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4. Methodology

4.2 Research Design

4.2.2 Case Sample

La noche había cerrado casi del todo, cuando el cadáver de Goliat fue arrojado al río. El Padre d'Aigrigny, retrocedía paso a paso, y había podido hasta entonces resistir y permanecer en pie. Aunque el abate no esperaba le fuese muy útil, continuaba pidiendo con todas sus fuerzas socorro. El "Caminero" volvió a arrojarse sobre el Padre d'Aigrigny, diciendo:

—Este ya dura demasiado; acabemos con él.

El Padre d'Aigrigny se vio perdido. Sus fuerzas estaban ya agotadas. ¿Morir asesinado por aquellos brutos, después de haberse librado tantas veces de la muerte en la guerra? Tal era el pensamiento del Padre d'Aigrigny, cuando el "Caminero" se arrojó sobre él.

De pronto, y en el momento en que el abate, cediendo al instinto de conservación, pedía por última vez socorro, la puerta en que se apoyaba se abrió detrás de él; una mano segura le cogió, metiéndolo dentro de la iglesia. Era Gabriel. El joven prisionero permanecía de pie en el umbral de la puerta; su adorable rostro de arcángel, rodeado de sus largos cabellos rubios, conmovido por la conmiseración y el dolor, iluminándolo las últimas claridades del crepúsculo. Aquella fisonomía de una divina hermosura, expresaba una compasión tan tierna, que la turba se conmovió cuando Gabriel, las manos juntas, exclamó con voz sonora y palpitante:

—¡Perdón hermanos míos! Sed humanos, sed justos.

Vuelto en sí el "Caminero" de su primer movimiento de sorpresa y de su emoción involuntaria, se acercó a Gabriel gritando:

—¡No hay perdón para el envenenador!...

—¿Pensáis en lo que vais a hacer, hermanos míos? —respondió Gabriel—. ¡En esta iglesia, un sitio de refugio para todo el que se ve perseguido!

—Nos apoderaremos de nuestro envenenador hasta el mismo altar —respondió brutalmente el "Caminero".

—Hermanos míos, escuchadme... dijo Gabriel tendiendo los brazos. ¡Abajo los solideos! ¡Entremos aquí como en el arzobispado!

—¡Qué nos importa a nosotros que sea una iglesia! ¡Si los solideos defienden a los envenenadores, al agua con ellos!

Diciendo esto, el "Caminero" seguido de "Cebolleta" y de bastantes hombres determinados, se acercó aún más a Gabriel; pero éste viendo que hacía algunos segundos que el enojo de la muchedumbre se reanimaba, había previsto aquel movimiento; retirándose bruscamente dentro de la iglesia, consiguió a pesar de los esfuerzos de los acometedores, tener la puerta casi cerrada y atrancarla, valiéndose de una barra de madera, apoyando una punta en las losas y la otra en el hueco que formaban los travesaños. Gabriel, al mismo tiempo que defendía la entrada, gritaba al Padre d'Aigrigny:

—¡Huid, padre mío... huid por la sacristía! las demás salidas estarán cerradas.

El jesuita debilitado, sintiendo que le faltaban las fuerzas, y creyéndose al fin en seguridad, se había arrojado medio desmayado sobre una silla. A la voz de Gabriel, el abate se levantó con trabajo, y con paso incierto se apresuró a llegar al coro, separado de la iglesia por una reja.

—¡Pronto, padre mío! —añadió Gabriel con espanto, aguantando con todas sus fuerzas la puerta —. Dentro de algunos minutos será ya demasiado tarde; y el misionero añadió con desesperación —: ¡Y hallarme solo, para detener la invasión de esos insensatos!

Gabriel, a pesar de la increíble energía que le inspiraba el deseo de salvar a el Padre d'Aigrigny conoció que la puerta no podía resistir a las formidables sacudidas y que muy pronto cedería. Volviendo entonces la cabeza para asegurarse de que a lo menos el jesuita había salido de la iglesia, con gran espanto le vio tendido, sin movimiento, a algunos pasos del coro. Abandonar la puerta casi rota, correr hacia el Padre d'Aigrigny, cogerle en sus brazos y llevarlo dentro de la reja del coro, fue para Gabriel un hecho tan rápido como el pensamiento, porque cerraba la reja al mismo tiempo que el "Caminero" y su cuadrilla, después de derribar la puerta, se precipitaban

en la iglesia. Gabriel, en pie, de la parte de afuera del coro, con los brazos cruzados sobre el pecho, esperó con tranquilidad aquella turba exasperada.

Derribada la puerta, los acometedores hicieron una violenta irrupción; pero no bien hubieron puesto el pie en la iglesia, pasó una escena extraña. La noche había tendido ya su negro manto y sólo algunas lámparas de plata derramaban su pálida luz en medio del santuario. A su brusca entrada en aquella inmensa catedral, sombría, silenciosa y desierta, los más audaces quedaron sobrecogidos, pero el primer dicharacho del "Caminero", que rompió aquel respetuoso silencio, la emoción pasó.

—¡Decid con cien mil diablos! —exclamó— : ¿cobramos aliento para cantar vísperas? Si hubiese vino en la pila, enhorabuena.

Algunos instantes después, los ojos de los acometedores, acostumbrados a aquella oscuridad, distinguieron, en medio de la pálida aureola de luz que formaba una lámpara de plata, el imponente rostro de Gabriel, en pie de la parte afuera de la reja del coro.

—El envenenador está oculto aquí en un rincón —gritó el "Caminero"—. Es preciso obligar a este cura a que nos lo entregue.

—El fue el que le introdujo en la iglesia. —Pagará por los dos si no se halla el otro.

A medida que se borraba la primera impresión del respeto involuntario que había experimentado la muchedumbre, los rostros eran cada vez más feroces y amenazadores.

—Sí, sí —exclamaron varias voces trémulas de cólera—, necesitamos la vida de uno u otro. —O de los dos.

—¡Muera, muera!

A aquella explosión de feroces gritos que resonó de un modo aterrador en los gigantescos arcos de la catedral, la turba, ebria de furor, se precipitó hacia la reja del coro, en cuya puerta estaba Gabriel.

El joven misionero, que mientras los salvajes de las montañas Pedregosas lo crucificaban, pedía al Señor perdonase a sus verdugos, tenía el corazón demasiado animoso y el alma demasiado caritativa para no aventurar mil veces su vida para salvar al Padre d'Aigrigny, a aquel hombre que le había engañado con hipocresía cruel.

CXXVIII