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Changes to the Technical Trading Tools

5.1 Autonomous Trading Strategies

5.1.1 A Naïve Mixture of Experts

5.1.1.2 Changes to the Technical Trading Tools

Lo malo del éxito es que muy pocas personas saben en qué consiste realimente. Los

Cuentos jasídicos lo expresan muy claramente: «Hacer milagros no tiene mucho

misterio; cualquier persona que haya alcanzado cierto nivel espiritual sabe intercambiar el cielo y la tierra. Pero ser judío..., ¡eso sí que es difícil!». En otras palabras, hacer acopio de las fruslerías de la vida sirve solo para un tipo de éxito; vivir bien la vida, hacer lo que se debe, ser lo que decimos que somos, un agotador día tras otro, le convierte a uno en alguien completamente distinto.

Resulta muy tentador idealizar la cosecha. Cuando hablamos de cosechar, se nos olvida que se trata de una ardua tarea. La cosecha tiene lugar bajo un sol de justicia, durante un corto período de tiempo, sometidos a una gran presión, sin seguridad alguna de que lo que cosechemos tenga salida en el mercado. Podemos segar una cosecha que no desee nadie. Podemos escoger un campo que no dé rendimiento. Podemos enfrentarnos a un trabajo que al final sea un fracaso. Muchas cosechas no se venden. Gran cantidad de campos se aran a pesar de la mala calidad de la cosecha.

La decisión de cosechar es enormemente exigente. Cuando el campo en el que trabajamos florece, nos enfrentamos a un nuevo trabajo, no a un montón de baratijas que simplemente esperan a ser arrancadas y a que juguemos con ellas a placer.

Los cosechadores se doblan el lomo solo para terminar el trabajo, no para asegurarse el éxito. Completan su labor en los campos que araron y sembraron. Ni más, ni menos. Cosecha y éxito personal.

Para quienes consideran que el éxito son los logros, la vida es un arte perdido, a menos que lo que ganemos sea lo que buscábamos –la posición de prestigio, la seguridad económica, la aclamación popular, los símbolos de estatus social y la colección de trofeos baratos–. Para quienes consideran que los objetivos de la vida son más importantes que sus consecuciones, que las preguntas son más importantes que las respuestas, el éxito depende más del valor que del beneficio; depende más del fin que del premio, depende más de la calidad de vida que de una acumulación de cosas. Para estos, el éxito tiene más que ver con el cumplimiento de nuestras promesas que con la garantía de beneficios propios.

Cultivar algo, «obrar milagros», no tiene truco. El truco reside en seguir adelante sin ganancias palpables. La hazaña consiste en seguir haciendo lo que sabemos que hay que hacer, sencillamente porque debemos hacerlo. La satisfacción de la vida se halla al convertirnos cada día más en las personas que decimos ser. El éxito llega cuando somos sinceros con nosotros mismos, sin importar el coste último de todo ello.

Sin embargo, no es eso lo que aprendemos en una sociedad centrada en el beneficio. La enseñanza que apoya a esta sociedad retuerce y estruja la vida hasta que la

obliga a abandonar la vida, hasta que la vacía de significado y la fundamenta en la ganancia personal. «Siempre es un negocio seguro obtener cualquier ganancia neta a cualquier precio y sea cual sea el riesgo para el resto de la comunidad», escribió el economista Thorstein Veblen. El credo de las acciones y los bonos, del beneficio y la pérdida, de los índices de interés y los márgenes de retroceso, llama más la atención que el evangelio y da color a nuestro pensamiento espiritual y a nuestras políticas públicas. Nos afecta como personas, no solo como población. Hacemos lo que funciona, no necesariamente lo que habría que hacer. Como país, luchamos en guerras «sensatas» con armas que –sabemos– destruyen más de lo que defienden. Sin embargo, nos amilanamos ante la idea de arriesgarnos a afrontar los peligros de una resistencia no violenta que pueda también destruirnos, sí, pero que sabemos que al menos dejaría el mundo intacto. Seguimos «reglas» espirituales que ponen en peligro la Palabra de Dios entre nosotros al preferir el sectarismo en una época, el nazismo en otra, o el sexismo en nuestra era, antes que los claros principios de Jesús. La obediencia, hemos llegado a saber, exige mucho menos de nosotros que la conciencia. Construimos una teología del mérito basada en normas para llegar al cielo, en lugar de una conciencia fundamentada en la fidelidad contemplativa a la voluntad de Dios. Nos decantamos por el dinero, los mercados y la mano de obra barata, en lugar de hacerlo por la justicia y el desarrollo de toda la raza humana. Sembramos el legalismo, el machismo y el institucionalismo y nos preguntamos por qué cosechamos un provincianismo estricto, un patriarcado opresor, un racismo delimitador y un sexismo obscenamente atrofiante, proclamados en nombre de Dios. Elegimos los sistemas y el beneficio social en lugar de la santidad, el globalismo y el evangelio de los leprosos y Lázaro. Y, lo que es peor: lo llamamos «éxito».

Dado que hemos deformado la noción de «éxito» en una sociedad que prefiere las ganancias tangibles antes que los bienes espirituales, una de las características de nuestro tiempo es la tentación de abandonar cualquier cosa que no produzca un beneficio claro e inmediato. La gente se pasa la vida buscando puestos de primera línea o titulaciones académicas diseñadas para obtener elevados salarios, pero no buscan la profunda satisfacción humana. Formamos a nuestros estudiantes en tecnología y negocios, en lugar de enseñarles artes liberales y filosofía. Educamos a nuestros hijos para que tengan éxito, más que cultura. Queremos un beneficio rápido y una gratificación inmediata, logros y grano en los almacenes. No vamos a perder el tiempo en perseguir lo que no es cuantificable. Queremos resultados, y los queremos ahora. Queremos garantías, no posibilidades. Pero ese no es el rasgo identificador del cosechador.

Los cosechadores cosechan porque hay que cosechar. Hacen lo que hay que hacer, pensando poco en el beneficio, sencillamente porque es un trabajo cuyo momento es ahora. Somos cosechadores cuando hacemos lo que nos piden los tiempos, cuando seguimos un proceso hasta el final, sean cuales sean sus efectos últimos. Los cosechadores se manifestaron en favor de la desegregación en Selma para asegurar que se cumplía aquello para lo que había llegado el momento. Los cosechadores sintieron lo mortífero de las irregulares políticas de defensa y, exigiendo el fin del armamento nuclear,

hicieron del debate sobre el tema un imperativo moral por primera vez en la historia moderna. Los cosechadores se dan cuenta de que el patriarcado está condenado en la sociedad e impulsan la idea de los derechos de las mujeres en la Iglesia patriarcal, no solo por el bien de las mujeres, sino para que la idea de Dios en sí misma pueda convertirse en materia de debate teológico. Los cosechadores observan el mundo que se extiende ante ellos y se proponen recoger cada momento doloroso en el transcurso del tiempo, para que los momentos que estén por llegar sean mejores.

No obstante, cosechar es tanto una labor personal como una responsabilidad pública. En un mundo en el que la vida es una serie de temporadas, lo que hacemos peor tal vez sea cosechar los buenos momentos de nuestras propias vidas. Hablamos de vacaciones que nunca nos tomamos. Planeamos fiestas familiares que nunca celebramos. Nos perdemos bodas, nos escaqueamos de acudir a funerales, nos privamos de los encuentros con antiguos compañeros de clase y enviamos tarjetas en lugar de asistir a graduaciones y a bodas de oro en las que restableceríamos antiguos lazos y la vida pasaría ante nuestros ojos como en una panoplia de dulce gloria. Hay demasiadas cosas que mueren en los campos de nuestras vidas y que nunca cosechamos, tanto en la esfera pública como en la personal.

La cosecha se debe al tiempo. Lo que no cosechamos cuando el momento lo exige se pudre en el centro mismo de nuestros corazones. El problema es que, una vez que perdemos ese momento, no podemos reivindicarlo de nuevo. Bueno, claro que podemos celebrar tarde cada cumpleaños. Podemos darle una palmadita en la espalda el día de Navidad, sí. Podemos decirles a todas las personas que nos encontremos por la calle que las llamaremos pronto... y no hacerlo nunca. Pero las promesas y las expresiones de amor y de afecto en el momento de la despedida no sustituyen la presencia y el lento proceso de precisión mediante el cual cobramos vida plena en cada etapa de la vida. De modo que nos perdemos los frutos de la vida; renunciamos a su cosecha de intervalos cumplidos; vivimos sin pensar en el propósito ni en el significado de la etapa actual de la vida. Nunca preguntamos por qué hacemos lo que estamos haciendo, con lo que nunca llegamos a celebrarlo cuando la tarea se cumple casi a pesar de nosotros. Como abejas obreras, nos centramos únicamente en lo que tenemos ante nosotros. Sembramos con energía, sí, y por supuesto que cultivamos bien, pero son demasiadas pocas las ocasiones en que parecemos saber cuándo se ha terminado una fase de la vida, de modo que no somos capaces de apreciar el comienzo de la siguiente. Mientras tanto, la vida nos pasa de largo. Ni siquiera lo sabemos. Y, aún peor, con demasiada frecuencia lo tememos.

La gente tiene miedo a la jubilación, porque no conoce la belleza de la cosecha. La gente teme el cambio, porque no valora el proceso de cosechar.

Hay dos atributos en concreto que son oros tantos obstáculos para la cosecha. Uno es la tentación de posponer el descontento; el otro es una falta de respeto por cada fase de la misión humana.

algo. Pero es que, en realidad, nunca es el momento perfecto para hacer algo. Por eso esperamos. Esperamos el momento correcto para mantener una conversación difícil. Esperamos el momento apropiado para hacer los cambios que todos saben que son inevitables, pero que nadie quiere ver en el transcurso de su vida. Esperamos a que los hijos se hagan mayores antes de vender la casa, que es demasiado grande y difícil de mantener. Esperamos la herencia para librarnos de los trabajos que nos desgastan el alma y que exprimen nuestras vidas. Esperamos, esperamos y esperamos. En ese lapso de tiempo, mientras nos entretenemos por el camino esperando que los demás entiendan y aprueben lo que no pueden entender hasta que lo conozcan, todo sigue igual. La cosecha de la que podríamos haber formado parte se pospone en espera de otro día, de un alma más valerosa. Thoreau describe el proceso en términos tajantes: «Debemos caminar conscientemente solo durante parte del trayecto hacia nuestro objetivo», afirma, «y luego saltar a la oscuridad en dirección al éxito».

Para quienes creen en la cosecha, el éxito consiste no solo en recoger los frutos del esfuerzo, sino en el trabajo en sí mismo. El éxito es tener un objetivo por el que valga la pena entregarse, llegue o no a conseguirse. Es la voluntad de ir más allá de lo que estamos seguros, hacia lo que, por el momento, en el mejor de los casos, es tan solo un sueño oscuro pero dorado. El éxito depende del salto a la oscuridad, de aprovechar la oportunidad y ver que este momento es el momento correcto para hacer lo que debemos, si queremos que valga la pena estar vivos.

Existe un segundo obstáculo a la cosecha, que es tal vez incluso más poderoso que el impulso de la postergación. El principal obstáculo a la cosecha no se deriva del deseo de un futuro perfecto. El principal obstáculo que se nos presenta para ser capaces de disfrutar de las temporadas de cosecha de la vida se halla en nuestro apego al pasado. Nos aferramos al tiempo. Preferimos lo que éramos a lo que somos. Deseamos la infinitud de la interminable juventud, el salvaje abandono de la adolescencia o el ambiente de tienda de chucherías de la adultez temprana. Queremos congelar el tiempo en una serie de momentos inacabados. Nos negamos a cambiar el cabello oscuro, la cintura de avispa y las juergas nocturnas de la juventud por el carácter gris perla de la vida de después de las tormentas, el amplio contento de la vida tras la ambición o los amaneceres observados desde una silla en un viejo porche. No cosechamos, porque no queremos crecer. Nos limitamos a quedarnos donde estamos, agarrándonos fuertemente al personaje perpetuo que hemos definido para nosotros mismos y negándonos a permitir que la vida siga su curso en nosotros. La discriminación por razón de la edad es, simplemente, nuestro miedo a la propia mortalidad. La discriminación por razón de la edad es una amenaza para el cosechador.

Las imágenes de los mayores de nuestra sociedad son claras y dolorosas: la edad, según se infiere de nuestra cultura, condena a una persona a un deterioro vergonzoso. Dichas imágenes nos muestran que las personas mayores no se sostienen en pie, que son aburridas y que no tienen nada que decir o hacer que valga la pena realizar o ver. Los gestos burlones de los jóvenes y los gestos de tolerancia de las personas de mediana

edad, que les responden con paciencia condescendiente o con aburrimiento e irritación, demuestran hasta el extremo que el ser viejo significa dejar de ser relevante. Las personas mayores –al parecer, los mayores de cincuenta años– no entienden nada, no saben disfrutar de la vida, no tienen objetivos y no conservan valor alguno.

Sin embargo, los cosechadores saben que no hay nada más lejos de la realidad que la idea de que la edad le resta valor a la vida. La edad es el tiempo de la cosecha.

Con los años, las ambiciones que impelen nuestra mediana edad dan paso a una sensación de logro personal. Las cosas exteriores a nosotros pierden su poder de enmascarar quiénes somos en realidad. Lo que llevamos dentro –los aprendizajes, el amor...– se convierte en lo que de verdad enriquece la vida. Lo suficiente se torna realmente suficiente cuando los años de avaricia acaban finalmente perdiendo su vigor. La sabiduría se convierte en un subproducto tanto de los éxitos como de los fracasos que la vida ha decidido arbitrariamente. El amor se convierte en algo que damos y algo que recibimos, un dulce momento que suaviza el desear menos cosas.

El camino que dejamos atrás se convierte en lo que nos liberó para seguir adelante. Sabemos lo que ahora cuenta; y también lo que no. Cosechamos todos los pensamientos, todas las ideas, todas las creencias a partir de los cuales nos instruyeron; y nos hacen sonreír con benevolencia. Ya no nos controlan; somos nosotros quienes los controlamos. Ya no necesitamos saber las cosas imposibles de saber. Aprendemos, por fin, a ser, sencillamente. El culto al cuerpo deja espacio al culto a la mente. Cesa la histeria. Se aquietan las furias. La vida social se vuelve más verdadera que política, y cada día nos ofrece una bocanada de aire fresco y de libertad y se convierte en un regalo gratuito que no se puede desperdiciar ni dejar pasar.

La edad avanzada es el período en que cosechamos la vida, recogemos lo bueno y aventamos la paja sin preocupación y sin culpa. Ahora sabemos que todo lo que hicimos, al fin y al cabo, fue lo mismo. Una serie de relaciones malogradas nos ha enseñado a no temer a nadie. Una plétora de fracasos nos ha enseñado que nada puede destruirnos. Una racha de buenísima suerte ha demostrado, con tanta claridad como nuestros errores, el escaso control que podemos tener sobre cualquier aspecto de la vida. Es la edad la que nos enseña cómo, liberados de falsas garantías sobre el mañana, podemos por fin desprendernos y vivir bien hoy.

Adoramos la juventud, pero menospreciamos la vejez. Nos encanta el período de aprendizaje de la adultez temprana, pero ignoramos la experiencia que viene de la mano de la madurez.

Así pues, la espiritualidad de la cosecha se encuentra en la creación de una nueva definición del éxito. La cosecha es el talento para dejar que las cosas crezcan hasta donde deban crecer y se terminen. En consecuencia, el éxito llega no tanto por saber que hemos controlado o conquistado todo cuanto nos proponíamos, sino porque cerramos dignamente la fase anterior a esta y mantenemos el coraje ante la siguiente.

La espiritualidad de la cosecha nos exige desplazarnos por la vida de un punto a otro, sin someternos ni aferrarnos al pasado. La alegre juventud brilla con facilidad en la mediana edad; pero una actitud de esa mediana edad es poca cosa en la vejez. Lo que necesitamos, más que un estado incompleto afianzado en el tiempo, es la gracia de vivir el momento presente como si fuera tan solo un exquisito preludio para el siguiente. Mantener las manos abiertas nos convierte a todos ahora en cosechadores.

Por último, la espiritualidad de la cosecha nos lleva de un desafío a otro en la vida con alma risueña y mirada confiada. El cosechador vive de temporada en temporada con perpetua esperanza. El cosechador nunca deja de sembrar. «El único fracaso que existe es no seguir intentándolo», escribió Hubbard. «No hay derrota más que en el interior de uno mismo; ni barreras insalvables, excepto la poca fuerza de voluntad». El empeño del cosechador alienta a cada generación poniendo preguntas sobre la mesa, resistiéndose a las respuestas fáciles, rechazando el falso éxito.

Los cosechadores trabajan desde el amanecer hasta el ocaso –sin cesar, sin la garantía de terminar a tiempo, pero con fe en el valor de lo que cosechan–. Ponen el corazón de un cosechador en todo cuanto emprenden y dejan que quienes lleguen detrás sigan cosechando y cultivando gracias a quienes cosecharon antes que ellos. «Nunca abandones», dice un cosechador. «Nunca dejes un momento en barbecho. Nunca permitas que una sola gavilla de vida quede suelta bajo tierra o pase inadvertida. Vive cada instante plenamente».

El rabino Moshe nos enseñó: «Hoy en día, en estos tiempos, la mayor vocación, más grande que el aprendizaje y la oración, consiste en aceptar el mundo exactamente tal como resulta ser».

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