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sólo que las cartas traigan más que nada nuevas corroboraciones a

nuestras conclusiones, sino además que no contengan una presen-

tación convincente de los puntos de vista opuestos, y que admitan

incidentalmente la verdad de las aserciones; algunas de una, otras

de otra.

Las citas de este tipo podrían continuar extensamente, pero éstas, jun- to con las que les preceden, son suficientes para probar que los editores de The American Magazine consideraron que habían investigado con mi- nuciosidad mis afirmaciones, no sólo respecto de la esclavitud sino tam- bién de las condiciones políticas, y que estaban convencidos de que esas afirmaciones eran ciertas. Luego de haber llegado hasta donde llegaron, no se vería bien, por decirlo en un tono suave, que los editores dijeran ahora que, después de todo, los engañé. Antes de confesar que perpe- traron un fraude deliberado contra sus lectores, los editores estarían dis- puestos a admitir que fueron cándidos bobalicones; pero ni eso pueden hacer con éxito, pues al tildarme de mentiroso se encontrarían a sí mis- mos gritándoles mentirosos a cientos de desinteresados escritores de la práctica privada; escritores a los que no les paga nadie, hombres que han pasado gran parte de su vida en México, muchos a los que The American

Magazine les publicó sus cartas; hombres cuyas cartas tengo en mi poder y que aseveran con sus propias firmas que lo que yo he escrito sobre la esclavitud, así como también mis anuncios sobre los artículos que des- pués se suprimirían, no fueron exagerados en modo alguno sino que más bien, en muchos casos, se quedaron cortos respecto de toda la verdad. Desde luego que si los editores de The American Magazine se rehusa- ron a encarar estas pruebas y trataron de hacer el papel de periodistas ingenuos, podrán encontrar cartas y artículos de revistas que los apo- yen, pues entre los miles de cartas y comentarios impresos sobre "Mé- xico bárbaro", alrededor de una décima parte contradice mis declara- ciones. Pero hay aquí un hecho a tener en cuenta: que en cada caso en el cual he seguido la pista del autor de tales objeciones hasta llegar a sus antecedentes, he descubierto que, de una u otra manera, estaba intere- sado en los privilegios especiales o en las retribuciones otorgadas por el gobierno mexicano.

Por lo tanto, apenas si compete a The American Magazine asumir tal postura, pues al hacerlo se colocaría públicamente en el grupo de los subsidiados.

La influencia sobre el periodismo

De modo que por eliminación hemos llegado al tema de si mis artícu- los fueron o no suprimidos a causa del hábil manejo de "la influencia ejercida sobre el periodismo". No voy a declarar que ése haya sido el caso. Dejaré al lector llegar a sus propias conclusiones. Tal vez ya se ha- ya visto forzado a concluir que fue por el hábil manejo de "la influen-

cia ejercida sobre el periodismo", o bien por ninguna razón en abso- luto; sin embargo, las revistas no tienen por costumbre cortar de repen- te una serie de artículos sumamente exitosos sin razón alguna.

Decir entonces que mis artículos, hasta donde se publicaron, tuvie- ron un éxito enorme, es decir poco. Que produjeron miles de dólares para los editores, lo indican sus declaraciones sobre la circulación. A pesar de que en el mes en que comenzaron los artículos el precio de la revista subió de diez a quince centavos por número, y de un dólar a un dólar y medio al año, cada mes se afirmó que la circulación iba en au- mento, incluso un mes se dijo que en los dos meses anteriores la cir- culación había subido en total a 25 mil ejemplares. No hay duda de que esta alza se debió a mis artículos. Así lo consideraron los editores y así me lo dijeron. "Ha sido un gran éxito para nosotros", afirman en una carta recibida justo en el momento de escribir estas líneas.

Cuánto de este éxito se debió a los lectores del Appeal to Reason, no lo sé. Es probable que mucho. Como sugerí antes, si a The American Maga-

zine se le permitirá o no llevarse el éxito final, con base en promesas fal-

sas a sus lectores, dependerá de la acción que esos lectores emprendan sobre el asunto.

Ahora, si bien me resisto a hacer acusaciones sobre el hábil manejo de "la influencia sobre el periodismo" ejercida en The American Mag-

azine por el gobierno mexicano o sus aliados, deseo expresar unos cuan-

tos hechos más que conducen a poner en evidencia el repentino y sor- prendente cambio de postura de los editores.

Mi relación con los editores de The American Magazine comenzó ha- ce unos dos años, cuando les entregué dos artículos que trataban so- bre lo que me parecía ser una conspiración entre nuestro gobierno y el de México para la represión de la libertad política de los mexicanos. Los editores me animaron mucho respecto de estos dos artículos, su- giriendo que, si bien les interesaba manejar el tema, sería más acepta- ble incluir antes otros artículos que trataran de relatos personales de opresión en suelo mexicano.

Fue con este estímulo que hice mi primer viaje a México, en el que, bajo el disfraz de comprador de tierras, visité Yucatán y el Valle Na- cional, así como otros muchos lugares del país; recabé al principio muchos datos relativos a la esclavitud y la opresión; atestigüé con mis propios ojos [las condiciones del * las cárceles, la hambruna, la degra- * Entre corchetes señalamos palabras que no vienen en el original y que nos pareció útil añadir en la traducción [T.].

dación, la espantosa miseria; aprendí de muchas fuentes los detalles sobre el dinero malhabido y la brutalidad en la política.

Con esta información regresé a Estados Unidos, y resultó que los dos artículos se convirtieron en siete. Tres de ellos eran sobre Yucatán y el Valle Nacional; los otros cuatro trataban principalmente de las condi- ciones políticas. Los artículos sobre la esclavitud fueron aceptados jun- to con los otros, pero los editores vieron los artículos sobre la esclavi- tud como meras introducciones a un relato de despotismo brutal, sin paralelo en los tiempos modernos. En ese momento fue tal el interés de los editores en los secretos políticos de México que insistieron en que yo viajara a la tierra de Díaz por segunda vez; allí recopilaría [in- formación sobre] temas adicionales de modo que pudieran publicar una descripción completa de la corrupción del gobierno mexicano y de su venta de la tierra y de la gente a los capitalistas extranjeros.

De acuerdo con ello, realicé el segundo viaje, investigué los temas que quería, y los siete artículos se convirtieron en doce. La serie completase entregó a los editores, quienes hicieron comentarios favorables sobre ella, y realizaron los preparativos para publicarla. No sé cuáles artículos se mecanografiaron, pero los editores me informaron que al menos seis de ellos se habían revisado por última vez y estaban listos para la publi- cación, mientras que las pruebas de los tres artículos de la segunda en- trega me llegarían pronto.

Sin embargo las pruebas nunca llegaron. Mis tres artículos sobre los esclavos se publicaron, pero ni uno más. En enero se publicó el artículo más o menos nebuloso, escrito por los editores, intitulado "Moving pic- tures of Mexico in ferment"; en febrero el artículo del señor Whitaker; en marzo un relato sin firma sobre el peonaje, y en abril una entrega aún más delgada, que consistía en selecciones de un libro.

Si los artículos que siguieron a los míos hubieran ahondado en el tema, estas líneas no se habrían escrito nunca. Si los editores hubieran mostrado alguna inclinación a cumplir sus promesas por medio de otro escritor, estas líneas no se habrían escrito nunca. Pero a quien ha segui- do "México bárbaro" desde un principio le parece inevitable la conclu- sión de que los últimos artículos se escribieron sobre todo como un "fre- no" para el público, una disminución gradual de la serie, un intento de mantener al voraz lector a raya mientras se le van entregando dosis ca- da vez menos fuertes, de modo que su interés se desvanezca rápidamen- te y permita a los editores parar, sin problemas, el tratamiento del tema lo más pronto posible. Combinado con este propósito, como sugerí an- tes y como mostraré con mayor claridad un poco más adelante, está el

más reprensible de intentar excusar al presidente Díaz y a su gobier- no por su intervención en la esclavitud del pueblo mexicano.

El repentino cambio de postura de los editores de The American Ma-

gazine parece haber ocurrido en algún momento en noviembre, después

de que mi tercer artículo ya había sido enviado a la imprenta. Hasta en- tonces nada me hacía dudar de que tenían la intención de continuar con la campaña, tal como había sido planeada en un principio. Com- praron el artículo del señor Whitaker, pero una carta en la que se me decía que éste se publicaría en enero, también prometía: "Luego, en febrero, continuaremos con sus otros artículos". El cambio debe haber- se producido por entonces, pues después de diciembre se dejaron en- trever tan pocas referencias como fue posible, a mí y a mis artículos, en las columnas de la revista.

Mi creencia de que los últimos artículos que la revista editó bajo mi título se publicaron meramente como un "freno" se confirma con el hecho de que, a excepción del artículo del señor Whitaker, la decisión sobre cada uno se tomó a última hora. Los editores querían dejar de la- do la serie, pero la demanda del público para que The American Maga-

zine cumpliera sus promesas era tan fuerte que no se atrevieron. Des-

pués de confesar que no tenían pensado imprimir ningún otro tema mío, los editores me escribieron diciendo que no sabían lo que publi- carían en la edición de marzo. Más tarde me hicieron creer que no ten- drían nada en la edición de abril. Sin embargo, a última hora decidieron citar fragmentos de un libro sobre Yucatán y al momento de escribir es- tas líneas me informan que no tienen ningún plan para la edición de mayo, aunque todavía piensan terminar la serie con un artículo que exonerará al presidente Díaz.

Y esto me lleva al relato de cómo los editores de TheAmeri can Mag-

azine, después de preparar un artículo mío que prueba que Díaz, más

que ningún otro individuo o grupo de individuos, es responsable de la persistencia de la esclavitud en México, cambiaron radicalmente de opinión y compraron y prepararon otro artículo que no sólo absuelve al presidente de México de toda culpa por acrecentar la carga sobre su pueblo, sino que incluso alaba sin límites al tirano mexicano.

Que ese elogioso artículo no haya aparecido en las páginas de The

American Magazine no es culpa de los editores, sino del autor, quien,

considerando que el cheque que le enviaron era demasiado peque- ño, con gran prontitud encontró otro mercado más remunerativo y devolvió el cheque, privando así a TheAmeri can Magazine del derecho a utilizar su texto.

Para proteger al capitalismo estadounidense

El autor de esa pieza laudatoria sobre Díaz es Herman Whitaker y si usted desea conocer exactamente el carácter del mismo, pase de estas líneas a la edición de mayo del Sunset Magazine, donde encontrará el artículo, a menos que los editores hayan cambiado sus planes de publi- carlo ese mes.

El título del artículo en cuestión es muy sugerente: "Díaz, el amo de México". No estoy conjeturando cuando digo que los editores de The

American Magazine lo compraron, lo pagaron y lo prepararon para im-

primirlo. Como prueba tengo la palabra del propio autor, que me lle- gó por dos caminos: uno fue el Daily Tribune de Oakland, California, el pueblo de Whitaker, y el otro un conocido de ambos. La prueba final de la intención que tenían los editores de The American Magazine de pu- blicar el artículo que creyeron haber comprado es el anuncio sobre el mismo que me enviaron inadvertidamente a mí y que ahora está en mis manos.

Sunset estaba dispuesto a pagar $300* por "Díaz, el amo de México",

mientras que TheAmeri can creía que lo había comprado en $150. Luego,

Sunset publica el artículo y The American no lo hace. Así pues, la discul-

pa de esta revista ante Díaz se pospone, pero todavía ha de venir, esto es, si los planes de los editores, tal como se aprecian en sus cartas diri- gidas a mí, no cambian.

Entretanto, encontramos a sus editores preparando el camino pa- ra la exoneración, preparando a sus lectores para dejarse convencer por medio de un coro de himnos triunfales que habrán de venir más adelante. Ustedes encontrarán pruebas de ello en el artículo del señor Whitaker, en el que se insinúa en varias partes y de varias maneras que el gobierno mexicano no es responsable.

Después, en el artículo de marzo, página 637, encontramos: "El ver- dadero problema allá no es el gobierno, sino la vasta diferencia entre la clase gobernante, los castellanos y la clase gobernada", etcétera.

Un gran cambio respecto de los anuncios de septiembre, octubre y noviembre, ¿no?

En los casos anteriores, la responsabilidad podría adjudicarse a los

* Al mencionar cantidades de dinero en sus artículos, sólo en ocasiones Turner especifica si se trata de dólares o pesos. Otras veces se limita a mencionar la cifra. Para evitar errores involuntarios hemos decidido copiar lo señalado por Turner sin hacer conversiones [T.].

escritores en lugar de a la revista. No se engañen. Si los editores no hu- bieran deseado en forma especial transmitir precisamente las impre- siones difundidas, habrían empleado el lápiz azul. En realidad nunca dudaron en mutilar mis afirmaciones cuando convenía a sus propósi- tos. Vaya, una vez, siñ ninguna autoridad en absoluto, llegaron al gra- do de publicar una larga nota bibliográfica con mis iniciales, aunque yo jamás había escrito ni una línea de la nota, ni la había visto y ni si- quiera hubiera estado de acuerdo con las afirmaciones incluidas allí. Éstas son mis pruebas. Saquen sus propias conclusiones. El hábil manejo de "la influencia ejercida sobre el periodismo" parecería estar bajo fuerte sospecha. Si en este caso tal manejo debe entenderse co- mo dinero en efectivo repartido tras puertas cerradas y custodiadas o, simplemente, como esa división del Gran Comercio que está asociada con el gobierno mexicano en su despiadada explotación de la tierra y del pueblo, ustedes tendrán que juzgarlo por sí mismos.

El eminente club

Si es que el soborno indirecto es menos reprensible que el directo, en- tonces, por supuesto, será más caritativo asumir que la transacción se efectuó a través del eminente club del Gran Comercio, la influencia de éste ejercida sobre los anunciantes de The American Magazine, que a su vez ejercieron influencia sobre los editores. Ellos mismos han di- fundido con diligencia la información de que "fuertes influencias" los presionaron y causaron la descontinuación de mis artículos. Un muy notable ciudadano de Los Ángeles, California, me comunicó que hasta a él le confirmaron de manera categórica que se había ejercido "pre- sión sobre ellos". Poco sospecharon que en algún momento la eviden- cia de que habían cedido a la presión saldría a la luz pública. Es evi- dente que se sentían seguros. En aquel entonces, no se imaginaron que se les descubriría y se les expondría a las consecuencias.

Los lectores del Appeal to Reason que, optando por el punto de vista generoso, asumen que la presión no fue otra cosa que el Club del Gran Comercio, indudablemente encontrarán en todo este relato una lección en periodismo de [...]; la moraleja consiste en que la publica- ción, alimentada en su mayor parte por sus anunciantes, se hincará an- te éstos cuando los intereses de los mismos entren en conflicto con los de los suscriptores, lo que siempre significa las masas. Por lo tanto, es válido sostener que sólo se puede depender de una publicación como el Appeal to Reason, que rehúsa aceptar anuncios, porque nunca se ha

sabido que haya traicionado a sus lectores entregándolos en las manos de su enemigo, el Gran Comercio.

Debe admitirse que esta conclusión nace en forma por demás con- vincente del hecho de que el Appeal to Reason está listo y dispuesto a pu- blicar la información que se suprimió en el verdadero "México bárbaro". El Appeal to Reason fue la primera publicación que llamó la atención sobre las atrocidades de México; fue lo suficientemente valiente como para comenzar la campaña y es la única publicación que conozco con amplia circulación como para continuar con el relato hasta su lógico fin. Porque "México bárbaro" tiene un fin, un propósito; los ha tenido siempre. Muchas personas con sentido de la justicia, al leer mis relatos sobre la esclavitud mexicana, han preguntando: "¿Qué importancia tiene esto? ¿Qué podemos hacer para detenerlo? ¿Cuál es el propósito de relatar estos hechos terribles? ¿No hay acaso en nuestro país asun- tos que requieran primero nuestra atención?"

Estas preguntas tienen razón de ser. Exigen una respuesta y aquí las contestaré tan bien como pueda, en pocas palabras. La respuesta es que la historia de México nos conduce a la historia de nuestro lado del río Bravo; que la esclavitud y la represión política de México no podrían mantenerse, no, ni por un solo mes, si no estuvieran apoyadas por fuer- zas muy tangibles y bien definidas, que han de encontrarse en nuestro país; que la falta de libertad del pueblo de México implica, de muchas maneras, una amenaza a esas libertades tal como las posee el pueblo de Estados Unidos. Así, todos los estadounidenses, con excepción de los predilectos del Gran Comercio, los socios estadounidenses de Díaz, es- tán interesados personalmente en las revelaciones que han de seguir. Esta respuesta en detalle la pensaba publicar TheAmerican Magazine, pero por alguna razón cambió de opinión. El Appeal to Reason ha pro- metido publicarla. En sus páginas llegaré hasta el fondo de la barbarie de Díaz y de la conspiración estadounidense que la apoya. Para el Appeal

to Reason expondré en toda su desnudez la amenaza que acecha al pue-

blo estadounidense involucrado en la barbarie y en la conspiración, y señalaré el remedio, si bien no el final.