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Best Practice Regulation

CHAPTER THREE:

3.5 Best Practice Regulation

Hacia el ano 2500 antes de Jesucristo, todos los rasgos esenciales de la ciudad habían adoptado su forma y encontrado un lugar en la ciudadela, si no en el conjunto de la comunidad urbana. El cerco amurallado, la calle, la manzana, el mercado, el recinto del templo con sus patios interiores, el recinto administrativo y el del taller eran, sin excepción, elementos que ya existían entonces, por lo menos en forma rudimentaria; y la ciudad misma, como símbolo complejo y poderoso, que engrandecía y enriquecía la potencialidad humana, era visible. La durabilidad de estas instituciones y formas es casi tan notable como el amplio margen de variaciones, que han sido capaces de experimentar.

Hasta en el otro lado del mundo, entre los mayas, los peruanos y los aztecas, hallamos, en los tiempos precolombinos, instituciones y hábitos de vida análogos, concretados en estructuras semejantes, asociados con mitos, ideologías, observaciones científicas, ceremonias y costumbres semejantes, e incluso con tensiones y tormentos psicológicos semejantes. Como desde hace mucho se sostiene que la inmigración al Nuevo Mundo cesó hace unos diez o doce mil anos, esta semejanza plantea un problema importante. Es la ciudad una morada natural como el caparazón del caracol, o se trata de un artefacto humano deliberado, de una invención específica que surgió en uno o más lugares bajo la influencia de convicciones ideológicas y presiones económicas urbanas? Una predisposición nativa para la vida social, incluso para el asentamiento colectivo, bien puede caracterizar a la especie humana; pero, pudo esa tendencia general hacer que en todas partes el hombre produjera la ciudad tan inevitablemente como una araña produce su tela? Las mismas propensiones que dieron al campamento o al villorrio una distribución planetaria, podrían explicar, asimismo, un complejo cultural de tan múltiples facetas como la ciudad?

Si uno se atiene a las premisas aislacionistas de la generación más vieja de antropólogos y arqueólogos norteamericanos, hay que considerar que las formas de las culturas maya, azteca y peruana constituyen una invención completamente independiente del Nuevo Mundo. Esto es posible, pero hay muchos hechos que impiden que sea del todo plausible. Si las culturas fueran, en realidad, tan diferentes como las especies biológicas, estas semejanzas podrían estar tan desvinculadas entre sí como las semejanzas no menos sorprendentes que se observan entre la termitera y el hormiguero. Pero lo que se encuentra en el Nuevo Mundo no es tan sólo una colección de casas y edificios, que podrían tener el mismo antepasado común en el villorrio mesolítico. Más bien, lo que se descubre es una serie paralela de rasgos culturales: ceremonias de la fertilidad muy desarrolladas, un panteón de divinidades cósmicas, un gobernante enaltecido, autoridad central que personifica a la comunidad entera, grandes templos cuyas formas recuerdan estructuras funcionalmente diferentes como la pirámide y el ziggurat,

conjuntamente con la misma dominación de cierto número de campesinos por un grupo de cazadores-guerreros, o (entre los antiguos mayas) un grupo sacerdotal aún más antiguo. Igualmente, la misma división de castas y la misma especialización de grupos profesionales, y los comienzos de la escritura, de la medición del tiempo y el calendario, incluyendo una inmensa extensión de las perspectivas del tiempo entre los mayas, la cual supera en complejidad y exactitud incluso a lo que sabemos sobre los períodos cósmicos de los babilonios y los egipcios. Estos rasgos parecen ser demasiado específicos para haber sido repetidos espontáneamente en toda una constelación.

Hay que reconocer que hay muchos contrastes entre las ciudades de Sumer y Egipto y las de los mayas, de uno o dos milenios después, como también los hay, ya que en esto estamos, entre las de Perú y México. Pero estas diferencias son, precisamente, lo que cabría esperar en culturas remotas en el espacio y el tiempo, sólo ligadas a través de un tráfico de ideas llevadas por mercaderes, exploradores e incluso misioneros religiosos, y no por una inmigración en masa o por una invasión armada. Bien puede ser que los vehículos para este tráfico, embarcaciones e incluso islas, se hayan hundido, desapareciendo de la vista para siempre, mucho antes de que las ideas mismas llegaran al Nuevo Mundo. Si la dispersión cultural se inició desde muy temprano, bien podría haber incluido la forma arquetípica de la pirámide o ziggurat, pero no el arado ni la rueda; pudo traer el recuerdo de la ciudad sin trasportar el buey o el asno. Si la escritura mesopotámica indujo a los egipcios a desarrollar la escritura, según creen muchos arqueólogos, la forma de los jeroglíficos egipcios no dista más de su modelo inmediato que los signos mayas de uno u otro. De este modo, es posible explicar las múltiples diferencias entre los centros urbanos egipcios, sumerios, indios, chinos, cambodienses, mayas, peruanos y aztecas, sin negar sus semejanzas subyacentes y sin establecer ninguna valla arbitraria, ni siquiera el Océano Pacífico, contra la posibilidad de su lenta difusión a partir de unos cuantos, puntos. No es menos plausible que la forma piramidal fuera usada como tumba y representara la montaña de la creación entre los egipcios, y que se trasformara en un templo para las ceremonias religiosas colectivas entre los mayas y los aztecas, no es menos plausible esto que la trasformación del sistema callejero, en parrilla, a partir de un símbolo etrusco de orden cósmico, hasta llegar a un trazado conveniente para fundar villas pioneras en los Estados Unidos... o para especular en bienes raíces.

Fue este complejo urbano del Nuevo Mundo consecuencia de una predisposición original hacia la vida urbana que se lleva en los genes? O es un ejemplo de un arquetipo colectivo junguiano, que se trasmite en forma aún más misteriosa? O bien es el complejo urbano del Nuevo Mundo, resultado de una asombrosa conspiración de accidentes, cuya convergencia final con los del Nuevo Mundo sería todo un milagro? Acaso no sería más sensato, ahora que la movilidad, incluso marítima, de los pueblos primitivos se está poniendo en evidencia, admitir que la idea de la ciudad puede haber llegado al Nuevo Mundo desde lejos, aunque no sea posible identificar la ruta y aunque tal vez nunca se obtengan pruebas más positivas? Por desgracia, los propagadores de antes, como sir Grafton Elliot Smith, quienes se precipitaban demasiado pronto a dar una respuesta, desacreditaron este punto de vista. Pero el problema perdura; pues tanto el aislamiento como la difusión son hechos antropológicos, y del mismo modo que algunas invenciones son únicas, otras tienen amplia difusión y se repiten independientemente.

Si la ciudad estuviera, de hecho, destinada a aparecer cuando determinadas condiciones económicas y naturales favorecen el denso asentamiento humano, la existencia de la ciudad en el Nuevo Mundo plantearía un grave problema, como V. Gordon Childe tuvo suficiente franqueza para reconocer. Pues el hecho es que la mayor parte de estas condiciones externas naturales parecen notoriamente ausentes. Las ciudades del Nuevo Mundo no surgieron en los grandes valles f1uviales del Amazonas, el Río de la Plata o el Misisipi, sino en puntos relativamente poco favorecidos, pobres en medios naturales de comunicación y trasporte, y exigieron un máximo esfuerzo humano, para desmontar la selva o consolidar el suelo, a fin de obtener sus propios alimentos; a diferencia de la vida relativamente fácil de los cultivadores de grano y palmeras en el Viejo Mundo. Los grandes caminos entre las ciudades mayas y peruanas no pudieron existir hasta que una autoridad central estableció la organización colectiva capaz de construirlos. Incluso en sus períodos más prósperos, las ciudades "mesoamericanas" se basaban en un sistema inestable de agricultura tropical, dependiendo en gran parte de un solo cereal, el maíz; este sistema confiaba en la rotación de las franjas de cultivo y en la

quemazón de la maleza para reactivar la tierra exhausta. No había una presión en favor de la organización centralizada que se originara en la necesidad de controlar las inundaciones o los sistemas de irrigación. Sin herramientas de metal, animales de tiro, rueda y arado, esta cultura carecía de la mayor parte de los elementos tecnológicos necesarios para la primera implosión urbana. En la medida en que las condiciones naturales favorecían algo, favorecían la aldea aislada, pequeña, primitiva y trasladable.

Pero si los fundamentos económicos de la ciudad del Nuevo Mundo eran inadecuados y si estaban ausentes las presiones geográficas, en cambio, su núcleo ideal formador estaba presente: la finalidad se impuso a las funciones. Hasta tiempos históricos recientes, se encuentran pruebas de la fusión de poderes temporales y sagrados que acompaño al surgimiento de la ciudad en el Viejo Mundo. La misma falta de un medio ambiente favorable y de perfeccionamientos tecnológicos se limita a hacer más sorprendente la pauta ideal... y más difícil de explicarla como un desarrollo "natural" en circunstancias estrechamente semejantes a las que hallamos en el Cercano Oriente. Es significativo que estuvieran presentes las necesarias condiciones culturales, a saber: una orientación hacia lo alto de la religión, el reconocimiento del poder predominante del sol y la concentración de ese poder en la persona de un rey, hacia el cual convergía la vida de la comunidad entera. Los logros políticos e intelectuales, incluso los rigurosos cálculos matemáticos y el sentido del tiempo de los mayas, bastaron para implantar un nuevo orden, basado en perspectivas cósmicas; y a partir de esa energía espiritual concentrada se configuró la ciudad misma, desde Tenochtitlán hasta Chichen-Itza. Fue original o derivada esta movilización y esta exaltación del poder? Sobre la base de los datos conocidos no es posible dar respuesta; pero creo que al respecto hay que mantener el espíritu exento de prejuicios

Está claro que sólo se trata de atisbos y especulaciones; y que los datos no indican ni siquiera remotamente el proceso concreto en virtud del cual la imagen de la ciudad y el propósito de sus instituciones pasaron al Nuevo Mundo o, a decir verdad, si tal cosa ocurrió. Pero las pruebas circunstanciales arrojan, por lo menos, una pizca de duda sobre la probabilidad de la invención totalmente independiente de este organismo sumamente complejo, en fecha muy posterior a aquella en que se configuraron las ciudades de la Mesopotamia y, el valle del Indo. Establecida con éxito la ciudad, tanto como receptáculo permanente que como estructura institucional, capaz de almacenar y trasmitir el contenido de la civilización, podía (como imagen) hacer mucho camino, y fragmentos aislados de su cultura, trasmitidos principalmente por seres vivos, pudieron arraigarse en un suelo demasiado árido para hacer madurar los primeros mutantes urbanos. Con el tiempo, se establecerían ciudades en regiones geográficas tan desfavorables como el Tibet, Islandia y los altos Andes.

Ya establecidas, las estructuras físicas, y hasta el trazado general de la ciudad, podrían ser copiados por grupos que se oponían a uno u otro rasgo de su estructura institucional. Así, gránulos de vida urbana, amontonamientos amorfos de edificios y calles, que sólo reproducían las exterioridades más escuetas de una ciudad, sus viviendas apiñadas y su mercado, se expandirían por doquier, careciendo a menudo, en su reunión fortuita, de las conveniencias sociales que hasta la aldea posee. Estos gránulos urbanos han estado multiplicándose y uniéndose con gran rapidez en nuestra época; pero, por grande que sea la masa última, sólo por extensión del significado se les puede llamar ciudades, pues son, más bien, conglomerados urbanizados. Para definir a la ciudad es necesario buscar su núcleo organizador, reconocer sus límites, seguir sus líneas de fuerza sociales, establecer sus centros secundarios de asociación y comunicación, y analizar la diferenciación y la integración de sus grupos e instituciones. Si bien la ciudad reunió y soldó en una unidad visible a la aldea, el santuario, la fortaleza, el lugar de trabajo y el mercado, su carácter se modificó de una región a la otra, de época en época, en la medida que uno u otro de sus elementos dominó al resto y lo coloreó. Pero siempre, como ocurre en la célula viva, el núcleo organizador fue de importancia fundamental para orientar el crecimiento y la diferenciación orgánica del conjunto.

Por consiguiente, en cada etapa hay que distinguir la reunión estrecha de estructuras urbanas, con un mero aumento de densidad de la población de la compleja organización dinámica de la ciudad, en la que antiguas estructuras y funciones sirvieron con nuevos fines. Pero hay que recordar la definición de

Rousseau: "Las casas hacen un caserío, pero los ciudadanos hacen una ciudad”. La capacidad para trasmitir en formas simbólicas y pautas humanas una porción representativa de una cultura es la gran característica de la ciudad. Se trata de la condición necesaria para fomentar la expresión más cabal de las capacidades y potencialidades humanas, hasta en las regiones rurales y primitivas que se hallan fuera de ella. Al hacer esto posible los primeros constructores de la ciudad construyeron, por cierto, mejor que lo que sabían.