Quiero referirme hoy a algunas cuestiones difíciles de moral socialista. La diferencia esencial entre la vieja moral y la moral socialista puede expresarse con las siguientes breves palabras: los elementos básicos de la vieja moral fueron la humildad, la sumisión al destino, la esperanza en una justicia superior, la inordinación de los hombres en la jerarquía social. Otros son los conceptos esenciales de la moral socialista: la solidaridad, la resistencia, la duda sobre todo lo recibido, la confianza en uno mismo, la resolución de alterar las circunstancias. Palabras, naturalmente, demasiado sonoras cuando se las compara con la realidad. Por eso, antes de empezar con el tema, deseo leerles unas cuantas preguntas más que me han llegado.
Ya en la última sesión presté atención a la idea de que la moral tiene como tarea, según sostenían varios oyentes, el regular y limitar los instintos naturales del hombre. Un oyente escribe que hay aún un instinto biológico al que ni siquiera me he referido, a saber, el instinto de imponerse, que según él se muestra de los siguientes modos:
“Voluntad de poder, orgullo, voluntad de gloria, competición, deportes, vanidad; dice Wilhelm Busch: «Nada es tan característico del hombre ni tan adecuado a él como el poder llevar condecoraciones y bandas».”
Sigue diciendo el mismo oyente:
“Querría justificar mi opinión de que el instinto está determinado biológicamente presentando los siguientes ejemplos, que seguramente no pueden explicarse del todo por instintos biológicos distintos del de imponerse y ser reconocido:
1.Los niños pequeños se pelean y se pegan para demostrar cuál es el más fuerte, y se gritan los unos a los otros para mostrar cuál es el que más fuertemente puede gritar.
2.Los niños pequeños se quitan unos a otros los juguetes, aunque los tengan iguales.
3.La jerarquía entre pollos y gallos.
4.Las luchas por el poder entre animales que no tienen enemigos naturales —por ejemplo, los elefantes— y en los cuales, por tanto, no se da la necesidad de que el más fuerte dirija la manada.” Esta cuestión nos lleva a otra, una pregunta en la que leo:
“En su lección número 9 aludió usted a un fenómeno al que llamó bonapartismo. ¿Cree usted que esa época no es posible más que una vez tras cada revolución, o piensa que análogos períodos podrían repetirse más de una vez luego de una determinada revolución? En especial, ¿considera usted posible en principio otros estalinismos más? En caso afirmativo, ¿existe alguna posibilidad de impedirlo?”.
Otro oyente pregunta:
“1. Opera usted a menudo con las palabras bueno y malo, especialmente referidas a hombres. ¿Cuál es el criterio con el cual mide usted lo bueno y lo malo?
2.¿Cómo pueden explicarse en la DDR, que se encuentra en el camino del socialismo, los siguientes fenómenos? ¿Hay que ver su causa en la especial situación de división de Alemania? ¿Son consecuencias del dogmatismo y del culto a la personalidad? ¿Son necesidades que surgen en el camino hacia el comunismo? ¿Son responsables de ello los políticos?
a)Limitaciones del derecho a viajar, emigrar, y de la información;
b) represión de los chistes políticos, especialmente de los dirigidos contra miembros del gobierno;
d)perjuicios en la carrera por no haber participado en la iniciación juvenil;
e)discriminación contra los que no ejercen el derecho de voto;
f)perjuicios que dañan a los que no pertenecen a las clases obrera y campesina, por ejemplo al matricularse en la universidad, al pedir becas, al matricularse en la segunda enseñanza preuniversitaria.”
Y otra pregunta para terminar: el oyente piensa que el comunismo es algo que no puede alcanzarse, que la plena realización de un comunismo ideal absoluto es una utopía. Pero, además que “si se alcanzara, con eso se terminaría la evolución. Si todos los hombres tuvieran las mismas opiniones acerca de la moral buena y la moral mala, entonces no habría discusiones ni ulterior desarrollo. La cosa sería pues al mismo tiempo deseable y aburrida. Sería felicidad y desgracia. ¿No es esto una supresión de la dialéctica? ¿Realmente es inevitable ese final de la evolución? ¿Qué viene después del comunismo?”.
¿Es el comunismo una utopía? Si se entiende por comunismo la solución absoluta y definitiva de todas las contradicciones sociales, entonces se trata efectivamente de una utopía. Pues en ese caso es una mera idea que acaso podamos —y difícilmente— imaginar, un estadio ideal fantástico de la sociedad humana en una lejana realidad. Pensado de ese modo absoluto, el comunismo sería el objetivo final y nunca alcanzable de la evolución cultural humana. Pero, al mismo tiempo, el comunismo es también una época, cuyo comienzo estamos viviendo todos. Será una larga época, con muchos estadios y muchas diversas formaciones. Del mismo modo que la pasada época de las sociedades de explotación humana ha atravesado diversas formaciones y fases, así también el comunismo experimentará una constante transformación y evolución. La naturaleza unitaria de toda esa época del comunismo consistirá simplemente en que en ella habrán sido superadas las contradicciones básicas de la época de la explotación del hombre, esto es, todas las contradicciones que se basan en la explotación de hombres por hombres. Pero la sociedad moral perfecta que es objetivo sólo ideal de la evolución no se realizará nunca. Siempre nos iremos acercando a ella, paso a paso, y con pasos pequeños y grandes, y con grandes y apasionadas luchas, también en el futuro. Cosa parecida puede decirse del comunismo primitivo. Visto científicamente se trata de una ficción. No de una utopía. Y no ha existido en absoluta pureza más que para transformarse en seguida y superar ese carácter absoluto. Para que pudiera destacarse un cabecilla era necesario que por de pronto no existieran más que iguales.
No creo que esa evolución pueda derivarse de un instinto “natural” de imponerse y ser reconocido. Creo que ese instinto, en la forma en que se manifiesta en la sociedad humana, no nace hasta que se desarrolla en la sociedad una jerarquía. En la medida en que se ha consolidado y desarrollado una tal estructura jerárquica, aquel instinto de imponerse se convierte incluso en una necesidad para los individuos. Éstos intentan parecer más de lo que son precisamente porque quieren trepar por la escala social. Desde luego que esta estrecha conexión entre estructura jerárquica e instinto de imponerse aparece también en el período del estalinismo y del bonapartismo en general. Pero si realmente queremos estimar razonablemente esos fenómenos, no debemos contemplarlos en términos generales ni aislándolos de los efectivos procesos históricos. Tenemos que empezar por plantearnos la siguiente cuestión: ¿Cuáles son los rasgos esenciales del desarrollo socialista? El socialismo es una fase de transición. No es siquiera una formación social. Es la transición entre la época de las sociedades de explotación y la época comunista. Es un estadio intermedio, un proceso de transformación incontenible. Por eso su moral se basa en la solidaridad de las masas y de los hombres que se sublevan, en su actividad, en su insumisión y en su insatisfacción. Todas ésas son cualidades que se manifiestan necesariamente en el período de subversión. En esta fase de la gran transición se van creando los presupuestos económicos de la liberación del hombre de su explotación. Si se tiene presente que, por razones históricas que no es cosa de ponernos a estudiar aquí, las revoluciones socialistas se han producido en países atrasados, se comprende que esa creación económica haya supuesto esfuerzos gigantescos. Los hombres tienen que trabajar mucho para recibir muy poco de ese trabajo. Hay, en efecto, que acumular para el futuro. La explotación del hombre por el hombre se
nos transforma así en una especie de autoexplotación de nosotros mismos en beneficio del futuro. Y son, naturalmente, muchos los miembros de la sociedad para los cuales esta conexión no es reconocible. Ellos sólo ven la dureza del trabajo y la pobreza de su vida. Comparan su nivel de vida con el de países capitalistas muy desarrollados y tecnificados. Y así no ven, en general, que en esta época hay que hacerlo todo para conseguir atravesarla del modo más rápido posible. La dinámica socialista aspirará siempre a abreviar esta etapa. Con esfuerzos enormes estamos creando para nuestro futuro, y no para el instante. Los revolucionarios de esta época, la dirección estatal, tienen que ponerse siempre como objetivo el alcanzar esta meta del modo más rápido posible. Pues mientras el nivel de vida no corresponda a la producción global, el pueblo estará descontento, porque se tiene que sentir perjudicado al compararse con otros países industriales. Los dirigentes de un país socialista se encuentran siempre en una situación difícil. Cuanto más rápidamente se esfuerzan para alcanzar el objetivo, tanto menos pueden dejar disponible para el consumo popular. Y cuanto menos dejan disponible para este consumo, tanto mayor es la resistencia contra su política y tanto mayores las dificultades que surgirán. Es realmente una especie de círculo vicioso. Si se desacelera el desarrollo del socialismo acumulando menos y consumiendo más se satisface, sin duda, a mucha gente. Y si se acelera el desarrollo, se produce a la inversa el descontento de esas mismas gentes.
Para superar ese descontento y posibilitar, sin embargo de ello, una construcción rápida del socialismo, hay que intentarlo todo para justificar un entusiasmo masivo. Hay que aplicarse a convencer. Pues no es ninguna lucha fácil ni trivial la que hay que llevar a cabo para que los hombres crean en el socialismo sin poder satisfacer inmediatamente sus intereses materiales. Los intereses materiales del individuo se encuentran en contradicción con los intereses del desarrollo colectivo. Ésta es una de las dificultades principales de la construcción del socialismo. Pero si se tratara de la única, tal vez no tendría toda la virulencia que puede revestir. El hecho es que hay que añadirle además muchas otras, dadas por la evolución histórica. Tenemos a nuestras espaldas la guerra hitleriana, la invasión de la Unión Soviética por el ejército alemán. Hay también en todo el mundo fuerzas muy considerables que obstaculizan la construcción del socialismo. No vale la pena que me ponga aquí a enumerar todas las dificultades que nacen de esos factores. Me limitaré a rogarles que tengan siempre presentes las infinitas contradicciones económicas y políticas que obran en cualquier país que esté construyendo el socialismo. El hecho de que ninguna acumulación pueda conseguirse sin pagar el precio del sacrificio personal de millones de hombres produce el estado de ánimo subjetivo para el cual todo individuo que, por falta de convicción, no está dispuesto a admitir ese sacrificio personal es, sin más, un enemigo del proceso en curso. Así surge una hostilidad contra todo aquel que duda y objeta, contra todo aquel que no está ya a priori dispuesto a admitir los principios políticos del sacrificio que son propios de la construcción del socialismo. El que no interviene apasionadamente en esa construcción acaba por ser sospechoso incluso de estar sometido a la ideología enemiga, o de ser un agente del capitalismo occidental. Todos esos fenómenos son en sustancia ajenos y contrarios a la verdadera esencia del socialismo. Pero es muy difícil que el socialismo supere bien ese peligro. Y si, para agravarlo todo, un hombre como Stalin se sitúa en la cumbre de la autoridad, se convierte en dictador y se considera a sí mismo sabedor de todo y sabio absoluto cuyas palabras deben proclamarse como un texto religioso, y si se constituye una jerarquía complicada, una gran burocracia política capaz de ejercer un control sin lagunas sobre todo individuo, entonces es prácticamente inevitable que los ambiciosos y los hipócritas se procuren ventajas decisivas por el procedimiento de lanzar constantemente grandes palabras —sin creer en ellas— que les hacen gratos a la autoridad. Así se produce muy eficazmente un sistema jerárquico de tenacidad y resistencia extraordinarias. Es difícil superarlo incluso cuando ya se ha conseguido comprender su nocividad, incluso cuando el sistema mismo se encuentra ya resquebrajado en sus cimientos y aumenta el número de los hombres que han comprendido que hay que superarlo. La superación es tan difícil porque en un tal sistema de arribistas e hipócritas muchos hombres, como es natural, no han llegado a ocupar determinados puestos y a ejercer determinadas funciones gracias a sus reales capacidades, sino precisamente a consecuencia de aquellas cualidades repugnantes. Pero a pesar de eso el problema no es fundamentalmente una cuestión de personas. Cierto que en su superación serán
también inevitables sustituciones de personas. Pero eso no es lo primario, sino lo secundario. Lo que hay que cambiar es la situación y las relaciones internas. Pues hay algo necesario, condición de vida o muerte para el socialismo, y, sin embargo, perdido durante el período del estalinismo: ese algo es la democracia. El socialismo es irrealizable sin democracia. Esto lo ha repetido insistentemente Lenin, con toda la energía y claridad deseables. Lenin ha puesto en guardia contra la destrucción de la democracia y ha aludido a las terribles consecuencias que esa destrucción debe tener en el período de construcción del socialismo. Sólo mediante la democracia es posible hacer ver a las masas la necesidad de la lucha y conseguir que se adhieran a ella.
Se pueden dar a los hombres muchas órdenes y preceptos, pero no se les puede prescribir lo que tienen que pensar. El pensamiento humano es lo único que real y plenamente se sustrae a toda orden. Sólo es posible influir en el pensamiento cuando se está dispuesto a someter constantemente a crítica las propias concepciones, cuando se está siempre dispuesto a razonar según la naturaleza de la cosa y a aceptar todo argumento basado en ella. Los presupuestos básicos de todo trabajo político en el socialismo son la mayor paciencia para con los que piensan de otro modo, la disposición a admitir y reconocer los propios errores; pues sin la voluntaria disposición de las masas se puede conseguir muy poca cosa socialista. Los congresos XX y XXII del Partido Comunista de la URSS han sido grandes pasos decisivos en este camino de restablecimiento de la democracia socialista.
En relación con las cuestiones de la moral socialista se presenta la pregunta acerca de las fuentes de la criminalidad en la época del socialismo. Empezaré por considerar la criminalidad común, no la actividad de los enemigos políticos. Como en el período de construcción del socialismo sigue subsistiendo la propiedad privada y, por tanto, la posibilidad de conseguir poder y bienestar mediante ella, sigue existiendo, naturalmente, la conocida criminalidad común, esto es, la tentación de procurarse injustamente la posesión de bienes materiales mediante el robo, el hurto, el homicidio y el asesinato. Esta criminalidad existirá mientras exista la posibilidad de procurarse ventajas gracias a la posesión de bienes materiales. Esa posibilidad es, en efecto, el reverso inevitable de toda desigualdad en la distribución de la riqueza social. En el socialismo rige el principio: a cada cual según su trabajo, entendiendo por trabajo rendimiento. El que rinde mucho recibe mucho, y el que rinde poco recibe poco. Mientras siga en vigor este principio, algunos tendrán mucho y otros tendrán poco. Y no siempre es culpa de los que rinden poco el que su aportación al producto social sea menor que la de otros. Las circunstancias de su desarrollo personal, por las que no tienen evidentemente responsabilidad alguna, son frecuentemente lo único que decide el que no puedan calificarse a un nivel superior. No es, por ejemplo, la pereza la causa de esa situación. Pero incluso cuando un hombre es perezoso, debemos considerar su pereza como un hecho social, y no sólo como un rasgo individual. Todos tenemos que reconocernos coresponsables de los fenómenos sociales. Mientras no esté resuelto ese problema social, habrá individuos que intentarán, por así decirlo, liberarse por vía privada apropiándose directamente la propiedad popular. Y mientras ese sea el caso habrá también que hacer algo para impedirlo. Tendrá que haber tribunales que se ocupen de esos hechos.
Cuando estaba en presidio durante el período nazi conocí una vez un ladrón de banco. Los ladrones de bancos son criminales muy prestigiados ante los demás. Son la élite de la profesión, y consideran con bastante desprecio y escasa estimación a las otras especialidades del gremio. En el presidio gozan de gran respeto. El bandido, pues, me contó que siempre había hecho trabajo de lo más limpio. Siempre había preparado científicamente sus operaciones. Tenía que invertir muchos miles de marcos antes de proceder al asalto de un banco. Era muy interesante aprender todos los procedimientos que conocía para informarse puntualmente de las características del banco considerado en cada caso, para conseguir que el robo mismo acabara por ser una operación inofensiva. Trabajaba siempre sin armas. Además, apuntaba el hombre, no perjudicaba a nadie, puesto que todo banco está asegurado contra esos incidentes. En el fondo, decía, las sociedades de seguros no tendrían derecho a cobrar las pólizas si no hubiera ningún ladrón de bancos. Por último, me adoctrinó, el robo de un banco no perjudica nunca a los pobres, y los ricos cuyo dinero cojo lo han robado ellos mismos. Ésta era su moral conclusiva.
Cuando un desgraciado está al borde del hambre no considera que hace mal al arrebatar a un rico, sin autorización, lo que necesita. Esta solución privada de los conflictos sociales mediante el robo es, naturalmente, una teoría falsa. Así no conseguiríamos nunca alcanzar nuestro objetivo, que es la justicia para todos. Por eso el hurto y el robo tienen que impedirse también en el socialismo mediante adecuadas medidas de seguridad y penas impuestas por los tribunales. Lo que, en mi opinión, no debería existir en un país socialista es la pena de muerte. Me declaro absoluto y resuelto enemigo de la pena de muerte. La pena de muerte es una torpe barbaridad. Creo que dentro de muy pocos siglos les será a los hombres dificilísimo comprender que en pleno siglo XX países adelantados tuvieran aún en su sistema penal esa pena. Los hombres lo considerarán una barbarie, tan espantosa como lo es para nosotros hoy el canibalismo. Los partidarios de la pena de muerte suelen justificarla apelando a los crímenes peores, por ejemplo, el asesinato de niños. La indignación provocada por esas acciones siniestras suscitaría en nosotros emociones atávicas inevitables. Yo creo que esa argumentación con los crímenes más espantosos es un puro pretexto. Y creo también que en última instancia los partidarios de la pena de muerte no la defienden más que para poder matar a sus enemigos políticos. En otros tiempos era derecho de príncipes y reyes el decapitar ellos mismos a los rebeldes que se enfrentaran con su estado y su poder. En el fondo, esta arcaica situación sigue existiendo en todos los países en los que se mantiene la pena de muerte. Yo también he sido un condenado a muerte, y tuve la fortuna de