Desde hacía tiempo existía la presunción de que una de las funciones adscritas al magnesio en la fertilización de los vegetales es la de ser agente que favorece la asimilación del fósforo, por cuanto es indispensable para el normal metabolismo fosforado en los procesos de síntesis de fosfolípidos, nucleínas, etc. de los vegetales.
De ser esto así se puede esperar una correlación entre el fósforo y el magnesio contenidos en las plantas.
Pero los investigadores E. Trong, Goates y K.C. Berger, en una revisión de la literatura acerca del magnesio, no lograron ver demostrada de manera concluyente la existencia de esta relación. Esto les lleva a realizar una serie de experiencias, que vamos a exponer en este lugar.
Por de pronto, los citados autores se dieron cuenta de que, para hacerse un exacto criterio sobre el particular, no es suficiente el análisis químico de los tejidos de las plantas, sino que es necesario el análisis de la semilla. Para comprobar estos extremos, verificaron experimentos en un terreno que contenía el porcentaje requerido en magnesio, o sea 30 kilogramos por hectárea, y cultivaron en él melocotones y maíz.
El abonado consistió en los fertilizantes clásicos de nitrógeno, fosfatos, potasa. Pues bien, los resultados de los análisis llevados a cabo en las semillas, mostraron un aumento de 10 a 18 por 100 en el contenido del magnesio cuando se utiliza como abono fosfatado. Esta constatación confirma la suposición de que el magnesio es el agente asimilador del fósforo.
Pero, a pesar de esta comprobación experimental, la teoría del proceso permanece aún inexplicada.
Esto sí, dicha comprobación experimental ha sido siempre confirmada brillantemente, y de ella se muestra que, al aumentar la cantidad de magnesio asimilable del suelo, se produce simultáneamente un aumento de fósforo asimilado por la planta, como lo han experimentado Bartolomew y otros investigadores.
K.C. Berger, por ejemplo, ha cultivado guisantes en suelos abonados con distintas proporciones de fosfatos y magnesio, y ha comprobado de un modo irrefutable que, al incrementar el suministra de magnesio, la respuesta del cultivo ha sido siempre un enriquecimiento de fósforo en la semilla, superior al obtenido por sólo incrementar el abono fosfatado.
Estas definitivas experiencias, realizadas con toda clase de cuidados y controles, han llevado al autor a la conclusión, quizá no absoluta, de que la mayoría de los fallos, que a veces se observan después del abonado con fosfatos, pueda obedecer a faltas de magnesio asimilable en los suelos.
El doctor L. Blas sospecha que, con este fenómeno, tenga relación otro hecho observado, cual es la mayor riqueza en magnesio no clorofílico en los tejidos jóvenes, raíces y frutos; es decir, en aquellos lugares donde el dinamismo bioquímico es más intenso.
De no menos importancia práctica son los trabajos realizados sobre semillas de judías en la Universidad de Wisconsin (EE.UU.).
Diversos investigadores han cultivado dicha planta, en un suelo en el que la relación magnesio-fósforo era variable, y también comprobaron que, a mayor cantidad de magnesio asimilable en el suelo, correspondía un incremento en fósforo absorbido por la semilla. De estas experiencias se dedujo que la disminución del valor nutritivo del fósforo en muchas cosechas, obedece simplemente a no haber incorporado al abono fosfatado magnesio asimilable por la planta.
Es decir: con esto ha quedado demostrado prácticamente que el elemento magnesio es un transportador o movilizador del fósforo y, por tanto, imprescindible para el éxito de los abonos fosforados.
Al conocer los rusos los trabajos que se acaban de relatar, se pusieron a emplear en aquel país mezclas de superfosfatos con silicatos de magnesio y los resultados han sido verdaderamente satisfactorios. Las primeras experiencias hechas en Rusia consistieron en adicionar al superfosfato ordinario un 8 a 9.5 por 100 del mineral «dunita», rico en olivino; luego, también lo aplicaron al superfosfato triple.
Esta adicción, además de incorporar sales de magnesio al abono, neutraliza el exceso de acidez del superfosfato, absorbe la humedad y proporciona un abono que, según estadísticas rusas, es superior al superfosfato aislado, no obstante, la disminución efectiva de fósforo que supone su mezcla con un 10 por 100 del mineral no fosforado.
Pruebas semejantes a las rusas se llevaron a cabo en Norteamérica y Nueva Zelanda. En este último país el mineral magnesiano era serpentina, la cual, finamente pulverizada, se mezclaba con el superfosfato ordinario en la proporción del 10 por 100. La mezcla tardaba de dos semanas a cuatro días, según la humedad, en fraguar y quedar seca y homogénea.
El producto así obtenido no ataca a los sacos de yute, no se pega a las manos y se derrama con facilidad en las máquinas distribuidoras de abonos, únicamente el análisis químico revela una ligera disminución de la cifra del fósforo soluble al agua, pero no al citrato. Los resultados experimentales han demostrado que el abono llamado «serpentina-super» tiene igual valor como abono fosfatado que el superfosfato ordinario, y a veces algo superior.
En 1942 se emplearon en Nueva Zelanda 31.000 toneladas de «serpentina- super», y en 1943, más de 62.000 toneladas.
Este descubrimiento, reputado como de trascendental importancia en la química de los abonos, explica hechos que hasta ahora eran incomprensibles. Por ejemplo, en Alemania se había observado que escorias básicas del
desfosforado del acero daban mejores resultados, como abono fosforado, que el superfosfato ordinario a igualdad de riqueza en fósforo.
Análisis cuidadosos han demostrado que las citadas escorias contenían un 6 por 100, aproximadamente, de óxido de magnesio.
Nuevas experiencias verificadas por la Universidad de Wisconsin, posteriormente a las antes citadas, en hidrocultivos y tierras, han comprobado una vez más, la enorme importancia de la adición de las sales de magnesio, ya que la respuesta ha sido siempre un incremento en el fósforo de la cosecha. D) EL MAGNESIO EN LAS SEMILLAS Y FRUTOS
El magnesio que absorben las plantas por las raíces se redistribuye de los tejidos viejos a las partes jóvenes, concentrándose preferentemente en las semillas y en las hojas.
De aquí que la cantidad que de dicho elemento contiene cada uno de los órganos de la planta, difiera mucho de uno a otro. Así, por ejemplo, en el maíz el 34 por 100 se encuentra en el grano, el 32 por ciento en las hojas, el 21 por ciento en el tallo y el resto en las raíces.
Willsttater halló que el trigo contiene en sus cenizas más magnesio que calcio, y Czapek amplió esta conclusión a casi todas las semillas, lo cual hizo pensar a los fisiólogos en la posible importancia del elemento magnesio como elemento modificador de la cuantía de las cosechas.
Este hecho, de que el magnesio se acumule en las semillas y frutos de las plantas, es considerado como el corolario de su papel antes expuesto de elemento conductor del fósforo. Loew encuentra, como un hecho general, que las semillas aceitosas contienen de ordinario menos magnesio que las ricas en glúcidos, almidón, etc.; en una palabra, en hidratos de carbono, e incluso señala el valor de 2.5 como relación normal.
Durante la maduración de los frutos y semillas, se observa siempre un incremento en la riqueza de magnesio y fósforo; más aún, parece demostrado que este incremento se debe a una translocalización del magnesio contenido
en las hojas hacia el fruto. La clorosis de muchas hojas y su caída, coincidente con la maduración de la semilla y del fruto, obedece, según Reed y Haar, a este fenómeno.
Para otros autores, que consideran este hecho desde un punto de vista demasiado simplista es evidente que el fruto o semilla, que necesariamente precisa magnesio para su maduración, lo toma de las reservas de dicho elemento existente en las hojas próximas.
Este proceso parece fuera de duda al iniciarse la fructificación, según comprobaciones de Fudge. Este autor ha analizado hojas verdes próximas a los frutos y hojas algo alejadas de los mismos, y ha demostrado para las primeras valoraciones del 0.013 por 100 y en las segundas hasta el 0.20 por 100 de magnesio. De aquí es dado concluir que, haya o no clorosis y caída de hojas, las reservas de magnesio de las hojas son las abastecedoras de dicho elemento para el fruto.
Algunos fisiólogos, basados en estos hechos, han querido ver, precisamente en esta modalidad del magnesio, la explicación del fenómeno de las cosechas alternativas de ciertas plantas y árboles: por ejemplo, el caso del olivo. Como es sabido, la floración de nuestros frutales y del olivo mismo se realiza preferentemente en las ramas jóvenes del año anterior, y el magnesio se ha demostrado que puede fácilmente transferirse de una rama joven sin fruto a otro adyacente con él, pero no de una rama vieja sin fruto a otra que lo tenga. Por ello es frecuente ver en los árboles ramas con frutos y hojas amarillas junto a vigorosas ramas con hojas intensamente verdes, pero sin fruto.
En el caso particular del olivo se sugiere que las necesidades en magnesio sean posibles responsables de la cosecha alternativa, Su carencia, como se ha demostrado, produce el no fructificación.
El doctor L. Blas aduce, como ejemplo de esto, los olivos de algunas regiones, que de jóvenes dieron abundante cosecha; pero que, al transcurrir los años, la frecuencia alternativa de su fructificación fue ampliándose de período, hasta
que el labrador, cansado de ver la inutilidad de sus esfuerzos, optó por la radical medida de su talado.
En algunas tierras donde esto sucede, el análisis demuestra carencia de magnesio asimilable.
«Si esta hipótesis se confirma - son palabras del referido autor; si, en efecto, las cosechas alternativas del olivo en muchas regiones españolas obedecen a la escasez de magnesio o a la falta de movilidad del mismo en el suelo, y se consigue, por métodos químicos de abonado, la disminución del período de no fructificación, el resultado práctico de esta mejora representaría para los olivares de España un incremento fantástico en su importancia económica. Pero - añade - no nos dejemos sugestionar por ideas o teorías más o menos atrayentes; el análisis, la experimentación sistemática y los estudios técnicos cuidadosos son los únicos procedimientos de estudio, y sobre sus resultados es solamente sobre los que se pueden formular hipótesis e ideas.»
Pero lo que sí ya está probado experimentalmente en muchos árboles frutales es la importancia del magnesio como elemento modificador de la calidad del fruto.
Harley, trabajando en perales, ha llegado a la conclusión de que el mal desarrollo y calidad de ciertas especies era sólo debido a las deficiencias de magnesio, acompañadas de exceso de potasio en el suelo.
Damond Bounton, de la Cornell University, publicó hace algunos años un extenso trabajo acerca de la importancia del magnesio en los manzanos. Las primeras noticias acerca de esta deficiencia aparecieron el año 1939, siendo Hill y Wallace los primeros que estudiaron y diagnosticaron la presunta enfermedad como carencia de magnesio, basándose en la semejanza de síntomas con otros árboles cultivados en huertos arenosos y de bajo contenido en magnesio.
Los investigadores de Nueva Zelanda corregían dicha deficiencia con inyecciones de sulfato magnésico en el propio árbol. Pero, cuando intentaban
combatir la carencia por la adición de sales magnésicas del suelo, los resultados eran totalmente negativos. Iguales hechos ocurrieron en los Estados Unidos, y esta ineptitud del suelo para suministrar magnesio asimilable está siendo en la actualidad estudiada, ya que el sistema de corrección por inyecciones no es práctico ni económico.
Los síntomas visibles de la deficiencia magnesiana en los manzanos son: palidez de las hojas entre las nervaduras de las hojas viejas y de algunos brotes, y amarilleamiento subsiguiente, manchas morenas de necrosis entre las venas que asemejan islas; las hojas se arrugan y caen prematuramente, y los frutos de las ramas donde la deficiencia aparece son pequeños, de pobre calidad y con frecuencia caen prematuramente.
Químicamente por su análisis, se puede diagnosticar y prevenir la enfermedad de carencia, pues para ello basta analizar las hojas. Si su riqueza en óxido de magnesio, es superior al 0.40 por 100 con respecto a la sustancia seca, el árbol raramente muestra fenómeno alguno de carencia y el fruto es normal.
Riquezas comprendidas entre 0.25 y 0.40 por 100 de óxido de magnesio eran indicios de posible aparición de la enfermedad, y, cuando el contenido en óxido de magnesio era inferior a 0.25 por 100, entonces, sin excepción el árbol acusaba claramente los síntomas de deficiencia anteriormente indicados.
Ante hechos tan evidentes, se procedió al análisis sistemático de los suelos donde el proceso de carencia apareció. Wallace, por ejemplo, encontró la enfermedad en suelos ricos y pobres de calcio, con lo cual eliminó este factor. Otros investigadores achacaron la enfermedad a los suelos de baja acidez. Finalmente, se llegó a la conclusión más probable de que lo que influye definitivamente en la asimilación del magnesio por los manzanos es la relación potasio-magnesio. Se comprobó, además, que siempre que hay deficiencia de magnesio en dichos árboles se advierte, por el análisis de sus hojas, enriquecimiento simultáneo en potasio y que, fertilizando con exceso de sales potásicas, se producen deficiencias de magnesio.
A.F. Camp, en un notable trabajo acerca de la importancia del magnesio en el cultivo de los limoneros, hace resaltar el decisivo papel que tiene este elemento en las cosechas de dicho fruto.
Según él, la causa de cosechas deficientes en algunas regiones de Florida, Brasil, Argentina, etc., es sólo debida a deficiencias de magnesio en el suelo donde se cultivan. El follaje del limonero tiene normalmente dos tercios más de fósforo que magnesio, mientras que el fruto es tres cuartas partes más rico en magnesio que en fósforo.
Por esto dice el citado autor que resulta incomprensible el dar tanta importancia al abono fosfatado solamente, cuando del magnesio depende el éxito de la cosecha.
Los síntomas de deficiencia magnesiana del limonero son: amarillo de las hojas, frutos de menor tamaño y baja calidad, facilidad de invasión de las ramas por hongos.
E) EL MAGNESIO EN LA PRODUCCIÓN DE CARBOHIDRATOS Y VITAMINAS