Chapter 6: Methods of Research 1 Introduction
3. Selection of the Co-operative Cellars, Private Cellars and Estates
De las tres dimensiones antes analizadas, sobre la derecha en argentina se deriva que el macris- mo, aunque pertenece este heterogéneo, sin embargo, mantiene algunos sellos particulares y distintivos. En primer lugar, a diferencia de las experiencias neoliberales recientes, no posee un discurso ni una práctica anti-estatal. Indudable- mente, el nuevo clima de época y el hecho de que el tamaño del Estado no llegó durante la etapa kirchnerista a igualar al de 1989, influyen decisivamente en esta postura. En otros térmi- nos, la reducción de la estructura estatal no es hoy una prioridad, como sí lo fue en décadas precedentes.
En segundo lugar, lo anterior no impide afirmar que la orientación macroeconómica del gobierno sea de carácter neoliberal, en lo que respecta a instaurar mecanismos de libre mer- cado hasta hace poco reguladas por el Estado y, fundamentalmente, de reducir los costos sala- riales y con ello, incrementar las ganancias em- presariales y promover un boom inversor. Des- de este punto de vista, entonces, el macrismo aparece como continuidad y profundización del camino iniciado por el neoliberalismo argentino a mediados de los años ´70.
En este contexto, la gran novedad parece ser la tercera dimensión, referida a la masiva incor- poración de CEO´s y dirigentes empresariales en la conducción del Estado, y cuyo máximo ex- ponente, pero no el único, es el Presidente de la
Nación. En resumidas cuentas, puede afirmarse que resulta inédito un programa neoliberal apli- cado esencialmente por un grupo de empresa- rios. Es decir, se trata de un proyecto que, en cierta manera, busca reconfigurar la relación en- tre representantes y representados, constituyen- do en el seno del poder político una nueva elite empresarial. En tal sentido, es útil recordar que el macrismo surge, como fuerza política, justa- mente en 2001, al calor de una profunda crisis de representación política.
Es vasta y rica la literatura, dentro de la Ciencia Política y de la Sociología, que analizó la cuestión de las elites, o sea, básicamente, el modo en que se conforma e integra el cuerpo político que ocupa las funciones de gobierno, y de qué modo se producen, o no, las modifica- ciones en su composición. Esta temática se hizo prolífica entre los politólogos de Latinoamérica, en las últimas décadas, en forma concomitante – y no casualmente– al auge de las literaturas so- bre la crisis de la representación política y, pos- teriormente, sobre la calidad de la democracia (Albala, 2016: 14).
Ahora bien, como ha señalado acertadamen- te, entre otros, Manin, el elitismo fue una carac- terística central desde los orígenes mismos de la democracia representativa moderna: “El gobier- no representativo se inició, por tanto, como el gobierno de los notables” (1998: 249). A dife- rencia del pasado monárquico, esta nueva elite era elegida por su pueblo mediante elecciones. Hasta allí llegaba la participación popular y de- mocrática, pues, con el principio según el cual, el pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes, eran las elites quienes se encargaban de resolver los asuntos públicos.
Con el desarrollo de la sociedad de masas, ya en el siglo XX, el corpus teórico del elitismo ha sido abundante (Robert Michels, Joseph Schumpeter y Max Weber, entre otros). Como parte de esa rica tradición intelectual, Max We- ber (1996) insistió en las tensiones cada vez ma- yores que se registraban entre la evolución y la complejidad de las sociedades y de los regímenes
democráticos. El sociólogo alemán justificaba
tales tensiones con los siguientes postulados5:
• Los ciudadanos no hacen sino más que elegir entre un grupo de candidatos, para que sean ellos los que gobiernan.
• Las masas se definen por un carácter fuerte- mente emocional, que las aleja de la racionali- dad para juzgar los asuntos públicos.
• El electorado puede elegir buenos líderes, pero no buenas políticas.
En consecuencia, el elitismo, según Weber, era el resultado inevitable de la complejidad cre- ciente de las sociedades modernas y de masas. Cabe recordar que Michels realizó un análisis muy similar, analizando la evolución del partido socialdemócrata alemán en el que tiempo antes había sido miembro activo.
Pocos años después de Weber, Joseph Schumpeter (1996) sumó otras dos dimensio- nes sumamente relevantes respecto de las demo- cracias modernas:
1. No existe ni es posible concebir una idea de bien común.
2. Las democracias, para ser estables, deben re- producir la lógica del mercado.
El autor expresa con contundencia la imposibi- lidad de una comunidad política de estilo rous- seauniana, capaz de generar una voluntad uni- ficada que represente el bien común. Tal cosa, sencillamente, no existe. Schumpeter, al igual que Weber, opta también por un realismo pragmáti- co: en muchas ocasiones, decisiones autoritarias han sido mucho más eficaces que la deliberación democrática. Por lo tanto, de la elite se prioriza su capacidad de gobernar y no tanto su carácter democrático y representativo. En definitiva, en esta tradición intelectual subyace, como puede observarse, una desconfianza profunda hacia los
5 En esta mirada seguimos también el enfoque de D. Held (1998).
sectores populares y su capacidad de gestionar los asuntos públicos. El arte de gobernar, en resumi- das cuentas, es un asunto de pocos.
Siguiendo a Held (1998), puede plantearse una primera objeción, de carácter general, a las visiones elitistas: porqué se presupone que exis- ten racionalidades diferentes entre la “elite” y la “masa”, cuando, al mismo tiempo, se admite que la masa sí está capacitada para elegir líderes (su incapacidad sólo se manifiesta en gobernar). En segundo término, el elitismo confía en una clase especialmente formada la resolución de la conflictividad social. Pero este planteo presen- ta una dificultad central: si reforzamos la deci- sión y la eficacia de la elite, por sobre la represen- tación de los actores políticos, ¿cómo sabremos que estamos resolviendo los conflictos sociales?
Al margen de estas objeciones, con el ad- venimiento de los partidos de raíz popular, las democracias contemporáneas fueron atravesadas por un conflicto permanente, entre las visiones elitistas y aquellas de carácter más democrático y popular, que bregaban por ampliar la partici- pación política de las “masas”. Según Macpher- son, durante buena parte del siglo pasado primó el modelo de democracia “pluralista elitista de equilibrio”. El componente que el autor asigna para hablar de elitismo, es más que sugestivo. En sus palabras, “es elitista en el sentido de que asigna el papel principal en el proceso político a grupos dirigentes que se escogen a sí mismos” (Macpherson, 1982: 96). Esta situación circular (elegidos y electores son el mismo cuerpo políti- co, que excluye a las mayorías que no pertenecen a él) define de un modo particular la idea de eli- te, ya que rompe el dualismo de una conducción política sobre el conjunto de la sociedad para radicarlo exclusivamente en un grupo que logra “hacerse del poder”. En esta lógica, la democracia deja de ser un proyecto de sociedad, para remitir- se exclusivamente a su faz de procedimiento para elegir autoridades. Por eso, la provocadora frase de “elite que se auto-elige”, no implica la ruptura del orden democrático de la elección por el sufra- gio, sino que, la posibilidad de ser elegidos para
conducir al Estado se encuentra reservada a un grupo social, por razones no de carácter norma- tivas, sino sociales, culturales y económicas. Los partidos políticos no tienen por misión estimular la participación, sino sólo seleccionar líderes. De allí que, siempre según Macpherson, la apatía po- lítica sea un rasgo central para este tipo de demo- cracias: la baja participación se convierte incluso en necesidad, para que el círculo trazado por las elites no sea puesto en cuestión.
Los elitistas confían en las actitudes del po- lítico profesional para impedir estas situaciones críticas en la que los sectores excluidos de las decisiones políticas puedan generar ingoberna- bilidad por un incremento en la participación. Como se ha visto, esta impronta elitista se ha dejado sentir en distintos momentos de nuestra historia política. La idea de que el gobierno es un asunto de pocos, o sea, de una elite capa- citada para ejercer la dirección política, no es nueva. Sin embargo, el macrismo sí representa una ruptura con el pasado al definir al empre- sariado como la figura central de la vida política y responsable de llevar adelante un modelo eco- nómico de corte neoliberal.
Por su carácter inédito, se abre un interro- gante respecto de la viabilidad política de este proyecto. ¿Bajo qué mecanismos podrá conci- tar legitimidad social el macrismo? ¿Serán los resultados económicos y sociales los que dic- taminarán su suerte? ¿En qué medida, en caso que resulte exitoso el proyecto macrista, se ve- rán alteradas las jerarquías de poder en nuestro país? Sin pretender aventurar pronósticos, cabe finalizar esta sección con una recordada frase de Schumpeter, quien, a pesar de abrevar en el campo del elitismo, enfatizaba que eran los políticos profesionales –y no los empresarios– quienes estaban capacitados para gobernar: “La conclusión es obvia... la clase burguesa está mal equipada para hacer frente a los problemas in- teriores e internacionales con que normalmente tiene que enfrentarse todo país de alguna im- portancia” (Schumpeter, 1996: 189).
Reflexiones finales
A lo largo de este trabajo se ha buscado indagar en la naturaleza del gobierno encabezado por el presidente Macri. Concretamente, se analizó, en términos comparativos, sus rasgos de continui- dad y de ruptura con respecto a tres vertientes históricas de la derecha argentina: el liberalismo, el conservadurismo y el nacionalismo. Aunque con algunas reformulaciones, se percibe en es- tos quince meses de gestión que el componente liberal (o más precisamente, neoliberal) caracte- riza el rumbo macroeconómico del macrismo. Así, se promueve ampliar los mecanismos de mercado, restringiendo la participación estatal, en diferentes actividades y sectores de la econo- mía. Ello se ve, especialmente, en el mercado laboral, donde el objetivo apunta a reducir los costos salariales y, con ello, potenciar la acumu- lación capitalista.
Por otra parte, una peculiaridad del macris- mo, como fuerza política de derecha, es que no posee un discurso ni una práctica anti-estatal. Ello, como se ha visto, es producto del contexto en el que le toca gobernar: el kirchnerismo, en lo fundamental, no revirtió el proceso privatiza- dor heredado del menemismo. Además, las po- cas empresas que re-estatizó (como Aerolíneas Argentinas, YPF, o el sistema de jubilaciones) gozan de un amplio apoyo social, lo cual indica un nuevo clima de época, más favorable a cierto intervencionismo estatal.
Finalmente, la tercera dimensión analizada se refiere a la gran cantidad de CEO´s y diri- gentes empresariales que se han incorporado en puestos de conducción estatal. Creemos que esto es una verdadera novedad en la historia po- lítica de nuestro país, y que puede conceptuali- zarse como el surgimiento de un nuevo tipo de elitismo político, el empresarial.
Referencias bibliográficas
Albala, A. (2016). Élites políticas de América Lati- na: una agenda de investigación abierta. Revista