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CHAPTER 6: THE IMPACT OF MIGRATION ON CAPITAL ASSETS

6.2 Human capital

Con el desarrollo de tales acontecimientos, lejos de mejorar, la situa- ción del Estado más bien se agravó. El egoísmo, la insatisfacción y la desobediencia cundían por doquier. Las campañas militares cada vez reportaban menos éxitos en tanto que crecían las intrigas en la corte, las violaciones del derecho y la explotación por parte de los funcionarios, aumentando asimismo la venalidad y la brutalidad de la nobleza.

Cierto que las continuas querellas de dentro y las guerras de fuera a menudo habían hecho más ricos a los ricos; pero los pobres seguían siendo pobres o se empobrecían aún más. Se vieron por añadidura más explotados, oprimidos y humillados por la avidez de los magnates y de los sacerdotes. Los señores civiles y eclesiásticos dictaban los precios, desollaban a sus siervos y les hacían pasar hambre. Incluso, según un biógrafo de Luis, sus emisarios reales encontraron «una muchedumbre incontable de oprimidos», a quienes la injusticia de los funcionarios ha- bía privado de la herencia o de la libertad. Mas las intrigas de los gran- des, sus luchas y rivalidades, su afán por explotar a los demás y procu- rarse prebendas cada vez más sustanciosas, la corrupción que reinaba en la Iglesia y la simonía que se daba sobre todo en Roma contribuyeron a incrementar más todavía la miseria de las masas.

Y mientras tanto muchos poderosos y ricos se entregaban a la caza, al juego, a la borrachera y la intemperancia; se abandonaban a la ven- ganza de sangre y a todo tipo de excesos sexuales, mientras que en oca- siones vivían bajo el mismo techo con ladrones y criminales, sobornaban y se dejaban sobornar, apaleaban a quienes dependían de ellos casi como a personas sin ningún derecho, los azotaban, les hacían cortar la lengua y los mataban. Y mientras que los obispos nadaban en la abun- dancia, el lujo y la borrachera de poder, mientras que sacerdotes y mon- jes abandonaban sus casas y monasterios vagando de un lado para otro en busca de placeres y operaciones usurarias y mientras que dilapidaban el patrimonio eclesiástico, se emborrachaban, fornicaban y predicaban que «los derechos de los señores eran iguales por naturaleza», empuja-

ban a la masa del pueblo a una pobreza cada vez mayor, la engañaban con falsos pesos y medidas y con precios que les chupaban la sangre. No pocos de los explotados emigraron o se defendieron formando bandas de salteadores, con lo que se multiplicaron los atracos, robos y asesinatos.

En su Historia de la Iglesia medieval Karl Kupisch escribe que también «salieron mal» los diferentes intentos de reforma eclesiástica apoyados por Luis el Piadoso; y ello porque «en la Iglesia tales esfuerzos tuvieron poco éxito, debido a que después de la muerte de Carlo-magno el alto episcopado aspiró a la independencia y al aumento de las riquezas. También en los monasterios los resultados fueron muy modestos».

Fue una época, se lamenta Pascasio Radberto, abad de Corbie y testigo presencial, que «rompió los lazos de la fraternidad y de la sangre, hizo brotar por doquier las enemistades, separó a los lugareños, apagó la fe y el amor, dañó incluso a las iglesias y provocó corrupción en todas partes...». En una palabra, fue una época cristiana, una época como la que ya conocemos en lo esencial desde los primeros siglos. Y, de nuevo en lo esencial, también la conocemos en todos los siglos posteriores. Fue una época, como señala el franco Nithard, uno de los pocos escritores laicos de la primera Edad Media, en la cual el imperio fue empeorando de continuo, «porque cada uno, empujado por sus malas pasiones, sólo buscaba el propio provecho». Y esto último volvería a contar desde luego en muchos períodos históricos, hasta hoy mismo.

A los males dominantes empujaron las catástrofes naturales: lluvias casi interminables, riadas, grandes incendios, como ocurrió el año 823 cuando sólo en Sajonia ardieron por el rayo 23 aldeas «de día y con un cielo claro». Los terremotos sacudieron el mundo, las epidemias se desataron sobre todas las criaturas, y en ocasiones «apenas una franja de tierra» se vio libre de las mismas en todo el imperio. Hicieron estragos algunos inviernos duros, largos y con mucha nieve, en los que sucumbieron hombres y animales, y hasta las grandes vías de agua del Rin, del Danubio y del Elba se helaron, a veces durante muchas semanas, de modo que podían cruzarlos carros cargados de mercancías «como por un puente»; a comienzos de la primavera seguía el deshielo devastador. Hubo veranos extraordinariamente secos y calurosos. Fueron frecuentes las hambrunas. La producción agrícola de la Alta Edad Media está «lejos de mostrar un alto grado de dominio de la naturaleza, sino más bien un bajo nivel de cultivo» (Bentzien). La mortandad fue en aumento. Y la miseria creció de continuo en aquellos primeros veinte años.28

Política exterior o «los amables alicientes del verano...»

Luis el Piadoso hizo la guerra casi año tras año cual convenía a un soberano cristiano y creyente, debido sobre todo a conflictos dinásticos y a problemas de política interna. Pero una y otra vez traspasó también las fronteras o las hizo traspasar, aunque ya como soberano universal casi nunca participó personalmente en las campañas sino que hacía que otros combatiesen por él; en efecto, ése era ya desde hacía largo tiempo el método de todos los gobernantes en unas matanzas para entonces mucho mayores.

Apenas interesaban ya los pactos.

Poco después de la subida al trono del emperador, por ejemplo, el rey sarraceno Abulaz, padre de Abderramán, emir de Córdoba (796-822), solicitó una paz de tres años. «Ésta se observó al comienzo —informa el biógrafo anónimo de Luis—, pero más tarde volvió a ser rechazada cual poco ventajosa y se proclamó la guerra contra los sarracenos.» «Tras la derogación de la paz ficticia, se declaró la guerra», según él mismo comenta otra vez. Ni los merovingios ni los carolingios supieron utilizar la paz. Y así, bajo aquellos príncipes cristianos las matanzas eran casi tan regulares como las oraciones; y en cualquier caso tan pronto como los caballos encontraban forraje, «seguían los amables alicientes del verano...», anota la misma fuente poco después. Entonces apenas se dejaba pasar ninguno de tales alicientes sin golpear en alguno de los puntos cardinales, en varios y a veces en todos al mismo tiempo. Y, naturalmente, «con la ayuda de Cristo...».29

Finalmente, la guerra contra los paganos y los enemigos de la santa Iglesia era un deber sagrado. Y así como ya los clerizontes guerreros acompañaban a la primera Majestad cristiana, también lo hicieron los monarcas carolingios. «Cada obispo debe celebrar tres misas con tres salmos: una por el rey, otra por el ejército de los francos y la tercera por la tribulación momentánea.» Con ello los espadones francos saqueaban sin freno alguno el territorio enemigo; antes el saqueo estaba prohibido. Pero después se aplicó «una política de tierra quemada...; y quienquiera que caía en manos de la leva era eliminado. Aquitania, Bretaña, Sajorna, Septimania y muchas otras regiones fueron hasta tal punto devastadas, que las secuelas pudieron rastrearse durante siglos» (Riché).30