La homosexualidad ha sido representada muy rara vez en la pantalla de forma franca, a pesar de que el medio tiene ya más de un siglo. Recientemente se está haciendo, cada vez en mayor número de películas, como la que nos ocupa. Antiguamente se utilizaba para producir escenas para reírse o compadecerse, si no era para suscitar terror. Estas imágenes eran efímeras, pero resultaban inolvidables y dejaron una herencia duradera. Hollywood pretendía enseñar a la gente “normal” qué pensar sobre los gays, y a los gays qué pensar sobre sí mismos, sin desviarse nunca del juego de atraer la máxima seducción sobre las pantallas.
Sin embargo, la homosexualidad y las mil maneras de sugerirla, han estado en la pantalla desde la invención del cinematógrafo. Una de las imágenes de cine más antiguas que todavía hoy se conserva, procede de un ensayo hecho en el estudio de Thomas Edison, en el cual dos hombres bailan juntos mientras un tercero toca el violín. En las primeras películas comerciales se solía utilizar la homosexualidad como fuente de humor basado en gags.
El estereotipo que sugería la homosexualidad era entonces el afeminamiento y la ecuación, según la cual la homosexualidad masculina es igual al afeminamiento (Darius, en la película), estaba ya tan firmemente establecida que, en una película de gran audiencia, se podía asumir que el público sabría a qué comportamiento se referían algunas imágenes equívocas. Por ejemplo en la película de Chaplin “Behind the Screen”, un tramoyista fornido se burla de Charlie Chaplin por haber supuestamente besado a un muchacho, en realidad una mujer con ropas de hombre.
Resulta difícil establecer cuál fue la primera película gay de la Historia del Cine, ya que muchas de ellas, por cuestiones de censura, pasaron a formar parte de circuitos de exhibición clandestinos, al igual que otras de contenido erótico heterosexual. Sin embargo, se pueden citar como las más antiguas “La caja de Pandora” de G.W. Pabst, rodada en mil novecientos veintiocho, y “Lot in Sodom”, de Webber y Watson, del año mil novecientos treinta y tres, eliminadas ambas de los circuitos comerciales. También, en mil novecientos treinta y tres, Jean Vigo rodó “Cero en conducta”, en la que se hace referencia a la homosexualidad en un colegio de niños.
El primer personaje gay de Hollywood se creó en comedias del cine mudo y se llamó Sissy, quien respondía al estereotipo del afeminamiento, y hacía a los hombres sentirse más masculinos y a las mujeres más femeninas por contraste con él. Puesto que Sissy no parecía tener ninguna sexualidad, Hollywood le permitió prosperar.
Las películas sonoras ofrecieron nuevas oportunidades para la diversión con los hombres afeminados. Una película temprana del director gay George Cukor, “Our Betters”, incluye a Mr. Ernest, una figura cómica sorprendentemente estrafalaria. Los actores de carácter quedaban excluidos de cualquier representación de sexualidad ambigua. Los guiones de cine sobre el cine, como la “Broadway Melody” o “Myrt and Marge”, contenían personajes
que eran modistos o diseñadores con rasgos cómicos de un humor basado en el afeminamiento masculino. Fueron percibidos como homosexuales apenas subliminalmente.
Hay que recordar que, durante las décadas de los años veinte y treinta del S. XX, América era muy puritana e ingenua. La libertad de que se disfruta en este período sería de breve duración. Los grupos religiosos y de mujeres, habían estado protestando por la permisividad de las películas durante esos años, y presionando a favor de la censura federal de las películas. Los magnates del cine respondieron procurando autocensurarse y se promulgaron códigos éticos, como el de Will Hays, pero rara vez se tomaban en serio. Sin embargo, durante el año 1934, la Iglesia Católica había ideado un esquema por sí misma: la Legión de la Decencia. Esta comisión clasificaba las películas en cuanto a su contenido. Incluso se organizaron masivos boicots. Fue entonces cuando Hollywood, temeroso de perder clientela, prometió ajustarse a las reglas.
La ejecución del código ético autorizaba el cambio de palabras, personajes y escenarios. “The Brick Foxhole”, una novela sobre crímenes contra gays, se convirtió en “Crossfire”, una película sobre anti-semitismo y asesinato. Además de imágenes sobre homosexualidad -o de “sexualidad perversa”, como fue denominada-, otras restricciones del código de Hays de 1934 eran: el beso con la boca abierta, abrazos apasionados, seducción, violación, aborto, prostitución y trata de blancas, desnudos, obscenidad y blasfemia.
No obstante, el código ético no borró a los homosexuales de la pantalla, más bien resultaba más difícil encontrarlos. La nueva ecuación del estereotipo que se representaría hasta la saciedad y sin apenas contestación durante mucho tiempo era: homosexualidad masculina o femenina es igual a conflicto sin solución pero, por lo mismo, fuente inagotable de personajes extremos en su crueldad o en su perdición victimista.
Los años cincuenta fueron una época de conformismo sexual y, en los comienzos de la década, se continúa con la fórmula de la homosexualidad conflictiva. Para los hombres la impostura era la masculinidad sin tacha. La tensión entre la sensibilidad y la masculinidad fue representada en la pantalla por personajes acusados de ser gays (Tom Lee en “Tea and Sympathy”), o por personajes que, al menos, parecían ser gays (Sal Mineo como Platón en “Rebel without a cause”).
Los personajes gays no desaparecieron de la pantalla durante los cincuenta. Sin embargo, en cuanto el tema se tornaba serio y se sugería sexo real, volvía la censura y la tijera cortaba las escenas. Tony Curtis, como Antoninus, el esclavo de Lawrence Olivier en “Spartacus”, describe la escena sugestiva en la cual está bañando a su amo mientras éste le pregunta si prefiere las ostras o los caracoles, para después sugerirle que a él le gustan ambos, la cual fue censurada y cortada en la versión final de la película. En “Cat on a hot tin roof” no había manera, en opinión de Gore Vidal, de que el personaje de Brick (Paul Newman) manifestara tener cualquier clase de deseo sexual hacia su compañero. Es el mismo Gore Vidal quien describe sus propias batallas con los censores cuando él adaptó otra obra de Tennessee Williams, “Suddenly last Summer”, para la pantalla. El drama entre Elizabeth Taylor, Katherine Hepburn y Montgomery Clift gira alrededor de Sebastián Venable, un personaje que se considera en la película solamente en flash back y cuya cara nunca se muestra. Sebastián Venable era el homosexual perfecto de aquella época, un personaje sin cara y sin voz. Puesto que vive como un monstruo, debe morir como tal: Sebastián encuentra su final a manos de unos muchachos jóvenes que lo están utilizando sexualmente, que lo
acorralan en la cima de una montaña y, en última instancia, lo devoran, en una escena misteriosa evocadora de la obra clásica de terror “The bride of Frankenstein”.
Como ya queda dicho, la posguerra americana, en los cuarenta y los cincuenta, era un tiempo de conformismo sexual. Recordemos que, si en política predomina el macarthismo y la caza de brujas contra el enemigo comunista, en el mundo afectivo son décadas de puritanismo exacerbado y legiones de decencia. Se esperaba de hombres y mujeres unos roles muy marcados que funcionaran como un camino derecho al matrimonio con hijos, donde cada género tenía su papel. El respeto a las minorías sociales no era el punto fuerte de la sociedad americana de posguerra. La homosexualidad, naturalmente, era anatema, y toda esa monstruosidad que se veía en las pantallas acerca de ella, se aceptaba sin rechistar, como una lógica consecuencia de los tiempos. En ese clima cabía preguntarse si se practicaba el sexo gay y cuál era el destino social que el puritanismo deparaba a los homosexuales, si es que los había.
Dos famosos y exhaustivos estudios que se llevaron a cabo durante toda la época de los cuarenta y principios de los cincuenta responden a estas cuestiones. Son el informe de Alfred Kinsey y el de Evelyn Hooker. El informe Kinsey demostró, a partir de veinte mil entrevistas, que había alrededor de un diez por ciento de hombres y un cinco por ciento de mujeres que habían estado buscando exclusiva o preferentemente sexo con personas del suyo propio, durante al menos los tres años anteriores al momento de la entrevista.
En determinados casos, estas cifras siguen utilizándose como media de la cantidad de gays y lesbianas que hay en la sociedad. Se ha de tener en cuenta que en la posguerra americana no se había desarrollado aún la comunidad gay tal como se la conoce en el presente, de tal modo que las condiciones para que los homosexuales pudieran relacionarse entre sí eran muy malas: lugares periféricos de las ciudades compartiendo espacios con prostitutas y delincuentes, círculos muy estrechos de amistades y clubes herméticamente cerrados. Determinar las consecuencias de esta existencia furtiva del lado homosexual de las personas es una cuestión difícil, ya que aunque había famosos estudios clínicos realizados sobre grupos muy reducidos de personas que hablaban de enfermedades y sufrimientos, lo cierto es que el otro famoso estudio, el de Hooker, demostraba que los especialistas en psiquiatría y psicología no sabían distinguir sólo con tests si una persona era o no homosexual. Todo parece indicar que las condiciones sociales de la época daban lugar a una doble vida sexual en gays y lesbianas: vivían el sexo con suma clandestinidad, como sugiere Kinsey, y salvaban las apariencias de cara a la sociedad, según conclusiones de Hooker.
En la década de los cincuenta, Jean Genet realizó el arquetípico mediometraje gay “Un chant d’amour”, el más famoso de la Historia del Cine Europeo y donde se plasma todo el mundo carcelario que formó parte de la vida de su autor. Fue censurado. En mil novecientos cincuenta y cuatro H. Langlois hizo la primera exhibición pública en la Cinemateca Francesa, pero, a pesar del apoyo de la institución, sufrió las iras de la censura y no fue fácil poder verlo en Francia a lo largo de los veinte años siguientes a su primera muestra.
Ya en los años sesenta, algunos directores americanos lucharon por hacer aceptable el material homosexual a la oficina del código Hays y a la Legión de la Decencia, tratando de romper el doble muro de la censura y el estereotipo único. Comenzaron a inventarse nuevas maneras de atraer al público, dada la competencia de películas no nativas, sexualmente más explícitas, y convencieron a los productores de que los espectadores pagarían por ver películas con temática para adultos, de tal manera que ya, por el comienzo de los sesenta, el
código Hays había sido gradualmente abandonado. La única restricción restante era la “perversión sexual”. Dos directores hicieron las películas que rompieron definitivamente el tabú. Otto Preminger anunció que el código Hays había sido revisado para permitir un rodaje basado en el bestseller “Advise and Consent”, que incluía el personaje secundario de un senador a quien se le chantajea por un asunto homosexual en su pasado.
El otro director fue Guillermo Wyler con “The Children’s Hour”, adaptación de una novela sobre acusaciones de lesbianismo en una escuela de chicas. Las protagonistas de la película eran Shirley MacLaine y Audrey Hepburn. Fue un fracaso y, en opinión de la primera de las actrices, aún considerando que habían sido precursores en la presentación de la homosexualidad en la pantalla, había tan poco conocimiento de lo que la homosexualidad significaba, que el tema nunca se había discutido durante la realización de la película. Ambas películas se ocuparán de la homosexualidad como algo vergonzoso, secreto y sucio. Algunos autores afirman que estas películas tenían a menudo un efecto devastador entre la gente gay joven del público. En toda una lista larga de películas de los sesenta, los personajes gays y lésbicos encuentran, sin excepción, un horroroso final. Incluso “The Detective”, una película de Frank Sinatra, pretendidamente sincera a la hora de iluminar sobre la homosexualidad, hace apología de la homofobia de los propios homosexuales dando una opinión de éstos como desesperados, infelices y, en última instancia, crueles.
A pesar de que la homosexualidad todavía estaba clasificada como enfermedad mental, en los setenta cambia la forma en que hasta entonces había sido tratada en el cine. Es en “Boys in the Band”, película basada en la obra de éxito del off-Broadway realizada por Mart Crowley, donde el público gay pudo verse representado de forma distinta a como se había hecho hasta entonces, donde se ofrecía una imagen de increíble sentido de la camaradería y del de pertenencia a un grupo que nunca se había manifestado antes. También presentaba unas actitudes menos heroicas que tendían a la maliciosidad, el victimismo y el horror de sí mismo. Al mismo tiempo que los gays se hacían más visibles en el mundo, ya que miles de gays y lesbianas estaban saliendo a las calles en nombre de la “liberación gay”, también se hacían más visibles en la pantalla.
Los personajes de hombres gays comenzaron a aparecer más y más y tenían a menudo una profundidad y una autoconciencia que era nueva en las películas. También tenían a menudo las mejores escenas. Pero como los homosexuales llegaron a ser más visibles, también se convirtieron en blancos más fáciles. Los personajes masculinos gays eran ridiculizados, humillados, golpeados o asesinados. Tom Hanks recuerda muy vivamente las caracterizaciones estereotipadas de los gays, así como el regocijo con el cual él y sus compañeros de la escuela secundaria saludaron el momento en que “esos dos homos” recibieron su merecido en “Vanishing Point”. El guionista de “Philadelphia”, Ron Nyswaner, recuerda haber visto “Freebie and the Bean” con un grupo de amigos y sentirse horrorizado por la reacción estusiástica del público ante la brutal matanza de un homosexual.
La escena gay urbana era una parte visible del paisaje cultural antes de los ochenta. Las pocas películas que en esta década reconocieron ese hecho, retrataron la subcultura gay como un mundo siniestro y retorcidamente peligroso. Cuando una de esas película, “Cruising” de W. Friedkin y protagonizada por Robert de Niro, hizo su pase en la pantalla, Ron Nyswaner describe que él y su novio fueron atacados por unos hombres jóvenes que trabajaban en un teatro y que uno de ellos les había dicho: “si vieras la película Cruising sabrías lo que te mereces”. “Cruising”, “The Fan” y “Windows” son películas que ofrecen una interpretación de los gays y las lesbianas que no son ya víctimas, sino verdugos psicópatas
que asesinan a los objetos de su afecto. Fue “Cruising” la película que lanzó a los activistas gays a las calles para, por primera vez, protestar por el tratamiento de Hollywood hacia los personajes gays.
En un intento por contrarrestar los estereotipos aplastantemente negativos de las décadas anteriores, Barry Sandler escribió un guión sobre un hombre casado que llega a pensar que él es gay al sentirse atraído por otro hombre. El logro de aquel tiempo estribaba en que los personajes gays eran confortablemente masculinos, limpios de estridencias y representados por actores jóvenes muy atractivos. Pero, tal como seguiría ocurriendo en los noventa, los actores “duros” eran difíciles de conseguir para hacer personajes homosexuales, porque sus representantes argumentaban que se destruiría la carrera de sus clientes si interpretaban un papel gay. También había actores que opinaban del mismo modo.
Considerada como una de las películas más emblemáticas de temática gay, se rueda en mil novecientos ochenta y dos “Querelle”, el último y póstumo film de uno de los cineastas más experimentales y provocadores de la década de los setenta. Compañero junto a Herzog y Wenders de lo que se denominó la joven generación alemana, Fassbinder realizó esta película basándose en una obra, “Querelle de Brest”, de Jean Genet, uno de los autores más significativos de la literatura y del cine gay.
Como ya se ha indicado más arriba, en los noventa nos encontramos con un nuevo factor que se incluye en el cine que se ocupa de casuística gay: el sida. Aunque en muchas ocasiones, en especial Hollywood, el problema se ha tratado superficialmente y como un elemento comercial más para la posterior y mejor venta de la película, se puede hacer referencia a algunas como “Compañeros inseparables” de Norman René, “Miradas en la despedida” de B. Sherwood, “Los amigos de Peter” de K. Branagh y la tan laureada “Philadelphia” de J. Demme.
V.- CONCLUSIONES
La historia de Jeffrey puede ser en realidad una crónica del mundo gay de mediados de los noventa, del sexo compulsivo, del sexo seguro, de la inseguridad de aquellos años; del miedo en definitiva. Todo ello en clave de humor. Realizar una película en cuyo guión aparecen las palabras homosexual y sida es todo un reto en la puritana Norteamérica. Conseguir una plantilla de actores competentes, dispuestos a interpretar en la pantalla a personajes gays, no es sencillo. En ocasiones, los representantes o agentes se niegan a comunicar a sus clientes la oferta de un papel de estas características. Cuando aparecen los actores es necesario desposeerlos de los prejuicios que les impiden rodar determinadas escenas con personas de su mismo sexo. Todo esto está también en función de quienes intervienen en la película. En ésta hubo muchas dificultades para encontrar a los actores hasta que Sigourney Weaver aceptó un pequeño papel.
“La crítica al papel normatizador de la sexología no es nueva. Pero lo que pone en crisis el discurso sexológico es un cambio de contexto. En la era del sida, las normas sexuales ya no deben regular y garantizar el acceso al placer sexual, sino la supervivencia. A partir de un discurso que legitima las normas sexuales en nombre de la seguridad, el sexo más seguro sustituye a la sexología en la tarea de apuntalar la heterosexualidad” (O. Guasch, 2000).
Las situaciones que se nos presentan en esta película corresponden a un lugar muy concreto, Nueva York, en Estados Unidos, y a una clase social determinada de un nivel cultural medio-alto. Aunque lo narrado podría ser aplicable a otras sociedades o sectores sociales, no debería ser generalizado. Existen lugares en los que la situación de los homosexuales no es tan bien comprendida e integrada, incluso en nuestros tiempos y en sociedades desarrolladas. En la película sólo aparece un momento en que se nos presentan personas que no aceptan al homosexual, que le agreden, hecho que se produce con cierta asiduidad en la vida real y en estratos sociales que no son el que nos muestra la película.
Algunos autores incluirían esta película dentro de lo que denominan cine gay, ya que presenta como núcleo central de la trama, el tema de la homosexualidad, siendo, además, una forma de acercarse a la homosexualidad a través del cine. No obstante, aun siendo una comedia gay, no tiene porqué reducir su público al ámbito homosexual, no es necesario serlo para entender los chistes y dobles sentidos de sus diálogos que, en ocasiones, resultan