2. Literature Review
2.1 Organizational Capabilities and Development
2.1.2 Capability Development
Los dos prelados y el Padre d'Aigrigny se levantaron a la vez al ver a Rodin, tanto les imponía la superioridad verdadera de aquel hombre, sus rostros, no ha mucho contraídos por la desconfianza y los celos, se serenaron de pronto aparentando sonreír al abate con afectuosa deferencia; la princesa dio algunos pasos para recibirle. Rodin, dejando en la blanda alfombra las sucias huellas de sus groseros zapatos, puso su paraguas en un rincón y se acercó a la mesa, no con su acostumbrada humildad, sino con paso resuelto, la cabeza erguida, la mirada fija; no sólo conocía hallarse entre los suyos, sino que tenía el convencimiento de superarles por la inteligencia.
—De vuestra reverencia hablábamos, mi muy querido padre —dijo el cardenal con suma afabilidad.
—¡Ah! dijo Rodin, ¿y qué se decía?
—Todo el bien que puede decirse de vuestra reverencia —añadió el obispo belga enjugándose la frente.
—¿No aceptaréis alguna cosa, mi muy querido padre? —dijo la princesa a Rodin. —Gracias, señora, esta mañana he comido mis rábanos.
—Mi secretario el abate Berlini, que presenció esta mañana vuestro desayuno, me ha edificado habiéndome de la frugalidad de vuestra reverencia— dijo el prelado.
—¿Podríamos hablar de negocios? —dijo Rodin bruscamente, como hombre acostumbrado a dirigir la discusión.
—Siempre nos tendremos por dichosos en oíros —dijo el prelado—; vuestra reverencia fijó este día para hablarnos de este vasto negocio Rennepont... tan importante que es casi el objeto de mi viaje a Francia.
—No puedo hacer más que repetir lo que acaba de decir su eminencia —añadió el obispo.
—Seguramente —contestó Rodin dirigiéndose al cardenal—, vuestra eminencia puede servir a nuestra causa... y mucho... y encarándose con la princesa: He dejado un recado al doctor Baleinier que viniese aquí, porque bueno será enterarle de ciertos pormenores.
—Lo introducirán como de costumbre —respondió la princesa. Desde la llegada de Rodin, el Padre d'Aigrigny no había desplegado los labios; parecía hallarse bajo la influencia de una amarga preocupación; al fin, levantándose a medias, dijo al prelado con voz agridulce:
—No rogaré a vuestra eminencia que sea juez entre el Padre Rodin y yo, nuestro general manifestó su voluntad y obedecí; pero como vuestra eminencia debe volver a ver pronto a nuestro superior, desearía que le transmitiese fielmente las respuestas de su reverencia el Padre Rodin a algunas de mis preguntas.
El prelado se inclinó y Rodin, mirando al Padre d'Aigrigny con aire asombrado, le dijo secamente:
—Es cosa ya juzgada, ¿a qué vienen esas preguntas?
—No para disculparme —contestó el Padre d'Aigrigny—, sino para patentizar el estado de cosas a los ojos de su eminencia.
—Entonces hablad y evitad palabras inútiles —y sacando Rodin su grueso reloj de plata, lo consultó añadiendo—: Es preciso que a las dos esté en San Sulpicio.
—Seré conciso: cuando vuestra reverencia creyó deber sustituir su acción a la mía, echándome en cara el modo con que había manejado los intereses que se me confiaran... esos intereses, lo confieso francamente, se hallaban comprometidos.
—¿Comprometidos? —contestó Rodin con ironía—. Decid más bien perdidos, pues me habíais ordenado escribir a Roma que era preciso renunciar a toda esperanza.
—Verdad es —dijo el Padre d'Aigrigny.
—Es decir, que era un enfermo desahuciado, abandonado de los... mejores médicos —continuó Rodin irónicamente—, el que me encargué de salvar. Continuad —y metiendo las manos en los
bolsillos de su pantalón, miró fijamente al Padre d'Aigrigny.
—Vuestra reverencia me culpó con dureza —continuó éste—, por no haberme valido de todos los medios posibles para apoderarnos de unos bienes injustamente sustraídos a nuestra compañía. —Y agregó—, Pero nadie podrá legalmente perseguirme; y en fin, a no ser por una circunstancia fatal, el éxito hubiera consagrado la marcha que había seguido, por brutal y grosera que fuese. Ahora ¿podré preguntar a vuestra reverencia lo qué? ...
—¿Lo qué he hecho más que vos? —dijo Rodin al Padre d'Aigrigny cediendo a su impertinente costumbre de interrumpir—. ¿Lo que he hecho mejor que vos? ¿Qué he adelantado en el asunto Rennepont? ¿Es eso lo que queréis saber?
—Precisamente.
—¡Pues bien! lo confieso —añadió Rodin en tono sardónico—; así como vos habéis hecho cosas grandes, de bulto y turbulentas, yo las he hecho pequeñas, pueriles y ocultas.
—Nunca me hubiera atrevido a dirigir a vuestra reverencia una reconvención semejante, aun cuando me pareciese merecida —dijo el Padre d'Aigrigny con amarga sonrisa.
—¿Una reconvención? —repitió Rodin encogiéndose de hombros—. Ya estáis juzgando. ¿Sabéis lo que escribía de vos hace unas seis semanas? Aquí lo tenéis: "El Padre d'Aigrigny tiene excelentes cualidades, me servirá de mucho" (y desde mañana os emplearé muy activamente añadió como paréntesis) pero añadía: "No es bastante grande para saber hacerse el pequeño cuando conviene." ¿Comprendéis?
—No mucho —dijo el Padre d'Aigrigny ruborizándose.
—Peor para vos; eso prueba que tenía razón. ¡Pues bien! ya que es preciso decíroslo, yo he tenido bastante talento para hacer el papel más tonto del mundo durante seis semanas. Si, tal como veis, he charlado con una muchacha; hablé de progreso, humanidad, libertad y emancipación de la mujer a una joven de cabeza alocada; del gran Napoleón y de la idolatría bonapartista a un viejo soldado imbécil, de gloria imperial, humillación de la Francia y esperanza en el rey de Roma a un buen mariscal. ¡Más he hecho a fe mía! Traté de amores con un joven tigre salvaje.
Ver a la araña tejer obstinadamente su tela ¡qué interesante es! Un feo animalillo negruzco tendiendo hilo sobre hilo, anudado éstos, reforzando aquéllos, alargando los otros: os encogéis de hombros, bueno... pero volved dos horas después, y ¿qué halláis? el animalillo negruzco bien satisfecho y en su tela, una docena de locas moscas tan atadas y sujetas, que el animalillo negruzco no tiene más que escoger a voluntad la hora y el momento de comérselas.
Al decir estas palabras, sonrióse Rodin de un modo extraño. El Padre d'Aigrigny sentía ya el haber promovido esta lucha: no obstante respondió con mal reprimida ironía:
—No argüiré sobre la tenacidad de vuestros medios. Convengo con vos en que son pueriles, vulgares: pero esto no basta para dar una elevada idea de vuestro mérito. Me tomaré pues la libertad de preguntaros...
—¿Lo que han producido esos medios? mirad mi telaraña, y veréis a esa hermosa e insolente joven, tan orgullosa hace seis semanas, de su beldad, talento y audacia, hoy pálida, desfigurada y herida mortalmente en el corazón.
—Pero ese arranque de intrepidez caballeresca del príncipe indio, que ha conmovido a París, dijo la princesa, ¿debió enternecer a la señorita de Cardoville?
—Sí, pero he sabido paralizar el efecto de ese desinterés salvaje, demostrando a la joven que no basta matar panteras negras para probar que es uno amante sensible, delicado y fiel.
—Bien—, dijo el Padre d'Aigrigny—. Este es un hecho probado; ya tenemos a la señorita de Cardoville herida en el corazón.
—¿Pero que ventaja redunda para el asunto Rennepont? preguntó el cardenal con curiosidad. —Primero, resulta— dijo Rodin—, que cuando el enemigo más temible se halla peligrosamente herido, abandona el campo de batalla; y esto me parece que es algo.
—En efecto, dijo la princesa; la señorita de Cardoville, con el talento y audacia que tiene, podría ser el alma de la coalición que se formase contra nosotros.
y eso es una ventaja. ¿Pero esa herida del corazón impedirá que herede?
—¿Qué es lo que decís? —preguntó fríamente Rodin. ¿Sabéis por qué he hecho todo lo posible para acercarla a Djalma a su pesar y luego la he alejado también contra su voluntad?
—Eso es lo que os pregunto, dijo el Padre d'Aigrigny, ¿de qué modo esa fermentación de las pasiones impedirá que la señorita de Cardoville y el príncipe hereden?
—El rayo que estalla y hiere, ¿parte de un cielo sereno o de un tormentoso? —dijo Rodin en tono de desdén. No os impacientéis; ya sabré dónde colocar el pararrayos. Con respecto al señor Hardy, ese hombre vivía por tres cosas, ¡por sus trabajadores, por un amigo y por una querida! Tres golpes ha recibido en medio del corazón. Yo siempre me dirijo al corazón; es legal y seguro.
—Es legal —dijo el obispo —porque si no me engaño, ese fabricante tenía una concubina; por consiguiente, bueno es el servirse de una mala pasión para castigar al perverso.
—Nuestra Santa Madre Perpetua —dijo la princesa— cooperó por todos los medios posibles para descubrir ese abominable adulterio.
—Ya tenemos al señor Hardy herido en sus más queridos afectos, convengo en ello —dijo el Padre d'Aigrigny— sin fortuna, pero por lo mismo más ávido de esa inmensa herencia.
Este argumento pareció tan fuerte a los dos prelados y a la princesa, que todos miraron a Rodin con suma curiosidad; éste en lugar de responder, se acercó al aparador, examinó los frascos, y dijo:
—¿Qué hay aquí dentro?
—Vino de Burdeos y de Jerez —contestó la señora de Saint-Dizier, muy sorprendida del súbito gusto de Rodin.
Este cogió el primer frasco que le vino a la mano y llenó un vaso de Madera, que bebió de un sorbo. Hacía algunos momentos que se había estremecido de un modo extraño, y luego sintió cierta debilidad, por lo cual creyó que el vino le reanimaría. Después de enjugarse sus labios con el reverso de su mano grasienta, volvió al lado de la mesa y dirigiéndose al Padre d'Aigrigny: —¿Qué me decíais sobre el señor Hardy? .
—Que hallándose sin fortuna se mostraría más codicioso de esa inmensa herencia —repitió el Padre d'Aigrigny, picado interiormente del tono imperioso de su superior.
—¿Pensar en dinero el señor Hardy? —dijo Rodin encogiéndose de hombros ¿acaso piensa en algo? se halla completamente anonadado. Indiferente a las cosas de este mundo, está entregado a un atontamiento del cual no sale sino para derramar lágrimas; entonces habla con una bondad maquinal a los que le cuidan con esmero (le he puesto en buenas manos). No obstante, ya empieza a mostrarse sensible a la tierna conmiseración que le manifiestan continuamente. Porque, es bueno, excelente, tan excelente como débil, y a esa bondad... os dirigiré, padre d'Aigrigny, para que llevéis a cabo lo que falta por hacer.
—¿Yo? —dijo el Padre d'Aigrigny muy sorprendido.
—Sí, y entonces conoceréis si el resultado que he obtenido no es importante, y... —e interrumpiéndose pasó la mano por la frente y se dijo a sí mismo—: ¡Es singular!
—¿Qué tenéis? — le preguntó la princesa con interés.
—Nada, señora —contestó Rodin, estremeciéndose—; sin duda es el vino... que he bebido; no estoy acostumbrado... me duele un poco la cabeza... pero ya pasará.
—Efectivamente, mi querido padre, tenéis los ojos muy encendidos —dijo la princesa.
—Es que he mirado con demasiada fijeza en mi tela —añadió el jesuita con su sonrisa siniestra — y preciso es que vuelva a fijar en ella la vista para patentizar al Padre d'Aigrigny, que se hace el miope... las otras moscas; las dos hijas del general Simón, por ejemplo, que cada día se hallan más abatidas, viendo elevarse una barrera helada entre ellas y el mariscal. A éste, desde la muerte de su padre, es preciso oírle y verle, perplejo, desesperado entre dos ideas distintas, creyéndose deshonrado si hace esto hoy, y mañana si no lo hace. Ese soldado, en el día es más débil e irresoluto que un niño. Veamos, ¿quién falta aún de esa familia impía? ¿Santiago Rennepont? ¡Preguntad a Morok el estado de embrutecimiento en que han puesto a ese miserable las continuas orgías, y hacia qué abismo camina! Ahí tenéis a esos Rennepont que, según el
consejo de su hereje abuelo, debían unir sus fuerzas para combatirnos y aplastarnos. Y eran realmente muy temibles. ¿Qué había dicho yo? Que obraría sobre sus pasiones; lo he hecho, y ahora en vano intentan librarse de la tela que los rodea por todas partes. ¡O digo, que son míos... que son míos! ...
Hacia algunos momentos que, a medida que hablaba, la fisonomía y la voz de Rodin se alteraban de un modo extraño, su tez, siempre cadavérica, se coloreaba cada vez más; luego ¡extraño fenómeno! sus ojos, adquiriendo mayor brillo, parecían hundirse, y su voz vibraba ronca, breve y atronadora. Era tan notable la alteración de las facciones de Rodin, y de la que él parecía no hallarse enterado, que los demás actores de esta escena le miraban con asombro. Equivocando el motivo de esta impresión, Rodin, indignado, exclamó con voz entrecortada por una aspiración profunda y penosa.
—¿Es compasión por esa raza impía lo que se manifiesta en vuestros rostros? ¡Cómo! ¿Para defendernos de esas víboras, no tendríamos el derecho de aplastarlas en el veneno que destilan? Yo os digo que es servir a Dios, que es dar un saludable ejemplo el condenar, a la faz del mundo, por el desencadenamiento de sus pasiones, a esa familia impía al dolor, la desesperación y la muerte.
Horrible era la ferocidad de Rodin al expresarse de este modo; un sudor frío bañaba sus sienes. Atribuyendo este malestar que iba en aumento a un poco de cansancio, porque había escrito durante parte de la noche, se acercó al aparador, llenó otro vaso de vino que bebió de un sorbo, y volvió cuando el cardenal le decía:
—Si la marcha que habéis seguido con respecto a esta familia hubiese tenido que justificarse, mi muy querido padre, lo habríais conseguido con vuestras últimas palabras; no sólo según vuestros casuistas, lo repito, os halláis en pleno derecho, sino que tampoco podrían reprobaros nada las leyes humanas; en cuanto a las leyes divinas, es grato al Señor que se destruya la impiedad con sus mismas armas.
Vencido el Padre d'Aigrigny, lo mismo que los demás circunstantes, por la seguridad diabólica de Rodin, y dominado por una admiración temerosa, le dijo:
—Confieso que he obrado mal en dudar del talento de vuestra reverencia; engañado por la apariencia de los medios que usasteis, considerándolos aisladamente, no había podido juzgar de su terrible conjunto, y sobre todo, de los resultados que efectivamente han producido. Ahora, ya le veo; el éxito, mediante vos, no es dudoso.
—Eso es una exageración —contestó Rodin, con impaciencia febril; todas esas pasiones se hallan ahora en fermentación; pero al momento es crítico... Rodin no pudo continuar, y aplícase bruscamente ambas manos a la frente dando un grito de dolor.
—¿Qué tenéis? —dijo el Padre d'Aigrigny. —Sentaos —dijo la princesa con interés. —Tomad alguna cosa —añadió el obispo.
—No será nada —contestó Rodin haciendo un esfuerzo sobre sí mismo—; esta noche he dormido poco... es cansancio... nada más. Decía, pues, que era el único que en la actualidad podía dirigir este asunto, pero no ejecutarlo.
—Mi querido padre —dijo el cardenal con inquietud—, os aseguro que estáis gravemente indispuesto. Vuestra palidez es ya lívida.
—Es posible —respondió animosamente Rodin—; pero no me abato por tan poca cosa. Volvamos a nuestro asunto. Ha llegado el momento, Padre d'Aigrigny, en que vuestras cualidades, me pueden servir de mucho. Poseéis seducción, atractivo, una elocuencia penetrante; será preciso...
Rodin volvió a interrumpirse; bañaba su frente un sudor frío; sintió que sus piernas flaqueaban, y dijo, a pesar de su obstinada energía:
—Lo confieso... no me siento bien... tiemblo a pesar mío... estoy helado...
—Si tomaseis bebida caliente... una taza de te... —dijo la princesa—. Afortunadamente el señor Baleinier debe venir muy pronto, y nos tranquilizará sobre esta indisposición.
A estas palabras del cardenal, Rodin, que se había acercado con trabajo al fuego, volvió la vista hacia el prelado y le miró fijamente de un modo extraño durante un segundo; luego, volviéndose de su indomable energía a pesar de la alteración de sus facciones, Rodin exclamó con voz desfallecida:
—Este fuego me ha reanimado; no será nada... ¿Qué casualidad? Caer enfermo en el momento en que el negocio Rennepont nadie puede llevarlo a cabo sino yo. Volvamos, pues, a nuestro asunto; os decía, Padre d'Aigrigny, que podríais serme muy útil, y vos también, señora princesa —, y Rodin volvió a interrumpirse. Esta vez lanzó un grito agudo, cayó sobre una silla que estaba cerca de él, se echó hacia atrás convulsivamente, apoyando ambas manos sobre el pecho, y exclamó—: ¡Oh! ¡cómo sufro!
Entonces, ¡cosa terrible! a la alteración de las facciones de Rodin, siguióse una descomposición cadavérica; sus ojos ya hundidos se llenaron de sangre y aparecieron retirarse al fondo de su órbita, cuya sombra aumentaba como dos agujeros negros en donde lucían dos pupilas de fuego; de sus labios contraídos por un dolor atroz, escapábase una respiración penosa, interrumpida de vez en cuando por estas palabras.
—¡Oh! ... sufro... me abraso…
Cediendo luego a un acceso furioso, se arañaba su pecho desnudo, porque había hecho saltar los botones de su chaleco y roto su camisa negra y grasienta, cuál si la presión de la ropa aumentase la violencia de los dolores que le atormentaban.
Con sus vestidos desordenados, sus ralos cabellos canos erizados en derredor de su rostro verdoso, fijando sus ojos encarnados y ardientes en el cardenal, que en aquel momento se inclinaba hacia él, sujetóle con sus manos convulsas, y con un acento terrible, exclamó con voz entrecortada:
—¡Cardenal Malipieri! Esta enfermedad es demasiado súbita... Se desconfía de mí en Roma; sois de la raza de los Borgias... y vuestro secretario... estuvo esta mañana en mi casa!
—¡Miserable! ¿qué es lo que se atreve a decir? —exclamó el cardenal, tan pasmado como indignado de la acusación, mientras procuraba desasirse de las manos del jesuita, cuyos dedos parecían de hierro.
—¡Me han envenenado! —dijo Rodin entre dientes—, y postrado cayó en los brazos del Padre d'Aigrigny. El cardenal, a pesar de su espanto, pudo decir a éste:
—Cree que quieren envenenarle... es decir; que trama algo peligroso. Abrióse la puerta del salón y entró el doctor Baleinier.
—¡Ah! doctor —exclamó la princesa—, pálida y asustada, acercándose a él; al Padre Rodin acaban de darle repentinamente unas convulsiones horribles... venid... venid.
—Convulsiones... eso no es nada; tranquilizaos, señora —dijo el doctor, arrojando su sombrero sobre una silla y acercándose apresuradamente al grupo que rodeaba al moribundo.
—¡Aquí está el doctor! —dijo la princesa—. Todos se separaron, menos el Padre d'Aigrigny que sostenía a Rodin, echado en una poltrona.
—¡Cielos! ¡qué es esto! —exclamó el doctor Baleinier examinando con un terror que iba en aumento, el rostro de Rodin, que de verde se puso azulado.
—¿Qué hay? —preguntaron los espectadores a una.
—Lo que hay —contestó el doctor retrocediendo como si hubiese pisado una serpiente. ¡Es el cólera!
A esta palabra terrible, mágica, el padre d'Aigrigny dejó solo a Rodin, que cayó tendido en el suelo.
—¡Está perdido! —exclamó el doctor Baleinier—; no obstante, corro a buscar lo que se necesita para probar un último esfuerzo. Y salió precipitadamente del cuarto.
La princesa de Saint-Dizier, el Padre d'Aigrigny, el obispo y el cardenal siguieron al doctor. Todos se agruparon a la puerta, y era tal su espanto que ninguno acertaba a abrirla. Hiciéronla no obstante girar sobre sus goznes de la parte de afuera, y apareció Gabriel, el tipo del verdadero