Chapter III: Promoting and Financing Development
A. Assessment of Existing Instruments
A.3. Integration into the Global Trade System
A.3.2. The Challenges of Integration
mando montones de entre 1.000 y 1.750 kg; entonces se añadía sal común en una proporción, por cada quintal de mineral, de 1 a 1,5 kg. También podían usarse otros reactivos. El más corriente era el magistral, calcopiritas calcinadas, que se añadía en una proporción de entre 3,5 y 5,5 kg por cada montón. A con- tinuación se exprimía sobre el mineral el mercurio, haciéndolo pasar por la trama de sacos de tela resistente, en una proporción de entre 4,5 y 5,5 kg por montón. Por último, se le añadía agua y se extendía, formando una «torta» de hasta 27 m. La combinación de la plata y el mercurio se ejercía entonces por afi- nidad química. Durante la mayor parte de la época colonial, fueron los indígenas los encargados de provocar la agitación que debería favorecer este proceso. Para ello, removían, con las piernas desnudas, la mezcla espesa y resbaladiza. Hasta la década de 1780 no se les reemplazó por caballos o muías. Transcurrido algún tiempo, normalmente seis u ocho semanas (aunque podían darse casos extremos desde tres semanas hasta varios meses, según la pericia en el refinado, la tempe- ratura ambiental o la naturaleza del mineral), el supervisor de la refinería (azo- guero o beneficiador) precisaba el momento en que se alcanzaba el grado má- ximo de fusión entre la plata y el mercurio. La mezcla era entonces introducida en un aparato destinado a su lavado, y dotado de una pala rotatoria impulsada por fuerza animal o hidráulica, denominada generalmente tina. Se hacía pasar agua a través de la tina, de forma que arrastrase las impurezas, quedando depo- sitada en su interior la «pella» o amalgama depurada. La pella se empaquetaba en un saco de lienzo en forma de media, que se retorcía para eliminar los restos de mercurio. La separación final de plata y mercurio tenía lugar mediante un proceso de volatilización consistente en aplicar calor bajo la pella, tras haber dis- puesto sobre ella una cubierta de barro o de metal, consiguiéndose así la vapori- zación del mercurio. Dicha cubierta era refrigerada con agua para recuperar el mercurio que, en forma de vapor, se condensaba en su superficie interior.
El proceso realizado en el patio fue el modelo técnico en toda Nueva España desde principios del siglo xvii. Hasta entonces, la amalgama se había realizado en cubetas de madera o canoas. En los centros andinos, rara vez se utilizó el pa- tio, si es que se llegó a conocer. Por lo general, en los Andes se empleaban «ca- jones» para la amalgama. Cada uno de estos cajones era un depósito de piedra que podía llegar a contener hasta 2.300 kg de mineral, y que a menudo, al me- nos en el siglo xvi, se construía en alto, para que se pudiera prender fuego de- bajo. Este procedimiento tenía por objeto mitigar las bajas temperaturas de las alturas andinas, acelerándose así la amalgama. Sin embargo a partir del año 1600 aproximadamente, y debido posiblemente a la creciente escasez y carestía de combustible, la calefacción artificial cayó en desuso, pasándose a utilizar ex- clusivamente el calor solar.
El proceso químico de la amalgama es complejo. Según Modesto Bargalló, una autoridad en la refinería colonial, las ecuaciones básicas para el caso de los sulfuros de plata son las siguientes:
CUSO4 + 2NaCl - CUCI2 -I- Na2S04 CUCI2 -I- AgzS - 2AgCl -I- CuS
mientras que se producían simultáneamente otras reacciones productoras de plata.' Los refinadores coloniales ignoraban desde luego estos procesos quími- cos. Sus conocimientos eran puramente empíricos. Surgieron rápidamente una serie de medidas basadas en la experiencia y que fueron reconocidas como váli- das para ser aplicadas según tuviera el mineral una u otra apariencia, o según el color que adoptase el mercurio durante la amalgama. Estas prácticas, a menudo eficaces, eran el resultado de la experimentación continua. No siempre daban re- sultado, pero se obtuvieron unos cuantos descubrimientos importantes, el más provechoso de los cuales fue el descubrimiento de la utilidad del magistral, sul- fato de cobre obtenido mediante la calcinación de las piritas. Dicha substancia, como evidencian las ecuaciones expuestas más arriba, era parte integrante de la amalgama, especialmente en el tratamiento de los minerales sulfúricos. Puede que su valor fuese descubierto en Potosí en la década de 1580. En este caso, la práctica de añadir magistral se difundió rápidamente, puesto que antes de 1600 ya se utilizaba en el norte de Nueva España, donde contribuyó notablemente al incremento de la producción. Hasta ese momento, las refinerías mexicanas de- bieron contar, sin saberlo, con cualquier sulfato de cobre natural que contuvie- ran los minerales, con resultados insatisfactorios.
El descubrimiento del magistral fue la innovación más eficaz. Pero en toda Hispanoamérica se efectuaron pequeños ajustes de la amalgama a las condicio- nes locales, con resultados positivos. De manera que cuando la corona envió a fi- nales del siglo xviii a expertos alemanes para que enseñaran en América el mé- todo más innovador de amalgama (el del barón von Born, que era en realidad una elaboración de la técnica de «cazo y cocimiento» llevada a la práctica por el refinero Alvaro Alonso Barba en Charcas en el siglo xvii), los alemanes debie- ron finalmente reconocer que los procedimientos tradicionales americanos eran los mejores para las circunstancias americanas. De hecho, uno de los alemanes, Friedrich Sonneschmidt, tras una larga experiencia en Nueva España, escribió con un exceso de entusiasmo que: «No es de esperar que jamás se experimente un método mediante el cual se pudieran [retinar] todas las calidades de minera- les con menores, ni aun iguales costes que exige el beneficio por patio».** Según decía, el método era lento, pero podía instalarse en cualquier parte, requería poca agua y maquinaria sencilla y fácil de obtener, y empleaba técnicas que in- cluso los ignorantes aprendían rápidamente. Si Sonneschmidt hubiera viajado hasta los Andes, hubiera dicho lo mismo de los métodos de refinado utilizados allí.
Es imposible calcular la eficacia absoluta de los procesos coloniales de amal- gama —es decir, la proporción total de plata contenida en el mineral que se lle- gaba a extraer—, puesto que las únicas valoraciones del contenido en plata del mineral con que contalnos son las facilitadas por los propios refineros, y que cal- culaban según los resultados que obtenían de la misma amalgama. Sin embargo, el hecho de que los refineros aprovechasen incluso aquellos minerales que no
7. Modesto Bargalló, La minería y la metalurgia en la América Española durante la
época colonial, México, D.F., 1955, p. 194.
8. Citado en Modesto Bargalló, La amalgamación de los minerales de plata en Hispa-
LA MINERÍA 6 1