5. Methods
5.2 Pilot Study
5.3.5 Challenges to Infant Observation
Kant sostiene que el espacio es “empíricamente real”, pero a la vez “trascendentalmente ideal”. Lo explica diciendo que el espacio “no es nada en cuanto dejamos de lado la condición de la posibilidad de toda experiencia y lo consideramos como algo que subyace a las cosas en sí” ( / ). “Por lo tanto, sólo desde el punto de vista humano podemos hablar de espacio, de entes extensos, etc. Si pres- cindimos de la condición subjetiva bajo la cual únicamente podemos tener intuición externa […], la representación del espacio no significa absolutamente nada” ( / ). La tesis de la idealidad trascen- dental del espacio (y también del tiempo) es, nos dice, uno de los dos goznes en torno a los cuales gira toda la metafísica (el otro es la realidad de la libertad — : ;: ). Por desgracia, esta tesis capital de Kant suele malentenderse.
Importa subrayar, ante todo, que la tesis concierne a la natura- leza del espacio físico, el espacio donde caen las piedras, y crecen las plantas, y todos los animales nos movemos y vivimos y somos. Las palabras de Kant a veces sugieren que habla más bien de lo que pudiéramos llamar espacio psicológico, el espacio de las superficies coloreadas, o el espacio de los sonidos, o el de las sensaciones tác- tiles, o un híbrido de todos ellos. Pero si Kant estuviera meramente diciéndonos que uno o más de estos “campos” de la percepción de- penden del sujeto humano, su tesis sería por cierto verdadera pero completamente banal. Por otra parte, Kant enseña que ese espacio cuya idealidad trascendental profesa posee la estructura métrica del espacio euclidiano, y el campo visual ostensiblemente no la tiene.
Es claro, pues, que cuando Kant asevera que la representación del espacio no significa absolutamente nada aparte de una cierta condi- ción propia de la experiencia humana, lo que proclama en efecto es
A la geometría del campo visual me refiero en Torretti , pp. ‒.
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la subjetividad del espacio objetivo.
La dificultad estriba, empero, en determinar cómo hemos de en- tender dicha subjetividad. Pues es bastante obvio que no se refiere a lo que es dable llamar la existencia empírica del hombre, el hom- bre en cuanto es objeto de la biología, o la sociología, o la psicología científica. La existencia del hombre, en este sentido, es una exis- tencia corpórea, de la cual puede decirse con justicia que no es nada aparte del espacio. Por ende, Kant difícilmente habría podido sos- tener que el espacio depende del hombre, si entendemos la existen- cia humana en este su sentido más inmediato y vulgar.
Por otra parte, dentro de los límites de su filosofía crítica Kant tampoco puede sostener que el espacio depende de lo que llamare- mos la existencia metafísica del hombre; que el espacio es un atri- buto, digamos, de la cuxÆ platónica o de la res cogitans cartesiana, o que está esencialmente vinculado de algún modo a cualquier tipo de sustancia espiritual. Kant no negaba que el hombre existe tam- bién metafísicamente, y no sólo empíricamente como un cuerpo que vive y habla. Pero se había comprometido a sostener que no pode- mos saber absolutamente nada acerca de la naturaleza y los atributos del hombre metafísico (excepto quizás que es libre), y no podía, en
consecuencia, afirmar que el espacio depende de él o de alguna manera le pertenece.
Como el hombre empírico y lo que he descrito vagamente como el hombre metafísico eran las dos formas de concebir al sujeto hu- mano en la tradición filosófica prekantiana, tenemos que concluir que la doctrina de la subjetividad del espacio objetivo sólo puede entenderse a la luz de una nueva manera de concebir la subjetividad misma. Esta nueva concepción de la subjetividad es fruto en parte del mismo desarrollo de la filosofía del espacio de Kant, de suerte que cuando declara que el espacio objetivo es subjetivo no hace sólo un pronunciamiento original acerca del espacio, sino también y so- bre todo acerca del sujeto humano. Esta nueva concepción de la subjetividad se elabora a través de la consideración conjunta del es- pacio, el tiempo y la experiencia objetiva. Pero aquí tendré que li- mitarme a sugerir los lazos que vinculan la tesis de Kant sobre la
Subjetividad del espacio objetivo
subjetividad del espacio al conjunto de su filosofía de la experiencia. El vuelco revolucionario en la filosofía del espacio de Kant se manifiesta en su artículo de sobre las contrapartidas incongruentes (“Von dem ersten Grunde des Unterschiedes der Gegenden im Raume”, : ‒). Allí concluye, contra su opinión anterior, que las cosas espaciales dependen del espacio en su ser mismo, de modo que el espacio, por su parte, no las presupone. La diferencia entre un caracol enrollado hacia la derecha y su contraparte incon- gruente enrollada hacia la izquierda sólo puede determinarse, según Kant, haciendo referencia a la totalidad del espacio; y es un hecho sabido que el sentido en que se enrolla la concha espiral de un caracol es una característica de cada especie y, por lo tanto, dentro de una ontología de corte aristotélico tendría el rango de un acci- dente ‘propio’ (sumbebhkÚw kay' aÍtÒ —Aristóteles, Metaphysica, D, a), dependiente de la propia forma sustancial del caracol. Por consiguiente, el espacio no es meramente una red de relaciones abstraída del conjunto de las cosas espaciales, sino más bien la con- dición ontológica universal de la posibilidad de tales cosas. Con esta aseveración, Kant repudia su anterior enseñanza, según la cual el espacio y su estructura dependen de la interacción efectiva entre las sustancias físicas que llenan el espacio pero no están determinadas por él ( : ss.; : ). En adelante, las cosas que llenan el espacio han de considerarse espaciales de cabo a rabo, espacialmente estructuradas en su mismo ser.
En Kant opta, al parecer, por la concepción newtoniana del espacio real, infinito, absoluto, un receptáculo vacío en el cual Dios coloca los cuerpos. Pero en sus escritos posteriores, aunque se man- tiene fiel a la conclusión de en cuanto a la precedencia ontológica que el espacio tiene sobre los cuerpos, rechaza explícitamente la doctrina de Newton, la cual, en su parecer, conduce inevitablemente a la tesis espinocista de que el espacio es divino ( : s.; : ; Kowalewski , p. ; Pölitz , p. ). Según Kant es absurdo concebir al espacio como algo capaz de existir efectivamente aún en ausencia de cosas espaciales. El espacio puro, como tal, es un Unding, una quimera. Carece de actualidad, excepto en virtud de la existen- cia actual de cuerpos y procesos en el espacio. La actualidad cabal de todo el espacio entraña, pues, la existencia actual, cabalmente deter-
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minada de cuerpos y procesos corporales que llenen completamente su extensión infinita. Pero a la luz de la discusión de las dos prime- ras antinomias ello es completamente imposible. Una agregación infinita de cuerpos no puede existir de una vez, porque constituiría un conjunto a la vez completo e incompletable, que —como escribe Kant en — “proveería a la eternidad con un material inagotable para progresar a través de sus innúmeras partes, sucesivamente, hasta el infinito, estando empero dada actualmente en el infinito simultá- neo la serie completa, [contada] con todos los números; de tal modo que una serie que nunca se puede completar por sucesivas adiciones sin embargo podría darseíntegra” (: s.). Más aún, ni siquiera un cuerpo pequeño, ordinario, puede gozar de una existencia actual cabalmente determinada. Siendo espacial, es infinitamente divisible. Si estuviera cabalmente determinado, estaría infinitamente dividido, de donde se seguirían las absurdas consecuencias a que se refiere la demostración de la tesis de la segunda antinomia.
La tesis de la precedencia ontológica del espacio sobre los cuer- pos confiere así prioridad a lo virtual sobre lo actual; a un Inbegriff
de relaciones posibles, sobre las sustancias corpóreas que efectiva- mente sustentan dichas relaciones. Kant revoluciona así, al menos en lo concerniente a los objetos físicos, la tradición de la metafísica occidental, que siempre había concebido a lo virtual como subordi- nado a lo actual. La nueva concepción kantiana de la existencia corporal está íntimamente ligada a esta revolución de la ontología: los cuerpos no existen en acto como entes cabalmente determinados (entia omnimode determinata), sino solamente en el proceso de determi- narse. Este es, a mi modo de ver, el paso decisivo que conduce a la subjetividad del espacio objetivo.
Hallo la clave para este paso final de nuestro argumento en las muy comentadas secciones de la primera edición de la Crítica de la razón pura, donde Kant desarrolla la doctrina de la triple síntesis (
‒). Ha solido objetarse que esta doctrina es psicologista. En
verdad, Kant parte de un examen de procesos mentales familiares — a saber, la aprehensión de datos de los sentidos— para llegar a las enseñanzas de orden trascendental que quiere trasmitirnos. Pero lo que sus críticos no ven es que los hechos psíquicos, por ser tan reales como cualquier otro tipo de hechos —por ser parte del “mobiliario
Subjetividad del espacio objetivo
del universo”— , envuelven verdades ontológicas. Tales verdades son aplicables a cualesquiera entes que compartan con los hechos psico- lógicos en cuestión las características pertinentes a la prueba de las mismas. Kant sostiene que la aprehensión de una pluralidad de datos de los sentidos es un proceso necesariamente temporal, que no puede llevarse a cabo en un instante; por consiguiente, supone la continua reproducción del material ya aprehendido; esa reproducción sería vana si no fuera acompañada de reconocimiento, esto es, de la identifi- cación del abigarrado material sensible como facetas de un mismo objeto; por su parte, el reconocimiento envuelve la posibilidad de la conciencia de sí, esto es, la posibilidad de darse cuenta de la iden- tidad de la actividad misma de aprehender, reproducir, reconocer. Sostengo que este conocido argumento contiene un meollo ontoló- gico, en virtud del cual puede aplicárselo, mutatis mutandis, a las cosas espaciales. Si los cuerpos estuviesen cabalmente determinados, podrían preservar su ser a través del tiempo, permaneciendo indife- rentes al curso de éste. En cada instante serían lo que fuesen, sin que les faltase nada para su actualidad cabal. Pero hemos visto que esta concepción de la existencia corporal, propia del sentido común contemporáneo, fue rechazada por Kant. Según él, el ser de los cuerpos está siempre en devenir, integrándose en una red de relacio- nes espaciales con vecinos próximos y remotos, articulándose como una red de relaciones espaciales entre sus partes inmediatas y mediatas. En cada instante está presente una etapa esencialmente incompleta de este devenir, que sólo puede describirse como la presencia actual de un cuerpo sobre la base de sus relaciones con etapas precedentes y ulteriores. La existencia corporal es, por lo tanto, existencia sinté- tica, una y varia en el tiempo, dependiente de la retención del pa- sado y la anticipación del futuro, recogida y sujeta por la identifica- ción de sus etapas sucesivas. No hemos de concebir dicha identifi- cación como un acto mental consciente de sí. Kant mismo sostiene que la conciencia de sí empírica actual presupone la existencia de cuerpos ( ss.); por consiguiente, no puede ser un requisito para la constitución de éstos. Pero la síntesis constitutiva de los cuerpos es, como vimos, estructuralmente equivalente a la triple síntesis que constituye la experiencia autoconsciente unitaria en el tiempo. Por lo tanto, el ser de los cuerpos así constituidos necesariamente con-
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cuerda con las condiciones bajo las cuales únicamente su esencial multiplicidad y diversidad pueden reunirse en una conciencia, y está, por ende, intrínsecamente referido a una autoconciencia posible, a la apercepción considerada comoVermögen (cf. n.). Más aún, hemos visto que la síntesis de los cuerpos nunca puede completarse en un tiempo finito, puesto que para completarla sería menester una cabal articulación interna de cada cuerpo en todas sus infinitas partes, amen de una interconexión externa entre los cuerpos a través de todo el espacio infinito. Pero si dicha síntesis nunca puede comple- tarse, y sin embargo cabe afirmar que los cuerpos existen efectiva- mente en cada momento, hay que concluir que la idea de la síntesis completa, la idea de una articulación cabal de todos los cuerpos en un sistema del universo, es un ingrediente esencial de la existencia corpórea actual. Ahora bien, esta idea no tiene que ser pensada de hecho por una persona, no tiene que estar guiando actualmente un proceso mental de investigación y construcción de la experiencia. Pero es, por cierto, una pura idea y, como tal, puramente ideal: una regla concerniente a la posible construcción de la experiencia, diri- gida a un sujeto posible. En este sentido, pues, y dentro de estos límites, Kant puede reclamar que ha establecido la idealidad de los cuerpos y los procesos corporales.
Esta conclusión se transfiere fácilmente al espacio como tal. Este no es, al fin y al cabo, más que un Inbegriff de relaciones virtuales parcialmente realizadas en los cuerpos. Todo lo que sea una condi- ción para la subsistencia de todos y cada uno de los cuerpos es también una condición para la realidad del espacio. Calaríamos más hondo si probásemos que esta peculiar relación entre los cuerpos actuales y el espacio virtual, en virtud de la cual ni éste puede ser sin aquéllos ni aquéllos sin éste, requiere una mediación entre lo presen- te y lo posible, y que en esto consiste la función del sujeto según la
filosofía teórica de Kant. Pero no podemos intentarlo aquí. Baste haber mostrado que el sujeto de que habla Kant no es el objeto de la psicología empírica o racional, y que su doctrina de la subjetividad del espacio objetivo es en efecto una doctrina de la objetividad del sujeto humano, puesto que establece una concordancia intrínseca entre la existencia física y la experiencia mental y justifica así la vocación del hombre para el conocimiento objetivo.