Sabemos que las corrientes eléctricas dan lugar a fenómenos de inducción, en particular de autoinducción. Cuando una corriente se incrementa, desarrolla una fuerza electromotriz de autoinducción que tiende a oponerse a la corriente. Por el contrario, cuando la corriente disminuye, la fuerza electromotriz tiende a mantener la corriente. La autoinducción se opone, pues, a toda variación en la intensidad de una corriente, justo como en la mecánica la inercia de un cuerpo se opone a toda variación en su velocidad.
La autoinducción es una inercia real. Todo tiene lugar como si la corriente no pudiese
establecerse sin establecer el circundante éter en movimiento, y como si la inercia de este éter tendiese, consecuentemente, a mantener constante la intensidad de esta corriente. La inercia debe ser superada para establecer la corriente, y debe ser superada de nuevo para hacerla cesar.
Un rayo catódico, que es una lluvia de proyectiles cargados con electricidad negativa, puede compararse a una corriente. Sin duda esta corriente difiere, a primera vista y en cualquier caso, de las corrientes de conducción ordinarias, donde la materia está en reposo y la electricidad circula a través de ella. Es una corriente de convección, donde la electricidad está unida a un vehículo material y es transportada por el movimiento de tal vehículo. Pero Rowland ha probado que las corrientes de convección producen los mismos efectos magnéticos de la inducción. Primero, si no fuese así, se violaría el principio de la conservación de la energía, y, segundo, Crémien y Pender han empleado un método en donde estos efectos de inducción son demostrados
directamente.
Si la velocidad de un corpúsculo catódico varía, la intensidad de la corriente correspondiente igualmente variará, y se desarrollarán efectos de autoinducción que tenderán a oponerse a esta variación. Estos corpúsculos deben, por tanto, poseer una doble inercia: primero, su inercia real, y después una inercia aparente debida a la autoinducción, que produce los mismos efectos. Tendrán, entonces, una masa total aparente, compuesta por su masa real y por una masa ficticia de origen electromagnético. Los cálculos muestran que esta masa ficticia varía con la velocidad (cuando esto es comparable a la velocidad de la luz), y que la fuerza de la inercia de autoinducción no es la misma cuando incrementa o disminuye la velocidad del proyectil, ni cuando cambia su dirección, y, de acuerdo con esto, lo mismo se mantiene para la fuerza total aparente de la inercia.
La masa total aparente no es, por lo tanto, la misma cuando la fuerza real aplicada al corpúsculo es paralela a su velocidad y tiende a acelerar su movimiento, que cuando es perpendicular a la velocidad y tiende a alterar su dirección. Entonces, debemos distinguir entre la masa total longitudinal y la masa total transversal, y, además, estas dos masas totales dependen de la velocidad. Tales son los resultados del trabajo teórico de Abraham.
En las mediciones que consideramos en la última sección, ¿qué era lo que estaba determinado al medir las dos desviaciones? La velocidad, por un lado, y la proporción de la carga a la masa total transversal, por el otro. Bajo estas condiciones, ¿cómo es que debemos determinar cuáles son las proporciones, en esta masa total, de la masa real y de la masa ficticia electromagnética? Si contásemos sólo con los rayos catódicos propiamente dichos, ni siquiera podríamos soñar con hacer lo anterior, pero, afortunadamente, contamos con los rayos del radio, cuya velocidad, como hemos visto, es considerablemente más alta. Estos rayos no son todos idénticos, y no se comportan de la misma forma bajo la acción de un campo eléctrico y de uno magnético. Encontramos que la desviación eléctrica es una función de la desviación magnética, y al recibir sobre una placa sensible rayos de radio que han estado sujetos a la acción de los dos campos, podemos fotografiar la curva que representa la relación entre estas dos desviaciones. Esto es lo que ha hecho Kaufmann, y ha deducido la relación entre la velocidad y la proporción de la carga a la masa total aparente, una proporción que llamamos ϵ.
Podríamos suponer que existen varios tipos de rayos, cada uno caracterizado por una velocidad particular, por una carga particular, y por una masa particular; pero esta hipótesis es sumamente improbable. ¿Qué razón podría haber, en realidad, para que todos los corpúsculos de la misma masa tengan siempre la misma velocidad? Resulta más natural suponer que la carga y la masa real son las mismas para todos los proyectiles, y que solamente difieren en la velocidad. Si la proporción ϵ es una función de la velocidad, no es porque la masa real varíe con la velocidad, sino porque, como la masa ficticia electromagnética depende de la velocidad, la masa total aparente, que es la única observable, debe también depender de ella, incluso cuando la masa real no depende de ella sino que es constante.
Los cálculos de Abraham nos hacen conocer la ley en concordancia con la cual la masa ficticia varía como una función de la velocidad, y los experimentos de Kaufmann nos hacen conocer la ley de variación de la masa total. Una comparación de
estas dos leyes nos permitirá, por tanto, determinar la proporción de la masa real a la masa total.
Tal es el método empleado por Kaufmann para determinar esta proporción, y el resultado es más que sorprendente: la masa real es nula.
Así es como hemos llegado a concepciones realmente inesperadas. Lo que ha sido probado únicamente para el caso de los corpúsculos catódicos ha sido extendido a todos los cuerpos. Lo que llamamos masa parecería no ser sino una apariencia, y toda inercia ser de origen electromagnético. Pero si esto es cierto, la masa ya no es constante, sino que incrementa con la velocidad: mientras que, aparentemente constante para velocidades de hasta 600 millas por segundo, crece a partir de entonces y se vuelve infinita a la velocidad de la luz. La masa transversal ya no es igual a la masa longitudinal, sino sólo aproximadamente igual si la velocidad no es muy grande. El principio B de la mecánica ya no es cierto.