UZBEKISTÁN , 1962
Diseñad
o p
que servirme de escudo”. Es un escudo necesa- rio en esta dictadura de Asia Central donde el individuo tiene que confrontarse a un sistema omnipresente.
Desde su puesta en libertad, Mutabar ha retoma- do su activismo a pesar de todo lo que ha sufrido y temido por su vida. Está intentado registrar su ONG, continúa dando entrevistas a periodistas independientes e internacionales, criticando las condiciones y los malos tratos en las cárceles. Y a la vez sigue buscando un diálogo constructivo con las autoridades sobre las cuestiones cruciales de los derechos humanos. Mutabar tuvo que pagar un precio muy alto por su defensa de los dere- chos de las personas, pero en ningún momento se ha arrepentido de su elección. Su compromiso es una fuerza para la transparencia, la democra- cia y la buena gobernabilidad en Uzbekistán así como un ejemplo del poder de los individuos que deciden hacer frente y movilizar la atención inter- nacional para defender los derechos humanos. Esto fue lo que comentó poco después de su li- beración: “Pueden romper mi cuerpo, pero nunca romperán mi espíritu”.
Mutabar Tadjibaeva es optimista con el futuro. “Tengo confianza en una sociedad que desea más democracia. Siempre he dicho a las perso- nas que tienen dudas que la esperanza es como una flor en el punto culminante de la montaña. Si uno quiere alcanzar esta flor, tiene que atra- vesar muchas dificultades. Pero si uno quiere realmente atraparla, lo puede hacer. Mi ejemplo lo demuestra. He atravesado muchos momentos terribles en mi vida pero finalmente lo he conse- guido, he podido coger esta flor magnífica”. tuar. A pesar de las amenazas y de las violencias
que he sufrido, he decidido seguir luchando”, afir- ma Mutabar.
Antiguamente, Uzbekistán era una tierra de fas- tos y de riquezas. Las caravanas de la ruta de la seda la atravesaban. Poco queda de este pasado lujoso. En la actualidad, está atravesado por las rutas que buena parte de sus habitantes, es decir la mitad de la población de Asia Central, recorren hasta la Federación de Rusia o a Kazajstán para encontrar trabajo.
Mutabar es presidenta de la ONG Ut Yuraklar (Club de los Corazones Ardientes). Su trabajo consiste en llamar la atención sobre las violaciones de los derechos humanos en el valle de Ferghana —una de las regiones más conflictivas del Asia Central— y en ayudar a las personas a obtener justicia. Su- pervisa juicios, publica artículos sobre el trabajo infantil, informa sobre las violaciones de los dere- chos de las mujeres y organiza campañas de sen- sibilización. En el año 2003, Mutabar Tadjibaeva fue golpeada por la policía en la cabeza en medio de la represión policial contra una manifestación que organizó Mutabar para pedir la destitución de un fiscal local corrupto.
Las cosas cambiaron muy seriamente para Muta- bar en el año 2005, cuando tuvo lugar la masacre de Andijan. El 13 de mayo del 2005, centenares de habitantes de esta ciudad se manifestaron pacíficamente en solidaridad con 23 jefes de em- presas acusados de fraude fiscal y de islamismo. El ejército empezó a disparar a ciegas a la masa de gente que estaba manifestándose, matando a 700 personas. Según la versión oficial murie- ron 187 islamistas. Para eliminar cualquier rastro de la matanza, el Gobierno lanzó una caza para arrestar a todos los y las disidentes y las personas que fueron testigos de aquellos acontecimientos. Acusada de ser una de las organizadoras, Muta- bar fue condenada a ocho años de cárcel el 7 de marzo del 2006, cuando estaba a punto de salir
hacia Dublín para relatar los hechos ocurridos en la masacre, aportando datos y documentos, a una plataforma para la defensa de los derechos humanos. “Después de dos meses, el fiscal me pidió escribir una carta abierta al presidente para que me perdonara los supuestos crímenes que hubiera cometido durante estos eventos”. A pe- sar de los malos tratos que tuvo que aguantar du- rante todo su encarcelamiento, nunca cedió. “Du- rante los dos años y ocho meses que pasé en la cárcel de mujeres de Tachkent, nunca imaginaba que podría salir viva de allí. En varias ocasiones, me despedí de mi vida, especialmente durante las largas temporadas de invierno cuando me metían en celdas de aislamiento heladas cuando sólo tenia una camiseta para vestirme. He temido también por mi vida cuando me llevaron por la fuerza y sin ninguna explicación a un quirófano... Estaba convencida que mi hora había llegado”. Desde su llegada al poder, Karimov ha demostra- do su eficacia en la caza de opositores y oposi- toras políticas, de periodistas y de militantes de los derechos humanos. Frente a este control ab- soluto del Gobierno sobre todas las esferas de la sociedad, la ayuda internacional ha sido esencial. “Escuché en la radio que Amnistía Internacional me estaba apoyando como presa política. La ad- ministración de la cárcel me preguntó enseguida cómo esta organización había conseguido estas informaciones, estaban sorprendidos porque sabían hasta el número de mi celda. Este apo- yo masivo se convirtió en tema de discusión en la cárcel. La administración entendió enseguida que no estábamos solas, aquí, encerradas”. El 21 de noviembre del 2008, Mutabar recibe el prestigioso Premio Martin Ennals para los Defen- sores de los Derechos Humanos. Probablemente gracias a este premio Mutabar fue liberada tan sólo 17 días después de haber sido elegida como candidata al premio. También gracias a este re- conocimiento ha podido volver a su país y seguir con su trabajo en Tachkent. “Este premio tiene
MUTABAR TADJlBAEVA
Maya guatemalteca, inició su actividad social con un grupo de jóvenes cristianos de la Parroquia del Sagrado Corazón de Chimaltenango en los años setenta. Diez años más tarde, los militares secuestraron y asesinaron a su padre y a su ma- rido dejándola al cargo de dos hijos, de año y me- dio y once meses. En estos momentos además de presidir la Coordinadora Nacional de Viudas Indígenas de Guatemala (CONAVIGUA) preside la Comisión Nacional de Resarcimiento.
“Los indígenas somos la mano de obra barata y quienes dimos los muertos. No buscamos ven- ganza sino justicia”. Estas palabras son de Ro- salinda, mujer de pequeña estatura pero con una energía de gigante. Comenzó a trabajar con otras viudas que estaban en similar situación. “No te-