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La mente se revuelve con solo pensarlo. ¿Un tiempo para llorar? ¿Un tiempo? ¡Jamás! Esta es la generación del «buen rollo», el tiempo de los jacuzzi y de la jubilación anticipada, el mundo de la aspirina y los analgésicos, del alcohol y la cocaína. Es la era de Disneyland y de los parques de atracciones, más que de cualquier otra cosa. Las señales son claras: el sufrimiento no tiene cabida entre nosotros. Pero no nos engañemos.

Pero no nos engañemos. En este planeta, el bloqueo psíquico se ha elevado a la categoría de un arte mayor. Este pueblo evita a toda costa el dolor y la tristeza, tanto en los demás como en uno mismo. No es un pueblo que se atreva a echarse el dolor a la espalda y mirarlo por encima del hombro. No, este pueblo se dedica a la eliminación del dolor –del suyo propio– y a la aversión al dolor –de los demás–. Pero, a pesar de todo, la pena llega.

Las lágrimas se derraman aunque nos resistamos a ellas con tanto ahínco. Sollozos y gemidos se escuchan por todas partes en la tierra prometida: llegan de los desempleados y subempleados que desean cosas básicas que no pueden tener; de las personas divorciadas y abandonadas que no saben salir adelante con lo que tienen; de los enfermos y los solitarios que sienten que no tienen nada por lo que vivir; de los apaleados y desvalidos cuyas vidas son anónimas y no valoradas; de los privilegiados y los adinerados que lo tienen todo y, aun así, no tienen nada que de verdad les satisfaga.

Por desgracia, pocos de nosotros vemos nuestros llantos como un don espiritual o una materia de proyección divina. Pero nos equivocamos. Llorar es un acto sagrado y dador de vida. Hace sonar las alarmas de una sociedad y dota de sabiduría al alma del individuo. Está claro que hay un tiempo para llorar. Si no lloramos personalmente, nunca entenderemos a la humanidad que nos rodea. Si no lloramos en público, somos menos que humanos.

El rabino Honok lo expresó perfectamente: «El verdadero exilio de Israel en Egipto fue que, de hecho, aprendieran a soportarlo». Es decir, hay algunas cosas que no hace falta soportar. Hay algunas cosas por las que vale la pena llorar para no perder nuestro sentido del yo. Siempre debemos lidiar con el mal, por supuesto, pero en ningún caso estamos obligados a adaptarnos a él. Debemos perseguir siempre la justicia y la alegría. Debemos desearlas lo suficiente como para llorar de dolor cuando el mundo carezca de ellas.

Hay cosas por las que tenemos que llorar, si no queremos traicionar a la raza humana. «Si hubiésemos sido mejores personas», dijo John Templeton, «nos habríamos enfadado más a menudo». Las lágrimas de enfado, de desilusión, estallan en medio de la humanidad para concedernos a todos la oportunidad de volvernos más humanos de lo que podríamos haber sido sin ellas.

Si no nos permitimos a nosotros mismos enfrentarnos al dolor y experimentarlo, corremos el peligro de confinarnos en una burbuja de plástico en la que las mentiras sobre la vida nos encojan el corazón y limiten nuestra visión. No es sano, por ejemplo, decir que la pobreza masiva es triste pero «normal». No está bien decir que el sexismo es desafortunado pero «necesario». No es humano decir que la guerra es lamentable pero «imprescindible». No es sano insistir en que no experimentamos ningún dolor profundo, decepciones hirientes ni terribles pérdidas, y en que no cometemos grandes errores personales. Al contrario: derramar lágrimas de frustración por todo ello puede representar el primer paso real hacia la honestidad, hacia la salud mental, hacia una vida que merezca la pena ser vivida.

De hecho, tal vez sea el llanto el mejor indicador de que disponemos para saber en qué consiste la vida para nosotros. Es posible que solo llorando lleguemos a conocernos mejor a nosotros mismos o nuestros mundos. Las cosas por las que lloramos miden lo que somos. Lo que nos hace llorar indica lo que los demás pueden esperar de nosotros en la vida. Cuando Jesús lloró sobre Jerusalén, la suerte quedó echada, no para la crucifixión, sino para reunir las energías con el fin de cambiar lo que al final, aunque no podía cambiarse, tampoco podía ser ignorado. Las lágrimas, ya se ve, son algo más que la tristeza.

La tristeza afecta al centro mismo del alma. Nos encierra en nosotros mismos. Nos ahoga y supone una carga para nuestros pasos. Aunque cuando una persona llore, no se trata de un asunto privado. Las lágrimas requieren nuestra atención. Llorar fractura el protocolo social hasta el punto de que hacernos caer en la cuenta de que, por más alejados que estemos de los sentimientos que provocaron las lágrimas de otro, nada será igual entre nosotros hasta que se repare la descoyuntura y sane la brecha. Las lágrimas nos advierten de que los cimientos de una relación que en el pasado hemos tratado con despreocupación están ahora en peligro. Las lágrimas demandan una respuesta humana y no pueden ser negadas.

Llorar es un síntoma de que es el momento de cambiar cosas en la vida porque para alguien, en cierto modo, la vida se ha vuelto incontrolable. «Aunque cualquier pena es algo negativo por naturaleza, todas son buenas para nosotros, porque nos descubren nuestra enfermedad y nos indican su tratamiento», escribió John Tillotson. Sin lágrimas no hay esperanza de curación, porque no empezamos a combatir la angustia.

De todas las expresiones de emoción humana en el léxico de la vida, tal vez sea el llanto la más funcional y la más ampliamente versátil. Las lágrimas que derramamos nos muestran nuestro yo más profundo, necesitado y privado. Las lágrimas nos exponen. Nos desnudan ante los demás y ante nosotros mismos. Lloramos por lo que nos preocupa. Las cosas para las que no tenemos lágrimas nos endurecen el corazón.

Sin lágrimas, pensar en conocerse a uno mismo es casi ciencia ficción. A veces aprendemos demasiado tarde en la vida que la risa y el llanto provienen del mismo lugar. No lloramos por todo lo que perdemos en la vida. No, tan solo lloramos por la pérdida de

aquellas cosas que han supuesto para nosotros mayor alegría. Obviamente, allí donde reside el sufrimiento se encuentra también la clave sobre lo que de verdad amamos en la vida. Cuando lloramos después de una disputa, por ejemplo, la fuente de esas lágrimas revela la auténtica naturaleza de la discusión, la esperanza real de reconciliación. Llorar porque hemos hecho daño a otra persona revela algo; llorar porque sentimos el pellizco de nuestra propia humillación y paliza psicológica en la pelea desenmascara unas motivaciones completamente distintas. Aprender a ver la diferencia entre ambas situaciones significa distinguir una vida vivida en la verdad de una vida vivida en la sombra.

Cuando alguien niega su dolor, casi siempre es porque no ha llorado lo suficiente. «Ser fuerte» y «mantener la frente alta» pueden ser meras excusas para eludir lo ineludible, para mentir toda la vida hasta que muramos. Nos convierte en cáscaras vacías de nosotros mismos y en vagos indicios de lo que es ser plenamente humano. Lo que no decidimos enfrentar, lo cubrimos con una fina capa de frío coraje. Pero las lágrimas nos traicionan y nos brindan de nuevo la oportunidad de ser sinceros, al menos dentro de los recovecos de nuestros corazones dolientes.

Con todo, el llanto es síntoma de cambio y no solo de pérdida. La tentación es confundir ambas nociones, hacerlas sinónimas, asumir que la una implica siempre la otra. Aprender a desprenderse en la vida requiere una gran fe, una fortaleza enorme, es cierto. Aun así, reconocer que nos encontramos en un punto de transición supone un esfuerzo aún mayor. Cuando el presente deja de funcionar y el futuro está aún por definir, las lágrimas lubrican el camino entre ambos. Las lágrimas nos conducen de la pérdida al cambio. De otro modo, nos aferraríamos a un pasado muerto más allá del recuerdo. Las lágrimas dan vida al sufrimiento de los finales, los hacen dignos y los honran. Lo que hubo fue bueno. Lo que está por llegar es un misterio. Una vez que se hayan derramado las lágrimas que señalan la pérdida, se pueden efectuar los cambios que señalen el nuevo comienzo. Las lágrimas dan presencia y poder a ambos en la vida. Sin lágrimas, tal vez el cambio nunca llegue, porque quizá nunca se reconozca la pérdida.

Las lágrimas nos liberan del pasado. Llorar, como bien sabía el Eclesiastés, conlleva la terapia de la desvinculación. Lo que brota de nosotros en un torrente de lágrimas ya no tiene el poder de controlarnos. Lo que se ha atenuado a base de años de supresión, tal vez sale amansado de su madriguera como una lágrima de melancolía que, librada de su cadena secreta, deja de aplastarnos el corazón. Las muertes no lloradas de nuestras vidas pueden al fin descansar cuando llegan las lágrimas. Las pérdidas de la vida se desprenden del resquemor con el claro torrente de la pena. El recuerdo de heridas y rechazos que se ha ido haciendo más grande con los años se contrae inmerso en el agua de las lágrimas. Las lágrimas nos purifican, aclaran e irrigan el alma para que pueda fluir nueva vida allí donde solo había habido sedimento. Nos otorgan el derecho a crecer más allá de donde hemos estado, hacia un lugar desde donde la vida nos llama con un gesto y nos invita a comenzar de nuevo.

Mientras no lloremos por aquello que perfora nuestras mentes –mientras no lo afrontemos cara a cara, mientras no luchemos contra ello en lo más hondo de nuestros recuerdos, mientras no restañemos su sangre–, jamás superaremos las heridas. El proceso del desarrollo humano requiere, incluso merece, una o dos lágrimas. ¿Cómo, si no, vamos a movernos de un lugar a otro, de una fase vital a la siguiente, y vamos a señalar los distintos pasos a medida que avancemos? Quizá las lágrimas que derramemos en cada encrucijada sean la única medida de valor por la que puedan juzgarse esos momentos.

Si, efectivamente, hay un tiempo para llorar, surgen dos preguntas que nos acucian y exigen una respuesta que nos permita dotar de sentido a nuestras vidas. La primera pregunta nos llama a sopesar cada una de las acciones de la vida. Nos exige plantearnos si cualquier pasado que podamos abandonar sin lágrimas, con un adiós desenfadado y apenas un suspiro –no digamos ya una lágrima– valió en realidad la pena. La segunda pregunta es aún peor que la primera. Quiere saber si, cuando miramos con los ojos secos al pasado, aprendimos algo de aquello, algo que hiciera de la vida una cosa más dulce y que querríamos mantener. Son preguntas desgarradoras.

Los antiguos hablaban del «don de las lágrimas», de la gracia del sufrimiento causado por el pecado. El pecado no es un concepto que goce de buena prensa hoy en día, y el sufrimiento resulta incluso menos de fiar en esta cultura. «No pecamos; cometemos errores», dicen los encuestados de un estudio de creencias cristianas contemporáneas. Según la versión moderna, no necesitamos llorar por nuestro propio dolor o por el daño que hayamos causado a otros, porque, por muy terrible que haya sido, quedaba fuera de nuestro control consciente. Como consecuencia de este tipo de razonamiento, nos limitamos a cojear de «error» en «error», responsabilizándonos de pocas cosas y preocupándonos aún por menos. Así, al final lo más probable es que no sepamos identificar las pautas de nuestra vida que nos hacen volver sobre nuestros pasos, en una serie de círculos incesantemente decrecientes, hasta quedar atrapados en nuestros propios comportamientos irreflexivos e infructuosos. Ignoramos la llamada a la santidad en nosotros mismos que un esfuerzo constante y consistente nos exige. Y, lo que es peor, ignoramos los efectos que nuestra falta de ética produce en los demás.

Tener el «don de lágrimas» es tener corazón para preocuparnos por lo que les hacemos a los demás, tener conciencia para preocuparnos por lo que hemos hecho para destruir la creación, tener un compromiso con el yo para preocuparnos por lo que hemos hecho a nuestros cuerpos y a nuestras mentes en nombre de la «libertad».

Las lágrimas nos armonizan con nosotros mismos y con el resto de la raza humana. Una vez que hemos sufrido nosotros, el sufrimiento de los demás se encuentra con nuestros corazones enternecidos, y nos convertimos en miembros más humanos de la raza humana. Aprendemos que hay lágrimas de alegría, así como lágrimas de tristeza, y nos permitimos derramarlas. Aprendemos a no temer el llanto en nombre de la fuerza, porque ya vemos que la fuerza insensible es falsa, y el dolor conquistado es fortalecedor.

Nos percatamos de que son solo las lágrimas las que nos hacen echar el freno en el punto de la vida en que nos encontramos y nos exigen que lo valoremos de nuevo, esta vez con el tipo de reflexión que ve más de lo que cualquiera puede ver.

No obstante, por muy necesarias que sean las lágrimas, hay obstáculos al llanto que resecan la vida.

El corazón disecado existe y constituye una muerte tan severa del alma que no hay cantidad alguna de lágrimas que pueda penetrar a través de su piel reseca. Cuando encubrimos una debilidad con el manto de la arrogancia, esa disecación es demasiado gruesa para las lágrimas. Cuando fingimos desapego y decimos que la distancia emocional es maravillosa, esa disecación es demasiado impenetrable para las lágrimas. Entonces nos hacemos polvo por dentro. Perdemos el contacto con nosotros mismos e ignoramos las necesidades de los demás. El corazón disecado traiciona el espíritu humano con la idea espuria de que la fuerza va ligada a la anulación de los sentimientos.

–¿Cómo fue el bombardeo de anoche? –le preguntó un periodista a un joven aviador en la guerra del Golfo Pérsico.

–Genial –respondió radiante el muchacho en la televisión nacional–. ¡Fue como la caza del zorro! ¡Caían uno tras otro mientras corrían!

En otras palabras, no había significado nada matar a un ejército entero de hombres que corrían hacia sus hogares, donde les aguardaban sus madres. Era duro, era de «machotes», era patriótico... masacrar a los indefensos. Se hizo sin derramar una sola lágrima. Se hizo con un corazón disecado. «Jerusalén, Jerusalén», dice Jesús en el evangelio, «he llorado por ti como una madre llora por su hijo». El falso rostro de un coraje fraudulento no tenía cabida aquí. Jesús lloraba.

El exceso de superficialidad puede incapacitar para el llanto. La gente joven, las personas cuyas emociones están aún por formarse a base de lágrimas propias, no tienen problema alguno a la hora de reírse de la tragedia, del sufrimiento, de la desesperación. También algunas personas de más edad, quizá más adiestradas en aparentar madurez, pero a salvo de las tensiones y el estrés habituales de la vida, saben deslizarse por su día a día sin lidiar con ninguna emoción humana real, de esas que cambian a las personas después de haber sufrido. Derraman lágrimas de irritabilidad, pero no han derramado lágrimas de dolor. Nunca sufren mucho en la vida, pero tampoco maduran demasiado.

La esterilidad y la superficialidad enferman el alma y la dejan tan marchita que no es capaz de comprender la vida, y menos aún de disfrutarla. En realidad, quien no sabe llorar tampoco sabe reír.

Existe, por último, la enfermedad de la autocompasión, el proceso de recrearse en el llanto y en las quejas hasta el punto de que nuestras lágrimas se devalúen. Una vez que la autocompasión se instala en el alma humana, toda la vida se convierte en un ejercicio de desesperación absoluta. Nada es demasiado trágico como para llorar por ello; todo es demasiado horrible como para apreciarlo. La belleza de la vida se reduce a lo trivial. La

perfección se da por sentada, pero nunca se consigue. La crítica se convierte en el rasgo definitorio de los inexpertos y de los mezquinos. El conjunto obstruye el alma. Aquí no hay llanto; tan solo hay queja.

A pesar de todo, existe una espiritualidad del llanto que ensancha la vida hasta sus últimos confines y nos permite llegar a todas sus rendijas, a todos sus tesoros. Quienes viven en la ira sagrada saben lo que es mirar al mundo herido y romper a llorar. Quienes cultivan la humildad y la autocrítica conocen el dolor del fracaso en carne propia, de modo que pueden elevarse a mayor altura, porque sus lágrimas han hecho de ellos personas completas. Quienes viven comprometidos con la honestidad se enfrentan al dolor vital y no se arredran ante él.

Para quienes desarrollan la espiritualidad del llanto, sin embargo, la vida se transforma en un espacio de evaluación sincera y de logros humildes, de amor profundo y de pérdidas desesperantes. A quienes lloran les importa la vida. Esta sigue adelante, momento a momento, con la mirada sobre la pérdida, el corazón para el cambio, y el alma que ansía la justicia y la felicidad con la pasión de quien busca agua en el desierto.

Cuentan los rabinos que un hombre aquejado de una terrible enfermedad le explicó al rabino Israel que el sufrimiento que padecía interfería en su aprendizaje y en su oración. El rabino posó la mano sobre su hombro y le dijo:

–Dime, amigo mío. ¿Cómo sabes qué es lo que complace más a Dios: que estudies o que sufras?

La respuesta, por supuesto, es que todo depende de si sabemos de verdad en qué consiste llorar.

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