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CHAPTER 3 RESEARCH DESIGN

4.12 What is changing?

El medio social del que una gran parte de las víctimas de la muestra provienen puede ser adecuadamente descripto como transicional, en el sentido de que se trata de ambientes representativos del pasaje de formas de vida campesinas, de organización comunitaria, al medio urbano. Antiguas modalidades de control social son descompuestas por procesos resultantes de diversas formas de intervención en el medio rural, algunas por la intrusión coactiva del capitalismo y la modernización, y otras, en el medio latinoamericano, por lo que he llamado “nueva formas de la guerra”. La idea de “transicional” también alude a un limbo normativo, es decir, la caducidad de formas de organización social previas, basadas en valores colectivistas y comunitarios, y la ausencia de la plena vigencias de leyes y valores propios del ideario de los derechos modernos del individuo. En el campo de las relaciones de género el panorama que se revela es el de una historia detenida entre dos formatos de institucionalidad, como si el tránsito de un mundo regido por el status hacia un tránsito regido por el contrato se hubiera detenido a medio camino y no pudiera resolverse, como si las relaciones de género no pudieran atravesar de un polo al otro y la propia situación de ese estadio liminal, transicional, agravase la violencia.

Para entender el medio ambiente transicional de los casos examinados en los cinco países de dos continentes, es necesario recordar aquí que lo que conocemos como “España” comienza su camino histórico, su conformación, al mismo tiempo que “Hispanoamérica”, puesto que 1492 es el año en que finaliza la conquista del territorio español. Como apunta Aníbal Quijano “La noción de ‘reconquista’ es puramente mítica. Implica la idea de la existencia de la categoría histórica “España” antes del siglo VIII d.c., lo que obviamente carece de todo sentido. Lo que los árabes ocupan y dominan son poblaciones post románicas.” (Quijano 1992). Se abre así camino para la paulatina colonización interna del territorio español, que llega hasta nuestros días y continúa en una colonialidad permanente revelada por sus varios racismos hacia pueblos y regiones intra-territoriales. Significativamente, la conquista de lo que hoy es España continúa con la rápida conquista, a partir de 1492, del territorio hispanoamericano, para dar inicio al proceso de colonización ultramarina, para luego transferir su conducción a los estados republicanos criollos, que nunca han dejado de guardar la exterioridad inherente a la naturaleza colonial con relación a los pueblos y territorios ahora a su cargo. Por lo tanto, es posible formular la idea de que los dos universos, el español y el hispanoamericano, participan de un patrón transicional marcado por una colonialidad permanente. 

Con la expansión del frente colonizador, o frente estatal-empresarial, relaciones de tipo comunitario, centradas en la continuidad de los vínculos de contraprestación, reciprocidad, obligaciones mutuas, se van destruyendo y el estilo de vida comunitario y colectivo se desintegra dando lugar al individualismo y substituyendo unidades familiares y parentelas extensas por la familia nuclear. En esa transición, que resulta de la colonización de nuevos

territorios por parte del patrón colonial-moderno de organización de la vida y de las subjetividades, y muy al contrario de lo que nuestra fe moderna nos ha llevado a creer, ocurre una abrupta decadencia de la posición de las mujeres, que, en el medio comunitario mantenían – y aun mantienen, dondequiera que éste, aunque deteriorado, sobrevive – lazos de alianza de género basados en actividades compartidas de tipo familiar, ritual, lúdico y de tareas que dotaban de una politicidad propia al espacio doméstico y a la vida de las mujeres. Es con la nuclearización de la familia y con la ruptura de la alianza originada en un mundo de las mujeres propio de la vida comunitaria, que la vulnerabilidad de las mujeres comienza a aumentar hasta los días de hoy, de forma ininterrumpida (Segato 2015 a y b, y Segato 2016 b y c). Una ceguera derivada de un prejuicio positivo –pero igualmente preconceptuoso- con relación a la organización moderna de la vida, y de un prejuicio negativo al respecto de la organización comunitaria, pre-colonial y, por lo mismo, pre-moderna, nos impide ver con claridad lo que se ha perdido con la destrucción de las sociedades vinculares y sus valores colectivistas, pues acostumbramos a iluminar con furia sus defectos. De todas formas, como intento argumentar aquí, lo peor del avance colonial de territorios y pueblos, tanto en la península como en Iberoamérica, es la situación transicional que representan los casos examinados, pues en ellos, como dije, las normativas precedentes han sido descompuestas pero no han dejado lugar al ingreso de los regímenes de derecho modernos para regular las relaciones de género.

Los casos de HdV28 y HdV12, en la transitividad del campo a la ciudad en España, ofrecen evidencia de esta transformación. HdV28, desplazada de su terruño por el proyecto de construcción de una hidroeléctrica en tiempos del franquismo, nos dice: “antes en las casas convivían 3 generaciones, hijos y nietos, es como se convivía antiguamente, en cada casa un promedio de 6 ó 7 personas como poco”, Pero “a mí me prohibieron vivir donde quería vivir”. Y, por eso, “no sé cuál será mi final, pero me gustaría unos años antes de morir poder vivir en Jánovas. Ese sería mi deseo y lo que a mí más me gustaría, que me gustaría muchas más cosas, por supuesto, me gustaría ver el pueblo lleno de gente, con la gente que yo compartía, que eso será más que difícil que pueda volver a ocurrir, porque estamos hablando de más de sesenta años que nos hemos ido”

HdV12, también desarraigada y transformada en jornalera de una agricultura ahora industrial, capitalista, observa sobre el mundo del presente y, en particular, en lo que se ha convertido la vida -y muerte- de las mujeres: “están matando todos los días a una y días de dos.[…] (Las leyes) no hacen nada, es que no hacen nada, no hacen más nada que robar, y no ponen una ley que...que no haga esas cosas; porque mira que hemos pasado fatiguitas, mira que hemos pasado, pero a las mujeres no las han matado nunca los maridos, […] es que antes no se mataban las mujeres, […] antes había borrachos, pero un borracho no mataba a su mujer, llegaba con la borrachera y a lo mejor le pegaba, pero matarla no la han matado, no se ha escuchado nunca que las maten, ahora es que sale todos los días […] cuántas ha habido que han estado en la parada del autobús, mira tu una que salió en Alcaudete que la atropelló con el coche, no tuvo bastante de atropellarla que dio la vuelta y la volvió a pillar otra vez, ¿eso hay derecho?”

A esto se le agrega que la transición de sociedades comunitarias, con el pivot en los vínculos, a sociedades de mercado, con su norte en la acumulación te tipo capitalista, es comprobadamente un proceso mafiogénico y corruptogénico. Bien se ha visto lo que sucedió

con la migración italiana hacia Estados Unidos con la convergencia entre los señoríos mafiosos de sociedades todavía vinculadas al medio rural en Italia del sur, y la sociedad norteamericana de capitalismo pleno. Parentelas y alianzas propias del orden de status pasan entonces a actuar dentro del orden moderno y sientan las bases de una organización transicional en que proliferan mafias y pandillas, como es el caso de algunos países latinoamericanos como México, Guatemala, Honduras y El Salvador. En esa situación, que he descripto como “nuevas formas de la guerra”, la vulnerabilidad de las mujeres se acentúa al extremo.

Lo vemos en el caso HdV1, de El Salvador: en un mundo descompuesto, transicional, de familias y comunidades anómicas porque ni la ley comunitaria ni la ley moderna se encuentran plenamente vigentes, HdV1 es originaria de una familia violenta, sin reglas de respeto internas, y así se vuelve más vulnerable en el mundo ambiguo familiar-laboral del trabajo doméstico.

En el caso HdV5, de El Salvador, de la misma forma, vemos la exacerbación de la vulnerabilidad de la mujer en un ambiente descompuesto por la desintegración de los patrones campesinos comunitarios marcados por la reciprocidad y la ayuda mutua, con el abandono materno, la explotación económica a que la somete su propia hermana, y la consecuente necesidad de “acompañarse”, que se tornará dañina, como mostraré en el subtítulo 5, la incidencia de la atmósfera bélica exacerbando el comportamiento violento de los cónyugues.

HdV24, también de El Salvador, condenada a 30 años de prisión por un aborto que fue espontáneo, se ve perjudicada en el juicio porque su madre da una solución de tipo comunitario al enterrar a la nonata por su cuenta, agravando frente al estado la sospecha de que se trató de una ocultación del crimen. Aquí, nuevamente, vemos la colisión transicional entre las reglas de la parentela y la lectura estatal de esas reglas.

Como argumenté, no debe excluirse al territorio español de patrón estructurado por la colonialidad. La expansión hacia ciertas regiones campesinas del frente estatal-empresarial produce realidades como la de la ya referida HdV12, mujer andaluza víctima de la así llamada modernización del campo, que no es otra cosa que la transformación del régimen arcaico dominado por la oligarquía terrateniente en uno de racionalidad empresarial:

“La mayoría de la población andaluza en los años 70 dependía del trabajo del campo, cada vez más escaso, y obligaba a buscar fuentes de ingresos adicionales para los largos períodos de desempleo, como la recolección (de espárragos, caracoles, plantas aromáticas, restos de cosecha, mariscos, mimbre para artículos de cestera), la caza furtiva, la carbonera y la pesca. Estas actividades forman parte de la tradición de la población rural andaluza pero, con el tiempo, se fueron declarando progresivamente ilegales. Además, el principio del comercio como manera de ganarse la vida, se impuso sobre los principios del autoabastecimiento” El caso de HdV12, muestra el impacto en la vida de las mujeres de la violencia económica resultante de la modernización del campo, que lleva a la desposesión progresiva a un desarraigo territorial y comunitario. Contratos efímeros de trabajo como jornalera la llevaron a desplazarse a las diversas cosechas para el mercado nacional, europeo y más tarde global. A esto se le agrega la progresiva mecanización del campo con la consecuente exclusión de mano de obra.

La condición transicional de todas las sociedades examinadas, incluyendo las europeas -España y el País Vasco- se constata también, como mencioné anteriormente, en el caso de

HdV28, de Jánovas, Huesca. HdV28, como HdV12, Fue victimizada por la violencia económica resultante de la modernización del campo. Se aplica a su caso lo que expresó con gran precisión Danelly Estupiñán Valencia, en 2016, durante su presentación para el Foro Internacional sobre Feminicidios en grupos étnicos en Buenaventura, Costa Pacífica colombiana: “a nosotras nos mata el desarrollo”, somos “víctimas del desarrollo”. Desarrollo y colonialidad son dos proyectos vinculados, pues el desarrollo es, desde siempre, la faz ideológica de todo proyecto colonizador. Y esto es verdad también para estas mujeres españolas, cuyo derecho a una vida económica digna cae abruptamente como consecuencia del “desarrollo”. HdV28 pasa de ser dueña de sus cultivos y sus cabras a ser empleada doméstica, como consecuencia de la expropiación coercitiva del pequeño campo trabajado por su familia para la construcción de un embalse por la firma Iberduero, actualmente ENDESA.

Son del mayor interés también dos informaciones presentadas en este caso, que coinciden con una tendencia general presente de la misma manera en América Latina, en esta situación transicional de economías rurales campesinas a la explotación capitalista de los recursos. La primera de ella es que “fueron los herederos (varones) los que se avinieron, reclamaron o pactaron con la Concesionaria”; de hecho, es general en los procesos transicionales que las mujeres, como es el caso, HdV28 representen el arraigo comunitario y territorial, principal obstáculo del proyecto histórico del capital, y ofrezcan batalla al avance del frente motor de la expropiación y los desplazamientos que destruyen formas propias de relación con la colectividad y con la tierra: “éramos las dos familias más humildes […] teníamos que soltar nuestras raíces, nuestra casa, cuando aquí podemos vivir y estar bien y con lo que nos dan no podemos comprar nada en otro lado, las demás familias ese problema no lo tuvieron”. Pero también, nos entrega una segunda información extremamente reveladora e importante para entender el proceso transicional al contar que en las dos familias más humildes las decisiones sobre no abandonar sus terrenos fueron tomadas de común acuerdo entre hombres y mujeres, y resistieron, a pesar de que sufrieron “un constante machaque para que abandonáramos la casa y dejáramos el pueblo”. Al mismo tiempo, se nos dice que, si bien las mujeres se encontraron ausentes de las negociaciones con la empresa y no fueron ellas que firmaron las condiciones de la expropiación, dicha “situación se considera que se agravaba más en el caso de familias con más recursos”, pues en las familias más ricas se acentúa el “rol asignado a las mujeres, siempre bajo la tutela del marido”. Éste es un dato que contraría nuestro prejuicio que nos inclina a pensar que a mayor pobreza material peores condiciones de género. En el caso del poblado de Jánovas, HdV28 contradice esa creencia de nuestro sentido común, vinculado a nuestro prejuicio negativo con relación a los valores comunitarios de las familias campesinas y el también prejuicio, pero en este caso positivo, con relación a las familias más pudientes y que con aparente más facilidad se incorporan al camino de la modernización, siempre asociada al consumo:

“En las casas que había dinero, las mujeres aún podían opinar menos, en las casas más humildes compartían más. Ellas ya entraban (a las casas con dinero), con esa condición, eran la mujer de, en este caso del heredero de la casa, por tanto a la hora de mandar decidir […] no tenían poder. A mí eso me ha llamado la atención en el tema de los contratos de expropiación que la mujer no tuviera nada que decir ahí, que fuera algo negociado entre el hombre de la casa y el ingeniero de la empresa. Si miramos los contratos de expropiación, solamente aparecen las mujeres que eran viudas, en algunos casos incluso siendo titulares

ellas, aparecen en el contrato ellos […] ni en decir oye pues este es mi sitio, pues yo quiero digamos defenderlo, reivindicarlo, se podía dar el caso en el que el hombre y la mujer pensaran de forma distinta y ella no pudiera expresar su opinión frente a la empresa en las reuniones de negociación. En el caso de nuestra familia, tanto él como ella, estuvieron de acuerdo y decidieron quedarse, lucharon por no irse y mira que la empresa les hacía 20.000 judiadas a las dos familias.”

4. LA TRAICIÓN INEVITABLE DE LAS INSTITUCIONES Y LA INAUDIBILIDAD