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Challenges in putting capital effectively to work

5. Worrisome developments and challenges

5.4. Challenges in putting capital effectively to work

Otra sorpresa que te vas a llevar. En nuestros tiempos de hace muchos años no había Naturaleza. Bueno, me explico: había montes, costas, ríos, mares y muchos más lugares que ahora, en los que el hombre no había intervenido. Esto ahora se llama Naturaleza, pero entonces se llamaban montes, costas, ríos, etc., y si estaban sin haber sido afectados por el Hombre, los veíamos como algo negativo. Eran áreas salvajes, pendientes de ser dominadas. Esta visión era el resultado de muchos siglos en los que el Hombre estuvo a merced de una parte del mundo en la que no había podido penetrar, era el mundo

salvaje, donde sólo se entraba luchando con las fieras para

sobrevivir, y con los animales que cazaba para alimentarse. Además estaba siempre en riesgo con las fuerzas de la Naturaleza para no morir en una riada, en una tormenta o en un temporal. Por lo tanto, la Naturaleza era mala, causante de dificultades y había el sentimiento de que había que luchar con ella para salir adelante. Tanto hemos luchado, tantos millones de humanos y durante tanto tiempo, que lo hemos cambiado todo, y nuestra visión del mundo también ha cambiado y ahora vemos a la Naturaleza como algo que está en peligro, sabemos que cada vez tenemos menos zonas no alteradas y que necesitamos proteger.

Como ves, muchachito, hoy hay un cambio total en la visión del mundo en que vivimos.

Es cierto que la destrucción se ha llevado muy lentamente y mientras quedaban zonas poco afectadas no lo notábamos. En los últimos sesenta años (que es el período del que te cuento cosas) la revolución industrial, las fuentes de energía, la contaminación, el aumento de la población y el agotamiento de los recursos ha alcanzado unos niveles impensables en mis tiempos infantiles.

Pero en cambio teníamos una ventaja que no tenéis ahora: la Naturaleza era nuestra y podíamos disfrutarla. Un grupo de rapaces de 10 a 12 años no teníamos problema alguno en irnos a Segade (a varios kilómetros de Caldas) o al monte a cualquier lugar indeterminado, o seguir río arriba o río abajo, sin ningún impedimento. No teníamos que pedir permiso alguno, porque aquello era del pueblo, y nosotros lo disfrutábamos recorriéndolo, paseando, y haciendo el ejercicio que necesitábamos. La gente nos veía pasar y lo encontraba natural. No había peligros, no había extranjeros, no había casi delincuencia (bueno, había la de los políticos, pero no la que nos pudiese

preocupar) y nadie pensaba que pudiera pasarnos algo. Cuando estábamos en A Guarda, recorríamos casi de noche 5 kilómetros para llegar a una fiesta en O Rosal, y volvíamos más tarde: nadie pensaba que nos

pudieran secuestrar. Es más, las fincas estaban abiertas en su mayoría, y si queríamos comer una manzana o unas uvas no teníamos ningún impedimento en casi ningún sitio.

Hoy ¿a que es verdad? Tus padres te preguntan que vas a hacer y, a tu edad, no puedes desaparecer durante toda la tarde. Tienes que decir a donde vas y con quién. No es que tus padres sean más

preocupados que los nuestros. Es que la tranquilidad actual es menor: hay cosas raras, gente que desaparece, niños secuestrados, personas que viven por aquí pero que no conocemos de mucho tiempo, porque acaban de llegar, gente que está de paso, coches con forasteros, y todas estas circunstancias causan una cierta sensación de inseguridad. A lo mejor también influye el hecho de que las noticias se difunden por todo el mundo: un secuestro de un niño en Portugal o en Canarias, se sigue en la televisión y se vive como si fuera de tu pueblo. Antes no se sabía nada y toda la gente del pueblo se conocía, con lo que la sensación de normalidad era mayor.

Y puesto ya a contarte contrastes y diferencias de entonces y ahora, te hablaré de los animales. Con ellos pasaba algo parecido como con la Naturaleza. Los animales de mi infancia eran de dos clases: los útiles (cerdos, caballos, vacas, perros, etc.) y los peligrosos (osos, lobos, zorros, ratas y otras alimañas) que podían causarnos problemas a los humanos o a sus propiedades. A los útiles se les respetaba y cuidaba, y a los peligrosos se les mataba o se les ahuyentaba. Bueno, había algunos animales útiles a los que había que matar para

aprovechar esta utilidad, como a los peces, a los conejos, a las perdices y a otros que servían de sustento. Finalmente, había otros seres vivos que eran indiferentes, que no eran ni necesarios ni perjudiciales, que no se comían ni servían para nada. A esos se les ignoraba. En esta categoría entraban algunos animales pequeños, como ranas, libélulas, mariposas, pajaritos, etc.

Aquí tengo que reconocer que en este campo se ha avanzado mucho. Vosotros niños de hoy, sabéis mucho más de los animales que nosotros, tenéis libros que os hablan de ellos, que os cuentan sus

características y sus formas de vida. Además sabéis que no hay animales peligrosos porque sí, sino porque a veces su fuerza o su necesidad de alimentarse, pueden causarnos problemas, pero que no son malos (como nos contaban a nosotros). Es más, tenéis muy claro que a muchos de estos animales peligrosos, hay que protegerlos más que exterminarlos. Esta inflexión de conceptos se ha producido

precisamente durante mi vida: el lobo fue perseguido desde los tiempos prehistóricos hasta que yo era niño, para cambiar bruscamente en estos últimos años y convertirse en un animal que hay que proteger en vez de eliminar. Los animales de mi infancia sólo eran una fuente de

proteínas; los animales de ahora son, unos pocos una fuente de proteínas y, la mayoría, algo interesante que debe ser conocido, estudiado, protegido y mantenido en su ambiente para que éste no deje de ser un ambiente natural.

Nosotros, en nuestra infancia, actuábamos sobre algunos animales (de estos que considerábamos indiferentes) con una gran crueldad. Recuerdo una zona de A Guarda, por la carretera llamada del “tenis” (que iba a Salcidos), donde había grandes y soleadas paredes de piedra de una gran finca llamada el Castillo, cerca de la carretera; allí podíamos ver una gran cantidad de lagartos de más de 30 cms de

longitud y muy hermosos, con unos bellos tonos azulados en la cabeza y el tronco. Cuando nos acercábamos se escondían y volvían a aparecer al alejarnos, manteniéndose al sol a la espera de poder capturar algún insecto. Esa era una gran tentación. El espíritu del niño cazador que llevábamos dentro y que nadie se había preocupado de modificar, nos decía que había que matarlos, sin otra razón que el que nos costaba trabajo hacerlo; y así nos atrincherábamos al otro lado de la

carretera y esperábamos a que apareciese el inocente reptil. Entonces, varios niños nos levantábamos y, a un tiempo, tirábamos piedras hasta que alguna vez daban de lleno en el pobre animal que moría

despanzurrado. En ese momento, nos considerábamos vencedores de una lucha contra los monstruos de la naturaleza y saltábamos de alegría. Después ya no sabíamos que hacer con el pobre animal y le hacíamos un honroso entierro (que es lo que siempre vimos hacer con los muertos) con cruz y todo. Nadie nos habló nunca de lo inútil y estúpido de esa muerte innecesaria, ni del superior interés que supondría haber podido estudiar a aquel animal en sus hábitos y costumbres y, después de haberlo observado tranquilamente, dejarlo vivir, porque era una pieza más de aquel hermoso día de verano y de aquel ambiente natural de la zona. Supongo que actuábamos como los niños africanos de una tribu que se dedica a la caza y que, mientras son niños, practican sus

habilidades de sigilo y puntería y se preparan para su futuro de cazadores, matando con sus flechas pequeños reptiles, como hacíamos

nosotros. También aquí la inflexión se produjo a lo largo de mi vida; este juego primitivo que nos movió cuando niños, ya no existía

posteriormente. Y desde luego no existe en vosotros. Recuerdo cuando te acompañaba levantando piedras para encontrar caracoles, insectos o reptiles, como “cristalinas”. Y que después, todo lo que hacíamos era observarlas, ver como eran, conocerlas, preguntar cosas sobre ellas y, finalmente, dejarlas en libertad sin daño alguno. Esto estimula el conocimiento del niño y supone una actitud muy diferente de la del niño primitivo, cazador, que ya evolucionó hacia el niño moderno, científico, observador y amante de la Naturaleza.

Hoy, querido niño, tus padres y tus abuelos tienen más tiempo de lo que tuvieron los nuestros, y de esta forma pudieron dedicarse a enseñarte y a que conozcas y aprendas a conocer todo lo que te rodea, no con la visión de un depredador, sino con la admiración de un

espectador que ve a su alrededor la maravilla del mundo natural que existe y que necesitamos conocer para proteger y preservar.

Capítulo 26