3. State of the Art
3.2. Blockchain-Based Collaborative Business Processes: Implementa-
Así pues el niño proyecta al exterior lo que corresponde a su fondo. Al no vivirlo directamente en el fondo, pero al haber la necesidad de ello, lo proyecta al exterior y entonces es cuando está exigiendo que su madre le dé felicidad, le dé seguridad, le dé certeza en cuanto a las ideas, en cuanto a la información.
Entonces el niño, todo él, está esperando que el exterior le dé esa plenitud, esa seguridad y esa certeza. Fijaos que él se ha desconectado del fondo para asegurarse el afecto y la aceptación del exterior, pero, entonces ¿qué pasa cuando el exterior, por lo que sea, en un momento dado no le da felicidad, no le da afecto, no le da seguridad, no le da certeza? El niño se ha desconectado de su fondo de donde podría surgir la respuesta natural, óptima, a cada situación, y está viviendo en su centro artificial; pero el exterior le niega el afecto, la felicidad, la seguridad. Entonces el niño se encuentra sin soporte central y sin soporte exterior y por unos momentos se encuentra totalmente aislado, desconectado, en una soledad total; es el estado de angustia fundamental, y esta angustia es triple, porque todo está funcionando en cada nivel; hay la angustia mental de que él creía que actuando de un modo tenía seguro "si yo soy bueno me querrán". Pero a veces él cree ser bueno y las cosas no funcionan bien, entonces el niño tiene como una
inseguridad total en el aspecto mental, "no sabe", aquello que le parecía claro, aquella información que tenía, que se había formado, falla y aparece una angustia en el aspecto mental. Es lo que luego se vivirá como angustia de identidad; "¿quien soy yo?, o ¿qué he de ser yo?". Ésta es la base de la angustia de identidad.
En el aspecto afectivo el niño se siente que no recibe afecto y el niño pequeño necesita el afecto como necesita el aire y necesita los alimentos. Entonces vive una angustia de abandono, de soledad afectiva. Fijaos que esto se produce aunque sea por unos momentos que le falle el exterior, porque esta necesidad afectiva la tiene permanentemente y cuando en un momento determinado el exterior no se la da, es suficiente para provocar la aparición de la angustia. Por tanto aquí tenemos la segunda vertiente de la triple angustia, esto es, la angustia de abandono, de soledad, de frustración afectiva.
La tercera vertiente se manifiesta en el aspecto de energía. El niño, ante esta situación de inseguridad y de abandono se ve incapaz de poder hacer nada, se siente impotente. Es la angustia de impotencia. Siempre se halla presente esa triple angustia; lo que sucede es que en unos casos se manifestará más en un aspecto que en otro, pero siempre se hallan los tres aspectos; la angustia de identidad, la angustia afectiva, de abandono, y la angustia de impotencia o de capacidad de hacer para solucionar las cosas.
El niño en esos momentos de angustia tiene un llanto desgarrador. Muchas veces los mayores no están atentos, porque están tan acostumbrados a que el niño llore por tantas cosas que no distinguen un llanto de otro y este llanto es desgarrador, no porque el niño grite mucho, sino porque está surgiendo de una desesperación. Y muchas veces, por desgracia, la madre, o el educador en general, utilizan deliberadamente esta angustia para forzar una obediencia: "no te quiero", "si no haces esto no te quiero", "ya te puedes ir" y cosas así. ¿Por qué?, porque para la madre sigue siendo más importante el modo de actuar que el ser profundo del niño. Y ¿por qué para la madre eso es más importante? Porque ella se vive a sí misma, también, de esa manera; ella lo que quiere es ser buena madre, y buena madre es que el niño coma y que el niño se comporte bien y que sea limpio, y ese modo de ser sigue siendo lo más importante. Y como ella lo vive así, lo transmite así, lo traslada así, lo contamina así. Y estamos recibiendo, por inducción, todos los problemas básicos que se van sucediendo de generación en generación.
¿Qué hace el niño frente a esta situación de angustia?, -no olvidemos que se trata de un niño muy pequeño-, pues el niño hace lo que puede para salir de esta angustia, lo que está a su alcance. Entonces el niño busca una solución para huir de ese estado inaguantable de angustia. Una solución que también aquí se puede ver por sectores; en el aspecto de identidad el niño puede buscar la solución que consiste en decir: "sí, es que no me quieren porque en el fondo yo no soy suficientemente bueno; en la medida que yo me obligue realmente a ser totalmente bueno no tendrán más remedio que quererme o que valorarme". Es decir que puede crear un supermodelo, que es la obligación de ser siempre totalmente bueno. Entonces esta idea le atenúa la angustia porque le abre una esperanza y por ello se adhiere a esa consigna que se convertirá en un modelo para el futuro; llegar a ser totalmente, absolutamente bueno.
Y ahí tenemos las personas que luego están viviendo toda la vida bajo la obligación interior de ser siempre totalmente buenas. Y, como que ser bueno es algo que está apoyado por el modelo social y por el modelo religioso y por todos los modelos, pues
parece que uno está en orden con todo. Pero la verdad es que la mayor parte de personas que juegan a ser buenas, juegan a ser buenas simplemente porque están obedeciendo a esta consigna; la necesidad imperiosa de sentirse buenas, porque si no, surge de nuevo la angustia. A eso se le llama una necesidad compulsiva; la persona se siente obligada compulsivamente a ser buena porque si no vuelve a surgir la angustia. No olvidéis que la decisión de ser bueno era para huir de la angustia de identidad, por lo tanto, en la medida que yo no soy bueno vuelve a surgir la angustia que está ahí siempre, debajo de mi deseo de ser bueno.
Por eso, cuando la persona que está jugando a esto falla, se equivoca, no está a la altura de las circunstancias, le viene la angustia en forma de remordimiento, de culpabilidad. Es importantísimo entender cada punto de lo que voy explicando porque es el armazón de nuestro modo de funcionar y no podemos entendernos realmente a nosotros mismos ni a los demás si no aprendemos a descubrir todo esto en nosotros.
Este modelo de ser bueno, luego, se puede manifestar en apuntarse a un curso de realización, por ejemplo, o a todo aquelio que de algún modo venga con la aureola de ser mejor y puede no ser nada más que un mecanismo para huir de la angustia interior que se nota luego en el trabajo.
Puede ser que, en lugar de con este modelo de "voy a ser superbueno", el niño reaccione de otra manera, que reaccione al revés, que reaccione diciendo; "yo he sido bueno y no me han comprendido, me han fallado, no hay derecho, yo protesto", y el niño, entonces, siente rebeldía frente a esta situación de rechazo y, curiosamente, en la medida que él siente rebeldía es como si se atenuara su angustia.
Así que al vivir la protesta o al vivir el rechazo se siente más afirmado, más él mismo y la angustia tiende a disminuir. O sea que ése es un modo de sentirse fuerte, de sentirse afirmado, y eso va a crear todo un estilo de comportamiento: toda la vida se la pasará con el estilo de ir a la contra, de la situación, de la autoridad, del exterior; es lo que se llama una personalidad reactiva, que en la medida en que se opone se afirma y en la medida en que no se opone, que cede, surge de nuevo la angustia.
Aquí también está la necesidad compulsiva en este caso de oponerse, de reaccionar en contra.
Y claro, esto crea muchos problemas, todo crea sus problemas. Lo primero, que he dicho también crea sus problemas, exactamente y tan numerosos como los pueda crear éste, sólo que éstos son más aparatosos porque, por un lado, la persona necesita oponerse, pero para algo tiene que ponerse de acuerdo, por ejemplo, para casarse y tener hijos. Y entonces por un lado quiere aceptar pero en cuanto lo hace, enseguida surge dentro de él una insatisfacción, un miedo y una angustia, que están en su interior, y entonces necesita luchar, oponerse ante aquél mismo con quien está buscando compenetrarse. Eso crea una actitud completamente contradictoria respecto a la misma persona; se la quiere y se la rechaza, creando esta actitud muchos dramas.
Pero puede ser también que ante la angustia de identidad se reaccione de otra manera que no es ni ser bueno ni ser malo, sino que es cerrarse al exterior, huir del exterior, renunciar a la aceptación del exterior.
El razonamiento, que el niño no se llega a formular explícitamente, pero que para entenderlo, sería: "no se puede confiar en el exterior, siempre falla; yo me retiro". Entonces este niño se inhibe interiormente, se aisla, ya no trata de conseguir aceptación, afecto, sino que se desconecta, aunque exteriormente parezca que va haciéndolo todo; pero le falta el contacto, le falta la ilusión y entonces se encierra, a veces en imaginaciones o en estudios, o en una productividad u otra, incapaz de una entrega, incapaz de asumir la vida.
Estos son los tres tipos principales de modelos para huir de la angustia. Repito, esto es para huir de la angustia, lo cual quiere decir que en la medida que no vivo esto, reaparece la angustia que en todo momento ha estado dentro, y eso es importantísimo entenderlo porque en el trabajo de autodescubrimiento es inevitable que surja esa angustia que está dentro y, si uno no comprende que es natural que esté ahí, al sentir la angustia huirá y dejará de hacer el trabajo. Y ése es el gran drama de tantas personas que, sea a través hoy día de grupos de encuentro o de gestalt o de bioenergética, o del tipo que sean, o a través de una linea devocional religiosa, o a través del yoga o de otras formas de espiritualidad, llegan a un momento en el trabajo que, de repente, se encuentran muy mal; un malestar, una angustia y problemas, incluso, de salud, y entonces dicen; "nada, esto no me va bien" y tienen que abandonar diciendo: "probaremos otra cosa a ver si me sienta mejor" y aquello lo prueban hasta que, si lo hacen con sinceridad -porque muchas veces es un puro entretenimiento-, llega un momento que se vuelve a presentar lo mismo y dicen; "toma, eso tampoco me va, me perjudica", y así se pasan la vida yendo de grupo en grupo, de forma en forma, buscando lo que les vaya bien y huyendo de hecho de pasar esa barrera de angustia interior. Y esa barrera es inevitable pasarla, sea cual sea el camino que uno siga, si es realmente camino, porque está ahí y, mientras yo siga compulsivamente el modelo de ser bueno, el modelo de ir en contra, el modelo de huir, me parecerá que voy adquiriendo cosas, que voy creciendo, pero de hecho estoy dejando la angustia entera allí y no estoy para nada ahondando, descubriendo, acercándome a mi verdadera autenticidad.
Esto hay que verlo claro, porque hoy en día esto es una cosa que se ve. Ya se veía antes, pero como que antes funcionaba sólo a través del psicoanálisis, ya era sabido el síntoma del que no le caia bien el psicoanalista, que llegaba un momento que tenía una pelea con él y que no lo aguantaba más y se iba, justo cuando en aquel momento empezaba a hacerse un trabajo en profundidad, pero venía esa reacción de huida, de oposición, ante lo desagradable. Actualmente es lo mismo, pero como hay más posibilidades, aún es más fácil decir: "no, esto no me va; ahora probaré el zen". Y se prueban sistemas hasta que llega un momento en que vuelve a surgir la angustia y en definitiva no se hace nada y se vive de ilusiones y frases bonitas y de momentos emocionales que parece que son mucho y no son nada, porque son hojarasca y no dejan nada realmente desarrollado.
Hasta ahora he estado hablando de estilos de huida de la angustia en el aspecto de identidad. ¿Qué sucede en el aspecto afectivo, la angustia propiamente afectiva, la angustia de abandono, de soledad? Ahí es donde muchos se reconocen más, porque ahí es donde suele doler más a todo el mundo.
Hay varias soluciones también, que dependen del modelo que se haya adoptado tras sufrir la angustia de identidad. Lo que suele ser más habitual es la reacción de decir: "yo voy a conseguir como sea el que me quieran", y de ahí viene el empezar una auténtica batalla para asegurarse que haya alguien que nos quiera. Entonces se desarrollan las artes de seducir, seducir al otro. Estoy hablando de los tres años o cuatro años, y luego siguen toda la vida, para conseguir que la otra persona nos quiera. Aparece la necesidad de tener un oso, tener una muñeca, tener algo con lo que ir a todas partes, dormir con eso. Es el símbolo de lo que me quiere; que me quiere de verdad y no me falla.
Así que surge la necesidad, la exigencia, de conseguir que alguien nos quiera, y entonces buscamos amigos, pero unos amigos que sean muy peculiares, que sean como una especie de amigos juramentados, con quienes hay un compromiso de fidelidad y a quienes uno cuenta cosas que no contaría a nadie más. Son una válvula de seguridad por la cual nos aseguramos un mínimo de comprensión y de afecto. Esto es lo que, luego, se vivirá como simulacro del amor, lo que se confundirá con el amor. Yo quiero mucho a la gente, quiero mucho, pero realmente ¿qué es lo que quiero, a la gente, o lo que quiero es que me quieran? ¿Quiero a las personas por ellas mismas o las quiero en la medida que me quieren? ¿Las quiero a ellas o quiero su amor? La experiencia me dice que, en la medida que esa persona que me quiere, me falla; todo aquel amor se convierte en resentimiento, en protesta o en odio, lo cual quiere decir que yo no quería a la persona, que lo que estaba queriendo era su afecto, que era la necesidad de asegurarme el afecto, la necesidad compulsiva. Y cuando aquella persona me falla hace resurgir de nuevo mi angustia de abandono.
Y eso es lo que luego se confunde con el amor a las personas. Y eso no es el amor, es el amor infantil, es el amor egocentrado, es el amor que está centrado en mí: "yo quiero aquello que me hace sentir bien a mí". No quiero aquello por ello mismo, lo que quiero es lo que aquello me da. Me quiero a mí a través de aquello. Y por eso, cuando aquello me falla yo me siento desamparado. Y eso es lo que produce el dolor del alejamiento de personas queridas o la muerte de personas queridas. Lo que sucede es que todo ello es tan normal que se llama amor.
El amor real consiste en querer el bien del otro; no en querer que el otro me esté dando mi bien. Que haya una demanda de reciprocidad es natural, es dar y recibir y es compartir, pero en la mayor parte de casos no es así, sino que lo que hay es una auténtica exigencia de que el otro me esté dando; me esté dando afecto, me esté dando aceptación, me esté dando seguridad afectiva, me esté dando lo que sea. Y cuando esa persona deja de darme porque se va, siento un vacío y siento una carencia de lo que recibía a través de su presencia, y eso es por lo que lloro, no lloro por el otro, lloro por mí. Si realmente me interesara el otro estaría preocupado por el otro, pero lloro porque me siento vacío sin su presencia. Si me preocupara por la persona seguiría amándola, si creyera en una supervivencia me alegraría pensando que ha ido al cielo o "a mejor vida" como se dice. Pero no, es casi una obligación llorar, es una especie de certificado social. Yo amo a una persona y la medida en que la amo es la medida en que la lloro cuando la pierdo; hay todo un tinglado social montado sobre eso.
El exigir que el otro me quiera es realmente tal como se suele vivir el amor. Es un amor posesivo: yo necesito que aquella persona me quiera y esa persona es mía, su amor me pertenece a mí, lo exijo yo. Este sentido de posesión, de exclusividad, está
cumpliendo la función de taponar mi angustia de abandono; por ello si la persona a quien quiero llega a abandonarme me siento como una criatura desesperada.
En el aspecto energía la angustia de impotencia genera en mi, la necesidad de afirmarme como persona fuerte y, ¿cómo puedo ser fuerte cuando de hecho estoy viviendo como un desgraciado?; pues sólo hay un modo: imaginativamente, y empiezo a imaginar y empiezo a juzgar. Entonces yo utilizo mi mente y mi imaginación como una herramienta para vivirme como una persona fuerte para huir de mi angustia de sentirme impotente y entonces sueño que un día llegaré a ser muy valioso, muy fuerte, muy poderoso, o sueño con unas venganzas terribles. En cualquier caso.., sueño siempre, de un modo u otro, con llegar a ser una persona fuerte, utilizando la mente para juzgar al otro y condenarlo, para minimizarlo: "el otro ¿qué se ha creído?, si no vale nada, si es un desgraciado".
En la medida que en la mente yo estoy negando el valor del otro me estoy afirmando implícitamente a mí, que me sitúo por encima, al juzgarlo y condenarlo. Se emplea el pensar como herramienta de poder. Y de ahí viene la necesidad de estar pensando y juzgando constantemente. Si os observáis un poco veréis que, cuanto peor os sintáis, más necesidad tenéis de juzgar y condenar a todos los que se refieren a vuestra circunstancia. En cambio, cuanto más felices sois, menos necesidad de juzgar y mucho menos de condenar. La mente está haciendo esta función simbólica de poder, de afirmarse como ser poderoso, superior. Y esto hace que yo esté manteniendo constantemente una actitud de juicio. Constantemente estoy evaluando a las personas y las estoy juzgando porque eso mantiene en mí una sensación de ser yo más coherente, más fuerte y más independiente en relación con los otros. Y por eso vemos la facilidad con que todo el mundo está juzgando a todo el mundo. Si se escucha un poco objetivamente, da risa y da pena a la vez. Sin conocer realmente al otro, todo el mundo, alegremente, está echando su papeleta, votando a favor o en contra, juzgando o atribuyéndole una u otra cosa.
Con todo esto tenemos un armazón de cómo se construye nuestro estilo habitual de vida. Esta explicación es para que uno la mire en sí mismo, es para que uno la descubra en sí mismo; no es una lección de psicología dinámica para archivarla en la mente, sino