6 Enabling Mechanisms and Techniques
6.3 Cache Risk Patterns with Random Placement
Debemos a Merrill (1988) una de las más bellas y detalladas etnografías sobre el concepto
del alma entre los rarámuri de Rejogochi. Ariwá e iwigá son los dos términos utilizados
para referirse a aquello que traducen al español como almas. Este autor señala que con
estas palabras también se habla del aliento (breath), ya que se “considera que ambos son
uno y lo mismo” (ibid:87). Considero correcta la observación de Merrill, pero haré un
En la zona de Norogachi se utiliza un término similar para hablar de las almas:
alewá o arewá (considerando la alternancia fonética entre l y r, misma que no modifica el
significado). Al igual que lo documentado por Merrill, en el ejido de Norogachi se
considera que las almas son análogas al aliento, es decir, son como aire, y a veces – aunque no siempre– etéreas y ligeras. Como ya he mencionado una y otra vez, análogo no
quiere decir idéntico, por tanto las almas y el aliento “no son uno y lo mismo”. En todo
caso, si éstas son como el aliento lo serían de un tipo muy específico: el aliento de
Onorúame, El‐que‐es‐Padre. Esto da cuenta del por qué, como trata de explicar Merrill, a
pesar de que el acto de respirar indica la posesión de almas, no se considera que todos
aquellos que tienen almas respiren ni que respirar sea necesario para mantener la vida. En
otras palabras, alewá –término que usaré para referirme a las almas rarámuri– remite a
un aliento particular: al dado por Dios en el momento de la creación. De ahí que exista
una derivación de este término que es usado en las narraciones: arewátima /dar o poner
alma o vida/ echi bera uku mapu arewátika nesero /es Él el que nos da el alma (la vida);
echi viré kame mapu tamí arewátika nesero /Él, y nadie más, nos da el alma (la vida)
(Brambila 1976:28). Esto resulta en que si bien alma y aliento pertenecen a un campo
analógico es por una relación que también es particular y que acontece en el momento de
la creación: la filiación entre Onorúame, El‐que‐es‐Padre, y los rarámuri.
Así, “el alma que deben tener” es aquel soplo divino otorgado por Onorúame en el
momento de creación, y que se re‐actualiza o re‐crea en cada gestación. En Rejogochi, la
vida de un nuevo rarámuri comienza cuando un cuerpo se une con un grupo de almas.
“Los padres proporcionan los elementos básicos del nuevo cuerpo. En la relación sexual,
un hombre introduce semen (chi’wá, un término que significa tanto “semen” como
“leche”) en la sangre menstrual (lá “sangre”) que se ha acumulado dentro del cuerpo de
su compañera entre sus reglas. El semen provoca que la sangre se coagule, previniendo así
que fluya de su cuerpo. Entonces Dios (o en el caso de los chabochis, el Diablo) coloca un
poco de sustancia de alma dentro de esta masa de sangre y semen, a la que da forma
En Norogachi, Luisa en 2004 describió este proceso de la siguiente manera:
“Cuando una mujer tiene relaciones con un hombre, el hombre penetra su pene en la
parte íntima de la mujer, y lo más importante, le regala la mitad de la vida humana, como
un esperma, que será el que llegue a unirse con la otra mitad que va buscando el óvulo.
Estos dos al encontrarse juntos adentro de la mujer, baja el Dios de la vida, Onorúame,
para juntarlos aún más, para que pueda formarse un ser humano. Una vez que Onorúame
baja a juntar un esperma y un óvulo de la mujer, envuelto en una cobija que será la
placenta”.
Independientemente de los elementos que entren en juego (sangre, semen, leche,
óvulo, esperma…), el proceso de la creación mítica se re‐crea una y otra vez dentro del
vientre de la mujer para producir la vida y re‐actualizar el vínculo con Dios. La
transformación de la materia ejecutada una vez por Dios –barro (tierra y agua) y sometida
al calor para solidificarlo– queda a cargo de los hombres y de las mujeres mortales, en
tanto que Él soplará (moldeará con sus propias manos el corazón –como Maribel me
contaría), como una fuente inagotable, la vida en cada nuevo cuerpo. Este último es pues
un soporte y un contenedor del aliento divino o como lo expresarían los rarámuri de
Rejogochi: “como una casa y las almas son sus habitantes (…) porque las almas de una
persona son como un grupo de parientes (kinspeople)” (ibid:89 y 94). Cada nuevo ser que
es inicialmente líquido, incluso podría decirse que lodoso, como lo fueron las primeras
figurillas de barro a las que Dios otorgó vida, habitará durante nueve lunas el vientre
materno –espacio húmedo, líquido y oscuro– hasta el momento de su nacimiento
(ŕanámea).
Sin embargo, antes de este suceso, todo rarámuri posee ya una particularidad – sumada a su filiación con Onorúame y a su filiación consanguínea con sus padres. En el
momento en el que Dios sopla su aliento dota de “un número” determinado de almas a
cada uno de ellos, que a su vez definirán su género. El valor de los hombres será tres y el
de las mujeres cuatro. ¿Por qué hablar de valores y no de número de almas?
Principalmente porque el alma se entiende, como ya lo he señalado, como una
al menos dos, las cuales coexisten en Rejogochi. En la primera cada persona posee sólo un
alma que habita en todo su cuerpo y que permite el movimiento; cuando sale de su
soporte corpóreo, por ejemplo durante el sueño o la embriaguez, sólo una parte de esta
entidad deja el cuerpo. Esta versión del alma única que se fragmenta es la más común en
la zona de Norogachi. En la segunda versión que describe este autor, cada persona posee
un número variable de almas que se distribuyen en todo el cuerpo y que disfrutan de
cierta autonomía; pueden ser clasificadas como grandes y pequeñas, las primeras
habitarán en el corazón y en la cabeza, las segundas en las articulaciones dado que son las
encargadas de dotar de movimiento al cuerpo. Bajo esta versión sólo las almas grandes
salen del cuerpo dejando a cargo a las pequeñas. Así, al parecer lo fundamental no es “el
número por sí mismo”, sino el valor que involucra.
Ahora, cabe cuestionarse ¿qué es este “valor”? En otro trabajo mostré cómo los
valores tres y cuatro, al referir a clasificadores concretos como abstractos, expresaban una
relación conformando un esquema clasificatorio que permitía captar el universo social
bajo la forma de una totalidad organizada (Martínez 2008). Estos valores, como
operadores binarios, homologan distintos dominios bajo un mismo campo de relaciones,
entre ellos señalé: las formas tripartitas y cuatripartitas del cosmos en forma de pisos
cósmicos (tres) y rumbos de orientación (cuatro) –anotada por Bonfiglioli (2005)
inicialmente a partir de su estudio del espacio ritual y las danzas–, los tiempos míticos
(cuatro existencias, tres destrucciones), los ritmos diurnos y nocturnos (cuatro puntos
solares ŕe’pá /cuando sale el sol/, nasípa ra’wé /medio día/, tuná /cuando se mete el sol/,
nasípa rokó /media noche), los ritmos del tiempo anual (bamíbare) (tres, calor, lluvias y
frío), los espacios territoriales y arquitectónicos de las casas (que siguen un patrón
numérico de tres por cuatro), así como las cadenas sintagmáticas espaciales entre arriba‐
este‐norte y abajo‐sur‐oeste. De tal forma que tres y cuatro funcionan como dos polos de
atracción que ordenan y clasifican el mundo rarámuri bajo un esquema complementario. El día complementa a la noche, tanto como la lluvia al frío y éste a la sequía, tanto
como el tres al cuatro, tanto como el hombre a la mujer. Pero la relación no es tan simple
campos? ¿Por qué se unifican bajo el tres y el cuatro? Al igual que para dar cuenta del
vínculo entre mayor y menor fue necesario particularizarlo e indicar que se refería al
parentesco por sangre, sea filial o colateral definiendo de esta forma una asimetría‐
colateral y una asimetría‐vertical; en este caso los valores tres y cuatro pertenecen
también al campo relacional del parentesco, pero al dominio de la afinidad. Si partimos de
la analogía de las fajas y de los motivos contenidos en ellas, es posible conceptualizar los
vínculos de género –al interior del socius rarámuri– bajo una forma simétrica, esto es,
como dos motivos que se complementan por su estructura y valor. Ahora bien,
recordemos que en términos gráficos, como relacionales, la simetría es imposible (o en
otros términos es constitutivamente asimétrica), pues su resultado es la nulidad, o en el
caso de la faja la falta de diseño. Cuando hablamos de simetría, como en el caso de la
vinculación de hombres y mujeres rarámuri es en relación con otras relaciones
asimétricas. Dentro del campo del parentesco, aquel que fue elegido por los rarámuri para
hablar del campo análogo a nuestra noción de humanidad, una relación sólo puede ser
entendida a través de otra. Por ello, esta relación simétrica puede ser llamada de
asimétrica también, y ella daría cuenta no sólo de lazos de afinidad, de género, sino
también de orden espacial y temporal, donde lo importante es la complementariedad y la
repetición (simetría asimétrica).
De tal forma que “el alma que deben tener” puede ser traducido como: el aliento
que Onorúame da a cada rarámuri y que lo hace parte de un colectivo por un vínculo filial
con esta deidad, así como de un colectivo parental a partir de la filiación consanguínea
con sus padres –dado que a través de la sangre se transmiten también las almas. Poseer
este aliento implica también la distinción de género que es constitutiva de la sociabilidad
rarámuri –tanto interna como externa.