MYANMAR, ANTES BIRMANIA, 1945 Diseñad o p or Gerard o Ocaña / España
trata insistentemente de buscar apoyos para im- pulsar el cambio político en su país. A pesar de su arresto, sus denuncias no cesan y su voz logra traspasar fronteras clamando contra la injusticia que asola su país.
Pero su contienda no es en solitario. Como ella, muchos hombres y mujeres en Myanmar desa- fían sin tregua a uno de los regímenes militares más represivos del planeta. Hoy, el ejército sigue perpetrando de manera generalizada y sistemáti- ca violaciones graves de los derechos humanos. En el año 2008 la población birmana sufrió un nuevo embate: a las duras condiciones políticas se sumaron los efectos devastadores del ciclón Nargis. La calculada inoperancia del Gobierno y su resistencia a permitir el acceso de la ayuda humanitaria internacional sometieron a la pobla- ción a las peores condiciones imaginables. Los observadores pudieron constatar, con horror e incredulidad, que el Gobierno había violado los derechos humanos de sus propios ciudadanos a una escala masiva. Tampoco este sufrimiento ha logrado que los representantes políticos de Chi- na, Rusia, Indonesia y Vietnam retiren sus apoyos a la Junta militar birmana. Ello ha evitado articu- lar una voz contundente de la comunidad interna- cional ante semejantes hechos.
Pero las denuncias de todo un pueblo no han quedado totalmente silenciadas. A lo largo de to- dos estos años han sido numerosos los recono- cimientos internacionales que ha recibido Aung San Suu Kyi, entre ellos el Premio Nobel de la Paz en 1991 por “su lucha no violenta por la demo- cracia y los derechos humanos”. Durante la ce- remonia, el presidente del comité Nobel dijo que “su ausencia nos llena de miedo y ansiedad aun- que también nos cabe la esperanza”.
A través de sus palabras sabemos que la inque- brantable voluntad de Suu Kyi seguirá en pie has- ta que la libertad sea conquistada: “Continuare- de Mahatma Gandhi y fraguó su compromiso con
la no violencia como manera radical de estar en el mundo.
Salió de Birmania en su adolescencia para acom- pañar a su madre a la India y antes de cumplir los veinte años comenzó sus estudios de Filosofía, Política y Economía en la Universidad de Oxford; después vivió en Nueva York y trabajó en la ONU. Con el tiempo conoce a quien será su esposo, Michael Aris, y fija su residencia en Londres. En 1977 nace su segundo hijo.
Un inesperado viaje, en abril de 1988, cambió el curso de la vida de Aung San Suu Kyi cuando re- gresó a Yangón para acompañar a su madre que había enfermado repentinamente. A finales del mes de julio de ese mismo año, las circunstancias políticas de Birmania dieron un vuelco al dimitir el dictador Ne Win, cabeza opresora del régimen militar que truncó en 1962 la senda democráti- ca del país tras alcanzar la independencia. El 8 de agosto de 1988, los estudiantes se echaron a la calle para exigir al Gobierno democracia y res- peto a los derechos humanos. Durante las seis semanas siguientes, las manifestaciones, cada vez más multitudinarias y con mayor apoyo po- pular, se extendieron por todo el territorio, hasta que intervinieron las fuerzas de seguridad y repri- mieron violentamente el alzamiento: mataron a más de 3.000 personas e hicieron desaparecer a muchas otras. La masacre también conmocionó a la comunidad internacional. Algunos creyeron que había llegado el final del régimen opresor en Myanmar y parecía que las atrocidades cometi- das no serían toleradas tampoco en el exterior. A pesar de la intensidad de las revueltas, lidera- das por la llamada generación del 88 (“8888” en referencia a la fecha del alzamiento), el régimen logró mantener el statu quo.
Ante la gravedad de los acontecimientos, el 15 de agosto Suu Kyi dirige una carta al Gobierno pidiendo elecciones multipartidistas para su país
y diez días después pronuncia su primer discur- so público reclamando un Gobierno democrático. Un mes después se funda la Liga Nacional para la Democracia (NLD), con Suu Kyi como Secreta- ria General, para apoyar una transición política hacia la democracia mediante la no-violencia y la desobediencia civil. Inmediatamente recorre el país buscando apoyos y demandando el cambio político, desoyendo las advertencias del Gobier- no. A finales del mes de diciembre muere su ma- dre a la edad de 76 años y decide no regresar a Gran Bretaña, a pesar de que allí la esperan su marido y sus dos hijos y de que las condiciones para su seguridad empeoraban día a día.
En 1989 el acoso a los opositores se recrudece y en el mes de julio Aung San Suu Kyi es sometida a arresto domiciliario sin juicio previo ni presenta- ción de cargos. Incluso retenida, su popularidad va en aumento hasta alcanzar en las elecciones generales de mayo de 1990 el 82% de los repre- sentantes parlamentarios para el NLD, que no fueron reconocidos por la Junta militar birmana. Permaneció incomunicada hasta 1995, año en que suspendieron temporalmente su detención para conminarla a abandonar el país a cambio de su silencio. Fue entonces cuando su esposo logró verla por última vez, él murió en 1999 en Londres. El Gobierno birmano siempre la impulsó a reunirse con su familia en el exterior, pero le advirtió que jamás podría volver a su país.
En los últimos 20 años, su noble decisión de per- manecer junto al pueblo birmano le ha supuesto más de 15 años de privación de su libertad. Po- día haber vivido otra vida, al ofrecer su sacrifico ante la opresión se ha convertido en el símbolo de la resistencia pacífica de todo un pueblo: “Al- gunos creen que, para superar el régimen au- toritario y reemplazarlo por uno democrático, el único camino es el de la violencia. Me gustaría ser el precedente de un cambio político a través del acuerdo político y no mediante la violencia”. Apoyándose en su reconocimiento internacional,
AUNG SAN SUU KYl
mos con nuestros esfuerzos de traer democracia a Birmania bajo todas las circunstancias. Cree- mos en esperar lo mejor y en prepararnos para lo peor”.
Abogada y feminista, fue la primera mujer en ocu- par un puesto en la Corte Suprema de Justicia de su país. Participó en el primer Congreso Feminis- ta Internacional y fundó el Movimiento Feminista de Asunción y el Centro Feminista Paraguayo, así como la Unión Femenina de Paraguay y la Liga Paraguaya Pro Derechos de la Mujer. Su meta era que se reconociera el derecho de la mujer al voto. No pudo votar en unas elecciones, pues murió cuatro años antes de que Paraguay reconociera el sufragio femenino.
Serafina Dávalos tiene hoy una calle en el centro administrativo de Coronel Oviedo, la ciudad don- de nació, aunque entonces se llamaba Ajos. Una coqueta y próspera localidad de Paraguay, situa- da en el sureste del país, a 132 kilómetros de