CHAPTER 7: INCORPORATING INSIGHT FROM BOURDIEU’S NOTION OF CAPITAL
7.5 Can Bourdieu’s work complement Bebbington’s framework?
Tras la deposición de Luis en 833, durante largos años no sólo se sucedieron duras luchas entre padre e hijos sino también entre los hermanos con frecuentes cambios de frentes. El afán de dominio sobre diversas porciones de soberanía indujo a coaliciones cambiantes de conformidad con las ventajas que se esperaban. Ése fue el principio político más firme, el
punctum saliens por antonomasia.
Al comienzo es evidente que los tres hermanos buscaban la forma de aumentar su poder: Pipino de Aquitania y Luis el Germánico contra Lotario, y éste contra los dos. También los cabecillas de la nobleza, Hugo, Lamberto y Matfrido, combatieron entre sí «por la cuestión de quién de ellos tenía que ocupar el segundo puesto en el imperio detrás de Lotario». En una palabra, continúa Nithard, «cada uno atendía a su propio provecho», como hacen todavía hoy los políticos (en su mayoría). (¿«Anacrónicos» de nuevo?)68
Entre tales contiendas cambiaron una vez más los vientos. No sólo daba que pensar el comportamiento codicioso y prepotente de Lotario, también preocupaba a todas luces el tratamiento inmisericorde que daba a su padre trayéndolo y llevándolo de continuo. Luis el Germánico, que con el nuevo giro era sin duda el que menos tenía que arriesgar, había ya intervenido durante el invierno del 833-834 en favor de su padre, siendo apoyado en su intento por Rabano Mauro, abad de Fulda. Y también Pipino de Aquitania cambió evidentemente de actitud, sobre todo porque se temía un ataque de Lotario contra su reino, decidido como andaba éste por embolsarse toda la ganancia dando la impresión de que aspiraba al dominio sobre el reino. Mas cuando ambos hermanos
marcharon contra él al frente de sendos ejércitos, Luis desde el este y Pipino desde el oeste, perdió el valor, emprendió la fuga y abandonó al anciano emperador en Saint-Denis así como al joven Carlos, al que había sacado de Prüm.
Mientras el 28 de febrero Lotario huía a Borgoña con su séquito, la chusma sin conciencia de los príncipes eclesiásticos, que había destronado a Luis, acudió a Saint-Denis y ya al día siguiente, 1 de marzo del 834, volvió a recibirlo solemnemente en la iglesia y le prestó vasallaje. «Apenas se había alejado Lotario, se reunieron los obispos presentes en la iglesia de san Dionisio, declararon al emperador exento de toda penitencia canónica y le impusieron sus vestiduras reales y sus armas» (Annales Bertiniani) —de las que le habían despojado— «y humildemente entonaron cantos de alabanza a Dios» (laudes Deo devote referunt), según cuenta Nithard.
Los prelados en su mayoría cambiaron inmediatamente de frente. Por descontado que ya antes habían preguntado a Luis «si cuando le fuera devuelta la soberanía, estaría dispuesto a restablecer y fomentar con todas sus fuerzas el imperio y sobre todo el servicio del Dios verdadero y conductor de todo orden». Y naturalmente el piadoso Luis «se había de- clarado sin más dispuesto a hacerlo». Por lo cual «se decretó inmediata- mente su reposición» (Nithard). Y por supuesto que el emperador sabía lo que tenía que hacer ahora, como era arrancar «lo mucho malo que había arraigado y sobre todo lo siguiente: ordenó a su hijo Pipino, a través del abad Hermoldo, devolver sin dilación a las iglesias de su reino los bienes eclesiásticos que él personalmente había donado a los suyos o que éstos se habían apropiado por su cuenta. También envió emisarios a las ciudades y monasterios de alrededor para restablecer la vida clerical desacreditada casi por completo...» (Anonymi vita Hludovicí).
Entretanto Lotario había reforzado su ejército en las diócesis de sus partidarios más leales, los arzobispos de Lyon y Vienne.
Y mientras el emperador Luis, después de haber celebrado «con su habitual devoción la sagrada festividad de la Pascua», se divertía de nuevo a sus anchas con la matanza deportiva de animales, cazando y pescando, primero en las Ardenas y, después de Pentecostés, también en los Vosgos, el partido de Lotario se imponía en una batalla sangrienta sobre un contingente imperial muy superior. Se luchó en la frontera de la Marca Bretona, en la que combatieron el obispo Jonás de Orleans, el abad Bosón de Fleury y muchos otros prelados. Entre los grandes de Luis fueron muchos los caídos, figurando también entre las víctimas su canciller el abad Teotón de Marmoutier les Tours.
Con ello Lotario se envalentonó.
Marchó contra Châlon sur Saône, un importante arsenal de sus enemi- gos, incendió todos los contornos y, tras un acuerdo con la ciudad que ardió
varios días, mandó saquearla y reducirla a cenizas. En una buena actuación católica, «primero fueron saqueadas y devastadas las iglesias a la manera de unos vencedores crueles» y después fueron decapitados los jefes de los defensores: el conde Gauzhelmo de Rosellón, el conde Sani-la y el vasallo real Madahelmo —el corepíscopo Thegan habla en seguida de «mártires»—, en tanto que los demás condes fueron encarcelados. Hasta la hermana del duque Bernardo de Septimania, la monja Gerber-ga, acabó como «envenenadora» en un tonel y murió ahogada en el Sao-na. Thegan escribe: «Y él la atormentó largamente y por fin la mandó matar tras la sentencia de las mujeres de sus indignos consejeros, cumpliendo el vaticinio del salmista: "Y con los puros eres puro y con los perversos perverso"».
Al principio Lotario hizo oídos sordos al consejo de su padre «para que se volviera de sus malos caminos»; pero evitó un enfrentamiento con el ejército de sus hermanos y de Luis, que se acercaba a Blois con el supuesto propósito de «liberar al pueblo» {Annales Bertiniani) y después se echó a los pies de su progenitor a una con los personajes más prominentes de su séquito para jurarle lealtad y obediencia y para prometerle que no volvería a salir de Italia sin una orden paterna.
Los partidarios de Lotario quedaron en libertad para marchar; pero la mayoría y los más notables le siguieron, entre ellos los condes Hugo, Lamberto, Matfrido, Godofredo, etcétera, que perdieron así sus bienes, feudos y cargos francos. Lotario, sin embargo, les indemnizó, porque sin tener en cuenta los juramentos primeros, los intermedios y los más re- cientes, les entregó las posesiones de fundadores francos sitas en Italia, donándoles monasterios enteros, como San Salvatore en Brescia, la famosa abadía de Bobbio, una fundación de san Columbano y hasta posesiones papales —maximeque ecclesiam sancti Petri—, y todo ello de la manera más cruel, crudelissima (Astronomus).
También algunos prelados —los arzobispos Agobardo de Lyon, Bernardo de Vienne, Bartolomé de Narbona, los obispos Jesse de Amiens, Elias de Troyes, Herebaldo de Auxerre y el abad Wala de Cor-bie— abandonaron por precaución, y en contra de toda norma canónica, sus obispados. Y casi todos siguieron a Lotario, tras el que se cerraron los pasos de los Alpes, en su marcha hacia el sur, para regresar tras la muerte de Luis con el futuro emperador. Muchos de ellos, sin embargo, fueron víctimas de una peste que hizo estragos en 837.69