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SANTO DE LA PATRIA (20)

Antes de hablar de la muerte de Belgrano, la que, por cierto, fue una muerte digna de la mayor dignidad y dimen- sión, día que coincide en el calendario con el 20 de junio, denominado Día de la Bandera, siempre me pareció más que oportuno, también, hacerlo con respecto al de su na- cimiento. La Iglesia Católica y Apostólica y Romana, entre otros muchos sucesos, martirologios y festividades, ostenta los siguientes natalicios: el de Nuestro Señor Jesucristo, el

Verbo Encarnado, que nació en Belén, y cuya iesta, la de la

Navidad, se celebra el 25 de diciembre; y así también, el de su Madre, o sea, el de la Santísima Virgen Madre de Dios, ocurrida en Nazaret (ciudad de Galilea) y que revista en el calendario el 8 de septiembre. Y aparte de María, Mater Dei, o Dei Genitrix, hija de Joaquín y de Ana, así como de Jesús, Cristo Rey, hijo de José y de María, la iglesia no recuerda ningún otro natalicio, salvo el de Juan El Bautista, hijo de Zacarías y de Isabel, que se celebra el 24 de junio.

Pues bien, en la historia argentina, para no ir a otras his- torias, y salvo el día de la Patria y el de la Independencia, res- pectivamente, los días 25 de Mayo y 9 de Julio, normalmente, recuérdase con sincera evocación a hombres de la patria en los días conmemorativos de sus natalicios o de sus decesos,

20- Disertación del autor el 20/06/1996 en el Colegio Eucarístico de La Plata (calle 6 y Diag. 78)

amén de relevantes sucesos o episodios de sus vidas. Y en el caso de Belgrano, ya por el aludido Día de la Bandera, o por- que coincide con el infausto día de su paso a la inmortalidad del Señor, no pasa inadvertido que dicho 20 de junio, está registrado en la historia como una fecha nefasta de culmina- ción de la anarquía, llamado Día de los Tres Gobernadores, cuando en realidad, y para peor, ese día es de la inexistencia de gobernador alguno.

Las entidades patrióticas y especialmente, las belgra- nianas, evocan al patricio no solo el 20 de junio, sino tan- tos otros, su natalicio, batallas de Tucumán y Salta, el Éxodo Jujeño, el histórico enarbolamiento, frente a Rosario, de la Enseña Patria, etc.

De todo ese nutrido panorama en los cincuenta años de vida del Prócer, hoy me ceñiré retrayéndome al día 3 de junio de 1770 en que nace el Santo y Padre de la Patria en la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de Buenos Aires, excluyendo por elementales del rigor discursivo las otras (entre muchas) fechas: Creación de la Escarapela (18 de febrero de 1812) y de la Bandera (27 de febrero de 1812); de la Bendición y Jura de la Enseña Patria (25 de mayo de 1812 en la Catedral de Jujuy); el mentado Éxodo Jujeño (23 de agosto); el Combate del Río Piedras (3 de septiembre de 1812, en Salta); la Batalla de Tucumán (24 de septiembre de 1812); la entrega del Bastón de Mando, nombramiento de Generala a la Virgen de la Merced y la entrega de los esca- pularios mercedinos a todos los soldados (27 de octubre de 1812), Batalla de Salta (20 de febrero de 1813), etc. Todo lo cual, hace del Santo y Padre de la Patria, un numen de mayo, un Estadista, un ético y paradigma de Funcionario Público. Fundador de la Academia de Náutica, Dibujo y Matemática; Primer Constitucionalista; Primer Economista; Prototipo también del estado social y educación de la mujer; notorio protector de la agricultura, la industria y el comercio; perio- dista y abogado, entre muchos otros desempeños y activida- des. El Prócer encendió de cordura, lucidez, patriotismo y talento todos sus comportamientos y procederes en que le

tocó actuar o protagonizar; para lo cual no necesitó ser alta- nero, soberbio, gritón, ni escandaloso, ni desesperado; pues, tuvo fortaleza, fue justo, prudente y templado en las virtudes cristianas.

Nació en una casa de la Avda. Belgrano (entonces calle Santo Domingo), a media cuadra del Convento del mismo nombre, en la vereda de los números pares, entre las calles Defensa y Bolívar (entonces, Resistencia y Catedral) de la “muy Noble y Leal Ciudad” ya mencionada. Y al siguiente día (4 de junio de 1770) fue bautizado en la Catedral por el sa- cerdote y maestro Dr. Juan Baltasar Maziel (o Maciel) con los nombres de “Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús” (Belgrano y Peri y González Casero). Dicho sacerdote, “céle- bre por sus escritos y sus desgracias y poseedor de la más rica biblioteca de los conocimientos humanos que hasta entonces se hubiese conocido” (Mitre), había nacido en Santa Fe en 1727, y a partir de 1768, formó parte del Soberano Cabildo Eclesiástico. Y en 1770 tuvo bajo su responsabilidad la vigi- lancia y dirección de la enseñanza de las ciencias sagradas como maestresala de la Diócesis. Fue precursor del estilo gauchesco en la poesía, y dejó, además, obras en prosa, como notable pedagogo y autor de un célebre memorial dirigido a Vértiz en 1771.

Su padre, Don Domingo Belgrano y Peri, nació en Oneglia (donde también nació Ameghino; aunque se dice de éste que nació en Luján), Villa de la Liguria, en las inmediaciones del (xeneize) Golfo de Génova (Italia); y su madre, Doña María Josefa González Casero, proveniente de Santiago del Estero, familia radicada luego en Buenos Aires (Doña María Josefa fundó, por entonces, el Colegio de Niños Huérfanos de San

Miguel, cimiento de la posterior Sociedad de Beneicencia).

El itálico Don Domingo, no obstante su extranjería (luego naturalizado), llegó a ser Regidor del Cabildo y Alférez Real; fue comerciante próspero (a la sombra, tal vez, del monopo- lio que ejerciera Buenos Aires), por lo que pudo atender a su familia y darle educación a sus hijos (su hijo Manuel, paradó- jicamente, combatiría con denuedo el monopolio, sobre todo,

a partir de su cargo de Secretario perpetuo del Consulado, si no antes, ya veinteañero, con la doctrina de la libertad de comercio.

La gobernación e intendencia de Buenos Aires pertene- cía, por entonces, al Virreynato del Perú, y desde el 19 de di- ciembre de 1765, estaba en manos de Don Francisco de Paula Bucarelli y Ursúa (designado por el rey Carlos III), ejercido hasta el 4 de septiembre de 1770, en la que le sucede (como gobernador) don Juan José Vértiz y Salcedo (luego Virrey en 1778-1784, a continuación del primero que lo fue Don Pedro de Cevallos en 1777-1778).

El niño Belgrano creció, como todo niño, bajo el noble y directo amparo maternal, con sus entretenimientos propios de su infantil edad, en los patios de una casona de entonces, disfrutando algunas salidas con sus padres para efectuar compras, realizar visitas y emprender paseos por las plazas, entre otros lugares. Desde luego, por la religiosidad de sus progenitores, la frecuencia a la iglesia.

En las escuelas reales de la corona española comenzó sus primeras letras y aprendió el catecismo. Leer y escribir, aritmética, entre otras nociones culturales, enriquecieron la pueril y límpida mente del niño, que luego ingresara al Colegio Real de San Carlos, en el que aprendió latín y litera-

tura, ilosofía, teología, lógica, física, metafísica y ética, en- tre otras, según todo el orden impreso entonces en aquellos claustros en los que reinaba una excelencia apenas igualada por otros establecimientos posteriores. En dicho colegio, en- tre otros destacados maestros de entonces, tuvo uno, llama- do el “prócer olvidado”, para tener conciencia de la calidad de enseñanza que España llevaba a cabo en América. Me re-

iero a Don Luis José Chorroarín (el que, aún, e injustamen- te, no ha sido debidamente considerado y estudiado por los historiógrafos).

Aquel lactante de los primeros años, el niño que le su- cedió y ya el adolescente quinceañero, que tenía mucho aprendido, conocido y sabido, fue su base, cimiento sólido

del futuro del prócer, padre y santo de la Patria, viaja a la Madre Patria desde donde, luego de los estudios de leyes, entre otros, regresaría para consagrarse totalmente hacia alguien que lo aguardaba con necesidad, impaciencia y des- velos: la patria (a la que le dio todo cuanto pudo en su media

centuria de vida terrenal, erigiéndose en la igura más pura

de la historia nacional).

Uno de los gloriosos nombres del prócer (el del Crucero Gral Belgrano), que yace en el fondo del Atlántico, una nave de la armada nacional, hundido con casi toda su tripulación a bordo, durante la gesta malvinense, sin embargo, las aguas que lo cubren no son sino una inmensa bandera azul y blanca que simboliza la grandeza del prócer y eterniza la de su pa- tria tan querida por él.

La Batalla de Vilcapugio.

ALGUNAS REFLEXIONES