Chapter 3: The Challenges Facing the South African Wine Industry: Producing Better Quality Wine
5. Efforts at Transformation 1 Changes at Production Level
5.2 Changes at Institutional Level
La utopía del mercado total refiere a un patrón de poder (mundial) que opera en base a la natu- ralización de un modelo de sociedad que tiene al mercado como único parámetro de organi- zación social, económica, política y cultural. Se trata, de un imaginario de construcción de futuro en “el cual los criterios de asignación de
recursos y toma de decisiones por parte del mer- cado conducen al máximo bienestar humano y que, por ello, es tanto deseable como posible la reorganización de todas las actividades humanas de acuerdo con la lógica del mercado” (Lander, 2002: 52).
Este imaginario de sociedad no refiere sólo a un sistema económico, sino a la extensión de la lógica de racionalidad mercantil a todos los ámbitos de la vida social. En otras palabras, se naturalizan los criterios de funcionamiento del mercado como normas únicas y legítimas “para juzgar las bondades relativas a las decisiones y acciones en cada uno de los ámbitos de la vida individual y colectiva (…). Se trata de un mo- delo cultural totalizante y totalitario” (Lander, 2002: 52).
La sociedad del mercado total es una utopía de larga data, aun cuando su discurso predo- minante hoy tenga poco menos de un siglo: el neoliberalismo. En efecto, su origen se remonta –y es consustancial– a la conquista y creación de América Latina y su desarrollo hasta la ac- tualidad se explica por los fenómenos de la co- lonialidad, en cuanto relación social y del euro- centrismo, en cuanto forma de adquisición de conocimiento (Quijano, 2006; 2000).
La colonialidad refiere a la transferencia de la lógica de relación asimétrica colonial de do- minación, instaurada con la conquista del conti- nente, a las relaciones sociales, políticas, econó- micas y culturales hasta la actualidad (De Sousa Santos, 2006). Dicha transferencia se dio por medio de la creación de la idea de raza, es decir, “la idea de que los dominados son lo que son, no como víctimas de un conflicto de poder, sino
en cuanto inferiores en su naturaleza material y, por eso, en su capacidad de producción históri- co-cultural” (Quijano, 2006: 7). Ello, permitió la emergencia de un nuevo patrón de clasifica- ción social, de hombres por naturaleza superio- res y por naturaleza inferiores, lo que justificó a su vez el derecho de dominio, sometimiento y explotación sobre los segundos como algo nece- sario por naturaleza (Quijano, 2006).
El eurocentrismo, como parámetro de des- cripción de las sociedades, concibe la historia regional o parroquial de Europa, como la histo- ria universal. En este imaginario, el colonizador se autopercibe como perteneciente a una socie- dad superior y más avanzada que las del resto de la humanidad: la sociedad moderna europea (Castro-Gómez, 2000; Dussel, 2000; Quijano, 2000; Lander, 2000). Esta sociedad se vuelve patrón de referencia universal para toda la hu- manidad, no sólo aplicable al ámbito de la orga- nización social, sino que también, y sobre todo, al del saber (Lander, 2000), transformando a las otras sociedades “no sólo en diferentes, sino en carentes, en arcaicas, primitivas, tradicionales, pre modernas; ubicándolas en un momento an- terior del desarrollo histórico de la humanidad, lo cual dentro del imaginario del progreso enfa- tiza su inferioridad” (Lander, 2000: 24).
Así, la historia de la civilización humana se reduce a la trayectoria recorrida por la sociedad europea (Quijano, 2000; Castro Gómez, 2000), justificando “la acción civilizadora o moderniza- dora por parte de quienes son portadores de una cultura superior para [que las culturas inferiores puedan] salir de su primitivismo o atraso” (Lan- der, 2000: 24).
Tanto la colonialidad como el eurocentris- mo constituirían elementos centrales de un dis- curso que fundamenta la utopía del mercado total como modelo de sociedad más avanzado y superior y que le otorga un carácter de proceso inexorable a las tendencias económicas y polí- ticas que, más que mover a las naciones hacia la modernidad y el desarrollo, profundizan la polarización entre una minoría privilegiada y las
mayorías excluidas sometidas en todo el mundo (Lander, 2004).
Lander observa que la concentración de la riqueza y de la desigualdad en el neoliberalis- mo se legitiman e intentan invisibilizar a partir de una serie de mitos que realizan la utopía del
mercado total1, mostrándola como un modelo
que permite que todos alcancen individualmen- te el bienestar (2002, 2004).
El primero de estos mitos relaciona el creci- miento sin fin con la felicidad y el bienestar mate- rial. Ello permite justificar, como una exigencia estructural, cualquier acción que promueva el crecimiento, sin importar sus consecuencias. El problema, para Lander, es que dichas medidas han tenido poco que ver con los niveles de bien- estar material y consumo de la población. Por el contrario, lo que se da es “una situación (…)
1 Edgardo Lander describe siete mitos: el creci- miento sin fin, el ser humano por naturaleza egoísta e individualista, el desarrollo lineal y progresivo de la tecnología, la historia univer- sal, la tolerancia y la diversidad cultural, socie- dad sin intereses, sin estrategias, sin relaciones de poder, sin sujetos, el (no) rol del Estado en la sociedad capitalista y la relación entre el Es- tado y el mercado en la sociedad global con- temporánea. Al ser este escrito un análisis redu- cido del proyecto político de Mauricio Macri, a partir de algunos de sus primeros discursos desde su ocupación en el cargo de presidente, pasaremos a describir sólo aquellos que postu- lamos se identifican más claramente en dicha revisión. Para profundizar en los demás mitos y la aplicación de los mismos al funcionamiento del capitalismo global que lleva a cabo Lander, recomendamos las siguientes lecturas del autor: Lander, E. (2002). La utopía del mercado total y el poder imperial. Revista Venezolana de Eco-
nomía y Ciencias Sociales y Lander, E. (2004). Eurocentrismo, saberes modernos y la naturaliza- ción del orden global del capital. En S. Dube, I.
B. Dube, & W. Mignolo (Eds.). Modernidades
de suma-cero en la que la apropiación de más recursos por parte de algunos implica, necesa- riamente, que habrá menos recursos y capacidad de carga disponibles para otros, que mientras más ricos sean los ricos, necesariamente, dados los límites materiales existentes, más pobres se- rán los pobres” (Lander, 2002: 57). Para Lander (2002), el bienestar humano no se relaciona con el crecimiento sin fin, sino con la capacidad de redistribuir el acceso y uso de los recursos.
El segundo mito afirma que el ser humano es por naturaleza egoísta e individualista, siendo el leitmotiv de su accionar su propio beneficio. En este imaginario, toda acción que vaya en contra de dicha naturaleza es considerada un obstáculo a superar. Este mito ha permitido justificar la instauración de “la sociedad del mercado total [como] la sociedad que mejor expresa la natu- raleza universal de lo humano, el único modelo de organización social que permite el despliegue máximo de todo el potencial de la creatividad y la libertad humana” (Lander, 2002: 57). Sin embargo, esta es sólo una posibilidad de ser de lo humano, asociado con un tipo de sociedad que es hoy predominante. Por lo que, más que la defensa de lo humano por naturaleza, lo que se defiende con este mito es la naturaleza egoís- ta de aquellos que, en tanto más fuertes, logran beneficiarse individualmente del sistema, aun cuando eso implique el empobrecimiento de otros. Por otra parte, permite catalogar a todo lo que vaya en contra del carácter egoísta del ser humano como “lo primitivo, atrasado, sub- desarrollado, populista, comunitario” (Lander, 2002: 57).
El tercer mito es el que decreta que la his- toria particular de Europa Occidental es la his- toria universal. Esa historia se constituye en el patrón de referencia para abordar el análisis de las carencias y de las deficiencias de toda otra experiencia histórica y de la experiencia de vida de todos los otros (Lander, 2002). La “sociedad del mercado total es, en este metarrelato, el pun- to de llegada de la historia, de toda historia, de la historia de todos los pueblos” (Lander, 2002:
58). Esto posibilita tanto negar la particularidad y la existencia de otras historias y desarrollos, sobre todo económicos, de las sociedades que escapan de las etapas recorridas y dibujadas por Europa Occidental, como justificar el dominio y el control sobre otras soluciones dadas a las problemáticas sociales de los países de América Latina que escapan a la senda de los países de Europa Occidental.
Un cuarto mito refiere al rol del Estado en la sociedad capitalista. La utopía del mercado total parte del supuesto de que “la sociedad de libre mercado (…) es la forma espontánea y natural de la vida social, la forma que adquiriría toda sociedad si (…) no fuese obstaculizado por fac- tores externos al mercado” (Lander, 2002: 60). Por ende, el rol del Estado es garantizar este na- tural desenvolvimiento, evitando toda injeren- cia extraeconómica que vaya contra la evolución inevitable hacia la sociedad del mercado total, incluyendo la naturaleza egoísta del ser humano y de su bienestar.
Sin embargo, el carácter mitológico del rol asignado al Estado se manifiesta, por ejemplo, en que las experiencias históricas de desarrollo capitalista (los Estados Unidos, Japón, etc.) no han sido historias de un capitalismo desregulado (Lander, 2002). La supuesta ausencia del Estado es, en realidad, el fundamento para la descalifi- cación de “toda acción política, social o cultu- ral que pretenda preservar o establecer alguna restricción a su libre operación, [y catalogarlo como] algo artificial, anormal, intervención ex- terna que altera el orden natural de las cosas. Para esas distorsiones antinatura están reserva- dos los calificativos peyorativos de estatismo, socialismo, proteccionismo o populismo” (Lan- der, 2002: 61).
Por otra parte, permite justificar la inter- vención del Estado en la economía cuando ga- rantiza el orden libre del mercado. De hecho, este tipo de medidas no son consideradas como resultado de una acción política, sino como la necesaria restitución de un orden normal de las cosas, que había sido perturbado por las injeren-
cias extraeconómicas. Así, es posible legitimar el reorientamiento en manos del Estado hacia la utopía del mercado total (Lander, 2002).
Lander, considerando los niveles de insegu- ridad que un mercado no regulado genera en la mayoría de la población, afirma que su instaura- ción ha sido generalmente incompatible con las exigencias de una sociedad democrática. Ello ha sido resuelto limitando o negando el ejercicio de la democracia, o bien buscando “el diseño de un orden institucional internacional en el cual el funcionamiento de un libre mercado quede liberado de los controles democráticos” (2002: 61). Ahí radicaría el poder creciente de los or- ganismos multilaterales de crédito o supranacio- nales, los cuales intercambian financiamiento en forma de préstamos a los países de América Lati- na, por el diseño de los regímenes de regulación y políticas públicas de los Estados más débiles. Esto, tendría como objetivo “garantizar nive- les crecientes de desregulación, privatización y apertura económica en todo el mundo” (Lander, 2002: 62), sin afectar la legitimidad democráti- ca de los gobiernos (Lander, 2002: 62).