Dos pensadores del siglo V antes de Cristo, Empédocles y Anaxágoras, llegaron a conclusiones muy parecidas, aunque sus personalidades sean tan distintas.
Empédocles de Agrigento era, como Heráclito, hombre de elevada alcurnia que rehusó
la corona real que le ofreció su pueblo después de una rebelión política. Paseaba por su ciudad vestido con manto de púrpura adornado de oro y largos cabellos rizados ceñidos con una corona de laurel; le acompañaban por doquier grupos de discípulos y miles de personas le suplicaban que les curara de sus enfermedades y les vaticinara el porvenir. Le seguían con la esperanza de presenciar algún milagro.
Empédocles sintetizó las teorías de Tales, Anaxímenes y Heráclito, que hacían, respectivamente, del agua, el aire y el fuego el principio originario, añadiendo un cuarto elemento: la tierra. A Empédocles debemos, pues, la célebre teoría de los cuatro elementos. Afirmó que objetos y organismos nacen de la combinación de tales elementos, según diversas proporciones, y que cuando ellos se separan aparece lo que los hombres llaman muerte. Cada nacimiento no es, en realidad, sino una mezcla de estos cuatro elementos, y cada muerte o desaparición es la segregación de lo que estuvo unido durante un tiempo. La fuerza que une es el amor; la que separa es el odio. Y ambas son los principios básicos de todo cuanto se forma y desarrolla en la Tierra. Estas fuerzas no cesan de disputarse la hegemonía del mundo y cada una conoce alternativas de éxito y fracaso. En sus comienzos triunfaba el amor. Los hombres eran entonces tan buenos que no mataban a ningún ser vivo. Comer carne era considerado un
crimen abominable y todos los animales vivían en perfecta armonía con los hombres. Los árboles estaban siempre verdes y daban frutos sabrosos todo el año, pero este paraíso desapareció sin esperanza de retorno. "Desgraciados de vosotros, pobres mortales, que no conocéis más que miseria y lamentaciones", escribía Empédocles. Algunos puntos de su doctrina corresponden a la de Pitágoras. Así, dice que la causa de los sufrimientos de los hombres son sus pecados.
La tradición ha embellecido la muerte de Empédocles como embelleció su vida, haciéndolo desaparecer una tarde después de convidar a un ágape a sus discípulos preferidos. Una voz celeste que le llamó, en medio de un resplandor, y el filósofo desapareció a los ojos de sus invitados. Luego, se le tributaron honores divinos. En realidad, Empédocles fue expulsado de su ciudad, a la edad de sesenta años, por los ciudadanos envidiosos y parece que murió poco después en el Peloponeso.
Anaxágoras nació cerca de Esmirna hacia el año 500, y cuando tuvo cuarenta años se
estableció en Atenas, donde vivió muchos más y ganó un lugar preeminente en el mundo de los pensadores. Introdujo la filosofía y la ciencia jónicas en Ática.
Como Empédocles, Anaxágoras veía en el nacer. y el morir, la unión y separación de los elementos. Pero no se conformó con los cuatro principios de Empédocles, sino que creía en la existencia de una infinidad de ellos que denominó "simientes". Por todas partes se encuentran corpúsculos, elementos infinitamente pequeños e imperceptibles a simple vista. El cuerpo humano, por ejemplo, con sus huesos, carne, músculos y piel, se elabora gracias a la alimentación que absorbe, lo que es posible porque todos estos elementos del cuerpo se encuentran, ya reducidos, en el alimento. "Todo está en todo." Nos recuerda a Anaximandro y a su materia original "lo sin-forma y sin-límite", que involucra los distintos elementos.
La función que en Empédocles juegan el amor y el odio, Anaxágoras la atribuye a un poder que llama nous, concepto difícil de traducir; inteligencia o espíritu, quizá sean los más aproximados. El nous, "lo perfecto", "lo absolutamente puro", conmueve la masa elemental del movimiento turbulento y perpetuo que "disocia" las diferentes cosas.
Aquí también encontramos cierta semejanza con la doctrina de Anaximandro, como nos evoca asimismo a Heráclito, que hacía del "alma del mundo" una "inteligencia eterna y ordenadora", idea también presente en Anaximandro.
Analizaremos ahora el célebre Demócrito, autor de la teoría de los átomos. Nacido en Abdera, Tracia, como Anaxágoras, pasó la mayor parte de su vida en Atenas y, como él, sólo vivió para la ciencia.
Demócrito enseñaba, como los eleáticos, que las cualidades visibles de las cosas no son las cosas mismas; cualidades tales como "colorado, dulce, amargo, caliente, frío, etcétera", sólo eran para él producto de nuestros sentidos. "En realidad, no existe nada más que los átomos y el espacio vacío" (o "espacio puro").
La voz átomo significa indivisible. Demócrito creía que todo está compuesto por corpúsculos infinitamente pequeños que no poseen contenido ni gusto ni ninguna otra característica cualitativa, y que sólo difieren entre sí por la forma y el peso. Desde tiempo inmemorial, los átomos se mueven en el espacio vacío; algunas veces entran en colisión y causan un movimiento turbulento, del que resulta la creación de un mundo.
Demócrito daba una interpretación del mundo francamente materialista. Para él, nada existía fuera de los átomos y del espacio vacío, y rechazaba el nous de Anaxágoras; su mundo no conocía más ley que la casualidad. Demócrito no negaba la existencia de lo espiritual, pero sí cualquier diferencia esencial entre lo espiritual y lo material. Lo que llamamos alma, sólo era para él un complejo de átomos. La única diferencia entre alma y cuerpo es que los átomos de aquélla son más ligeros y más dinámicos que los átomos integrantes del cuerpo.
Demócrito explicaba nuestras impresiones sensoriales por un contacto entre los átomos que componen el mundo visible y los que forman nuestra alma. De la superficie de las cosas se destacan continuamente "pequeñas imágenes" que penetran en nuestros, ojos y otras partículas que excitan nuestro olfato y nuestro gusto.
El primer materialista en la historia de la filosofía fue también el fundador de la ética. Otros pensadores habían formulado ya algunas reflexiones sobre la ética, pero la confundían con la religión. En Demócritó la ética se libera de la autoridad de los mitos. Como buen heleno, planteaba así el problema fundamental: "¿Qué debe hacerse para vivir de la manera más digna?" Y responde: "Conservar un equilibrio espiritual". ¿Cómo conseguirlo? "No gozar de lo transitorio, absteniéndose del placer sensual y de cuanto pueda turbar la paz del alma, como la ambición, la aversión y el odio. Nuestros sentidos sólo nos proporcionan el placer de un breve instante; cuando éste ha pasado, renace el deseo, y así sucesivamente, sin fin. Cuando se sobrepasa la medida, el mayor deseo se transforma en aversión. Una codicia insaciable es mucho más penosa que la mayor pobreza."
Demócrito de Abdera.
Una buena conciencia es condición esencial para el equilibrio espiritual, y de ahí nacen todas las virtudes. Quien posee la paz del alma que da una buena conciencia, hará el bien con naturalidad y lo realizará con alegría, mientras que los demás conocerán la angustia y los remordimientos. La dicha y la desdicha no dependen de las circunstancias exteriores, sino que cada hombre las lleva en su interior. El sabio debe huir del mal por respeto a sí mismo. Hay que hacer el bien porque es nuestro deber, no por temor a cualquier castigo.