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Study of cav-1 knockdown using pSilencer/shRNAcav-1 construct in the context of ZIKV infection.

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4.6 Study of cav-1 knockdown using pSilencer/shRNAcav-1 construct in the context of ZIKV infection.

A la muerte de ese papa se sucedieron una vez más las acciones vio- lentas. Pues antes de que la nobleza pudiera nombrar a su hombre, el pueblo había tomado el palacio papal y había sentado al diácono Juan en la sede ambicionada. Toda una aventura, ya que sólo por breve tiempo disfrutó del éxito, un solo día según parece. Después la nobleza lo barrió de Letrán, se deshizo de la oposición y nombró Pontifex maximus a un anciano arcipreste enfermo de gota. Sergio II (844-847), que hizo encerrar a su rival en un monasterio (sin que se sepa nada más de su destino), era un representante de la clase superior a la vez que el quinto papa de la casa Colonna, que el Espíritu Santo parecía preferir. La aprobación imperial, requerida por la

Constitutio Romana de 824, se eliminó con las prisas.

Irritado por ello, Lotario I envió a su hijo Luis, entronizado poco antes en Pavía como virrey de Italia, y al arzobispo Drogo de Metz, hijo

«natural» de Carlomagno y hermanastro de Luis el Piadoso, con un ejército franco contra Roma. El ejército asoló el Estado de la Iglesia con la misma crueldad que si se tratase de una guerra y de una expedición de castigo. Pero el anciano papa supo domar al joven rey hasta casi humillarlo, a lo que pudo contribuir un incidente: el horror que provocó un caballero del séquito real, que murió entre convulsiones espasmódicas en las escaleras de acceso a San Pedro. Tras una investigación sinodal de varias semanas fue refrendada la elección de Sergio. Por lo demás hubo de admitir que el papa designado sólo podía ser consagrado por orden del emperador y en presencia de sus embajadores; tuvo que prestar un juramento de lealtad a Lotario y coronar y ungir al joven Luis como «rey de los longobardos».

Mas no quiso Sergio actuar simplemente al dictado: cuando se tratase de la unidad del imperio, de la cohesión de Occidente, cuando alguno de los tres hermanos gobernantes rompiese la «unidad lograda con la fe en la Trinidad» o cuando alguno de ellos «prefiriese seguir al autor de la discordia», el papa amenazaba: «Nos nos esforzaremos por castigarle merecidamente con la ayuda de Dios y de acuerdo con las disposiciones canónicas tan bien como podamos».

Sólo tres años duró el pontificado de Sergio II. La simonía fue tan manifiesta como el nepotismo. Benito, hermano del papa, fue nombrado obispo de Albano; era un hombre sin escrúpulos, ávido de poder y dinero. Probablemente arrebató la riendas de manos de Sergio, que estaba enfermo aunque era un hombre de extraordinario carácter y energía; mediante soborno había conseguido el puesto de un enviado imperial en Roma y contra el pago de grandes cantidades había asignado sedes episcopales y otros cargos eclesiásticos. Y todo... «tan bien como podamos...».

Probablemente tales noticias, procedentes de los círculos clericales romanos, puedan exonerar al papa personalmente. De todos modos, cuando en agosto del 846, por ejemplo, aparecieron en la desembocadura del Tíber setenta y cinco naves sarracenas, cuando alrededor de 11.000 hombres y 500 caballos cayeron sobre los barrios de Roma a la derecha del Tíber, que saquearon por completo la iglesia de San Pedro situada fuera de la muralla de Aurelio así como la basílica de San Pablo y se llevaron prisioneros a cuantos no habían huido, «incluidos los moradores de los monasterios, hombres y mujeres» (Annales Xantenses), los coetáneos lo vieron como un castigo de la Providencia contra la corrupción que invadía Roma. Pero en modo alguno se aceptó el castigo divino mano sobre mano. Más bien hubo una respuesta de resistencia al mismo: se expulsó a las tropas intrusas francas así como a las milicias de Spoleto y de la Campagna, y a las flotas de Nápoles y de Amalfi. Y cuando en su regreso precipitado cayó una parte de los salteadores con

el botín aprehendido, también entonces se reconoció sin dificultad la mano castigadora del Señor.6

El Vaticano se convierte en castillo y un papa santo en constructor de fortificaciones

Tras el ataque por sorpresa fue la derrota, la desgracia provocada por sarracenos y paganos, la que enardeció a los fieles. ¿Por qué no se había defendido mejor a «san Pedro»? Una capitular echa la culpa a los pecados de la cristiandad y señala los remedios: ¡arremeter contra las propias maldades, contra los pecados de la carne y contra el robo del patrimonio eclesiástico! Además Lotario I mandó recoger limosnas en todo el imperio e impuso un impuesto especial para la reconstrucción de la iglesia de San Pedro y su protección; a ello contribuyeron el emperador y sus hermanos «con no pocas libras de plata».

Entretanto había muerto Sergio II. Y el mismo día de su muerte fue elegido su sucesor: un romano educado desde niño en el monasterio benedictino de San Martín y «religioso ejemplar» {Lexikon für Theolo-gie

und Kirche). Era León IV (847-855), a quien tras un «interpontifi-cium» de

seis semanas se le consagró papa, y de nuevo sin la aprobación imperial, necesaria desde 824. Según parece, la crisis desatada por los piratas árabes no permitía ninguna demora, aunque con posterioridad se le reclamó el juramento de lealtad al emperador.

Este santo padre alcanzó como maestro de obras de fortificación una fama, que puede decirse se ha mantenido hasta hoy. Transformó, en un empeño que fue importante durante siglos, los arrabales de Roma en la orilla derecha del Tíber, todo el barrio del Vaticano, en un castillo. Era un plan que ya había acariciado León III; pero que sólo León IV llevó a término. En un trabajo de años, inspeccionado personalmente por él a pie o a caballo, reforzó las antiguas murallas de la ciudad, creó nuevas fortificaciones convirtiéndose así en el creador de la civitas leonina, a la que modestamente dio su nombre de «ciudad de León». Entre los años 848 y 852 levantó una muralla de casi cuarenta pies de altura y otros tantos de espesor, reforzada con 44 torres. También hizo fortificar otros lugares, como el Centumcellae de los romanos y actual Civitavec-chia, que asimismo se llamó Leópolis. (De acuerdo por lo demás con esa modestia personal, en sus bulas antepone regularmente su nombre al de los destinatarios, y a los príncipes ni siquiera les da el habitual título de

dominus.)

Los trabajos de fortificación de León exigieron abundantes materiales y numerosos operarios, que hubieron de aportar ciudades y monasterios del Estado pontificio, dominios y milicias. Pero el baluarte papal

costó también importantes sumas de dinero, que salieron sobre todo del imperio franco —cosa que el biógrafo papal silencia por completo— por orden del muy complaciente Lotario, ¡con el extraño efecto de que todo ello redundó en prestigio del papa y de su posición frente al emperador! En la bendición de la ciudad leonina el 27 de junio de 852 se roció con abundante agua bendita el cinturón fortificado del santo en el curso de una procesión (de siete obispos cardenales)... y en los siglos siguientes abundó aún más la sangre. Y es que una cosa va estrechamente unida a la otra.

Pero el devastado San Pedro se decoró de nuevo con toda suntuosidad. En el altar mayor se colocaron láminas de oro esmaltadas de piedras preciosas, cada una de las cuales pesaba 216 libras; una cruz de oro, repujada de perlas y esmeraldas, pesaba 1.000 libras, y un ciborium o baldaquino de plata sobre el altar pesaba 1.606 libras. Como también se decoraron costosamente San Pablo y muchos templos incluso de provincias, se puede sopesar lo inmensamente rica que era la Iglesia, para la que ya entonces se hacían colectas en todas partes, a causa de su pobreza (como se hacen todavía hoy...).7

Por primera vez un papa garantiza el reino de los