• No results found

Current Legislative Arrangements

CHAPTER FOUR:

4.3 Current Legislative Arrangements

Como órgano de cultura, la ciudad griega llegó a su madurez en el siglo V, antes de haber alcanzado una rica organización de la forma física, excepto en la Acrópolis. A esta altura, sus propósitos cívicos habían aflorado de sus funciones municipales nativas, y estaban mucho más desarrollados. Sobre su herencia dual - la plaza fuerte postmicénica y la aldea de la montaña - se estableció un nuevo conjunto de instituciones, de naturaleza más universal y de asociación más espontánea; y muchas veces estas instituciones más libres parecieron hallarse a punto de crear una nueva clase de organización urbana, menos cerrada, menos divisiva, menos rígida y opresora que la que había dado forma a la ciudad amurallada. Me propongo examinar estos nuevos elementos - acaso más visibles para nosotros que para los griegos - antes de proceder a describir la estructura concreta de la ciudad del siglo V.

Pausanias, observador tardío de las ciudades griegas, desechó una ciudad de los focenses, diciendo que apenas merecía ser llamada ciudad porque carecía de oficinas de gobierno, de gimnasio, teatro, mercado y cañerías de agua. En su opinión, estos edificios y estas instalaciones eran los elementos que diferenciaban una ciudad de un mero amontonamiento de casas de aldea. Pero el germen de la ciudad griega ya estaba bien desarrollado en la aldea: lo que tuviera validez en la transición neolítica seguía teniendo validez. Qué es la asamblea de magistrados, en el Pritaneo o ayuntamiento, sino la forma urbana del antiguo Consejo de Ancianos, que es probablemente la más vieja de las instituciones políticas seculares? Qué es la plaza establecida del mercado (ágora) sino el mismo apropiado espacio abierto donde los ancianos se reunían, de dimensiones adecuadas para dar cabida a toda la aldea congregada, y donde los vecinos podían, de paso, exhibir sus productos sobrantes para cambiarlos por otros? Qué es la fuente entubada sino una forma más segura del manantial sagrado, cuya taza levantada hacía menos probable la contaminación de su agua por los orines de los perros o los pies embarrados de los hombres? Por lo que hace al teatro, también este existía en forma embrionaria en los ritos de fertilidad de la aldea, celebrados para la primavera y la cosecha: el piso circular de la era se convirtió en el escenario del nuevo teatro y los propios aldeanos, separados de los protagonistas como coro, ya no eran actores, pero todavía eran demasiado activos y locuaces para que se les llamara simples espectadores.

Hacia el siglo VIII, posiblemente, la ciudad griega comenzó a adquirir una fisonomía propia. Como otros centros de la antigüedad, la ciudad griega fue, desde el comienzo, la morada de un dios. Si bien muchas ciudades podían pretender la misma divinidad, en especial las poblaciones coloniales, las que tan a menudo emigraban bajo la égida de Apolo, la divinidad local mostraría algún rasgo particular que lo vinculaba ya a los antiguos dioses del hogar, ya a algún decisivo acontecimiento histórico, A tal punto estaba esto estereotipado.

Sin embargo, ya en el siglo VI, en la época de Solón, un viento fresco parece soplar a través de estas ciudades, desde los confines egeos orientales hasta los septentrionales del Mediterráneo; pero, por sobre todo, en Ática: brumas de confusión y superstición se disipan ante d sol de la mañana y sus rayos empiezan a penetrar en la caverna más profunda. La mente, recién consciente de sí misma y de sus poderes, se entrega a la contemplación de su propia imagen; y la sonrisa de las estatuas griegas, que con demasiada ligereza es dejada de lado como una convención arcaica, puede, en verdad, revelar esta confianza e iluminación interiores. Por tosca que fuera la vida de aldea en la base de la ciudad, quien trepara a las acrópolis vería, en las cortantes laderas de la montaña y en el ciclo luminoso, el reflejo de un espíritu que se había convertido en la medida de

todas las cosas, juzgando las viejas costumbres y las viejas leyes con una regla independiente, abierta a la razón. Los dioses tenían aho/a que satisfacer normas humanas.

Como resultado de esta trasformación, durante uno o dos siglos, la polis griega, en particular Atenas, se convirtió en un símbolo de todo cuanto era auténticamente humano, La misma vida natural resultó ser más maravillosa, con sus limitaciones medidas, que las insolentes exaltaciones y las confusiones de la fantasía mitológica. Ser humano era ser más divino que los antiguos dioses. Qué fuerzas llevaron a cabo esta trasformación?

La explicación más fácil de la cultura urbana helénica seria aquella que identificó sus vivaces aciertos con sus principios democráticos, oponiendo la

polis a las grandes capitales hipertrofiadas de los despotismos orientales. Era

natural que los griegos establecieran esta oposición. en el entusiasmo de la derrota infligida a los persas invasores; pero los datos concretos no corroboran del todo esta explicación.

Si los griegos obtuvieron un notable éxito en la empresa de eliminar la institución de la realeza, la cual apenas había ido más allá de las pretensiones de los primeros jefes tribales, su logro de la democracia siguió siendo lento, parcial, caprichoso y nunca llegó a ser eficaz del todo. No sólo ocurrió que las oligarquías terratenientes y las tiranías continuaron durante largo tiempo en el poder, en muchas regiones, sino que incluso allí donde la democracia se impuso finalmente, como ocurrió en Atenas, conservó los antiguos principios de la segregación y el monopolio. La democracia ateniense excluía al forastero y al esclavo, que no representaban una pequeña parte de la población total (ominosamente, la polis tenia necesidad de mil doscientos arqueros escitas para mantener el orden en la Asamblea y los tribunales). Si bien después de Pericles los artesanos y mercaderes llegaron a menudo a los cargos más altos de la ciudad, tanto la libertad como la igualdad de las que se jactaba la democracia ateniense estaban sometidas a muchas restricciones. Debemos buscar en otra parte las fuerzas del espíritu que parecían prontas para abrir una brecha en las murallas invisibles que habían limitado al rey y a sus nobles los nuevos atributos de la personalidad, reduciendo las posibilidades de un desarrollo humano general en la ciudad antigua. Para dar con el secreto propio de la ciudad griega es necesario apartar la mirada de los centros más grandes. Y si se quisiera resumir en tres nombres lo que diferenció decisivamente la cultura urbana griega de la de sus predecesores, se podría decir simplemente: Olimpia, Delfos, Coso La contribución de estos centros es lo que elevó a tanta altura la capacidad de realización del hombre.

Ahora bien, ninguna de estas poblaciones pretendía ser una gran ciudad. En realidad, cada una de ellas representa un tipo especializado de población, con un poder de atracción que hacía converger a los hombres, ocasionalmente o periódicamente, desde las más remotas regiones del Magna Grecia, devolviéndolos luego, con sus limitaciones provincianas enjuiciadas, y con un aspecto saliente de su vida renovado y elevado a un nivel más alto.

Lo que el trasporte y el intercambio de mercaderías había echo para estimular la vida cotidiana de la ciudad mesopotámica, las visitas personales a Olimpia, Delfos o Cos lo hicieron en cuanto al desarrollo religioso, político, literario y atlético de los griegos. La primera era la sede de los juegos olímpicos; la segunda encerraba el altar principal y el oráculo sagrado de Apolo, la única gran inf1uencia unificadora civil y religiosa, comparable en esto con el Vaticano en relación con los países católicos; en tanto que la tercera era un gran centro de curación, donde un nuevo grupo de médicos, los precursores y sucesores de Hipócrates (460-375) antes de Jesucristo) procuraban curar las enfermedades y promover la salud mediante una comprensión racional de la naturaleza.

De estos tres centros fluían corrientes de energía vital, trasmitidas por peregrinos y participantes, quienes viajaban a pie y por barco; una energía vital que llevó a todas las ciudades griegas un verdadero torrente de ideas, y normas de vida unificadoras y autotrascendentes.

El trabajo característico de cada uno de estos centros se proseguía en muchas otras ciudades: Cnido y Epidauro, punto de origen del culto de Esculapio, rivalizaban con Cos; y el santuario apolíneo de Delos convirtió a esa isla pelada en un refugio de peregrinos al mismo tiempo que en un centro bancario y comercial

internacional, a pesar de su traicionero acceso por agua. Del mismo modo, una vez que se iniciaron los juegos interurbanos, muchas otras ciudades compitieron con Olimpia. A través de la influencia de estas instituciones, los miembros más emprendedores de la polis entraron en contado directo con otras ciudades, otros pueblos y otros modos de vida; y los participantes experimentaban ese proceso de "retirada y retorno" que, según han demostrado históricamente tanto Patrick Geddes como Arnold Toynbee, constituye un modo esencial de desarrollo humano. Estos festivales y congregaciones desafiaban el arraigado provincialismo de la polis. Los cuatro grandes festivales panhelénicos - el olímpico, el pitio, el ístmico y el nemeo - atraían griegos de todas partes de la Hélade, los cuales llegaban por los caminos sagrados, donde los caminantes eran inmunes a los ataques en esas estaciones. Esta movilización, así como esta congregación predicen un movimiento aún más libre en un mundo cada vez más vasto.

Olimpia representaba al cuerpo como expresión física activa, a través del juego disciplinado, del espíritu humano. Cualesquiera fueran los ulteriores pecados del dualismo griego, en los días de formación de su cultura, los griegos clásicos nunca identificaron el desarrollo espiritual con lo incorpóreo y menos aún con un desdén porfírico hacia el cuerpo o un monacal placer masoquista en degradarlo o cortejar la enfermedad. Delfos representaba, a través de su oráculo, la combinación del inconsciente, en sus profundidades, accesible a través de la oscuridad, el sueño, las drogas y la embriaguez, con una inteligencia despierta y una previsión que iba lejos. Sus dioses mellizos, como nos lo recuerda Werner Jaeger, eran Apolo y Dionisos, no sólo el ordenado y lúcido Apolo, en sí mismo símbolo de iluminación solar y espiritual. Aquellos a quienes hacia dormir la sacerdotisa eran visitados por el dios en sueños; probablemente bajo la influencia del hipnotismo o la de un soporífero, incluso quizás la de un anestésico, pues una noticia procedente de ese centro hace saber que le fue extirpada una catarata a un paciente durante la noche, sin que él se enterara.

Fue una de esas sacerdotisas délficas, Diótima, quien ordenó a Sócrates que escuchara a su daimon; de modo que cuando el pensamiento racional dejó el templo para recoger el guante de la experienc1a corriente en el mercado, lo hizo acompañado por un vívido recuerdo de sus comienzos cósmicos prerracionales en las cavernas, las grutas y los ritos animales. Los maestros de la tragedia griega nunca olvidaron esa lección. No sin motivo Delfos, en la leyenda griega, lo mismo que Jerusalén en los mapas cristianos de la Edad Media, ocupaba el centro exacto de la tierra. Ésta era su posición exacta en la mente griega. La función original del sacerdocio griego consistía en determinar el orden correcto de los festivales religiosos, y es muy probable que Delfos, ya en el siglo VII, tratara, aunque sin éxito, de propagar por el mundo griego su reconocimiento de un tipo uniforme de calendario.

Por último, Cos era el gran centro del que se irradió un nuevo concepto de la salud; era al mismo tiempo un sanatorio, un hospital y un centro de investigación médica en el que, como ha señalado George Sarton, el pensamiento médico maduró. Pero estos centros no eran simplemente una colección de edificios utilitarios, mitad fábrica y mitad hotel, como nuestros hospitales modernos. Poseían también los calmos atributos del claustro; en ellos, acaso por vez primera, la función del claustro, el retiro y la dedicación interior, se evadió de los confines del templo, por más que el templo de Esculapio estuviera a un paso.

Los médicos de Cos conocían las cualidades curativas de la reclusión y la belleza, el espacio y el orden; instalaron sus sanatorios en una isla pequeña, famosa por sus vides y sus moras, y por su seda extraordinariamente fina, con una amplia vista sobre el mar, es decir, un noble paisaje liberado del apiñamiento, el desorden, los olores y los ruidos de la ciudad griega.

Tal vez nadie ha expresado estos ideales con tanta eficacia, por más que lo hiciera en forma absolutamente inconsciente, como Henry James en su alegoría onírica The Great Good Place. La gente recorría cientos de millas por tierra y por mar para estar bajo el cuidado de estos médicos tan consagrados, atados a su noble Juramento y que trabajaban en un medio ambiente tan curativo. En virtud del mismo acto de desapego que implicaba el viaje, el paciente daba el primer paso hada su curación; y el hallazgo psicosomático de las propiedades curativas de un cambio de escenario puede haber sido una contribución de la sabiduría hipocrática, basada en mejorías que los médicos observaban en los recién llegados ya antes de que les aplicaran sus remedios positivos. Cabe dudar de que el orden que apareció en las

nuevas ciudades del siglo IV registraba, en forma colectiva, algunas de las lecciones que esta gran escuela de curadores e higienistas aplicaban al paciente? Ese sentido de espacio y armonía, en la naturaleza y de la naturaleza aunque sobrepasándola a través del esfuerzo ordenado del hombre, dejó su huella en ciudades más recientes.

Los juegos olímpicos fueron fundados en el ano 776 antes de Jesucristo y se siguieron celebrando durante casi mil anos. No fue de todo un accidente que estos juegos surgieran en la pequeña Olimpia, hogar de los dioses rival de la montaña del norte donde la familia olímpica se originó. Los juegos y las competencias tienen un origen religioso, por más que no siempre tengan una salida religiosa inmediata. Heródoto nos describe una competencia anual con clavas a la entrada de un templo egipcio, la cual es probable que reflejara un rito mucho más antiguo que se celebraba entre los que representaban a Osiris y los que representaban a Set. En Grecia, antes ya de los juegos olímpicos había juegos funerarios, a cuyas vencedores se les entregaban coronas de la hierba sagrada, el perejil, y que estaban consagrados a celebrar ]a vida y muerte de un jefe o de un héroe. Pero el mérito singular de los juegos olímpicos consistió en establecer, cada cuatro anos, uno estado de paz política durante el cual los habitantes de todas las ciudades podían viajar con entera libertad bajo la protección de Zeus, sen temor a ser detenidos o lesionados. Atacar a uno de estos peregrinos constituía un acto sacrílego.

En Olimpia, las ciudades se encontraban, por así decirlo, personalmente; y los torneos se interesaban en el cuerpo como expresión del espíritu humano. A estos juegos acudían lo mismo poetas que atletas; y unos y otros eran impulsados a dar su máximo a la competencia, ya que su auditorio no estaba formado tan sólo por sus conciudadanos, sino por los representantes congregados de una comunidad más vasta, la dilatada Hélade.

Bajo el ímpetu de estos juegos, una nueva institución apareció en la ciudad helénica, una institución a la que fue necesario darle un lugar: la palestra o campo de lucha. A su vez, con el correr del tiempo, éste se desarrolló más y se convirtió en el gimnasio, un campo de deportes cercado, que a menudo estaba situado en un bosquecillo de plátanos, y era destinado a todo tipo de competencia o exhibición atlética. Un centro de este tipo contaría con baños, vestuarios y, por último, aulas; pues, conforme con el precedente olímpico, no se permitía que el espíritu permaneciera apático y ocioso debido a un ejercicio físico demasiado violento. Al gimnasio acudían los jóvenes y los viejos para amistosos encuentros de lucha y boxeo, para correr carreras y lanzar el disco o la jabalina. De tres bosques sagrados de este tipo, ya fundados en el siglo VI, surgieron tres célebres escuelas de sabiduría: el Liceo, la Academia y el Cynasargos.

Si la plaza del mercado había sido, tal vez, un centro improvisado para tales actividades antes del siglo VI, no bastaba este espacio cuando la ciudad empezó a crecer. De modo que encontramos el gimnasio en las afueras de la ciudad, donde había terrenos sin edificar, aptos para actividades al aire libre. En todas partes de la ciudad, pero en el gimnasio en particular, había estatuas de los dioses y de los héroes. Estos recordatorios de "atletas perfectos y de perfectas madres de

atletas" impusieron una norma pública de gracia y vigor físicos. Este arte

plástico influyó en la juventud de las ciudades griegas del mismo modo que las fotografías y anuncios de estrellas de cine establecen normas de belleza femenina en la civilización contemporánea. En el período de la adolescencia, cuando el narcisismo y la conciencia del cuerpo aparecen por primera vez, no puede valorase en exceso la influencia de estas modelos. Personalmente, puedo dar testimonio del efecto que tuvo en mi desarrollo físico una obra romana que ni siquiera es importante, la representación de un atleta con un raspador estrígil.

En uno o dos siglos, con el desarrollo del espíritu mercantil en la sociedad griega, los objetivos religiosos y culturales de los juegos olímpicos fueron ensombrecidos por un sórdido profesionalismo y por la comercialización; esto coincidió con el establecimiento de certámenes rivales en otras ciudades. La mera proeza física, como ser la de Milón de Crotona, reemplazó a la fuerza llena de elegancia, de dinamismo y de fortaleza imperturbable; a decir verdad, la obtención de premios por parte de atletas profesionales se había convertido, lo mismo que en nuestros días, en un fin en sí mismo hacia el siglo IV antes de Jesucristo; y Teágenes de Tasos se jactaba de haber ganado quinientos premios.

Pero, en un comienzo, tan arraigado estaba el sentido deportivo que hasta las guerras entre las ciudades asumían a veces la forma de un certamen deportivo, haciéndoselas más por el honor que por otros depravados intereses. De esto es testimonio la "guerra" entre Calcis y Eretria, en el siglo VII, que se llevó a cabo como si sólo fuera una competencia deportiva, prohibiéndose en ella el uso de toda arma arrojadiza: jabalinas, hondas y flechas. Esas ciudades habían salido de la depravación bárbara de la guerra total y habían sublimado la agresión brutal. Al trasladarse a la ciudad, los hombres habían dejado atrás muchos pasatiempos rurales saludables así como muchas ocupaciones corporales vigorosas; por eso fue la misión de los juegos olímpicos restaurar estas virtudes rurales como parte de la rutina diaria de la ciudad, en forma de ejercicios desinteresados y estilizados, divorciados de la antigua matriz de la granja, los campos de pastoreo y las cacerías en el bosque.

Los derivados espirituales de esta nueva institución resultaron ser tan importantes como sus beneficios para la salud; pues con ella los viejos y los