B.5 Component 5: Case Studies in Benefits and Barriers
B.5.2 Case Study 2 “Later Qualification as Process Engineer in the Iron,
(1872-1913)
“El país vive engañado acerca de la instrucción primaria. En Chile no se educa al pobre, no se educa lo que se llama con tanto desprecio el roto, i mientras el roto no deje de serlo, no habremos hecho patria i estaremos mui léjos de ser una república” (Demetrio Lastarria, 1872)
ya en 1872, Demetrio Lastarria había planteado el tema central: “nuestras leyes i disposiciones acerca de la ins-
trucción… se han adaptado, nó en consideracion a las necesidades efectivas del país, sino a las necesidades del sis- tema autoritario que nos rije, i a la centralizacion, que se ha perseguido como un ideal de buen gobierno en Chile”.
es decir, el sistema nacional de educación era entonces, no el producto de las necesidades y propuestas ciu- dadanas, sino la imposición de la voluntad oligárquica que regía el orden portaliano. No la retroalimentación progresiva de los cambios en las costumbres introducidos por la sociedad civil, sino el decreto vertical de la razón centralista del estado. Lastarria pensaba que mientras la educación tuviera en chile tal sesgo centralis- ta, nada se conseguía con crear más y más escuelas. Lo único que se obtenía era multiplicar los “motivos de vanidad” y diferenciación social, pues no se tomaban en cuenta “los intereses de la nación”. y la prueba de ello era que la tasa de criminalidad continuaba ascendiendo, año tras año. en oposición a esto, propuso:
“Creemos que el estado debe abandonar la instrucción primaria a cada comunidad, a los municipios. Los lejisladores de 1828… creyeron que la educación pública en todos sus ramos era una función municipal… La incapacidad, la ineptitud de los pueblos o departamentos para atender sus propios ne- gocios no está probada, ni tiene mas fundamento que la palabra de los amigos de la centralización… que no confían la administración de la escasa vida local a los más capaces sino a los más seguros, a los mejores partidarios… Lo que no se puede obtener por la autoridad se puede obtener por la acción del ciudadano sobre el ciudadano, de la convicción que puede comunicar el hombre al hombre… Es necesario que la instrucción primaria sea la ocupación de todos, que cada vecino influya sobre su vecino, que cada ciudadano influya sobre el ciudadano i entónces habremos hecho patria”250.
es lo que, sin cambiar la ley, habían hecho todos los movimientos sociales desde antes de 1872, inclusive los múltiples ‘afluentes’ feministas. esto es: autoeducarse, de ciudadana a ciudadana, de amigo a amigo, de camarada a camarada, de vecino a vecino. Las mujeres en su salón, reunidas en comunidad. Las mujeres y hombres de la chingana, agrupados en comunidad. Las preceptoras en sus cuartos redondos, pensando des- de la comunidad que acogían allí. Las prostitutas, desde el encierro social de su asilo, su única comunidad. el proletariado masculino, el femenino, los estudiantes. todos. o casi todos. tejiendo soberanía, puntada a puntada, a medida que se autoeducaban.
Demetrio Lastarria planteó en 1872 una propuesta educativa de perfil revolucionario, pues, ante la polí- tica educativa del patriarcado mercantil (pelucones), que privilegiaba el centralismo y el moralismo, oponía una educación emanada de las mismas comunidades de base, como un proceso democrático y solidario de retroalimentación cultural y social. Sin duda, su propuesta fortalecía y autonomizaba la sociedad civil, y no el estado y la iglesia, que es a lo que tendía el autoritarismo oligárquico. Sin embargo, el debate educacional no se desarrolló sobre los parámetros estratégicos en los que centró Lastarria su propuesta. Mayor fuerza demostró tener, en ese punto, la necesidad de educar formalmente, al mismo tiempo que los rotos pero en otro nivel, a la mujer. y fue notable que, no bien surgió una iniciativa en este sentido (la solicitud, a fines de ese mismo año, de dos directoras de liceos femeninos particulares251 al consejo Superior de la universidad para que sus egresadas ingresaran a carreras profesionales), la abrumadora mayoría de los periódicos y de los intelectuales tomaran partido en pro de abrir “la ciencia” a la formación intelectual de las mujeres.
el debate se encendió de inmediato entre el Estandarte Católico y La Libertad Católica (periódicos del Arzobispado de Santiago) de un lado, y de otro, el conjunto de los grandes periódicos liberales: El mercurio,
La Patria, El Ferrocarril, El Deber, El Independiente y La República. cuando el Ministro de educación, Miguel Luis
Amunátegui, acogiendo la solicitud de las directoras isabel Le brun de Pinochet, del colejio de la recoleta, y Antonia tarragó, del colegio Santa teresa, propuso multiplicar los liceos femeninos y abrirles la universidad, la prensa católica abrió fuego graneado sobre la iniciativa. De inmediato respondieron los diarios liberales, de modo que se inició un duro debate que se prolongó por casi toda la década252. el calor empleado en esta controversia marcó la dirección de la reflexión general, lo que dejó en segundo plano la propuesta global de Lastarria, que permanecería allí hasta, más o menos, 1919-1920, cuando el dilema entre el estado Docente y la comunidad Docente se planteó con aguda centralidad.
El Estandarte Católico: “Los católicos no podemos ver en los proyectos del señor amunátegui sino una amenaza a nuestras creencias; i por lo tanto las combatiremos por cuantos medios lícitos esten a nuestro alcance, a ménos que se nos dé las garantías suficientes para destruir nuestos justos temo- res. aun con estas garantías creemos que sería preferible que el gobierno se abstuviera de ayudar a la planteacion de los mencionados Liceos”.
251 Antonia tarragó e isabel Le brun.
252 Sobre este debate, ver de ernesto turenne: “Profesiones científicas para la mujer”, en Revista Chilena, tomo Vii (Santiago, 1877. imprenta La república) (editado por Diego barros Arana y Miguel Luis Amunátegui), pp. 352-427, y de Florencio Moreyra: “Lijeras observaciones al proyecto de educar científicamente a la mujer”, en ibídem, pp. 603-615.
La República: “no comprendemos por qué los liceos de niñas envuelven un ataque a la relijión. ¿acaso toda niña que se instruye tiene que llegar a ser libre-pensadora? ¿no ha visto el Estandarte que lo primero en que se ha pensado al fundar esos establecimientos es en la instrucción relijiosa?... Esto sería establecer que la mujer no tiene las mismas facultades i sentidos que el hombre, lo que sencillamente seria un absurdo”.
El Día: “Los benditos presbíteros siguen irritados por el proyecto de dar ilustración a la mujer. Que se les enseñará a despreciar el agua de Lourdes i otras cosas de la relijion católica, esclaman… Ilustradas, despreciarán lo despreciable, la farsa, los embelecos, las tonterías… mui respetable es la relijion católi- ca, i la respetarán las señoras ilustradas… Sean francos… no es la relijion lo que ven en peligro, lo que ven perderse es la credulidad ciega e irreflexiva que les deja tanto provecho, i eso es lo que lamentan… ¿Qué suerte correrá el agua de Lourdes, analizada en el laboratorio de las futuras químicas?”
El Estandarte Católico: “ayer no más la Reforma de La Serena se frotaba ambas manos de placer, indicando que los profesores del Liceo podían hacer clase gratuitamente (¡los amables!) a las niñas; lo que significaba que ya se aparejaban para que las palomas quedaran al cuidado del halcón, las hijas católicas a cargo de la masonería”253.
el 5 de febrero de 1877 el Ministro de instrucción Pública zanjó el debate emitiendo el siguiente decreto:
“Considerando: 1) que conviene estimular a las mujeres a que hagan estudios serios i sólidos; 2) que ellas pueden ejercer con ventaja algunas de las profesiones denominadas científicas; 3) que importa facilitar los medios de que puedan ganar la subsistencia por sí mismas, decreto: Se declara que las mujeres debe ser admitidas a rendir exámenes válidos para obtener títulos profesionales con tal que se sometan para ello a las mismas disposiciones a que están sujetos los hombres. Comuníquese i publí- quese. Pinto. miguel Luis amunátegui”254.
el Decreto de Pinto-Amunátegui significó una notable victoria, no tanto de los movimientos feministas –que pese a estar autoeducándose, no estaban exigiendo eso– sino, más bien de la opinión pública liberal ilustrada, que a la sazón era mayoritaria y, también, sobre todo, masculina. cierto fue que la iniciativa co- rrespondió a dos incansables “institutrices” –como las designaron los periódicos– pero la masiva respuesta a favor que tuvo esa iniciativa provino, sobre todo, de los publicistas, de los intelectuales y de muchos políticos. turenne cita a los principales: “arteaga alemparte, Blanco Cuartín, Lira, Koening, Feliú, Velasco, Escobar, Vergara
antúnez, Errázuriz, Las Casas i otros, dignos adalides de la cruzada que iniciaron el ministro amunátegui i la insti- tutriz Le Brun de Pinochet, han sido soldados infatigables para defender los derechos sociales de la mujer… (y) los problemas de mas alta trascendencia que se hayan discutido jamás”255.
253 ernesto turenne: loc.cit., pp. 410 et seq. 254 citado por Florencio Moreyra, loc.cit., p. 604. 255 e.turenne: loc.cit., p. 405.
el mencionado decreto fue, sin duda, una entusiasta respuesta política a una iniciativa más bien puntual. Podría decirse, incluso, que en este caso la ley se anticipó a la costumbre. Prueba de ello fue que, pese a la apertura de los liceos de niñas, los movimientos feministas continuaron bregando por los mismos senderos sociales y culturales que habían venido, hasta allí, roturando. es que, para la mayoría de las mujeres de esa época, el problema de fondo parecía ser, no tanto el de la “instrucción sistemática”, con certificados y exá- menes de admisión, o de la augusta “ciencia”, sino el de su identidad de género y el de su rol social público, en sentido amplio. A nivel de sentimiento y costumbre, no sólo a nivel de intelecto. en este aspecto, el triunfo logrado en 1877 por la opinión liberal, en tanto se expresó en un decreto, no surgió en total consonancia con la naturaleza específica del movimiento femenino, sino, más bien, en concordancia con la solidaridad inte- lectual de la opinión liberal masculina. Había convergencia general y, por eso mismo, se consolidó un triunfo importante sobre el autoritarismo triangular del orden portaliano, pero los movimientos femeninos, sumidos en las sutilezas de la cotidianeidad, tenían que continuar trabajando en los procesos que ellos mismos habían echado a andar. y fue lo que ocurrió.
No es de extrañar, entonces, que el debate sobre la educación de la mujer haya sido, mayoritariamente, un debate entre publicistas masculinos que simpatizaban con la liberación de la mujer. cierto es que la traduc- ción que realizara Martina barros de orrego del opúsculo “La esclavitud de la mujer” –publicada en la liberal
Revista de Santiago– constituyó un percutor que inspiró la reflexión masculina, pues su huella se observa en
los analistas que aquí se han citado y en otros que se citarán luego. Pero, en general, las publicistas femeninas u otras cabecillas de movimiento no se inscribieron en ese debate. Por tanto, el frente abierto por Amuná- tegui se desplegó en paralelo con los ‘otros’ movimientos feministas, y pasaría casi medio siglo antes de que ambos procesos se encontraran en una encrucijada común.
La reflexión masculina se había centrado, principalmente, en la Academía de bellas Letras, luego de que el escritor eugenio María Hostos pronunciara allí, a comienzos de 1872, un sentido discurso sobre la liberación de la mujer. Augusto orrego Luco, de inmediato, lo continuó, en una carta que fue leída en ese salón:
“Hasta aquí la discusión se ha limitado a demostrarnos la necesidad en que estamos de dar a la mujer una educación científica i se ha creido que bastaba probarnos –a nosotros los hombres– el derecho que tiene la mujer para ser educada i el deber que nosotros tenemos de educarla para que la cuestión quedase resuelta… En nuestro pensamiento está la firme convicción de que existe entre el hombre i la mujer una indisoluble comunidad de derechos… Es odioso todo lo que tienda a mantener la una bajo la tutela del otro… Es necesario probar a los hombres la justicia de la reforma que se pide i probar a las mujeres la conveniencia que para ellas envuelve esa reforma”256.
La preocupación de Augusto orrego tenía directa relación con las dudas que el autor del opúsculo tra- ducido por Martina barros de orrego había planteado respecto a las tendencias marcadas por la mujer de
esa época: “su influencia se cuenta por mucho en dos de los rasgos más notables de la vida moderna… la aversión
por la guerra i el gusto por la filantropía… En las cuestiones de filantropía, los dos puntos que las mujeres cultivan con preferencia son: el proselitismo relijioso i la caridad”257. tales tendencias estaban basadas en una educa- ción específica: la que cultivaba, principalmente, sus sentimientos, no su mente racional y política. De ahí que orrego considerara que era de suma importancia convencer a los hombres de que sus mujeres debían emanciparse, pero también a las mujeres de que debían educarse para ‘racionalizar’ su modo de influir en la sociedad. y fue curioso que un significativo número de intelectuales masculinos asumiera sinceramente la tarea de “convencer” a las mujeres de que podían y debían liberarse a través de los planes de estudio y el conocimiento de las ciencias. Se inició entonces una suerte de cruzada masculina en este sentido. Por eso, en 1877, benicio Álamos González leyó en el círculo Literario de Señoritas, un texto que, entre otras cosas, decía lo siguiente:
“Seré franco. no vengo a cubrirlas de aromas i de flores… Vengo sencillamente a proponerles que conspiremos para hacer una revolución… La revolución que voy a proponerles no será violenta. no habrá soldados, ni armas, ni batallas sangrientas… Sólo se trata de utilizar mejor esta fuerza sublime, casi divina, que se llama mujer… Hasta aquí se la ha empleado en lavar la ropa… en bailar, cantar, disimular sus sentimientos, ocultar su intelijencia… I yo vengo a proponerles a Uds. que trabajemos porque se les enseñe a desarrollar las facultades intelectuales… que se las alimente de todos los cono- cimientos…”258.
el entusiasmo de benicio Álamos era evidente. Su ingenuidad también. La tibia reacción femenina a esa mística, lo mismo. No es extraño que el debate, inaugurado con tanto calor en 1872, tendiera posteriormente a sedimentarse plácidamente, de igual modo que la realidad creciente de los liceos de niñas. en consecuen- cia, la inquietud masculina comenzó a derivar hacia los niveles de análisis que le eran propios. Así, en 1899, ri- cardo Montaner bello publicó un sesudo estudio sobre el feminismo general, en el que hizo un recorrido por todos los pensadores importantes, desde los griegos hasta las propuestas contemporáneas de john Stuart Mill y Herbert Spencer, y por los movimientos feministas europeos, país por país. Descubrió que Diderot fue el primero en plantear que los rasgos aparentemente distintos e inferiores de las mujeres “es efecto de la educación, del sistema de nuestras costumbres, i nó de la naturaleza”. y lo mismo había afirmado condorcet. Montaner, sin embargo, no examinó el feminismo chileno, y sólo concluyó que
“El feminismo, tal como ahora se presente, es doctrina modernísima, pero que ha tenido la rara fortuna de franquear con rapidez las diversas fases del desarrollo de las ideas. De la forma utópica pasó a la forma dogmática i científica, de ésta alcanzó luego algunas adaptaciones políticas, i hoy dia aspira a la completa realización de la práctica… Hubo, pues, si se quiere, feministas, pero no feminismo… no es propiamente una revolución, porque se desliza sin violencia ni quebrantos; es una evolución
257 Martina barros de orrego: “La esclavitud de la mujer”, en ibídem, p. 494.
258 benicio Álamos González: “enseñanza superior de la mujer”, en Revista Chilena, tomo X (Santiago, 1878. imp. La república), pp. 532-533, y tomo Xi, pp. 55-75. el texto fue redactado en Lima, en 1876.
que avanza, que gana terreno, i se desenvuelve en el seno mismo de las sociedades como una fuerza interior largo tiempo comprimida”259.
el mismo año, Antonio Huneeus hizo saber también su pensamiento al comentar un libro de Adolfo Posada sobre el feminismo. Huneeus mantuvo el análisis en niveles de generalidad, aceptando tam- bién la igualdad de derechos naturales e históricos entre el hombre y la mujer, pero precisando que, si bien la mujer podía estudiar diversas carreras profesionales consonantes con su naturaleza, no debía permitírsele la participación en el proceso político, pues no debía abandonar la “matria potestad” y su investidura de reina de la sociedad, “porque es en la templada paz de la familia i en la silenciosa modestia
del hogar donde la mujer mejor vive”260. A decir verdad, la mayoría de los ‘feministas’ masculinos, después del debate de los años 70, asumieron como cosa personal definirse, de cara a sus lectores, respecto del movimiento general (mundial) feminista. y examinaron a ese efecto la naturaleza diferencial de los géneros, demostraron su conocimiento de la realidad mundial (de europa, América e incluso de oce- anía, pues las mujeres de Nueva Zelandia fueron las primeras en tener derecho a voto y elegibilidad), procuraron precisar cómo debía ser la malla curricular para cada nivel de los estudios femeninos; qué profesiones les convenían más y hasta qué punto podía existir incompatibilidad entre la práctica de la política y la “matria potestad”, etc. Pero ninguno de ellos inspeccionó la historia del feminismo en chile y sus proyecciones a futuro. el conocido político y abogado, Marcial Martínez, que se preocupó del tema, no se apartó mucho de este modelo, aunque concordó en “darle” a la mujer derecho a voto… para las elecciones municipales261.
Distinto fue el enfoque de teresa de Sarratea sobre el tema de la educación y el rol público de la mujer. Preocupada de la “cuestión social”, en particular de la “higiene popular” (salud, enfermedades) y de la “infancia asistida”, ella pensó que la educación debía encaminarse a a resolver, principalmente, los problemas reales (sociales) del país y que la función pública óptima para la mujer consistía en abocarse, con criterio profesional y ética cívica, a resolver esos problemas. Señaló:
“En esta esfera es precisamente donde la mujer está llamada a ejercer su influencia bienhechora, en donde es irremplazable su actividad. Ella es la que debe velar por el alimento, por el vestido, por la habitación de los pobres… La mujer chilena es escepcionalmente piadosa y caritativa; pero desgracia- damente la educación no hace nada por prepararla a desempeñar ni socialmente, ni aun en la esfera doméstica, esta importantísima misión, de la cual depende el porvenir de las jeneraciones… Qué inte- resantísimas innovaciones reclama en efecto nuestra educación… que forme en la mujer la conciencia cabal de la misión que le está reservada… La influencia de la mujer debe estenderse a la lucha contra la mortalidad de los recién nacidos, a la preservación moral y material de los niños desvalidos, a la
259 ricardo Montaner bello: “el feminismo”, en La Revista de Chile, 2:2 (Santiago, 1899. S/i), pp. 48-52; 2:3, pp. 79-83 y 2:6, pp. 177-184. 260 Antonio Huneeus: “Feminismo. Libro de don Adolfo Posada”, en ibídem, 3:9 (Santiago, 1899), pp. 264.266.
261 Ver su Postulados de las clases obreras y de los desvalidos y proletarios, á presencia de la Ciencia Social y, en especial, de la Economía Política, publicado en