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En la determinación conceptual de las funciones psíquicas funda- mentales seguimos en general a JuNG, el cual escribe:

"El sentir es, primero, un proceso que tiene lugar entre el yo y un determinado contenido, proceso que otorga al contenido un determina- do valor en el sentido de la aceptación o del rechazo {"placer" o "dis- placer"), pero constituye, asimismo, un proceso que, aparte del con- tenido momentáneo de la conciencia o de las sensaciones de momen- to, puede, en cierto modo, surgir aisladamente como estado de humor

o

de ánimo."

Nosotros· sustituiríamos en esta definición el término "contenido de la conciencia" por el de "contenido psíquico", y recordaríamos al mismo tiempo que el yo puede ser tanto consciente como incons- ciente (mientras que para JUNG es exclusivamente consciente e inclu- so es considerado como una condición de la conciencia). El sentir, por tanto, no ha de confundirse ni con la sensación que puede tenerse corporalmente (por ejemplo, "sentir" un pinchazo), ni con el "sentirse" en el sentido de "encontrarse" {"me siento enfermo''). Se trata de una función enjuiciadora y, por tanto, según JuNG, racional. Pero los jui- cios que establece lo son según atribuciones afectivas de valor y no por conclusiones lógicas. Sus categorías son las de "agradable"

o

"desagradable", y no, como sucede en el pensar, las de "verdadero" o "falso". En el pensar se trata asimismo de una función racional; pero que juzga de un modo disyuntivo y no reconoce término medio entre "verdadero" y "falso", según el principio de exclusión de ter- cero. Entre lo agradable y lo desagradable existen, por el contrario, infinidad de gradaciones, así como también una indiferencia, que se sitúa entre ambos. Las propiedades del sentir son, pues, escalares, graduales, como la conciencia y la inconsciencia; las categorías del pensar, por el contrario, no lo son. Mas tanto el pensar como el sentir muestran en sí polaridades de contrarios.

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Toda función psíquica fundamental es, como hemos visto, un modo de actividad a cuya disposición existe un caudal, variable en cada caso, de energía, impulso o libido destinado a que se cumpla tal actividad. La cuantía de dicho caudal depende de la distribución de energía en el campo total y en cada momento. Este sencillo razona- miento nos muestra que no ha de confundirse el valor que el sentir atribuye a un determinado contenido con la respectiva carga de libido. En ambas cosas se trata de propiedades escalares que pueden variar independientemente una de otra. Una atracción o una repulsión in- tensas no constituyen forzosamente algo "intensamente" ocupado por libido, o viceversa. En el diario podemos leer, por ejemplo, acerca de catástrofes naturales o de actos de terror político; sentimos una compasión auténtica e intensa, una viva repulsa, pero pasamos a nuestras actividades cotidianas sin que pensemos más en ello y sin emprender acción alguna. Nada justifica poner en duda la autentici- dad e intensidad de nuestros sentimientos; pero resulta evidente que están faltos de libido, de energía afectiva. En otros casos de indife- rencia puramente aparente, el caudal de libido puede haber sido re~ primido, así como por el contrario puede acontecer que sea el propio objeto lo reprimido, mientras que la cantidad de libido se haga sentir acaso de modo mucho más consciente como angustia libre y flotante. Sentimientos débiles pueden ir también unidos a una libido intensa, como sucede, por ejemplo, cuando se realiza con energía y perseve- rancia una tarea que es más bien indiferente desde el punto de vista afectivo. El sentir proporciona la dirección, la ocupación por libido procura la intensidad dinámicamente efectiva y determina, por tanto, el vector del impulso.

AFECTO, AFECTIVIDAD, EMOCION.-Como se deduce de su de~

finición, la propiedad más sencilla y básica del sentir se halla re- presentada por su tonalidad afectiva o hedónica; es decir, y en último término, por su valor de placer o de displacer. Esto último es frecuen- temente designado como afecto y se habla de afecto positivo o nega- ·

tivo según que desde el punto de vista del sujeto haya atracción o repulsa. Clínicamente, sin embargo, se habla de afecto cuando existe una intensa excitación del sentimiento, acompañada de inervación motora; es decir, especialmente en las conmociones del sentir que van unidas a actos violentos. Por útlimo, y en ocasiones, todo lo psí- quico que no corresponde al llamado "intelecto" es comprendido bajo la denominación de afectividad; pero entonces los límites del inte- lecto desbordan lo que correspondería estrictamente a la función del pensar. El sentimiento, más complicadamente estructurado, unido a

Carácter de incitación 139

situaciones típicas del sujeto y que muestra, por tanto, el sello de lo personal, es designado como emoción, tal como la tristeza (afecto negativo tras la pérdida de algo afectivamente acentuado de modo positivo), el orgullo (afecto positivo referido a algo que el yo conside- ra como propio), la ira (afecto negativo dirigido contra un adversario y unido a deseos de represalia), etc.

Al sentimiento corresponde una cierta situación especial entre las funciones básicas, pues sus manifestaciones son las primeras que pueden comprobarse y que más claramente pueden ser reconocidas, y por hallarse además en relación inmediatamente experimentable con la corporeidad. Desde luego, y en términos generales, no podemos imaginar proceso psíquico alguno (aparte de abstracciones delibe- radamente dirigidas y de índole correspondiente a las ciencias del espíritu) sin un simultáneo acontecer somático. En el sentimiento, sin embargo, tal relación aparece con más claridad; en ocasiones es vi- vido incluso como sentimiento corporal, o bien resulta difícil dife- renciar si algo es "sentido" psíquica o corporalmente. El lenguaje corriente emplea la palabra "sentir" tanto para referirse a un senti- miento como a una percepción. La raíz de los procesos del sentimien- to corresponde, desde el punto de vista anatómico, a un territorio que es el de partida de las acciones instintivas e impulsivas: el tá- lamo; el hipotálamo y el sistema diencéfalo-vegetativo en general. El sistema nervioso vegetativo, íntimamente vinculado al aparato hor- monal, determina ampliamente el tono general, el estado de humor y de tensión del organismo en su conjunto, tanto desde el punto. de vista energético como desde el emocional. Esta íntima urdimbre del sentimiento con los procesos básicos, cargados de pulsiones en el límite entre lo psicológico y lo fisiológico, en aquel estrato al cual tiende siempre a regresar el enfermo psíquico, tiene por consecuen- cia que las alteraciones del sentimiento ocupen un lugar especialmente importante en Psicopatología.

CARACTER DE INCIT ACION.-A todo objeto psíquico corresponde

un juicio por parte del sentimiento, aun cuando tal juicio no equivalga sino a indiferencia. Ciertos objetos psíquicos, por otra parte, parecen ofrecernos un aspecto diferente, que casi siempre es de tonalidad sentimental. En su espontaneidad e independencia respecto a la razón se asemejan al sentimiento, siendo, sin embargo, necesario diferen- ciarlos de éste. Se trata de objetos dotados del carácter de incitación

o requerimiento (K. LEWIN). Con ello quiere aludir LEWIN a aquella "incitación" que parecen dirigirnos objetos, personas o situaciones concretas, de acuerdo con las condiciones momentáneas del campo.

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Así, por ejemplo, el agua "incita" unas veces a beberla, otras a ba- ñarse ("Sonríe el lago, incita al baño", dice ScHILLER en su Guiller­ mo Tell), otras a abrir el paraguas. Un rostro puede incitarnos unas veces a mirarlo, otras a apartar de él la vista; un plato lleno puede tener distinto carácter "incitante", según que nos hallemos o no en ayunas. Una misma incitación, según las circunstancias, puede re- vestir diferente tonalidad sentimental; asimismo, una tarea, que fundamentalmente nos interesa, es abordada unas veces con placer, otras de mala gana. Este último ejemplo ilustra una fundamental di-

ferencia, constituida, desde el punto de vista de quien lo vive de modo inmediato, porque el carácter de incitación se encuentra en el objeto, mas el sentimiento, en cambio, se halla en el sujeto. Así, en el ejem- plo anterior, el objeto me interesa de modo permanente; pero el pla- cer o la desgana están en mí. Por otra parte, el carácter de incitación va siempre unido a un objeto psíquico, mientras que el sentimiento puede carecer de objeto.

EFECTOS GENERALES DE CAMPO.-Los efectos generales de

campo por parte de los sentimientos pueden resumirse diciendo que determinan la dirección en que opera la libido, en el sentido de atrac- ción o de repulsa, de impulsar o de presionar. Aun cuando valor sen- timental y cuantía de libido no son equivalentes, los sentimientos ejer- cen una influencia sobre la economía energética psíquica, pues por lo general tienden a favorecer los procesos dotados de idéntico tono sentimental y a inhibir aquellos otros que poseen un tono sentimental de signo contrario (o a ser inhibidos por estos últimos). Esto tiene mayor validez cuanto más se aproxima el sentimiento en cuestión al grado cuantitativo de un estado fundamental de ánimo. Por el con- trario, este último puede ser a su vez intensamente influido por el sentimiento aislado, siempre que éste se halle muy cargado de libido. Los sentimientos próximos al yo vinculan en general, y fácilmente, energía, y a partir de estos centros, y siguiendo la ley de entropía psíquica, la libido vuelve a fluir de nuevo, llevando consigo, casi siempre, el correspondiente tono sentimental. Cuando hay cada vez más contenidos incluidos en un tono sentimental común a todos ellos, tono que tiene como punto de partida un determinado centro vivencia!, hablamos de irradiación del sentimiento. Si se trata del paso o trans- posición de un tono sentimental correspondiente a un contenido, a otro determinado, hablamos de transferencia. Si el sentimiento se des- prende por completo del primer objeto y pasa a un segundo, de des­ plazamiento.

Sentimientos sintímicos 141 SENTIMIENTOS SINTIMICOS Y CAT ATIMICOS.-Pueden alcanzar

significación patológica las excepciones a la regla antes citada de concordancia sentimental, según la cual los procesos sentimentales semejantes se favorecen y fomentan mutuamente, mientras que los de índole distinta se inhiben entre sí. Cuando sobre el terreno de un estado básico de humor, que se halle muy marcado, surge un acon- tecimiento sentímentcl endógeno, éste suele armonizar con la tona- lidad de dicho estado de ánimo, coordinándose con él. Hablamos

·entonces con H. W. MAIER, de sentimientos sintímicos, pues el senti-

miento ·que surge como figura coincide con el estado de ánimo de fondo. En otro caso, cuando el carácter del sentimiento aislado y

endógeno que surge como figura hace imposible su unificación con el sentimiento básico, cuando ambos se hallan en contradicción, ha- blamos de sentimientos catatímicos. La misma diferencia es aplicable a los sentimientos exógenamente evocados respecto al humor o esta- do de ánimo básico. Son, sin embargo, más importantes los endó- genos, por lo cual los hemos mencionado con prioridad.

Los sentimientos próximos al yo, como hemos dicho, vinculan fácilmente energía psíquica. Esto resulta especialmente válido res- pecto a aquellos sentimientos que se aproximan amenazadoramente al yo, tales como los de intensa frustración, terror, desesperación, etc. Estos sentimientos suelen surgir dotados de grandes cargas energé- ticas, frente a las cuales el yo no puede hacer otra cosa sino oponerse débilmente con su habitual carga de libido. Las huellas dejadas en el recuerdo por la vivencia amenazadora permanecen extraordina- riamente cargadas de energía, a cuyo flujo, tal como anteriormente hemos dicho, se opone la organización psíquica para no . ser inundada. Surge entonces fácilmente una tentativa para desviar la energía hacia afuera mediante realización de situaciones dentro de las cuales pueda tener lugar una actividad. Esta supone la puesta en marcha de una defensa activa que hasta entonces ha permanecido inhibida, o bien una descarga hacia el exterior a través de actos, y es designada como

abreacción. Suele hacerse uso involuntario de ella con el fin de des- cargar afectividad. En terapéutica es posible provocarla de un modo deliberado, con idéntica finalidad. Quien es objeto de una agresión se aterra, el que es amenazado grita, el colérico se enfurece, y con tales reacciones hacen disminuir la tensión que les amenazaba. En la neurosis de terror, la vivencia del trauma, involuntariamente repetida a través de la imaginación o del sueño, hasta quedar despojada de su demoníaco poderío, constituye un clásico ejemplo de abreacción espontánea. Allí donde esta última no surge y la inhibición causada por el terror continúa y persiste, la abreacción debe ser buscada por

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procedimientos terapéuticos e incluso provocada de modo artificial. Aparte de los generales efectos dinámicos de los sentimientos y con el fin de caracterizarlos mejor hemos de tener en cuenta sus rela- ciones subjetivamente vividas, su "lugar". Según las citadas concep- ciones de JuNG, el sentimiento se realiza como un proceso entre el yo y el objeto (en el humor, el estado general de ánimo se convierte en objeto a través de la reflexión). El núcleo de todo sentimiento, el placer o disgusto que implica, se sitúa siempre en el sujeto, como hemos visto más arriba al compararlo con el carácter de incitación. Si el objeto, merced a la distribución de energía en el campo, alcan- za dentro de éste una situación destacada, puede, sin embargo, suceder que aparezca como decisivo tanto por lo que se refiere al acontecer emocional, como al energético, y que el sentimiento mismo sea refe- rido al objeto. Todo esto resulta, como es natural, extraordinariamente favorecido por la proyección. El objeto es entonces quien manda y el sentimiento parece hallarse localizado en él : la persona amada resulta sencillamente digna de amor, el enemigo, de odio; el poderoso apa- rece como funesto (para el sujeto). Pero este último, en otros mo- mentos menos agitados, reconocerá fácilmente que el sentimiento dominante, ya de atracción, ya de repulsa, parte de él mismo, aun cuando se halle determinado por el objeto. Tal referencia del senti- miento el objeto constituye parte de la vivencia normal, ingenuamente concreta, y es sobre todo habitual en los niños. Adqui~re, sin em- bargo, considerable importancia patológica en aquel "hallarse entre- gados" a los objetos de sus sentimientos que experimentan ciertos neuróticos, y más aún determinados enfermos mentales. La solución del conflicto por esto representado constituye un importante paso en el camino hacia la curación, dentro de la terapia analítica de las neu- rosis, y también en la enfermedad mental, ya sea conseguida en esta última mediante terapéutica, ya suceda de modo espontáneo.

CAMBIOS DE HUMOR REACTIVOS Y ENDOGENOS.-Fácil de

confundir con esta ingenua identificación del sentimiento con una cualidad del objeto, pero fundamentalmente distinta de ella, es el ca- rácter reactivo de un sentimiento: su origen reconocible a partir de un motivo de índole representativa. Así, vivimos un desengaño y ex- perimentamos por ello una tristeza reactiva; vivimos un hecho feliz y reaccionamos a ello con alegría, etc. El contenido representativo puede derivarse, ya del medio ambiente, ya de la intimidad del yo; una ocurrencia, un esclarecimiento, pueden obrar de un modo tan animador como cualquier regalo del destino y procedente del exterior.

Cambios de humor 143 mente reactiva. Pero esta relación no precisa ser consciente. En los ejemplos que hemos puesto, lo es; pero en muchos casos solo se pre- cisa de una ligera exploración psicológica profunda para mostrar que un sentimiento, que en un principio nos resultaba inexplicable, tiene su punto de partida en un motivo inconsciente. Así, por ejemplo, durante la preparación de un viaje se siente uno de pronto de mal humor sin saber por qué, y de repente se da cuenta que dicho viaje conduce a una región de la cual procede alguien con quien se ha tenido una relación desagradable. Una vez que se da uno cuenta de ello, el mal humor desaparece. La índole reactiva del mal humor no aparece aquí menos claramente que si nos hubiésemos tropezado en realidad con la mencionada persona. El humor, o mejor dicho, el mal humor, parece ser en tales casos de origen endógeno, hasta que se encuentra y esclarece su auténtico motivo. Sucede de distinto modo con los sentimientos y estados de ánimo auténticamente endó- genos, para los que no encontramos más motivo que las propias oscilaciones de la psique y de los cuales la más detenida investiga- ción psicológica profunda de la personalidad total no es capaz de proporcionar una explicación satisfactoria. En ocasiones puede con- seguir definir motivos e incluso mecanismos ocultos que pueden haber conducido a una amplia oscilación psíquica del humor; pero aquellos se encuentran entonces tan frecuentemente en tan notoria despro- porción con la intensidad del cambio de humor, que no pueden valo- rarse sino con desencadenantes casuales, y se nos plantea entonces el enigma del proceso endógeno. La mayoría de· 1as personas experi- mentan de vez en cuando en sí mismas tales cambios endógenos del sentir, mas de modo al parecer absolutamente irregular. Otras perso- nas lo experimentan con periodicidad más o menos marcada (así, por ejemplo, en los estados de tensión premenstrual). En estos últimos casos se piensa en influencias hormonales (no suficientemente escla- recidas) o procedentes del medio ambiente, tales como las que se atribuyen, sin fundamento, a los cambios de fase de la luna y otras análogas.

Allí, pues, donde no es evidente ni una reactividad, ni una perio- dicidad, nos encontramos ante el profundo misterio de las psicosis afectivas endógenas. Precisamente en estas, en las cuales no se ha conseguido demostrar de modo palpable, pese a todos los esfuerzos realizados, una relación con procesos somáticos, lo subjetivo es con frecuencia especialmente intenso e inmediato, y como señalábamos más arriba, el humor es vivido corporalmente: se hace cuerpo. El maníaco siente entonces su propio cuerpo como flotante, infatigable y lleno de vigor; el depresivo siente el suyo como apagado, pesado,

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decaído y mustio. El depresivo puede sentir dentro de sí la tristeza como si fuese un mal físico, como una oscura nube en el cerebro o un peso de plomo en el pecho (a diferencia del esquizofrénico, que por regla general "tiene", y no "es", la nube o el peso de plomo). La alteración del humor comprende entonces el estrato básico de lo vital, donde se hallan unificados lo corporal y lo psíquico, como en el niño de pecho. Se trata entonces de las depresiones que K. SCHNEIDER califica de vitales. *

B. ALTERACIONES DE LA REFERENCIA DE LOS SENTIMIENTOS

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