Una de las premisas fundamentales de la teoría feminista blanca es la que explica la complementariedad de los sexos y la opresión de las mujeres por los hombres a través del intercambio de las mujeres en el establecimiento de la cultura a través del parentesco (Rubin, 1975). Pero ¿qué ocurre cuando las mujeres no se encuentran en posiciones similares en la institución del parentesco? ¿Qué ocurre con la idea de género si, como estamos planteando en el caso de las comunidades negras, grupos enteros de hombres y mujeres están situados juntos fuera de la institución de parentesco, pero relacionados con el sistema de parentesco de otro grupo dominante? Pues bien, ahí es donde indagan las autoras afromaericanas. Carby (1987), una de las pioneras, regresó al periodo de la esclavitud. A través de exploraciones históricas, mostró cómo las mujeres negras no fueron constituidas de la misma manera que las mujeres blancas. En vez de eso, tal y como venimos exponiendo, las mujeres negras fueron marcadas racial y sexualmente (como hembra, no como mujer) y fueron excluidas de la cultura, en tanto que circulación de signos a través del matrimonio (Haraway, 1995: 245). No sólo eso. Como señala Haraway, citando a Hurtado (1986), “en un patriarcado racista, la necesidad que tenían los hombres blancos de una descendencia racialmente pura colocaba a las mujeres libres y no libres en espacios socialmente incompatibles y simbólicamente asimétricos” (1995: 245). Una asimetría que, sin duda, subyace en los distintos planteamientos que en torno a tres de los elementos centrales del discurso feminista han adoptado las mujeres blancas y las mujeres negras euroamericanas. Ahí, en el posicionamiento ante las concepciones del patriarcado, la familia o la reproducción, vamos a situar el/los discurso/s del feminismo negro (Parmar, 1982; Carby, 1982; Knowles y Mercer, 1986; Bharnani y Coulson, 1986).
Comenzemos con la institución del patriarcado, donde las feministas blancas sitúan la primera determinación de la opresión de las mujeres. Ahí, las feministas negras, plantean la primera contradicción. Siguiendo la definición de Barret, según la cual el patriarcado hace referencia a las relaciones de poder, y no sólo las específicas de género, sostienen que una definición de las relaciones patriarcales que se centren solamente en las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres sin situarlas en un marco político y económico tiene consecuencias para la manera en que tales relaciones son vistas en la comunidad negra. Cualquier definición de opresión en el seno de estas comunidades tiene que hacer alusión al racismo. Las relaciones dentro de las comunidades negras están estructuradas por el racismo y es una negación del racismo y su relación con el patriarcado colocar las relaciones patriarcales como si fueran no contradictorias. Señalar el patriarcado como la primera determinación de la opresión de las mujeres -dirán las feministas negras- ignora totalmente la inaplicabilidad de tal concepto en el análisis de la complejidad de las relaciones en las comunidades negras, tanto en el pasado como en el presente (Amos y Parmar, 1984). Lo veremos en relación con la familia, en donde las feministas blancas colocan otro de los ejes de la opresión.
Frente a este modelo, las feministas negras plantean una idea de familia como parte de la resistencia (frente a la opresión racial), y no tanto como fuerza constrictora. Para entenderlo tenemos que regresar a la época de la esclavitud. Pese a las brutales condiciones de este sistema, que no sólo deshumanizaron (y desarraigaron) a millones de africanos, los esclavos afroamericanos pronto aprendieron a sobrevivir emocionalmente. Tal vez esté ahí -en esa capacidad de supervivencia- la fortaleza de este grupo humano. Frente a lo que ocurrió en otras zonas esclavistas (sobre todo en el Caribe) donde los esclavos tenían que ser continuamente importados, la población esclava en los Estados Unidos era autoreproductora. En 1860 apenas un uno por ciento de los esclavos no habían nacido en el país; muchos descendían en tercera o cuarta generación de esclavos nativos. Este porcentaje contrastaba con lo que ocurría en las islas occidentales y Brasil donde los esclavos -con un alto porcentaje de mortalidad- tenían que ser repuestos continuamente por medio de importaciones (Wolf, 1987).
Gutman (1976) señala los decenios posteriores a 1720 como cruciales en el tránsito demográfico en el sur de Estados Unidos. En esta época se puede fechar el paso de una mortalidad de esclavos similar a una reproducción autoperpetuante. Según esta autora las razones de este tránsito debemos buscarlas en la formación de familias y redes de parentesco entre los esclavos de America del Norte (citado en Wolf, 1987: 340). Lo que significa que los esclavos norteamericanos desarrollaron su propio acervo de experiencia y de modos de defensa, que transmitían de generación en generación. En este sentido, fueron cruciales las redes de parentesco, reales y ficticias, que se establecieron en las plantaciones.
De hecho, lo que ocurrió en las plantaciones es que los esclavos reinventaron el concepto de familia. Y lo hicieron a partir de su propio bagaje, adaptándolo (adaptándose) a un entorno no sólo nuevo, sino hostil. Los términos “hermano” y “hermana”, por ejemplo, son centrales en la experiencia negra en Estados Unidos. Son términos políticos que inmediatamente establecen solidaridad y sentido de conexión entre la gente negra. Ambos términos, inexistentes en lenguas africanas, fueron utilizados por primera vez en América y su uso está muy relacionado con la experiencia de la esclavitud. La conciencia de afinidad racial como base de solidaridad se debió desarrollar en el mismo momento en que los africanos se pusieron en el mismo barco en compañía de esclavistas blancos. Fue entonces cuando tuvieron conciencia de raza, como signo identitario. En ese momento -tal y como argumenta Oyebumi (2001)- la conciencia racial transformó el significado de parentesco. Ambos
términos (brother/sister), que los afroamericanos utilizan a la par, expresan parentesco en el feminismo negro16.
Junto a estos conceptos, en las plantaciones también se redefinió el concepto de madre, que tuvo entre las comunidades negras una dimensión colectiva17. Este concepto alude tanto a la madre natural como a todas las mujeres esclavas que se ocupaban del mantenimiento y cuidado de los niños. Como ocurría inicialmente con los conceptos de hermano/hermana era, de nuevo, una estrategia de lucha y de supervivencia emocional. La socialización colectiva de los hijos era una forma de prepararse, emocional y psicológicamente, para una posible separación, tan habitual en las condiciones de la esclavitud (Sparks, 1996).
Vemos a través de estos ejemplos algunas de las formas de resistencia que adoptó la comunidad esclava en el sistema de plantación. Digo bien, comunidad, ya que ahí reside la fortaleza de la población negra. Una fortaleza que más de una vez aparece y apareció invisible a los ojos de la población blanca. Uno de los personajes de Ralph Ellison, en El hombre invisible -título al que hacía referencia anteriormente- trataba de dejar a su nieto, como legado de resistencia y de lucha, la práctica consciente de la sumisión. Si uno hacía lo que los blancos querían que hiciera, y lo hacía de modo ostentoso, casi servil, podía permitirse ocultar el alma. Ahí es donde conservaban la dignidad, donde recuperaban la humanidad que les había sido usurpada. No había diferencia entre hombres y mujeres, al contrario. De su unión sacaban la fortaleza que les permitía mantenerse en un contexto de opresión. La manera en la que desarrollaron su propia construcción del concepto de familia es buena prueba de ello.
Frente al planteamiento del feminismo blanco de que la familia es uno de los ámbitos de la opresión femenina, las feministas negras sostienen que la familia negra es cualitativamente diferente de la estructura en la que las feministas blancas están insertas. Las mujeres negras son menos dependientes de los hombres y no están tan oprimidas por la familia. En este caso la familia sigue siendo ahora, como lo fue en la época de la esclavitud, parte de la resistencia (a la opresión racial) más que un elemento constrictivo. Una resistencia que hoy es más perceptible en los contextos de marginación. Aquí, en los nuevos guetos negros, las redes de parentesco sustituyen la ausencia del Estado de Bienestar en estos hogares. Como en el pasado, son el soporte emocional, económico, social. Es imposible comprender la capacidad de supervivencia, y de resistencia, de las comunidades negras sin todos los vínculos que articulan y densifican una red que está en proceso continuo de redefinición.
Por lo que respecta al último de los ejes del discurso feminista, el control de la reproducción, las asimetrías entre ambos feminismos también son evidentes. Mientras las mujeres blancas han promovido sus luchas para defender el derecho al aborto, la lucha de las mujeres negras es por el control de su fertilidad. Sería recurrente volver a mencionar en este apartado las diferencias de las entidades médicas hacia unas y otras, o incluso de las políticas públicas que discriminan racialmente a las madres de los futuros ciudadanos. Mientras en
16El término “sisterhood”, que hace referencia a la igualdad entre mujeres, ahora utilizado por las feministas
blancas, como signo de expresión identitaria, se lo apropiaron de las comunidades negras aquellas feministas que participaron en el movimiento pro derechos civiles.
17Y aquí sin duda también tenemos que regresar a las formas que adopta esta relación en el continente africano,
fundamentalmente en los matrimonios polígamos, donde todas las mujeres adoptan el papel de madres tanto para sus hijos naturales como para los hijos de sus coespoasas. En este caso, la tradición africana fue adaptada para hacer frente a las necesidades de la comunidad esclava en América.
unos casos se promueven campañas para incentivar la natalidad, en el otro se adoptan medidas para frenar la fertilidad18. Donna Haraway sintetiza con extraordinaria precisión los planteamientos del feminismo negro ante esta cuestión:
“Las mujeres negras en particular -y las que fueron sometidas en la conquista del Nuevo Mundo en general- se enfrentaron a un campo más amplio de ausencia de libertad reproductora, en el que sus hijos no heredaban la posición de humanos en los discursos hegemónicos fundacionales de la sociedad estadounidense. El problema de la madre negra en este contexto no es simplemente su propia posición como sujeto, sino también la de sus hijos y la de sus compañeros sexuales, tanto masculinos como femeninos” (Haraway; 1995: 247)
Se hace cada vez más evidente, a la luz de estos planteamientos, el peso de la raza y el rechazo a la separación categórica entre hombres y mujeres en el discurso feminista negro. A diferencia de lo que ocurrió con las feministas blancas, las feministas negras no intentaron definirse frente a los hombres, intentaron definirse frente a otras mujeres. Y ahí la cuestión racial fue fundamental. O sea, que en esta su primera fase, y en el contexto de la sociedad norteamericana, el discurso feminista negro fue sobre todo un discurso construido desde el antirracismo.
No fue un movimiento aislado. Se produjo en paralelo a otros movimientos que desde dentro de la comunidad negra estaban luchando para transformar las relaciones de poder que la habían mantenido fuera del sistema. Los años sesenta fueron años de luchas, de revueltas, de movimientos civiles y de movimientos sociales. En los Estados Unidos las minorías raciales (negros e indígenas) llevaron su lucha a dos terrenos. En el plano político, demandando medidas que contribuyeran a equilibrar las deficiencias (las desigualdades) que el sistema había generado. Estas demandas (hoy ya puestas en cuestión) tuvieron su traducción política en un programa de “afirmación positiva”. En el plano ideológico se ponen en cuestión las imágenes de las minorías en el ideario de la cultura nacional. En su base, resonaban las palabras de F. Fanon, al que ya hemos mencionado. La lucha por la libertad y la igualdad debe someterse a la revisión de estas imágenes. En este ideario se inscribe la producción del cine afroamericano.
V.- CINE NEGRO EN USA. EL PAPEL DE LAS MUJERES NEGRAS EN LAS