcu- lo –Círculo de Estudios de la Mujer– y entonces desde mi lugar en el Comité y
luego la Vicaría, participaba en las actividades del Círculo. Encuentros, conferen- cias y talleres de autoconciencia. Esta experiencia dejó una huella, el compartir con otras mujeres experiencias de vida, conjugarse en plural y singular a la vez. Entonces, se produjo la expulsión del Círculo de la Mujer de la Academia de Humanismo Cristiano, donde funcionaban. Recuerdo un hecho del que después no se habló más, fue la reflexión de Julieta, que mostraba cómo se repetía la división tradicional entre teóricas y prácticas, este es quizás uno de los primeros silencios en la historia del movimiento feminista, habrá más: la división entre la acción/práctica y la teoría, las investigadoras/académicas y las movimientistas. Así surgieron el CEM y La Morada, esta última como un espacio para generar movimiento en ese contexto especial de dictadura, imposible de volver a reeditar. En ese entonces, para quienes descubríamos el feminismo, entusiasmaba la radicalidad de la afirmación “lo personal es político”, más aún en un tiempo en que todo estaba fragmentado, en ghettos, en un contexto de temor, de dictadura. Ese espacio fundacional que ofrecía La Morada era muy interesante, entretenido, un laboratorio que daba lugar a una diversidad de acciones. Quizás la edad que teníamos y el contraste entre nuestras libertades y el contexto dictatorial hicieron que ese espacio se construyera con entusiasmo y pasión, la alegría de ser mujeres y el deseo profundo de cambiar el mundo.
La importancia del movimiento feminista de los 80 es crucial porque creó un cauce plural que hizo visible la acción de las mujeres en tiempos de crisis, incorporando a las distintas organizaciones de mujeres: agrupaciones de derechos humanos, organizaciones solidarias poblacionales como ollas comunes y grupos de salud, grupos de profesionales, mujeres vinculadas a los partidos políticos. En ese contexto surge el lema “democracia en el país y en la casa”. Es el movi- miento feminista el que articula y hace las conexiones entre el autoritarismo de la dictadura y la subordinación de las mujeres. No obstante, en los pactos de la transición, las mujeres estaremos excluidas.
Cuando se fundó La Morada yo trabajaba en derechos humanos. En los comienzos de los 80 Eliana Largo plantea la idea de un proyecto para capacitar a mujeres de distintos sectores poblacionales. El 86 obtuvo el financiamiento y pudimos iniciar el proyecto, lo recuerdo porque se decía que el 86 era el año decisivo37. Tomé la decisión de dejar los derechos humanos e irme de la Vicaría
a La Morada.
En ese tiempo La Morada tenía una estructura muy simple, un colectivo coordinador que articulaba y organizaba un conjunto de ideas y acciones. Quizás la mayor riqueza de esa época era que teníamos poca distancia entre el querer,
37 Desde ese proyecto se trabajó durante dos años con mujeres de distintas edades y sectores
poblacionales, considerando sus realidades, necesidades y deseos, quienes como “promotoras legales” en plena dictadura orientarían a otras mujeres en los lugares donde vivían. Fue el primer proyecto financiado en La Morada, presentado de manera no institucional (por Eliana Largo), a la coopera- ción holandesa, cuando La Morada era todavía un espacio feminista abierto, informal, horizontal.
pensar y hacer. El gozo de la acción colectiva y plural, la riqueza de actuar con mujeres de distintos sectores políticos y sociales es una experiencia que marca una mirada y una manera de hacer, de intervenir en la acción con otras mujeres. Sin duda, es imposible reeditar experiencias con esas características de fluidez y confianza. El feminismo de los años de dictadura estaba sellado porque surgía de nosotras mismas, de nuestras historias personales y de la acción colectiva. Libres para imaginar una sociedad más justa que (nos) permitiera a las mujeres crecer, desarrollarse, aportar, en medio del autoritarismo feroz. El cuestiona- miento del patriarcado como un sistema que organiza todos los espacios, puesto en tensión desde nuestra condición de mujeres a través de prácticas políticas diversas, concretas, que en ese contexto cobraban mayor importancia. Quizás el marco antidictatorial o la confianza y el acento en la diversidad de la acción entre mujeres, descartaba el “feministómetro” o el hábito patriarcal de definir lo correcto o incorrecto de la interpretación, visión, liderazgo (hábito acrecentado en la marginalidad de los 90), y cuyo costo ha dispersado energías entre mujeres y restado el pluralismo que enriquece al feminismo.
La Morada fue un lugar importante de reencuentro entre mujeres de exilios y las que permanecimos en Chile. Las exiliadas retornadas empezaron a llegar a La Morada desde Francia, Italia, los países nórdicos, Canadá, venían llenas de conocimientos y experiencias concretas del quehacer de las feministas en otros países. Fueron tiempos de mucha creatividad, aunque no había recursos al comienzo y había que obtenerlos (dimensión importante de recuperar). Con el tiempo, ocurrió que como todo al institucionalizarse, perdió la fuerza del deseo de lo nuevo. En este proceso, quizás los discursos no fueron a la par con las prácticas, que es lo que treinta años después se hace más evidente.
Aunque las feministas fuimos muy activas en el movimiento de recuperación de la democracia, y las agrupaciones de Derechos Humanos participaron muchas veces en acciones organizadas desde el movimiento de mujeres, las demandas de las mujeres se canalizaron en otros cauces. Ello da cuenta de la mirada frag- mentaria sobre los derechos humanos que persiste en el país hasta hoy, más vinculada a las violaciones de derechos humanos civiles y políticos que a una mirada integral de estos como un código para la construcción de convivencia que abarca dimensiones económicas, sociales culturales, personales y colectivas de los sujetos. Apreciable aún en la actualidad, en la carencia de mecanismos institucionales que protejan, promuevan y difundan los derechos humanos, casi dos décadas después de elegido el primer gobierno democrático.
La tensión con las mujeres militantes en partidos se expresó fuertemente en los inicios de la transición, en tanto estas querían un movimiento funcional a los procesos que entonces se desarrollaban y eran temerosas de la radicalidad de los planteamientos del movimiento feminista. Temas vedados en los 90: aborto, lesbianismo, divorcio (el programa del 90 hablaba de investigar la desvinculación matrimonial), democratización del SERNAM, rol de las ONG, entre otros. La búsqueda de una complicidad entre mujeres del movimiento y las que accedie-
ron a la institucionalidad pública terminó subordinada a las lógicas políticas del consenso que articularon la transición. Quizás la acción del movimiento hubiese podido mantener la tensión con la institucionalidad, en un diálogo entre las dos perspectivas. En los hechos marcó una frontera entre las más cercanas a los planteamientos oficiales y una suerte de censura sobre las más autónomas (recuerdo que La Morada ganó una licitación en relación a las JOCAS, jornadas de sexualidad, que luego fue declarada nula).
En los 90, la reducción del financiamiento a las ONG, la creación de una institucionalidad en el Estado (SERNAM), y la inclusión de la categoría de gé- nero en el Estado, terminó por vaciar el movimiento de dos factores claves: la mirada política sobre el sistema patriarcal y la experiencia vital de las mujeres. En tanto, las ONG que habían sido el puente con la diversidad de mujeres de organizaciones y sectores sociales, paulatinamente abandonan este campo y las prácticas entre mujeres se reducen sustantivamente.
LASDIFICuLtADESDELIDIArCoNLASDIFErENCIAS, EStrAtEgIASDECoNStruCCIóNDELMovIMIENto
El equipo fundacional de La Morada comienza a desmembrarse. Margarita (Pisano) era una genial empresaria, ella hizo posible la compra de la casa a co- mienzos de los 90. Había proyectos financiados que permitieron el ahorro para comprarla, con el apoyo de quienes trabajaron en esos años en La Morada. El proyecto más grande de La Morada fue el proyecto Radio Tierra, que facilitó la compra de la casa.
El sello de La Morada era el movimiento y se fundía con la institución. El liderazgo de Margarita en La Morada era fuerte y personal, hacerle contrapeso requería aunar energías que se dispersaban al momento de asumir las decisiones. Los conflictos y peleas cansan, más aún cuando no se resuelven. El desgaste y la tensión que generaba el conflicto con Margarita encerraba varias diferencias: ¿cómo se construía la institución La Morada?, ¿era espacio para un feminismo o era plural?, ¿cuáles eran las estrategias?, ¿eran las mismas para el movimiento que para la institución? En síntesis, el problema de fondo que cruzaba la acción de La Morada estaba en las diferencias en las estrategias de construcción colectiva del movimiento feminista.
Primero se fue Eliana Largo a mediados del 89, y luego en dos o tres años, varias más. Pienso que el mundo es grande y hay lugar para todas, y también me fui. Personalmente, surgió la posibilidad de remontar un programa de mujeres en la Comisión de Derechos Humanos, años 90, 95, en plena transición. Y el 94 refundan La Morada Raquel y Vicky38, más un grupo de mujeres más jóvenes
que allí trabajaban. Ellas hicieron valer los derechos que tenían: dos tercios de la propiedad de una sociedad anónima, y en 1994 refundaron la Corporación La Morada. Convocaron a quienes nos habíamos ido. Algunas aceptamos, otras no. El conflicto entre mujeres fue fuerte. Recuerdo un rayado en el frontis de la casa. El rayado decía algo así como lesbianas corruptas del sistema, o corruptas del poder. Cuando vi las caras de perplejidad de Raquel, Vicky, Francisca Pérez, Claudia Barattini... no lo podía creer. Margarita demandó su parte, se le hizo entrega de parte de los bienes (la Casa Sofía, la casa de Radio Tierra y entiendo que algo más). Ello hizo aparecer mal intencionadamente como que La Morada no quería trabajar en sectores populares, y costó tiempo demostrar lo contrario. Allí se jugó una estrategia plural de construcción de movimiento y un proyecto institucional para La Morada. Con todo, La Morada fue el lugar que mejor reflejó ese deseo político de las mujeres de cuestionar el sistema. La complicidad de una diversidad de mujeres que allí pasaron, de una reflexión/acción desde distintos ámbitos: ciudadanía, cultura, salud, comunicaciones, hizo un espacio en que se potenció el quehacer entre mujeres y fue muy productivo en la década de los 90.
ELFEMINISMoDEhoyyELquEvIENE...
Las mujeres siguen juntándose, siguen mostrando su rebeldía, están los colecti- vos de mujeres jóvenes; desde el Encuentro Nacional Feminista en Olmué hasta hoy, hay diversos colectivos que muestran que un grupo importante de mujeres jóvenes están construyendo, pensando, haciendo. Quizás estamos muy cerca en el tiempo para apreciar el legado del movimiento de los 80, y quienes vivimos la experiencia podemos abrir las memorias para dar cuenta de lo que hicimos, aunque son las mujeres que vienen las que mejor pueden apreciarlo. Las que participamos tenemos que dar lugar a esas memorias, abrirlas, porque en esa pluralidad está la clave para interpretar esa historia.
El movimiento de mujeres experimenta las mismas dificultades que otros movimientos. Es claro que el desarrollo de ciudadanía, de asociación/acción colectiva ciudadana no ha interesado a los gobiernos de la Concertación, y los/ las ciudadanos no tenemos la capacidad de articular, coordinar, generar nuestros propios espacios. La falta de cauces para la memoria dificulta a las nuevas genera- ciones tener claves para comprender la historia. Hay olvido y verdad oficial. Y un movimiento de mujeres fragmentado en pequeñas organizaciones y ONG, débil en su acción colectiva, carentes de nuevas prácticas. Es cierto que hay períodos en que el movimiento se expresa y otros en que está latente, eso sirve para explicarlo, mas no para la acción política. Ya surgen prácticas nuevas, preguntas nuevas que se hacen las jóvenes, y podrán romper con la inercia de una transición tan larga. Quizás las redes sean una posibilidad, veo que la jóvenes sí las crean y usan.
La institucionalización de ciertas demandas, el enfoque de género en el Estado, el reconocimiento de derechos, no basta si no hay energías para volver a poner
la tensión instituyente desde las mujeres, sus subjetividades, sueños, deseos. No hay democratización solo mirando al Estado, hay que hacerla desde los sujetos, desde organizaciones, colectivos de personas que critican, cuestionan y ponen su deseo político desde intereses y espacios propios. Creo en mujeres jóvenes que buscan formas de expresión, prácticas para volver visible lo que hoy no vemos. Creo que la Red de Violencia ha facilitado esta transmisión y desde ahí se perfila algo nuevo, no exento de tensiones, mas hay algo de participación intergenera- cional. Así se demostró en la movilización por la píldora del día después. Las jóvenes usaron internet, redes y lograron una de las convocatorias públicas más amplias del último tiempo.
Estoy convencida que cada mujer es feminista desde sí misma, no hay uN
lugar para ser feminista. Afortunadamente, porque sería terrible tener un solo lugar, una expresión. Se necesita un cauce para la acción desde las mujeres y eso se construye colectivamente entre mujeres. Hoy trabajo en una consultora privada en temas de calidad de vida, y ahí vuelco mis convicciones y aprendizajes. Sigo vinculada a los temas de derechos humanos a través de la redes y participo en la Iniciativa de Ciudades de Derechos Humanos.
El cambio en las mujeres entre los años 80, 90 y el 2000 es inmenso, porque en la medida en que se afiata el modelo neoliberal, aunque se avance en mate- ria de derechos, los problemas se resuelven aislada, privadamente, mientras las relaciones de poder y dominación sobre las mujeres se recrean, se reconfiguran de distintas maneras y no hay una capacidad de organización capaz de contra- rrestarlo. Reconstituir acción, prácticas colectivas, es una necesidad. Volver a recordar que el feminismo surge y se desarrolla entre mujeres, cuesta, va lento, hay tensiones que empañan el legado del feminismo de los 80. Y en ese entre
mujeres está la clave para reconocernos, diferenciarnos e igualarnos en nuestra
condición. Las feministas necesitamos muchos espacios, ojalá diversos.
Hay un drama al confundir el movimiento con las instituciones (ONG), a propósito de la pregunta de Eliana de por qué trabajaba con una mujer que no era feminista. Su principal expresión es que muchas ONG se tornan en consultoras, más similares a la acción privada que orientadas hacia el surgimiento de practicas asociativas. Una cosa es poner ideas y pasión en el quehacer laboral porque le da sentido a mi acción, mas un movimiento para actuar en la construcción del mundo va mucho más allá de los espacios laborales en una ONG. El movimien- to, la acción, no tiene que ver con las posibilidades u opciones de trabajo que las mujeres tengan, la mayoría de las mujeres tienen trabajos precarios y deben estar allí para ganarse el pan. El movimiento tiene que ver con las rebeldías, los sueños, construcción, intervención de mundos. Todo se puede institucionalizar, burocratizar, también las ONG y la acción de las feministas.
Los tiempos del revolucionario total pasaron. Las jóvenes van poniendo energía, ideas nuevas, van repensando y vuelven sobre los mismos temas, y eso porque los contextos cambian. La autonomía tiene que ver con la libertad para poder imaginar, hacer, pensar... según cómo se entiende dará lugar a distintas