San Justino no se cansa de referirse a las innumerables ignominias de aquellos espantosos fantoches. Así, por ejemplo, los mitos de los poetas habrían sido concebidos a inspiración suya «para adormecer y seducir al género humano». También la lucha de los paganos contra los cristianos se efectúa bajo el signo de la alianza de aquéllos con los «demonios ma- lignos», «como si sus autoridades estuvieran cabalmente poseídas por és- tos». También los «herejes» están todos ellos endemoniados y es la ayu- da de los demonios la que les permite operar «obras de magia», prodi- gios, como los de cierto samaritano llamado Simón, en Roma, o los del samaritano Menandro en Antioquía. También el «hereje» Marción halló sus seguidores «entre todas las naciones gracias a los demonios». «Mu- chos han creído en él como si estuviese en posesión exclusiva de la ver- dad», sin ser, no obstante, otra cosa que «ovejas arrebatadas por el lobo, botín de doctrinas impías y de los demonios».'57
Era (y es) muy frecuente, casi habitual, en el cristianismo el demoni- zar al adversario teológico o político.
Ya el Nuevo Testamento increpa a los «herejes» tildándolos de «hijos de la maldición», «hijos del diablo». Poco después el Padre de la Iglesia Ignacio de Antioquía califica los oficios divinos de los «herejes» de «ofi- cios diabólicos» e Ireneo, otro Padre de la Iglesia, inicia la demonización del «hereje» en cuanto persona mientras san Cipriano ve al diablo des- plegar una especial actividad entre los «herejes». Y cuando san Antonio se traslada a Alejandría, a ruegos de los obispos, al objeto de refutar a los arríanos, aquél los condena declarando que «ésta es la última herejía y precursora del anticristo» (Atanasio, Vita Antonií). La gran Iglesia vitupe- ró desde siempre a sus adversarios, tildándolos de «primogénitos de Sa- tán», «voceros del diablo», y demonizó también las doctrinas de los cris- tianos discrepantes.
Ya en en el siglo u y en el curso de la lucha contra el montañismo (cuya predicación no se oponía a la doctrina eclesiástica aunque sí a su moral, por laxa) se intentó en Frigia ajusfarle las cuentas a la profetisa Priscila mediante el exorcismo. «Tan cierto como que hay un Dios en el cielo es que el bienaventurado Sotas de Ancialo quiso expulsar al espíri- tu de Priscila. Los hipócritas, sin embargo, no lo permitieron.»158
Por consejo del papa Inocencio I, los montañistas fueron equiparados a los criminales el año 407; sus bienes expoliados y sus testamentos de- clarados nulos. Todavía en el siglo vi, Justiniano prosiguió la lucha, con mayor aspereza aún, contra sus restos. Encerrados en sus iglesias, algu- nos de ellos ardieron vivos junto con éstas. El confidente clerical del empe- rador, Juan de Amida, obispo de Éfeso, fanático evangelizador de paga- nos y expoliador de sinagogas, se ufanaba hacia 550 de haber reencontrado y destrozado los restos de los profetas montañistas.
No obstante lo cual, todavía en el siglo ix, Iglesia y Estado proceden unidos contra ciertos «frigios».159
Hasta en 1988 habla el teólogo católico M. Clévenot del montañismo como si fuese una peste, aunque, concede, éste no quiso en modo alguno provocar un cisma. Por todas partes ve intoxicación y contagio en acción, habla de una «plaga nacional» y opina que una vez decretada la excomu- nión por parte de la Iglesia, «sólo restaba tratar a los condenados como se merecían: como enemigos peligrosos, como enfermos de una peste con- tagiosa a quienes había que perseguir y exterminar». ¡Tal es el tono de un «progresista» católico en el umbral del tercer milenio!'60
Naturalmente, los «ortodoxos» son superiores a todos esos servidores del diablo. Pues aquéllos, asegura Justino, tienen éxito hasta en casos su- mamente difíciles, en los que fracasan los exorcistas paganos o judíos. Sucede, en efecto, que muchos cristianos «han curado invocando el nom- bre de Cristo, el crucificado bajo Poncio Pilato, a toda una multitud de
posesos por todo el orbe y en vuestra capital, a quienes no pudieron curar los demás conjuradores, encantadores o ensalmadores [...]».161
Mayor aún es la jactancia con la que Tertuliano se manifiesta hacia el año 200: «Llévese a un poseso ante el juez y por orden de cualquier cris- tiano el espíritu se dará a conocer [...] como demonio, aunque ante otros se presente falsamente como un dios. Si no confiesa de inmediato que es un demonio, por no atreverse a engañar a ningún cristiano, derramará al punto la sangre de éste, el más descarado de los cristianos».162
El más grande de los teólogos de los primeros tres siglos. Orígenes, sostiene el parecer de que sobre los espíritus malignos hay que «juzgar con madura reflexión» y sabe, incluso, que algunos son más fáciles de expulsar si se les habla en la lengua egipcia, otros en la persa, etc. (¡saber es poder!).163
No todo el mundo, desde luego, se dejaba embaucar así. Ya desde me- diados del siglo n los conjuradores cristianos de demonios se granjearon la fama de prestidigitadores o de nigromantes. El hecho de que cada sec- ta cristiana negase rotundamente que las demás poseyeran el sublime arte del exorcismo y de que todas se imputasen mutuamente engaño y embau- camiento no puede, ciertamente, haber contribuido a fomentar la confianza por doquier. Según Ireneo, los exorcistas de los «herejes» obran «para perder y seducir mediante embustes mágicos y toda clase de engaños, más en detrimento que en ventaja de aquellos que les creen». El santo pudo, en cambio, convencerse de que los católicos podían incluso ¡resu- citar a los muertos!164
La historia entera del cristianismo abunda en apariciones malignas. En cada persona, en cada animal podía ocultarse un demonio. A Jorge el Chipriota se le apareció en el campo un espíritu maligno en forma de lie- bre y le provocó una enfermedad en los pies. También el hecho de que los cristianos se preocupasen ya muy tempranamente por el emplazamiento de sus tumbas dependía esencialmente de «su temor a la proximidad de los demonios en los cementerios paganos» (Schneemelcher). Los doctos ortodoxos estudiaron con renovado afán y gran detenimiento los «espíritus malignos» acumulando así conocimiento tras conocimiento, si bien mu- chas cosas, como ocurre a menudo en la ciencia, eran controvertidas y sujetas a diversos pareceres, incluso, más de una vez, entre los mismos «Padres».165
Originalmente el cristianismo distinguió entre los ángeles del diablo, los denominados ángeles caídos, y los demonios. Después ambos géneros fueron revestidos de las mismas propiedades, lo que condujo paulatina- mente a su homologación. Puesto que según el cristianismo todo procede de Dios, también el princeps daemonum y sus servidores, los «espíritus malignos», proceden, naturalmente, de Dios. En virtud de su libre albe- drío, se separaron, sin embargo, de Él. Según algunos, a causa de su so-
berbia y rebeldía; según otros, por su vinculación con mujeres terrenales. Se «rebajaron a relacionarse camalmente con mujeres y engendraron ni- ños, los denominados demonios», escribe Justino, quien, al igual que otros apologetas de la Antigüedad, distingue tres clases de diablos: Satán, que sedujo a Eva, los ángeles malos, reos de comercio camal con mujeres, y sus hijos, los demonios o daemones terreni, como los denomina Lactan- cio. A veces hallamos las mismas doctrinas en mutua contradicción: en un caso, caída a causa de la soberbia; en otro, a causa de la lujuria. Eso in- cluso en un mismo autor patrístico, como acontece con Atenágoras y Am- brosio.
Según algunos aquella caída se produjo después del pecado original del hombre. Según otros, que acabaron imponiéndose, antes de aquél. En cualquier caso, el diablo y los ángeles caídos, una vez proscritos del cie- lo, tienen que establecer su morada en la Tierra, donde, imitando al Espí- ritu de Dios antes de la creación del mun,dQ,,gustan-de ponerse sobre las aguas. Pero prefieren, sobre todo, ocultarse en el aire, es decir, en las zo- nas aéreas bajas, como corresponde a su naturaleza. Todavía a lo largo de la Edad Media se creía en un purgatorio poblado de demonios y suspen- dido en el aire. No obstante, explica Orígenes, toda persona está también rodeada de innumerables demonios.166
La primera creencia paleocristiana, según la cual los espíritus malig- nos tienen un cuerpo -sobre cuya naturaleza había también versiones dis- crepantes- y se alimentan de los sacrificios ofrecidos por los hombres a los dioses, degustando con fruición el humo grasicnto y la sangre, fue de- sechada posteriormente. Se trajo a la memoria su origen angélico y se les declaró incorpóreos. Todos ellos «carecen de carne y poseen un organis- mo como hecho de humo y de niebla», sabía el sirio Taciano, quien afir- ma, no obstante, la posibilidad de verlos, aunque únicamente por parte de quien goce de la protección del «Espíritu de Dios». En general, sin em- bargo, se les denomina invisibles. Cierto que no gozan de la ubicuidad del Dios Padre, pero se les concibe como alados y en giro vertiginoso por encima del mundo, a velocidades superlativas.167
Si los espíritus malignos moraban o no en las estatuas de los dioses, eso era también objeto de controversia. Algunos estudiosos del cristianis- mo inicial así lo aseguran. Otros lo cuestionan. El apologeta Atenágoras niega resueltamente que los demonios puedan profetizar y curar y decla- ra ambas cosas como puro embuste, pero muchos autores, desde Tertulia- no hasta Agustín, enseñan lo contrario. Según ellos, también los demonios hacen milagros aunque de menos entidad que los cristianos. Sus predic- ciones son asimismo oscuras y equívocas, sin que puedan compararse a las infalibles de los cristianos. Y mientras que una minoría de los Padres de la Iglesia, siguiendo la doctrina origenista de la apokatastasis, concede a los demonios la posibilidad de la penitencia y, subsiguientemente, la de la
redención, la mayoría considera falsa esta creencia. Según ellos, la deso- lada existencia de los demonios es definitiva y su perdón algo imposible como en el caso del hombre, una vez ha muerto. '
Moren o no esos espectros en las estatuas de los dioses, gustan de co- bijarse en los templos, donde se agitan furiosos, frenéticos y de donde no huyen hasta que no se invoque al Salvador. Sobre todo al mediodía -hay expresamente para ello un «demonio del mediodía»- y por la noche se complacen molestando a los transeúntes. Como hora favorita de los de- monios se considera siempre la medianoche y en general las horas sin luz. Estos corruptores atacan con predilección a los hombres por la espal-^ da, penetran en ellos y se posesionan de ellos. Antes de la redención toda la humanidad estaba endemoniada: como lo siguen estando los judíos. Y como su jefe es el diablo, el «padre de la mentira» (Jn. 8, 44), todos ellos son mentirosos empedernidos, taimados por demás, falsos, malvados, lle- nos de embustes y astucias. Son virtuosos en el arte de la seducción, simu- lan siempre algo distinto de lo que realmente se proponen. Son instigado- res al pecado, iniciadores en muchos vicios, incitadores y promotores de la idolatría. Ellos son los artífices de las adivinaciones y prodigios de los dioses, de las «herejías», de las persecuciones contra los cristianos. Son los antagonistas de los ángeles de la guardia. Son causantes de enferme- dades, pedriscos, malas cosechas, vendavales, sequías y hambrunas.168
En principio, el poder de los «espíritus malignos» ha sido ya quebran- tado y naturalmente restringido por la obra salutífera de Jesús; tanto más cuanto que los cristianos, como subditos de Dios, son más fuertes que ellos. Con todo, el Padre de la Iglesia Juan Damasceno canta victoria an- tes de tiempo cuando escribe hacia mediados del siglo vm: «Ahora ha ce- sado ya el culto a los demonios; la creación ha sido santificada mediante la sangre divina, los altares y los templos de los idólatras han sido demo- lidos». Pues la lucha continúa. Incluso después de la muerte, los cristia- nos sólo acceden al paraíso atravesando las legiones de los «espíritus ma- lignos», lo cual conduce a una guerra entre éstos y los ángeles.'69
La Iglesia tomó muy en serio esa locura de los demonios. Según las Constituciones Apostólicas, los posesos no podían ser clérigos. Sólo des- pués de la expulsión del demonio se les abría nuevamente esa posibilidad; Más tarde, cuando ya había suficientes sacerdotes, se adoptó un enfoque más rígido. De ahí que una recensión del Líber de ecciesiastícis dogmatí- bus de Genadio, proveniente de los comienzos del siglo vi, prohibiese estrictamente la ordenación sacerdotal de todo aquel que «hubiese incu- rrido alguna vez en estado de demencia o hubiese sido hostigado por el diablo». Algo parecido decretó el 11 de marzo de 494 el papa Gelasio I. También los sínodos de Orange (441) y de Orleans (538) ordenan alejar de la dignidad sacerdotal a los clérigos epilépticos. Quien tuviese trato con los demonios no podía aspirar al cargo de sacerdote ni tomar pose-
sión del mismo. «Esa concepción de los antiguos mantiene también su'vi- gencia en la Iglesia» (Léxico de conceptos para la Antigüedad y el crjs- tianismo)"0 ,, ; •