Las canciones populares habían originado grandes poemas épicos, tales como la Ilíada y la Odisea. Sin embargo, a mediados del siglo VIII la poesía épica languideció. Ello no significa que los cantos homéricos fueran menos apreciados que antes —el tiempo nunca les restó popularidad—, sino que nadie se consideraba con suficiente talento para reanudar la obra de Homero. La poesía épica había recibido la pátina de un período turbulento. Tiempos
nuevos crearon necesidades nuevas, aun en la poesía, y los hombres habían cambiado. Un nuevo dinamismo económico y una renovación en la actividad política, sobre todo entre los jonios del Asia Menor, imprimían un ritmo más rápido a todos los aspectos de la vida. La narración homérica, demasiado lenta, no satisfacía ya las necesidades intelectuales de la época. Se requería otro género más subjetivo, una poesía que reflejara los misterios de la vida, el amor y el odio, todos los sentimientos que agitan al individuo. De esta necesidad nació la poesía lírica.
Por desgracia, esta poesía la conocemos menos que la épica. La mayoría de los poetas líricos griegos sólo nos han dejado fragmentos de sus obras, y a menudo tan deteriorados, que los filólogos e historiadores de la literatura sólo pueden reconstruirlos con dificultad. Ante piezas tan fragmentarias, el historiador literario halla los mismos problemas que el arqueólogo.
El primer poeta lírico conocido es Arquíloco de Paros (siglo VII antes de Cristo), el primer poeta con personalidad en la historia de la literatura y el primer griego que se nos muestra, por así decir, de carne y hueso. Llevó la agitada existencia de un traficante y murió, muy joven aún, en el curso de una guerra entre Paros y Naxos. Aventuras y combates le proporcionaron material para sus poemas. Es el padre de todos los poetas bélicos. Afirmaba desear la lucha "como un sediento suspira por el agua". El poeta, amenazaba a sus enemigos con imprecaciones y experimentaba verdadero placer en desearles mil tormentos. La literatura ofrece pocos ejemplos de un odio tan apasionado.
Arquíloco, artista inigualable en su especialidad, es el representante típico del carácter exaltado de los jonios. Poseía en máximo grado el individualismo, ardor, aguda sensibilidad y violencia verbal característicos de su raza. En muchos aspectos, su obra poética es el espejo de la vida cultural jónica del siglo VII antes de Cristo.
En las invectivas de Arquíloco habla el odio, como réplica a las afrentas que tuvo que sufrir; un siglo más tarde, en los poemas de Teognis, el mismo odio nace de las pasiones políticas. Teognis era un aristócrata cuyas convicciones políticas tomaron un sesgo apasiona- do a consecuencia de las graves querellas suscitadas entre los dos partidos rivales de su ciudad natal, Megara, cerca de Atenas. Cuando consiguieron la victoria los demócratas, le confiscaron los bienes y lo condenaron al destierro, donde llevó una vida errante; pero la fortuna política cambió, los aristócratas volvieron al poder y parece que el poeta regresó a Megara y recuperó su casa. Pero nada pudo ya borrar el odio que en adelante sentiría hacia el "populacho", odio que exteriorizó en estrofas como ésta: "Aplasta con tu talón a este pueblo estúpido, clávale el aguijón, ponle sobre la nuca el yugo humillante y pesado".
Para él, la humanidad se componía de dos categorías de individuos que jamás tendrán nada en común: los señores y los esclavos, que eran, respectivamente, "los buenos y los malos".
“La cabeza de un esclavo nunca está derecha: balancea sobre su cuello, siempre inclinado, oblicuo y torcido. Así como de una cebolla jamás nace una rosa o un jacinto, de un esclavo nunca saldrá un hijo libre y altivo."
En otros puntos, la poesía de Teognis nos ofrece una imagen de la política griega, enconada, sectaria y llena de prejuicios. Otra cita suya es: "En verdad, oh, Kyrnos, el corazón de un hombre se quiebra si le ofenden. Pero más tarde se llena de dicha cuando su venganza es satisfecha".
Aparte de esto, Teognis no hubiera sido un buen heleno si no hubiese cantado también al vino y al placer.
El corazón ocupa lugar muy importante entre los poetas lesbios. La isla de Lesbos era la morada favorita de las musas. Dos de los mayores poetas líricos de la Antigüedad, Alceo y
Safo, contemporáneos de Solón, fundaron allí una escuela poética que alcanzó celebridad por
sus cantos báquicos y amorosos. Ambos genios hallaron en aquella isla maravillosa ricas posibilidades de expresión. Dionisos la favoreció con uno de los vinos más estimados y generosos de Grecia, y los habitantes de este país bendecido por los dioses eran famosos por su belleza.
No debe, pues, extrañar que el cantor de los placeres de la vida, Alceo, fuera hijo del alegre pueblo lesbio. Soldado y jefe de partido, llevó una vida aventurera, como Arquíloco y Teognis, y en su obra dedicada a Dionisos y Afrodita estallaba a veces en amargas imprecaciones contra los tiranos y los demócratas, sus adversarios políticos. Sus cantos báquicos eran propios de un buen meridional movido por su amor al vino.
Safo. Retrato idealizado.
En Lesbos vivió también la primera figura a quien Apolo concediera el don de la poesía, aquella a quien la Antigüedad llamó "la décima musa". ¿Era Safo una joven pura o una hetaira (casquivana) cuyo nombre ha difamado la posteridad? Sobre este punto se ha discutido mucho.
Sin duda, no era lo uno ni lo otro. Cantó el amor con palabras tan ardientes y audaces, expresó con tanta pasión el horror de los celos, que es difícil juzgarla una especie de vestal con la única idea de alimentar en su corazón la llama pura de la poesía. Por otra parte, es cierto que su ciudad natal y la capital de Lesbos acuñaban monedas con su efigie. Una mujer tan honrada por sus contemporáneos, difícilmente habrá tenido mala reputación. Ello no
significa que las costumbres de Safo respondieran a los imperativos de nuestra moral, sino sólo que sus compatriotas de Lesbos no encontraban ningún reproche que hacerle.
La “Safo, de rizos de violeta, de sonrisa encantadora”, como escribe Alceo, era célebre, por sus versos melodiosos y acariciantes, por la armonía de su estilo. Se traiciona siempre el original cuando se traducen sus poemas a otro idioma.
Cantado con estrofas ardientes, el amor no era para ella el Amorcillo travieso, sino la gran pasión qué consume los corazones. "Deseo y ardo", decía. Leamos sus Efectos del amor, en clásica traducción de Menéndez y Pelayo:
Igual parece a los eternos dioses quien logra verse frente a ti sentado: ¡feliz si goza tu palabra suave, suave tu risa!
A mí en el pecho el corazón se oprime sólo en mirarte: ni la voz acierta de mi garganta a prorrumpir; y rota calla la lengua.
Fuego sutil dentro mi cuerpo todo presto discurre; los inciertos ojos vagan sin rumbo; los oídos hacen ronco zumbido.
Cúbrome toda de sudor helado; Pálida quedo cual marchita hierba: y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte, muerta parezco...
En Safo, la sensualidad no es más que la manifestación de una naturaleza profundamente sana, pero la posteridad, a la que toda espontaneidad ha llegado a ser extraña, no puede comprender unos sentimientos expresados con tanta naturalidad y franqueza. Para satisfacer a un público propicio a los escándalos, los poetas cómicos de la Antigüedad desfiguraron adrede los poemas de Safo.
La interpretación errónea de la vida y la obra de Safo puede deberse a que los atenienses no comprendían la libertad que gozaban las mujeres entre los eolios de Lesbos y en otras comarcas. La mujer ateniense pasaba su vida en el gineceo y no tomaba parte en la vida social de su marido; la esposa ideal era la que menos daba que hablar, para bien o para mal. En cambio, la mujer eolia llevaba una existencia muy distinta, mucho más libre. Las muchachas recibían la misma formación e igual enseñanza que los adolescentes. Safo reunió en torno suyo un gran número de muchachas, a las que enseñó canto, danza y poesía. Muchas odas de Safo expresan en términos apasionados el dolor de la poetisa al despedirse de una u otra de sus discípulas.
No es el lesbio Alceo, sino el jonio Anacreonte, a quien la posteridad juzgó como el poeta báquico por excelencia. Todavía se denomina "embriaguez anacreóntica" a la inspiración que, en todo tiempo, ha impulsado a los poetas a cantar al vino.
Los cantos lesbios y los poemas de Anacreonte son muy distintos. El primer género se desenvolvió en completa libertad; el segundo maduró en una atmósfera principesca. En efecto, Anacreonte pasó la mayor parte de su vida entre autócratas, en un clima literario y estético. Entre otros lugares, residió en casa de Hiparco, en Atenas. Y la inspiración no es igual en los salones donde se ofrecen festines regios que bajo la tienda del soldado, donde Alceo cantaba al vino entre batallas.
Una fiesta de libaciones. El anfitrión y sus invitados están tumbados en un diván. El esclavo a la izquierda cuida de la gran ánfora en la que se mezcla el vino. Una muchacha toca la flauta para animar el festín.
Epigramas
En la poesía, el epigrama, que significa inscripción, forma un género aparte. Dos clases de epigramas recibieron pronto forma artística: las inscripciones grabadas sobre las losas sepulcrales y las dedicatorias con que acompañaban las ofrendas a los dioses. La forma clásica del epigrama es el dístico, verso también empleado para expresar conceptos filosóficos. Convertido luego en poemas cortos, en pareados, este género literario ha conservado la concisión y elocuencia de la inscripción.
El género llegó a ser tan popular que cualquier hombre culto debía saber componer un epigrama, convirtiéndose al fin en un juego intelectual, una distracción de la buena sociedad. Y con epigramas también se acompañan los sacrificios hechos a los dioses.
Los epigramas más interesantes para la historia cultural son las inscripciones funerarias, que nos dan a conocer el pensamiento de los helenos y su concepto de la vida. Las inscripciones más antiguas encontradas datan del siglo VI antes de Cristo, y cuentan cómo perecieron el difunto o la difunta, elogiando sus cualidades:
"Hija y hermana, y mujer y madre, de príncipes poderosos, no permitió nunca que el orgullo penetrara en su alma."
De todas las formas de muerte violenta, los naufragios eran los que mayor impresión causaban a los griegos.
"Oh, Kleistenes, tu cuerpo reposa en el polvo de cualquier lugar extranjero; la muerte te sorprendió en la mar hospitalaria, donde navegaba tu buque. No conociste la alegría del retorno, no regresaste a la bella Chíos."
Los helenos vivían en un mundo lleno de luz, y la belleza y las alegrías de la vida se reflejan incluso en sus poemas y relieves funerarios.
La lírica dórica
Las formas líricas hasta ahora citadas son eolias y jónicas, pero además existía una poesía dórica que, como todo lo dórico, lleva la huella de Esparta. El arte lírico eolio y el jónico eran muy individualista y subjetivos; en cambio, podría decirse que el dórico era un
lirismo estatal. Eolios y jónicos se expresaban por medio del canto; los dorios, por coros y danzas. Tales coros no cantaban los sentimientos de un individuo, sino la opinión y los conceptos del Estado.
Música, poesía y danza estaban íntimamente unidas en estas representaciones que podríamos llamar oratorios, tanto, que no podemos comprender la popularidad de algunos textos conservados, por haberse perdido la música. Y así, tampoco podemos juzgar en su justa valía al más grande autor del género, el tebano Píndaro, aunque admiremos la profundidad de su pensamiento, el valor de su ética y su respeto hacia todo lo grande y sublime.
En efecto, sus contemporáneos apreciaban tanto la música que componía para acompañar sus poesías como estas mismas.
Además, en Píndaro hay que enfrentarse con otra dificultad: el lenguaje. Su obra está llena de imágenes oscuras, alusiones a mitos hoy olvidados y frases herméticas; sus ideas se entrelazan, se interrumpen y contradicen, haciendo de sus poemas un auténtico laberinto de difícil salida.
Casi todos los poemas de Píndaro llegados a nosotros están dedicados a los vencedores de competiciones atléticas. He aquí algunas estrofas dedicadas a la victoria de Hierón, tirano de Siracusa, en una carrera de carros en Delfos (470 antes de Cristo).
"Lira de oro, atributo común de Apolo y de las Musas de trenzas violeta, a tu voz el paso rítmico de los coros abre la fiesta y los cantores obedecen tus señales, cuando, vibrante, haces resonar las primeras notas de los preludios que guían los coros; sabes también encender con el extremo del rayo el fuego eterno, y se adormece el águila sobre el trono de Zeus; deja caer a derecha e izquierda, su ala rápida, la reina de las aves; sobre su cabeza encorvada se extiende una nube sombría, brocha suave de sus ojos; duerme y levanta su dorso flexible, poseía por la magia de tus sones. Pues él, también, el violento Ares, olvidando el duro hierro de su lanza, deja que el reposo ablande su alma; y las notas alegran también el corazón de los dioses, gracias al arte del hijo de Leto8 y de las Musas de amplios ropajes.
"Pero todo lo que Zeus no ama, tiembla al escuchar el canto de las Piérides9 sobre la tierra
y el inmenso mar; y tiembla también quien yace en el Tártaro10 espantoso, el enemigo de los
dioses, Tifón11 de las cien cabezas. En otro tiempo creció en el antro famoso de Cilicia; hoy, las
alturas que dominan Cumas12 y oponen su barrera a la mar, sujetan con Sicilia su pecho
encrespado, y la columna del cielo le domina, el Etna cubierto de nieve, acumulando todo el año los erizados hielos.13
"Del monte, vomitadas por el abismo, salen las fuentes más puras de fuego inabordable y durante el día estos torrentes desplazan una ola de humo ardiente; pero, en las tinieblas, una llama roja serpentea y lanza con estrépito bloques de roca sobre la planicie del mar. Este monstruo es quien hace brotar tales espantosos dardos de Hefaistos.
……… "Deseamos complacerte, oh, Zeus, a ti que reinas sobre esta montaña, frente de tierra fecunda, cuyo nombre lleva la ciudad vecina14, ciudad a quien su ilustre fundador confirió la 8Leto era la madre de Apolo y de Artemisa.
9Musas. El territorio de Pieria, en Macedonia del Sur, era considerado como la primera morada de las Musas. 10Los infiernos.
11Según la leyenda, Tifón, gigante monstruoso que poseía cien cabezas, ojos que lanzaban llamas y voz
terrorífica, estaba encadenado en lo más hondo del infierno, y cuando sacudía sus cadenas, se producían terremotos y erupciones volcánicas.
12Cumas se asentaba a decenas de kilómetros de la actual ciudad de Nápoles, cuya región era volcánica como
Sicilia.
13El Etna provocó una erupción poco antes de la composición del poema. 14La ciudad de Etna, fundada poco antes
gloria; pues este nombre, en la arena de las fiestas píticas15, fue proclamado por el heraldo, al
anunciar la victoria de Hierón en la carrera de carros."
El poeta canta sus hazañas y le desea buena suerte; pero sin eludir los defectos de Hierón, se dirige al hijo de éste, proclamado por su padre rey de la nueva ciudad, y le recuerda sus deberes con decisión y franqueza:
“...no renuncies a los buenos propósitos. Dirige a tu pueblo con el timón de la justicia y forja tu lengua en el yunque de la verdad.
"Cualquier imprudencia que se te escape, por ligera que sea, se tendrá en cuenta viniendo de ti. Gobiernas una gran ciudad y muchos son quienes pueden atestiguar tus actos, cualesquiera que fueren. Guarda en flor tu noble carácter y, si quieres mantener siempre tu popularidad, distribuye beneficios con frecuencia. Despliega tu vela al viento como buen piloto. No te dejes sobornar, amigo, por la seducción del interés.
"El rumor de la fama póstuma revela sólo a oradores y poetas cómo vivieron los que ya no son. El recuerdo de Creso y de su bienandanza no perece; Falaris, el del corazón despiadado, que abrasaba a sus víctimas en el toro de bronce, guarda por doquier execrable memoria. Nunca en nuestros hogares los tiernos cantos de los nidos mezclan su nombre con el acento de las liras. La dicha es el primero de los bienes que hay que conquistar; la fama viene después. Cuando se encuentra y asegura lo uno y lo otro, se consigue la suprema corona."16
Píndaro lleva el panegírico al mayor nivel e insinúa una verdadera "doctrina de gobierno", sirviéndose de la victoria en los juegos délficos para recomendar al príncipe que aúne las cualidades del vencedor con la nobleza y la moderación.
Muerto Píndaro, nadie pudo igualar al maestro desaparecido, y la poesía lírica decayó hasta ser sustituida por otro género: el arte dramático, sucesor de la poesía lírica, como ésta lo había sido de la epopeya.