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Aunque todos aquellos hijos de un buen padre católico habían sido evidentemente bien educados en el catolicismo, todos estuvieron rodeados de clérigos de alta categoría y probablemente todos conocían también el cuarto mandamiento: Honrarás padre y madre, todos ellos, y no sólo una vez, se alzaron contra su progenitor. Cierto que las luchas dinásticas tenían en el imperio franco una larga tradición. Y precisamente Luis el Germánico debería haber recordado una y otra vez su propia juventud rebelde...
Primero, el año 861, se sublevó el mayor, Carlomán (hacia 830-880), que frisaba en los treinta años y gobernaba en Baviera y Carintia. Como certifica Regino de Prüm, su coetáneo algo más joven, no sólo era «muy ilustre» y «devoto de la religión cristiana», sino que también «amaba la paz», sin que sepamos muy bien lo que por tal entiende el abad Regino. Pues sólo dos líneas después lo exalta también con todo el candor de su religión y de su estado eclesiástico: «Llevó a cabo muchísimas guerras en compañía de su padre y muchas más sin él en los reinos de los eslavos y siempre reportó el laurel de la victoria; agrandó y ensanchó con la espada las fronteras de su reino...». Pero, como en la mayor parte de tales casos, debió de ocurrir simplemente así: justo porque Carlomán amaba la paz, tuvo que llevar a cabo tantas guerras, tuvo que agrandar y ensanchar con la espada las fronteras del reino, y aunque «manso» con los suyos, tuvo que ser «terrible» (terribilis) con los enemigos.
Como quiera que sea, Carlomán, «extraordinariamente hábil en el ordenamiento de los asuntos del reino» (Regino) y ambicionando evi- dentemente el poder desde los comienzos, no sólo combatió repetidas veces a los condes francos en las tierras orientales sino que también había preparado perfectamente su rebelión pues, siendo como era amante de la paz, en 858 firmó la paz con Rastislav de Moravia, el enemigo del país, para poder llevar a cabo la guerra contra su propio padre.
Y con ayuda del moravo se apoderó «de una gran parte del imperio paterno hasta el Inn» (Annales Bertiniani).
En el empeño lo sostuvo su suegro, el poderoso conde Ernesto, «el primero entre los nobles», «el primero entre los amigos del rey», junto con todos sus secuaces, algunos otros condes y el abad Waldo. También el conde Ernesto había combatido antes en Bohemia, hasta allí había conducido en 849 un cuerpo de ejército y en 855 se le menciona otra vez como «ductor» de los guerreros que marcharon contra los bohemios. Pero entonces el conde Ernesto perdió su feudos, sin duda a causa de su «deslealtad». Asimismo destituyó Luis a los hermanos Uto y Berenga-rio, que eran condes, y a su también hermano el abad Waldo; los tres se pasaron al bando de Carlos el Calvo. Y al príncipe eslavo Pribina le costó la vida la alianza de Carlomán con Rastislav. El príncipe lo sacrificó a los moravos; el sucesor de Pribina en el principado del lago Balatón fue su hijo Kozel.
Pero el propio Carlomán, que con el apoyo de Rastislav había arre- batado al padre una gran parte de su reino, recuperó tras su sometimiento aquella parte del reino, aunque hubo de prestar un juramento de garantía a su padre en Ratisbona (862). Le juró «no acometer en adelante con mala intención nada contra su legítima autoridad». No parece que el juramento le preocupase mucho —el relato oficioso resulta un tanto confuso—, puesto que en 863 Luis marchó con un ejército contra él «para frenar a su hijo»
(Annales Fuldenses). Mas éste fue traicionado por sus mejores tropas al
mando del conde Gunakar. El conde, en efecto, mediante la entrega del paso del Schwarza en Semmering, abrió al rey el acceso a Carantania (Carintia). Un margraviato aquel que fue traidor al traidor.
De nuevo Carlomán prometió sumisión con juramento, permaneció más de un año en Ratisbona en «régimen carcelario libre», pero en 864 huyó una vez más haciéndose perjuro, hasta que definitivamente se reconcilió con su padre. Incluso le entregó a comienzo de los años setenta al «rey de los moravos», y Luis el Germánico más tarde muy cristianamente le hizo sacar los ojos haciéndolo desaparecer en un monasterio.58
En aquellos círculos de la alta nobleza católica la traición proporcionaba poder y abría puertas; por ello resultaba algo natural. Esto se echa de ver de nuevo en el dignatario político más encumbrado, su archicape-llán y archicanciller, el arzobispo Thietmar de Salzburgo (874-907). «En Thietmar apoyó Carlomán sus planes políticos» (Schur). Pero en el complot de los grandes de Baviera, incluidos los obispos, dirigido sobre todo contra Arnulfo, hijo de Carlomán, el arzobispo Thietmar se pasó en 879 a Luis III, viviendo todavía aunque ya muy enfermo Carlomán.
A ese segundo hijo de Luis el Germánico, el príncipe Luis III el Joven (hacia 835-882) estuvieron sometidas Franconia oriental. Sajonia
y Turingia. Luego de una temprana defección, ya en 862 se había obligado «con los juramentos más graves» (districtissimis sacramentis) «a per- manecer fiel a su padre en el futuro» {Annales Bertiniani), por lo que fue recompensado con un condado y con la abadía de san Crispín. Pero después el joven Luis urdió tres sublevaciones contra su padre en 866, 871 y 873.
Finalmente el consejero de Luis III, el director de su capilla y canci- llería, no fue otro que Liutberto, «el noble arzobispo de la ciudad de Maguncia» (863-889). Es verdad que los Anales de Fulda califican a ese noble de «amante de la paz»... Quizá porque en 874, en medio del invierno «mediante saqueos e incendios y sin lucha... redujo a la vieja esclavitud» a los sorbios y siusleros del otro lado del Saale. El metropolitano maguntino pudo también blandir la espada con toda belleza abatiendo por ejemplo en 883 «a no pocos» normandos y en 885 «a muchísimos», y todo ello llevando siempre «madera de la santa cruz».
Son cosas que no se excluyen para nada. Todo lo contrario. Y así el noble prelado de la ciudad de Maguncia, que también en los Anales de Fulda es celebrado como «paciente, humilde y bondadoso», dirigió por una parte la capilla y la cancillería palatinas de Luis, que se revolvió tres veces contra su padre. Y, por otra parte, en 866 mandó aplastar con crueldad una sublevación en Maguncia, en la que murieron algunas de sus gentes. «Algunos en efecto fueron ahorcados, a otros se les cortaron la extremidades de manos y pies, también se les privó de la vista, y algunos, que dejaron toda su hacienda en la baza para escapar de la muerte, fueron desterrados» (Annales Fuldenses).
El príncipe y su obispo eran caracteres rudos, pero no ciertamente más de lo que era habitual entre los cristianos. Y desde luego que también la Iglesia bajo Luis III el Joven «participó en los asuntos de gobierno de aquel soberano ambicioso y violento... y se mantuvo como fiel aliada en la política del rey en la guerra y en la paz» (Schur).
En el año 865 Luis el Germánico se había reconciliado casualmente con Carlomán, el hermano mayor de Luis el Joven. Y ya al año siguiente este último se rebeló «incitando a la vez al wendo Rastislav a que irrumpiese y saquease Baviera, a fin de que mientras su padre o sus leales estaban ocupados en aquellos territorios pudiera él llevar adelante su empresa sin estorbos» {Annales Bertiniani). Para ello el príncipe Luis incorporó también a sus planes a los condes que su padre había depuesto y que en parte se habían pasado al bando de Carlos el Calvo, y presionó sobre todo a Rastislav «a que fomentase sin titubeos aquella conjuración» (Annales
Fuldenses).59
La segunda y la tercera rebeliones las llevó a cabo Luis III en unión con el príncipe Carlos III, tercer hijo de Luis el Germánico.
El príncipe Carlos (emperador Carlos III el Gordo) en lucha con los malos espíritus
En 871 los dos hermanos «con una multitud no pequeña» ocuparon el cantón de Espira; al año siguiente subsanaron la ruptura con el padre y en 873 pretendieron apoderarse de él con ocasión de una asamblea imperial en Frankfurt. Para ello justamente antes de la dieta imperial de Forchheim, a mitad de la cuaresma «y en presencia de todo el ejército», habían jurado al rey «guardarle lealtad todo el tiempo de su vida». Y entonces partieron hacia Frankfurt «llenos de ideas inicuas, el homónimo (Luis) y Carlos para establecer un gobierno por la fuerza, desatender sus juramentos, despojar del imperio al padre y meterlo en prisión» (Annales Xantenses).
Pero el príncipe Carlos, que era el más joven, parece que no pudo resistir la tensión nerviosa y sufrió un ataque epiléptico o, para decirlo en el lenguaje de la época, ocurrió evidentemente «un gran milagro: ante los ojos de todos el espíritu malo entró en Carlos y lo atormentaba horriblemente con gritos estentóreos» {eumque horribiliter discrepanti-bus vocibus
agitavit). (Digamos entre paréntesis que en el cristianismo —¡alabado sea
Dios!— existió una gran familiaridad a lo largo de toda la antigüedad con los espíritus malos y su defensa. Y todavía hacía poco que desde Maguncia se había combatido en un lugar cerca de Bingen, el palacio Caputmontium, «Cabeza de los montes», y a lo largo de tres años, a uno de tales «espíritus malos» con sacerdotes, reliquias, cruces, oraciones y agua bendita, y sólo se le dio jaque mate después de que «hubiera destruido con el fuego casi todos los edificios»: Annales Fuldenses.)
Por lo que respecta al príncipe Carlos, que después sería conocido como el emperador Carlos III el Gordo y que por breve tiempo gobernaría todo el imperio de Carlomagno, ocurrió que en la dieta imperial de Frankfurt apenas pudieron sujetarlo seis de los varones más fuertes y amenazaba «con morder con la boca abierta (!) (aperto ore) a los que lo sujetaban».
Poco después ocurrió otro milagro (y es que un milagro raras veces se da solo): el mismo día los benditos hombres de Dios volvieron a expulsar al
«malignas spiritus», haciéndolo con especial éxito el arzobispo Rimberto de
Hamburgo-Bremen (que casualmente había sido el discípulo predilecto de su predecesor san Ansgar, el legado papal entre daneses, suecos y eslavos). Pero después el rey, los obispos y demás nobles condujeron al poseso a las tumbas de algunos santos milagrosos a fin de arrancarle para siempre de las garras del diablo. Cosa tanto más necesaria cuanto que «el propio Carlos confesó en voz alta delante de muchos oyentes» —lo que era un tercer milagro— «que había estado expuesto a
la violencia enemiga tantas veces como las que había conspirado contra el rey» (Annales Fuldenses). Y por fin, otro milagro: el hermano mayor se arrojó a los pies de su padre en vez de arrojar a éste a la cárcel.60
Vida familiar católica en el nivel más alto. En cualquier caso, una lección bien aprendida: cuando no queda otra elección, la gente se arrastra hasta la cruz.
Pero a través de todas las contiendas familiares de la casa reinante persistieron las matanzas contra los moravos. hasta que Sventiboldo intentó detenerlas en la dieta imperial de Forchheim (874). Permanecería leal al rey todos los días de su vida y pagaría año tras año los impuestos fijados «con tal que se le permitiese vivir en paz y tranquilidad» (quiete agere et pacifice
vivere).61
Una vida en paz y tranquilidad... Tal vez, quién sabe, en ocasiones hasta los santos padres de Roma la habrían deseado. Mas no se la concedieron ni a sí mismos ni a los demás.
CAPITULO 3